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La entrevista de Jay Alien con José Antonio en la cárcel

In document Gibson, Ian - En Busca de Jose Antonio (página 157-181)

El 14 de marzo son detenidos José Antonio y todos los miembros

VI. La entrevista de Jay Alien con José Antonio en la cárcel

de Alicante

Hemos visto que, a p a r t i r del 16 de agosto de 1936, J o s é Antonio y Miguel q u e d a r o n t o t a l m e n t e i n c o m u n i c a d o s . Desde a q u e l m o - mento h a s t a poco a n t e s de e m p e z a r su juicio no p u d i e r o n leer nin- gún periódico ni recibir c a r t a s ni, con u n a sola excepción, visitas.

La excepción, r e a l m e n t e insólita, fue la llegada a la cárcel del periodista n o r t e a m e r i c a n o J a y Alien, a quien J o s é Antonio h a b í a conocido unos años a n t e s en Madrid, p e r o cuyo n o m b r e tenía ya olvidado. Al r e d a c t a r su t e s t a m e n t o , p o c a s h o r a s a n t e s de m o r i r , José Antonio se referiría a la visita de Alien en estos t é r m i n o s :

El aislamiento absoluto de toda comunicación en que vivo des- de poco después de iniciarse los sucesos sólo fue roto por un periodista norteamericano, que con permiso de las autoridades de aquí, me pidió unas declaraciones a primeros de octubre. Hasta que, hace cinco o seis días, conocí el sumario instruido contra mí, no he tenido noticias de las declaraciones que se me achacaban, porque ni los periódicos que las trajeran ni ningún otro me eran asequibles. (OC, II, 1 098.)

Jay Alien — n o r t e a m e r i c a n o de origen i r l a n d é s — fue el corres- ponsal del Chicago Daily Tribune y del News Chronicle de L o n d r e s en la E s p a ñ a r e p u b l i c a n a , y ya e r a bien conocido en los círculos políticos m a d r i l e ñ o s c u a n d o , en j u n i o de 1933, el n u e v o e m b a j a d o r de E s t a d o s Unidos, Claude B o w e r s , luego a u t o r de Misión en Es-

paña (1954), p r e s e n t ó sus credenciales a Alcalá Z a m o r a .1 Alien se

identificaba con las t e n d e n c i a s p r o g r e s i s t a s de la R e p ú b l i c a —Ge- rald B r e n a n , q u e le conocía bien, n o s ha dicho q u e e r a socialista y gran amigo de Francisco Largo Caballero 2—, se i n t e r e s a b a viva-

mente p o r la c u l t u r a e s p a ñ o l a y, ya hacia 1936, h a b l a b a con bas- tante facilidad el castellano. Según H e r b e r t S o u t h w o r t h , e r a tam- bién amigo de Álvarez del Vayo, Negrín y Quintanilla.3 Una n o t a

publicada p o r el News Chronicle el 14 de agosto de 1936 i n f o r m a

1. CLAUDE B O W E R S , Misión en España (Barcelona, Grijalbo, 1977), p. 6. 2. Conversación del a u t o r con Gerald Brenan, Málaga, 9 de diciembre de 1979. En la Memoria personal de B r e n a n (Madrid, Alianza, 1978), hay varias referencias a Alien, vecino, en 1936, del g r a n h i s p a n i s t a inglés.

3. HERBERT R. S O U T H W O R T H , Antifalange, p . 144.

que el periodista norteamericano vivía en su casa de Torremolinos, entregado a la redacción de un libro sobre España, cuando estalló la sublevación de los militares. Durante julio y agosto, Alien pu- blicaba casi diariamente en el News Chronicle y el Chicago Daily

Tribune unos reportajes sobre la guerra absolutamente excepcio-

nales. Dichos reportajes nunca han sido recogidos en su totalidad. Entre ellos habría que destacar la famosa interviú con Franco, ce- lebrada en Tetuán el 27 de julio de 1936 y publicada en el News

Chronicle el día 29 del mismo mes,4 y el sensacional artículo sobre

la masacre de Badajoz publicado en ambos diarios el 30 de agos- to de 1936, artículo éste que se comentó en la prensa del mundo entero. No cabe duda de que Alien fue uno de los corresponsales extranjeros que más hábilmente actuaron durante la guerra es- pañola.

