munión con la gente de otras religiones, porque eso era una traición a Dios, o qui- zás una apostasía.
Me enseñaron que sólo había que acer- carse a los otros creyentes, agnósticos o ateos para convertirlos a nuestro grupo, porque así se salvarían, ya que de otro modo se irían al tormento eterno.
Me enseñaron que sólo nosotros teníamos razón en materia de sexualidad conside- rando a cualquiera que fuera diferente como un perverso...
Y poco a poco mi corazón se fue estre- chando, cada vez había menos sitio para mis prójimos, y me fuí afixiando, viendo cómo moría el amor en mí.
Hasta que decidí fijarme en Aquel que fue enseñado por una mujer pagana, el que dijo que el centurión romano tenía más fe que todos aquellos que se consideraban fieles de la Tradición oficial. Miré cómo se comportaba con aquellas mujeres de se- xualidad reprobable y cómo las ponía de-
lante de todos en el Reino. Me sentí desafiado en cómo derribaba todos los muros de se- paración, de cómo dignificaba a todo ser humano sin importarle sus orígenes o ca- minos escogidos. Aprendí con él que todo ser humano es mi hermano y mi hermana. Y mi corazón comenzó a ampliarse, un aire nuevo entró, una mirada diferente sobre el mundo apareció.
Y me sentí prójimo de mis hermanos, cre- yentes o no, de diferentes credos, de dife- rentes ideas, y comprendí al fin, que yo no era mejor que nadie y que no sabía más que otros.
Tuve que desaprender lo que me enseña- ron, y volver a aprender de Aquel que re- cibía a todos sin condición alguna. Vivió la compasión hasta el extremo de morir en manos de los que se consideraban mejo- res.
Fue el hombre libre y liberador, que nos enseño el camino a andar, reconociendo a los compañeros de viaje.
Me enseñaron a odiar piadosamente, pero el amor se fue abriendo camino, y pude encontrar en el rostro de mis hermanos, creyentes o no, mi propio rostro, con una voz interior que grita: “soy vuestro”. R
ME ENSEÑARON QUE...
LA FÓRMULA
El místico regresó del desierto. “Cuéntanos”, le dijeron con avidez, “¿cómo es Dios?”.
Pero ¿cómo podría él expresar con palabras lo que había experimentado en lo más profundo de su corazón? ¿Acaso se puede expresar la Verdad con palabras?
Al fin les confió una fórmula –inexacta, eso sí, e insuficiente–, en la esperanza de que alguno de ellos pudiera, a través de ella, sentir la tentación de experimentar por sí mismo lo que él había experimentado. Ellos aprendieron la fórmula y la convirtieron en un texto sagrado. Y se la impusieron a todos como si se tratara de un dogma. Incluso se tomaran el esfuerzo de difundirla en países
extranjeros. Y algunos llegaron a dar su vida por ella. Y el místico quedó triste. Tal vez habría sido mejor que no hubiera dicho nada.
El canto del pájaro
Anthony de Mello
HUM R
Y ALGO MÁS...MILAGROS
Un hombre recorrió medio mundo para comprobar por sí mismo la extraordinaria fama de que gozaba el Maestro.
"¿Qué milagros ha realizado tu Maestro?", le preguntó a un discípulo.
"Bueno, verás... , hay milagros y milagros. En tu país se considera un milagro el que Dios haga la voluntad de alguien. Entre nosotros se considera un milagro el que alguien haga la voluntad de Dios".
Quién puede hacer que amanezca
Anthony de Mello
TRANSFORMACIÓN
A un discípulo que siempre estaba quejándose de los demás le dijo el Maestro: Si es paz lo que buscas, trata de cambiarte a ti mismo, no a los demás. Es más fácil calzarse unas zapatillas que alfombrar toda la tierra.
