Transición penitenciaria
73 Entrevista a Daniel Pont Martín, 14 de abril de 2005.
Vencerán» y que fue tras el regreso de los sancionados con el traslado a Ocaña por el motín del 30 de julio, cuando se eligió el acrónimo por el que será co- nocida a partir de entonces.74 Aunque podría ser cierto y que esta denomina-
ción no hubiera prosperado, este ex miembro lo niega.
No, no. Esto era Coordinadora de Presos Españoles en Lucha, y al final lo de Españoles lo quitamos porque como estaba la historia de las autonomías y bueno, ya empezábamos a tener claro que España era un concepto pues, fran- quista, y que cada comunidad, cada pueblo tenía sus derechos, su lengua, su cultura, y decidimos quitar lo de españoles… para nada: cada uno que se considere lo que quiere ¿no? Entonces, bueno, ahí sí, en esa reunión recuerdo que hicimos el logo este de la COPEL que era el mapa del estado español, con unas cadenas creo recordar y alrededor del mapa: Coordinadora de Presos Españoles, creo que ponía.
J. C., otro de sus miembros, explicaba a El País un tiempo después que «Los trasladados de Madrid a Ocaña, al salir de celdas, empezamos a pensar en la necesidad de una organización de los propios presos. Al principio pen- samos que fuera un sindicato de presos». Lo que no se contradice con esta versión, pues lo que subyace es la voluntad de crear una organización que los represente y reivindique sus derechos. El primer comunicado donde aparecen las siglas está fechado el 15 de enero de 1977, y en él ya sí se habla de la orga- nización sin ambigüedades.75
En base a todo lo dicho, se puede fijar la fecha en torno a la cual se produ- jeron los primeros intentos de coordinación a partir de octubre de 1976, tras el levantamiento de las sanciones, y la elección del nombre definitivo entre diciembre de 1976 y los primeros días de 1977.
Una vez fijada la cronología y antes de analizar el discurso y las primeras acciones de la incipiente plataforma de presos, llama poderosamente la aten-
74 «Presos en lucha: por un cambio penal y penitenciario radical: hacia una justicia popular», en Crónicas de la Transición democrática española, Madrid, Ediciones de la Torre, 1980, p. 30.
75 LCI: Arxiu COPEL, Carabanchel-Madrid, «Comunicado de la COPEL», 15 de enero de 1977; El País, 28 de mayo de 1977.
ción la alusión a las luchas carcelarias que se estaban desarrollando en Francia e Italia en esos mismos años. ¿Fueron para el conjunto de presos un modelo a seguir, una inspiración, tal como manifiesta Daniel Pont sobre su propio pro- ceso de concienciación? Responder con detalle a esta pregunta necesita de una digresión pasajera, para otear el horizonte y ver lo que sucedía fuera de nues- tras fronteras.
3.4. Excurso internacional
La memoria no le fallaba a nuestro protagonista. Desde mediados de la década anterior, poco antes del emblemático 1968, y hasta principios de los ochenta, se pueden documentar acciones de protesta carcelaria no sólo en Francia e Ita- lia, sino también, como mínimo, en Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Gran Bretaña, Alemania y, por supuesto, los Estados Unidos. Esta enorme extensión geográfica fue pareja a su diversidad de causas, contextos, objetivos, métodos y resultados; aspectos cuyo abordaje en detalle nos alejaría en exceso de nuestro objeto de estudio más inmediato, pero de los que sí me- rece la pena apuntar algunos rasgos porque ayudan a contextualizar el caso español.76
Salvo en los países escandinavos, donde la aparición de movimientos de apoyo a presos se produjo más por influencia de los partidarios del abolicio- nismo penal que por extensión del clima de conflictividad social, en conjun- to, todos los países presentaban a finales de la década de 1960 un escenario de movilización social importante, en el que estaban irrumpiendo con fuerza los llamados «nuevos movimientos sociales». En esta fase, descrita por Tarrow o Della Porta para Italia y Alemania, aunque exportable a otros países, la ampliación de la nómina de sujetos que se reivindican oprimidos por el sis- tema, permitirá la inclusión, finalmente, de los casos más extremos, como
76 La tercera parte de mi tesis doctoral (Lorenzo Rubio, C.: Subirse al tejado…, op. cit.), está dedicada en extenso al contexto internacional. También se puede consultar el libro de Rivera Beiras, I.: ¿Abolir o transformar? Historia de las acciones sociales colectivas en las prisiones europeas (1960-2010). Movimientos, luchas iniciales y transformaciones posteriores, Buenos Aires, Editores del Puerto, 2010.