Pues bien, si la interviú con Franco había constituido una au- téntica primicia de Alien, la celebrada con José Antonio dos me- ses después revistió características casi más sensacionales. Tuvo lugar, como recuerda el jefe falangista ya condenado a muerte, «a primeros de octubre». La interviú está fechada, exactamente, el 3 de octubre, aunque la conversación se celebrara posiblemente el día antes. Parece seguro que Alien fue el último extranjero que habló con José Antonio, y es posible incluso que fuese la última persona, ajena a la cárcel, que le viera antes de iniciarse el suma- rio. La interviú tiene, por tanto, un indudable interés. Se publicó primero en el Chicago Daily Tribune el 9 de octubre de 1936 y, lue- go, el 24 de octubre, en el News Chronicle. A pesar de lo que se ha venido suponiendo, las dos versiones no concuerdan totalmen- te. Es m á s : hay entre ellas importantes divergencias. La versión del Chicago Daily Tribune nunca se conoció en España, y la damos íntegra en el apéndice, páginas 304-313. Extractos de la versión del

News Chronicle sí se publicaron pronto en España, y desempeñaron

un destacado papel en el proceso de José Antonio. Creemos úti dar primero una traducción completa de la interviú publicada en Lon- dres, remitiendo al apéndice (pp. 300-304) con el texto inglés. Una advertencia: en el News Chronicle, a diferencia del Chicago Daily

Tribune, no se consigna la fecha de la interviú, 3 de octubre, ni se

alude al hecho de que había salido dos semanas antes en Chicago. Eran dos omisiones que tendrían importantes consecuencias para José Antonio, como luego veremos.

4. La entrevista, que se publicó en el News Chronicle el 29 de julio de 1936, ha sido d a d a a conocer en t r a d u c c i ó n castellana p o r F e r n a n d o Díaz Plaja en Histo-

ria 16, Madrid, n ú m . 40 (agosto de 1979), p p . 20-22.

Cómo localicé al líder de la Falange Fascista de España en la cárcel de Alicante

JA Y ALLEN ENTREVISTA AL HIJO DE PRIMO

Republicanos armados le vigilan Prisionero retador en vísperas del juicio

De JAY ALLEN

Corresponsal especial del News Chronicle en España

(Sin censura)

Cuando los militares se sublevaron contra la República espa- ñola, sus aliados, los 80 000 jóvenes fascistas de la Falange Es- pañola, se encontraban sin líder.

Ello es que su jefe y fundador, el agresivo José Antonio Primo de Rivera, de 30 años de edad —hijo mayor del general que fue dictador de España durante los «siete ignominiosos años», como decían antes los republicanos— estaba encarcelado en Alicante desde marzo.5

Muchas veces ha sido detenido, encarcelado, puesto en liber- tad, condenado a muerte y dado por muerto.

En la confusión de las primeras semanas se nos dijo en Gi- braltar, fuente de las más disparatadas habladurías de la guerra, que se había escapado del leal Alicante y que capitaneaba una columna rebelde cerca de Albacete, en la llanura de La Mancha.

Abofeteó a Llano

El mismo general Franco me dijo en Tetuán el 27 de julio que esto no era verdad, añadiendo, preocupado, que no tenía noticias de José Antonio.6

A un periodista francés simpatizante le confesó el general Mola en Burgos que creía que Primo había muerto, y añadió que todo se hacía para mantener en la ignorancia a los muchachos de la Falange.

Luego, una noche le oí al general Queipo de Llano proclamar en Radio Sevilla qué el hijo del finado dictador (quien, entre pa- réntesis, le dio una paliza en un café madrileño) estaba herido pero bien escondido, aparentemente en territorio republicano. Cuando los rebeldes entrasen en Madrid sería llevado triunfal- mente a hombros en la camilla.

No se cree en la palabra de Queipo: nadie que le conozca, por lo menos, ni a decir verdad nadie que escuche cada no- che esas extravagantes emisiones.

5. Equivocación de Allen, puesto que José Antonio estuvo encarcelado en la cárcel Modelo de Madrid desde marzo de 1936 hasta su traslado a Alicante a prin- cipios de junio.

6 Este aserto de Franco no figura en el texto de la interviú publicada por Allen en el News Chronicle del 29 de julio de 1936. Véase nota 4.

A lo mejor tenía razón Mola. Parecía lógico que los republica- nos de Alicante, donde, según nos dicen, los anarquistas son fuer- tes, le hubiesen ajustado desde el primer momento las cuentas al archienemigo de la República.

