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LA TENSIÓN ENTRE “VIVIR EN” Y “NO SER” DEL MUNDO

In document Renovación nº 35 Julio 2016 (página 74-76)

El evangelio crea tarde o temprano división acentuada entre los cristianos y aquellos que no lo son

*Dr. en Biología, Dr. en Teología, Profesor y Escritor. Entre sus principales obras: “La ciencia, ¿encuentra a Dios?”; “Sociología: una desmitificación”; “Bioética cristiana: una propuesta para el tercer milenio”; “Parábolas de Jesús en el mundo postmoderno”; “El cristiano en la aldea global”; “Darwin no mató a Dios”, “Postmodernidad”, “Nuevo ateísmo”.

que no lo son. Dicha división de criterios, valores y formas de entender la realidad es el germen de la persecución. A lo largo de la historia siempre ha sido así y aunque hoy, principalmente en el mundo occidental, se abogue por la tolerancia y el respeto a la pluralidad, lo cierto es que la persecución nunca ha dejado de existir. El no cristiano tiende a burlarse, difamar o acosar al cris- tiano, sencillamente porque éste es dife- rente.

La vida del creyente sincero se caracteriza por el deseo de lealtad a Jesucristo. Se trata de experimentar esa preocupación cons- tante por vivir y hacerlo todo por Cristo, por que sea él quien domine o dirija toda la existencia del individuo, y no la propia per- sona. Esta es precisamente una de las razo- nes por las que se le persigue, porque imita a Jesús y vive por él. El cristiano resulta mo- lesto al mundo por causa de Cristo. De ahí que nuestro deseo constante debe ser vivir para Jesús y para glorificar su nombre, aun- que en ocasiones fracasemos como huma- nos.

Nuestra vida debería estar más dirigida por el más allá y menos por el más acá. Me ex- plico. Tendríamos que pensar con mayor asiduidad en el cielo y en la vida venidera; intentar que nuestra existencia terrenal es- tuviera más dirigida por pensamientos tras- cendentes, por ideas de eternidad y no sólo por lo material, inmanente, cotidiano y fi- nito. A veces, los árboles no nos dejan ver el bosque. Los problemas prácticos de cada día roban ese tiempo precioso en el cual podemos analizar nuestra historia en la perspectiva del destino eterno. El ruido no nos permite, en ocasiones, escuchar la ma- ravillosa sinfonía a la que estamos convida- dos. Pero la fe es la constancia de las cosas que se esperan y la comprobación de los hechos que no se ven, como bien escribió el autor de la epístola a los Hebreos. Los hombres y mujeres mencionados en el capítulo once de dicha epístola tuvieron un denominador común en sus vidas que los unía a todos y los proyectaba como una saeta esperanzada hacia el futuro. Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, Isaac, Jacob,

José, Moisés y todos los demás, anduvieron siempre errantes por los desiertos, monta- ñas y cuevas de la tierra sin construir nunca habitáculos sólidos y duraderos, sin echar raíces, sino sabiendo que este mundo no era digno de ellos. Preferían la tienda nó- mada hecha de pelo negro de cabra al cas- tillo de roca, porque sabían que su verdadera habitación no estaba en este lugar temporal. Su techo era el firmamento repleto de estrellas que podían contemplar durante la noche. Esto les permitía pensar en el más allá y en la ciudad celestial cuyo arquitecto es el Creador. Tal era su gran se- creto.

He aquí otra diferencia fundamental entre el cristiano y quien no lo es. El incrédulo hace verdaderos esfuerzos por no pensar nunca en la muerte ni en lo que hay detrás de ella. Esta costumbre de la negación de la realidad de la muerte que se experimenta hoy, quizás con más intensidad que en otros tiempos, está detrás de la ansiosa bús- queda de evasiones y placeres que caracte- riza al mundo actual. El ser humano no quiere pensar en el mundo venidero, por eso camufla la cesación de la vida. Vive como si nunca tuviera que morir. A los niños en las escuelas se les explica muy bien, con todo lujo de detalles, cómo vienen sus her- manitos al mundo, pero nadie se encarga de decirles cómo desaparecen sus abuelos o adonde van a parar. La muerte es hoy un asunto tabú para la sociedad occidental. El hombre contemporáneo no está tan prepa- rado para morir como el de otras épocas, de ahí la necesidad de evitar el tema del su- frimiento y la muerte. En vez de enfrentarse a ella cara a cara o de asumir la temporali- dad humana, a veces se eligen soluciones fáciles y evasivas como la eutanasia. Sin embargo, este no querer pensar en la fi- nitud de la vida no parece que haga más feliz al ser humano. Al contrario, lo incapa- cita para su existencia terrena porque aprender a morir implica también descubrir el valor de la propia vida. Esta puede ser también una causa sutil de persecución contra los cristianos ya que nosotros habla- mos mucho de tales asuntos. R

E

ste día es conmemorado en el calen- dario de la iglesia católica romana la Solemnidad del Corpus Christi, y la iglesia celebra grandes procesiones lle- vando la especia sacramental del pan en un ostensorio para ser adorado por los fie- les y se hacen festividades de acuerdo a las costumbres del pueblo en donde esto se realiza.

Algunas son muy vistosas como la proce- sión del Corpus en Toledo en donde se saca una custodia enorme de oro puro que pesa más de media tonelada (Adivinen de donde provino todo este oro) y en otras ciudades tanto de España, Italia y por su- puesto América Latina.

Muchos católicos romanos no saben qué es en si esta celebración sino simplemente se unen al fervor de la mayoría que lo ce- lebra, y los no católicos romanos menos tienen conocimiento del origen de esta conmemoración.

Esto se originó en la Edad Media. Los pri- meros cristianos no tuvieron conocimiento de esta devoción ya que para ellos la Euca- ristía se limitaba a comer y beber los ele- mentos consagrados pero no tenían ninguna intención de darles ningún culto de adoración. Esta fiesta tuvo su origen en el S. XIII.

Urbano IV, amante de la Eucaristía, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensal- zado el amor de nuestro Salvador expre- sado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del do- mingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio.

Ninguno de los decretos habla de la proce- sión con el Santísimo como un aspecto de * Sacerdote jubilado en la Iglesia Anglicana de México, A.R. y Pastor en la Iglesia Metodista de México A.R.

EL CORPUS CHRISTI, UNA

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