serán los presos comunes y los delincuentes, junto a prostitutas, desertores, enfermos mentales, consumidores de drogas, etc. Aquellos que hasta enton- ces habían sido considerados lumpenproletariado, desheredados y olvida- dos, pasaron a ver reconocida su condición por las corrientes de izquierda que hasta esos momentos se habían mostrado mayoritariamente indiferentes e, in cluso, hostiles.
Al mismo tiempo que se estaba produciendo esta toma en consideración, se extendió la percepción de que una vez transcurridas dos décadas, o más, de las reformas penales y penitenciarias posteriores a la Segunda Guerra Mun- dial (de signo aperturista, despenalizador, de reducción de daños: menos pre- sos, mejores condiciones), estas medidas se estaban demostrando incomple- tas, fallidas o en franca regresión en algunos países (Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Estados Unidos). Mientras que en otros todavía estaban pendientes de realizarse por eternas demoras legislativas (Alemania, Italia y, por supuesto, España). Confluyeron, por tanto, estas dos ideas: la revisión de la concepción cultural del preso como víctima de este sistema, y la de que la cárcel constituía un problema en sí misma, un aparato cruel e ineficaz que no cumplía sus teóricos objetivos de rehabilitación.
En todos los países este cambio hunde sus raíces en un giro del pensa- miento liderado por la intelectualidad más progresista. Ya fuesen las ideas de los abolicionistas nórdicos, la influencia de la Escuela de Utrecht, las primeras formulaciones de la criminología crítica anglosajona, las proclamas antipsi- quiátricas o la crítica filosófica de los autores franceses próximos al marxismo, en casi todos los episodios de movilización está presente el pensamiento crí- tico hacia el sistema penal: particularismo heredero de la revolución cultural de amplia base que caracteriza a la época. Y si este marco interpretativo co- mún fue importante, tanto o más lo fue la implicación de los intelectuales y académicos en la movilización en contra de la cárcel y a favor de los presos. A este sector se debió la formulación teórica y científica de este sentimiento, y la iniciativa en la creación de plataformas de apoyo, algunas anteriores incluso a la organización intramuros de los propios reclusos. Bajo sus siglas se elabora- ron informes y encuestas sobre la situación penitenciaria, que después publi- caron para dar a conocer la problemática de las prisiones y dar publicidad a las reivindicaciones de los presos, al tiempo que presionaron a los respectivos
gobiernos para incidir en la mejora de las condiciones de reclusión. De la misma manera que también fue imprescindible la participación de juristas y abogados en defensa de los encarcelados.
Todas estas iniciativas fueron importantes, pero no se pueden explicar sin la contrapartida que supuso la organización de los presos comunes en el inte- rior de las prisiones. Ésta se produjo, en gran medida, por la convivencia junto a militantes concienciados, quienes favorecieron la articulación de un discurso político por parte de los comunes. En los Estados Unidos la principal fuente de politización vino de la mano de los activistas del movimiento negro, en las cárceles inglesas puede que se produjese una cierta cohabitación entre delincuentes comunes y miembros de la poco conocida Angry Brigade, pero donde mejor se documenta es, sobre todo, en Francia e Italia.77
Como en España, en estos países los militantes de organizaciones políticas habían considerado tradicionalmente a los presos comunes un freno a la difu- sión de sus consignas. No fue hasta que la sistematización de la represión de finales de la década de los sesenta y la no atención a su reclamación de un estatuto de preso político, cuando la cohabitación forzosa se generalizó y esta tendencia empezó a cambiar. Los miembros de Gauche Prolétarienne, en Francia, o Lotta Continua, en Italia, vieron a partir de entonces en los presos comunes a un inigualable público receptor de sus reivindicaciones liberado- ras. Mientras que éstos tomaron de sus mentores no sólo algunas de las con- signas políticas sino, especialmente, las pautas de comportamiento, el reper- torio de acciones, los modos de vida y de organización; las estructuras de movilización, en definitiva, que les permitirán dotarse de un discurso y una praxis reivindicativa propia.78
La existencia de una cultura antiautoritaria a nivel internacional que en- marcase las acciones contra la cárcel, y el aprovechamiento de las estructuras de movilización de otros movimientos por parte de los presos y los que les
77 La bibliografía sobre los Estados Unidos es muy abundante. Además de la obra de Useem, B., Kimball, P.: op. cit., véase, por lo ilustrativo del proceso de concienciación, Gomez, A. E.: «Resisting Living Death at Marion Penitentiary, 1972», Radical History Review, 96, 2006. Sobre Gran Bretaña, Fitzgerald, M.: Prisoners in revolt, Hardmondsworth, Penguin Books, 1977.