La familia en la cárcel

Yo lo sentía, pues a mí me caía bastante simpático José An- tonio como persona por frivolas, equivocadas y peligrosas que considerase sus ideas políticas.

Acabo de tener una conversación con José Antonio... con él José Antonio de carne y hueso, que sigue igual, aparte los cin- co kilos que ha ganado.

Está donde estaba —donde ha estado siempre— en la cárcel provincial de Alicante. Acabo de regresar de allí.

Le encontré con su hermano Miguel. Hacía con él su diaria hora de ejercicio en el patio de la cárcel. Su hermana Carmen y su tía María están en la cercana cárcel de mujeres.

Cuando regresé al hotel Palace, que está lleno de los diplomá- ticos de Italia, de Alemania y de Portugal, que se encuentran establecidos aquí —a causa del clima, se supone (entre parénte- sis, las autoridades locales les llaman «la Santa Trinidad»)—, unos amigos que me vieron llegar en un coche erizado de fusiles me preguntaron dónde había estado.

«A ver al joven Primo.»

Y todos rieron, pensando que era un buen chiste, aunque un tanto macabro, puesto que el joven Pruno (como todo el mundo «sabía») había sido matado hacía ya mucho tiempo.

Era en Madrid donde oí por casualidad cierta conversación. Me volví y pregunté: «¿Tengo que darme por aludido, o qué?» «Si no se lo cree, vaya a comprobarlo usted mismo», dijo Ro- dolfo Llopis, subsecretario de la Presidencia del Consejo.

APASIONADO ATAQUE CONTRA G I L ROBLES

Fui a Alicante.

En la bahía se hallaban buques de guerra, muchos buques de guerra de «la Santa Trinidad».

En los hoteles, los refugiados, como era natural, dramatiza- ban sobre sus experiencias, especialmente en los problemas que tenían con las autoridades locales, que controlaban rigurosamen- te a todos los que salían de España.

El hecho de que ciertas Embajadas extranjeras estén facili- tando pasaportes a españoles de la derecha no ha ayudado a me- j o r a r la situación.

Todo el mundo refería cómo el gobernador civil, D. Fran- cisco Valdés,7 no tenía ninguna autoridad, cómo los anarquis-

7. Francisco Valdés Casas, sobre cuya persona se encuentran bastantes deta- lles en EMILIO CHIPONT, Alicante 1936-1939 (Madrid, Editora Nacional, 1974), y

tas eran los jefes, cómo Valdés apenas se atrevía a salir de su oficina por temor a que le pegasen un tiro.

De eso no sé nada; pero vino a comer. Y cuando daba órde- nes la gente obedecía.

«No te dejarán nunca ver a Primo, porque está muerto», me dijeron conocidos míos de «La Santa Trinidad». Algunos decían en voz baja: «¡O mutilado!» 8

Es verdad que había dificultades. Valdés dijo que podía verle. El camarada José Prieto, un ciudadano delgado y fuerte, en camisa azul, con una estrella roja en el pecho, y una pistola a su lado, dijo: «No.»

Él es presidente de una famosa Comisión de Orden Público, y sugiere respetuosamente al gobernador, que es un asunto muy delicado, demasiado.

«Pero Madrid está de acuerdo», dijo el gobernador.

«Incomunicado»

Se convocó una reunión de la Comisión, y me invitaron a co- nocerla. Era una sesión plenaria, y estaban presentes dos repre- sentantes de todos los partidos del Frente Popular. Pronuncié un discurso en mal castellano.

Pensé cuan desagradable podría ser tener que hacer frente a estos hombres de ojos agudos, totalmente imbuidos de ideales de la justicia y acción revolucionaria, con mi vida en peligro y con un sentimiento de culpabilidad.

Vuelve el Comité.

El camarada Prieto dice: «Primo está preso a disposición de nuestro Gobierno en Madrid. No es anormal que esté preso con toda garantía de seguridad e... ¡incomunicado!

»A pesar de ello, si usted puede organizar que alguien en Madrid autorice esta entrevista, desde luego la puede celebrar. Perdónenos: en un asunto de este tipo, todas las precauciones son pocas.»

Sabía lo que pensaba. Muchas personas querrían combinar la huida de José Antonio, aunque dudo que entre ellas se en- cuentre Franco.