Quién puede hacer que amanezca
E
l libro de Nehemías en el capítulo 1 nos muestra el interés de éste por saber en que estado se en- contraba la ciudad de Jerusalén y sus habitantes. Cuando supo que sufrían grandes males y afrentas, que el muro de la ciudad estaba derribado y sus puertas quemadas, lloró, oró y ayunó durante varios días ante el Señor. Su tristeza era tan visible que el rey Artajerjes, al observarlo, le preguntó qué le pasaba. Nehemías, hijo de Hacalías, le contó que la tristeza se debía al es- tado de su pueblo y de las defensas de su ciudad. El rey le concedió permiso para ir a reconstruir las puertas y las murallas de Jerusalén.Hasta aquí podemos sacar en conclusión que el Señor puso en su corazón la reconstrucción de Jerusalén. Le encomendó que se hiciera cargo de esta obra de repa- ración que sería testimonio ante los ojos del propio Dios y de los hombres. Puso también en el corazón del rey el deseo de ayudar en todo lo que fuera menester. Todo parecía perfecto. Sin embargo, aparecen en escena Sambalat horonita, Tobías el siervo amonita y Gesem el árabe. Estos hombres se disgustaron al saber que Ne- hemías iba a ayudar a los hijos de Israel.
El capítulo 3 relata como fueron rehabilitadas y por quienes las distintas partes en que se dividió la obra. Pero el propósito de los enemigos de Jerusalén era que no se reconstruyera.
En el capítulo 4:14 leemos: Después miré, y me levanté y dije a los nobles y a los oficiales, y al resto del pueblo: No temáis delante de ellos, acordaos del Señor, grande y temible, y pelead por vuestros hermanos, por vues- tros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas”. Versículos 16,17,23: Desde aquel día la mitad de mis siervos trabajaba en la obra, y la otra mitad tenía lanzas, escudos, arcos y corazas; y detrás de ellos estaban los jefes de toda la casa de Judá. Los que edificaban en el muro, los que acarreaban, y los que cargaban, con una mano trabajaban en la obra, y en la otra tenían la espada. Y ni yo ni mis hermanos, ni mis jóvenes, ni la gente de guardia que me seguía, nos quitamos nuestro vestido; cada uno se desnudaba so- lamente para bañarse.
En el capítulo 6 podemos observar como el enemigo pone trampas para que la obra de Dios no continúe. Dice el versículo 2: Sambalat y Gesem enviaron a de- cirme: Ven y reunámonos en alguna de las aldeas en el campo de Ono. Mas ellos habían pensado hacerme mal.
Nehemías supo que aquella cita era una trampa que en- torpecería la obra del Señor. ¿Cuál fue su respuesta? Veamos el verso 3:Y les envié mensajeros, diciendo: Yo hago una gran obra, y no puedo ir; porque cesaría la obra, dejándola yo para ir a vosotros.
Nehemías no abandona la obra que el Señor le había encomendado para ir a aquella cita. Esta respuesta que da a Sambalat y Gesem tendría que haber sido sufi- ciente para ser respetado, pero veremos que no lo fue. ¿Por qué no acudió? Porque aquella cita suponía el atraso de la obra que el Señor puso en sus manos. Ne- hemías era responsable y conocía su importancia. ¿Sa- bemos nosotros la importancia de la obra que Dios pone en nuestras manos? ¿Sabemos decir "no" a las citas trampa?
Seguimos en el capítulo 6 versos 4, 5, 6: Y enviaron a mi con el mismo asunto hasta cuatro veces, y yo les res- pondí de la misma manera. Entonces Sanbalat envió a mí su criado para decir lo mismo por quinta vez, con una carta abierta en su mano, en la cual estaba escrito: Se ha oído entre las naciones, y Gasmu lo dice, que tú y los judíos pensáis rebelaros; y que por eso edificas tú el muro, con la mira, según estas palabras, de ser tú su rey.
En estos versículos encontramos como muchas veces, cuando estamos trabajando en la obra que el Señor nos encomienda, nos malinterpretan. Cambian nuestra in- tención de buena a mala. Nos culpan de ir buscando nuestro propio provecho. Y otras tantas, para no dar esa impresión ante los demás, abandonamos enfada- dos y enfurecidos la obra del Señor diciendo que la hagan otros.
*Escritora y parte de la Junta de ADECE (Alianza de Escritores y Comunicadores Evangélicos).
Isabel Pavón*