78 Tarrow, S.: Democracy and disorder: protest and politics in Italy, 1965-1975, Oxford, Clarendon, 1989, p. 335.
daban apoyo, son dos elementos que también ayudan a explicar el inicio de las acciones de protesta en España. Pero si en nuestro país la apertura de una estructura de oportunidades a raíz de la muerte de Franco y los decretos de amnistía supuso el detonante indiscutible de las protestas, en ningún otro este contexto favorable se inició de forma tan marcada. ¿Qué circunstancias explican, pues, las revueltas, prácticamente simultáneas, en cárceles de Sue- cia, California, Italia o Inglaterra? Descartados cambios de ciclo tan acusados para hallar el elemento clave que favoreció su articulación, se hace necesario un conocimiento más detallado del que todavía poseemos sobre las dinámicas internas de las diferentes administraciones penitenciarias, las circunstancias políticas de cada país o de los propios movimientos de protesta. Si, como afirma Tarrow, las oportunidades políticas «no [son] sólo las estructuras for- males, como las instituciones, sino también las estructuras de alianzas gene- radas por los conflictos, que contribuyen a la obtención de recursos y crean una red de oposición frente a constricciones o limitaciones externas al grupo», probablemente en esa interrelación se encuentre la explicación que nos falta.79
En cualquier caso, el goteo de protestas, motines y manifestaciones con la cárcel de fondo fue una constante a lo largo de toda la década. Las acciones de las organizaciones escandinavas de defensa de los presos no trascendieron en España, pese a su importancia en sus respectivos países y servir de modelo para otros colectivos centroeuropeos. Y lo mismo puede decirse del movi- miento holandés liderado por la Coornhert Liga o las protestas de las prisio- nes belgas. De Alemania, más que las acciones en defensa de los detenidos —que también las hubo— ha pasado a la historia la respuesta del Estado, cuyo máximo exponente represivo fue el trato dado a los miembros de la Rote Armee Fraktion (RAF) en la prisión de máxima seguridad de Stuttgart- Stammheim, icono de la tortura blanca basada en el aislamiento extremo que, más pronto que tarde, se exportaría a otros países.80 Más difusión tuvieron los
motines y protestas en las cárceles inglesas liderados por una organización autodenominada Preservation of the Rights of Prisoners (PROP), cuyas ac- ciones se desarrollaron desde su creación en 1972 hasta finales de la década.
79 Tarrow, S.: «Estado y oportunidades: la estructura política de los movimientos sociales», en McAdam, D., McCarthy, J., Zald, M. (eds.): op. cit., p. 89.
Pero fueron las protestas de los presos galos e italianos las más sonadas del momento.
En Francia, la solidaridad hacia los detenidos de Gauche Prolétarienne (organización maoísta creada en septiembre de 1968) y otros grupos de iz- quierda revolucionaria condujo hacia una crítica generalizada del aparato pe- nitenciario, que desembocaría en la creación del Group d’Information sur les Prisons (GIP), en febrero de 1971, liderado por Michael Foucault, Jean-Marie Domenach, director de la revista Esprit, y Pierre Vidal-Naquet, activista con- tra las torturas durante la guerra de Argelia.81 A partir de ese momento, y
hasta su autodisolución en diciembre de 1972, los miembros del GIP llevaron a cabo una ingente labor de recopilación de información y denuncias, a partir de encuestas a presos y otros agentes del sistema penitenciario, que luego pu- blicaron en forma de opúsculos.
Si, años más tarde, este trabajo comprometido pudo servir de referente para algunos intelectuales españoles, otro tanto puede decirse de las acciones del Comité d’Action des Prisonniers (CAP), creado en noviembre de 1972 por un reducido grupo de presos comunes, muy activo, que decidió dotarse de una organización estable para encarar las luchas que se venían produciendo en distintas prisiones desde hacía un año. Sus reivindicaciones no estaban muy alejadas de las de sus coetáneos del sur: supresión del registro de antecedentes penales, supresión del destierro o extrañamiento, abolición de la pena de muer- te y la cadena perpetua, reorganización del trabajo en prisión, fin de la censu- ra y las restricciones de las comunicaciones, acceso a cuidados médicos, derecho de recurso ante la Administración penitenciaria y el derecho de asociación de los presos.82 El CAP estará presente en muchas de las protestas que tendrán
lugar en Francia durante el verano caliente de 1974, cuando en menos de un mes se produjeron nada menos que 89 acciones colectivas y 9 motines de gran importancia, con el resultado de 6 presos muertos, 11 centros parcial o total- mente devastados, y una pérdida de 920 plazas dentro de las maisons centrales
81 Le group d’information sur les prisons. Archives d’une lutte 1970-1972, París, Editions de l’IMEC, 2003. Sobre la implicación de Foucault en este grupo y contra la prisión en general, Boullant, F.: op. cit., pp. 11-17.
82 Delbaere, L.: Le système pénitentiaire à travers les luttes des détenus de 1970 à 1987, Maîtrise d’Histoire, Université de Haute Bretagne, 2002, pp. 54-55.
y, aproximadamente 63,5 millones de francos en destrozos materiales.83 Aun-
que es difícil estimar si se trató de un movimiento uniforme, de lo que no hay duda es que su magnitud y la difusión que hicieron los medios convirtieron el verano francés en un punto y aparte dentro y fuera del país vecino.
Italia es el otro estado europeo donde el movimiento anticarcelario se insertó en un contexto de mayor politización. La aparición de movimientos de presos y de colectivos de apoyo en los años setenta, está fuertemente enrai- zada en la dinámica de protestas que desde principios de los años sesenta y hasta, al menos, veinte años después, asolaron el país. Este contexto de agita- ción, no sólo violenta, también enormemente creativa, marcó profundamen- te el carácter y la cronología de las acciones colectivas en el ámbito carcela- rio.84 En este escenario, dos factores fueron claves para el levantamiento de
los presos contra el estatus quo imperante: la ayuda recibida desde determi- nados sectores del movimiento obrero y las críticas contra las instituciones totales, manicomios a la cabeza, vertidas desde el ámbito intelectual.85 La
cárcel y sus forzosos ocupantes, que hasta entonces no habían merecido la atención de los partidos de izquierda (la misma pervivencia de la legislación fascista, con un solo borrador de reforma fechado en 1960 olvidado sobre la mesa, es un dato a tener en cuenta), pasó a ser un elemento central de las luchas metropolitanas.86
83 Favard, J.: Le laberynthe pénitentiaire, París, Le Centurion, 1981, pp. 175-178. En estos motines también participaron presos españoles, como Miguel Ángel Moreno, quien participó junto a otro miembro de los GARI y presos comunes en un motín en la Santé contra las malas condiciones de reclusión y la restricción de movimientos. Moreno Patiño, M. A.: «Recuerdos y reflexiones sobre los GARI», en VV. AA.: Por la memoria anticapitalista. Reflexiones sobre la autonomía, Klinamen, 2008, pp. 371-377.
84 Balestrini, N., Moroni, P.: La horda de oro. La gran ola revolucionaria y creativa, política y existencial (1968-1977), Madrid, Traficantes de sueños, 2006; Tarrow, S.: Democracy and disorder: op. cit., Della Porta, D.: Social Movements, Political Violence and the State. A comparative analysis of Italy and Germany, Cambridge, Cambridge University Press, 1995. 85 Basaglia, F.: La institución negada. Informe de un hospital psiquiátrico, Barcelona, Barral, 1972; Balestrini, N., Moroni, P.: op. cit., pp. 601-602.
86 Como en Francia, la relación entre conflictividad social y crítica intelectual no es