A la cárcel

A las nueve de la mañana llega la delegación: los camaradas Prieto, Carmelo Alberola, Martín Bautista y comisario José Ca- ses, periodista hasta hace poco.

Me llevan a un coche. Otros huéspedes se miran y se mues- tran manifiestamente contentos de que vaya yo y no ellos.

VICENTE RAMOS, La guerra civil (1936-1939) en la provincia de Alicante (Alicante, Ediciones Alicantinas, 1973-1974, 3 t o m o s ) .

8. Cfr. XIMÉNEZ DE SANDOVAL, p. 586: «En los p r i m e r o s días de o c t u b r e , salido no se sabe de dónde, corría p o r cada rincón de S a l a m a n c a el h o r r e n d o r u m o r de que los rojos habían c a s t r a d o a José Antonio.»

Las puertas de la cárcel se abren. La gente mira. Proba- blemente están deseando que el prisionero bajo guardia sea portugués. El director de la cárcel se inclina.

Avanzamos delante de puertas de celda en fila. «Los prisio- neros están haciendo ejercicio en el patio», dice el guardia.

Se consigue hacer funcionar el viejo cerrojo. Pasamos a la fuerte luz del sol. Dos hombres jóvenes, morenos y de buen as- pecto, con sucios pantalones blancos, camisas de cuello abierto y con alpargatas raídas, se aproximan rápidos. Es la primera visita que reciben desde hace meses.

Pistolas en las celdas

José Antonio, el más delgado de los dos, me da la mano cor- tésmente. Le es difícil disimular su desilusión al ver que se trata únicamente de mí. Los cuatro camarades del Comité se re- tiran algunos pasos.

«Vamos a ver, ¿no fue hace dos años, cuando comimos en el Savoy, en Madrid, con el Príncipe?» 9

Los camaradas aguzaron el oído. Dije muy profesionalmen- te: «¿Empezamos con la interviú?»

Dijo con una sonrisa encantadora, mirando a los camaradas que pueden ser mañana sus verdugos:

«Con mucho gusto, pero la cosa es que yo no sé nada. Estoy aquí desde marzo.» 10

Los camaradas se miran. Ya me habían dicho que encon- traron dos pistolas y cien cartuchos en las celdas de los her- manos después de estallado el alzamiento y, en fecha tan avanzada como agosto, unos mapas que indicaban la situación militar en las Islas Baleares.

Los camaradas sonrieron maliciosamente.

Primo es abogado, un abogado agudo. Pero va a defenderse a sí mismo, solo. No me incumbía agravar aún más su difícil tarea.

Dije: «A ver si hablamos de lo que pasó antes; de Gil Robles, por ejemplo.»

Gil Robles culpable

«Gil Robles tiene la culpa de todo —dijo apasionadamente—. Durante dos años, cuando hubiera podido hacerlo todo, no hizo nada.

»Y Casares Quiroga, por su política de provocación.» Tenía los ojos clavados en mí. Quería noticias, se desvivía por tener noticias. ¿Qué le podía decir? Se me adelantó, dicien- do: «Pero ¿qué pasa ahora? No sé nada.»

9. Según me aclara Herbert Southworth, se trataba del príncipe Bibesco, em- bajador de Rumania en Madrid.

Dije: «Estoy seguro de que nuestros amigos no me han traí- do aquí para que le informe, pero vamos a ver si le hago unas hipotéticas preguntas a las cuales usted puede contestar o no.»

«De acuerdo.»

«¿Qué diría usted si le dijese que, a mi juicio, el movimiento del general Franco se hubiera desmandado y que, fuera cual fue- ra su propósito inicial, representa ahora sencillamente a la Vieja España que lucha por sus privilegios perdidos?»

«Yo no sé nada. Espero que no sea verdad, pero si lo es, es un error.»

No podrán controlar a España

«¿Y si yo le dijese que sus muchachos están combatiendo codo a codo con mercenarios al servicio de los terratenientes?»

«Diría que no es verdad.»

Me clavó una mirada penetrante y dijo: «¿Usted se acuerda de mi actitud firme, y de mis discursos, en las Cortes? Usted sabe que dije que si la derecha, después de octubre,1 1 seguía

con su política represiva negativa, Azaña volvería al poder en poquísimo tiempo.

»Pasa lo mismo ahora. Si lo que hacen es simplemente para retrasar el reloj, están equivocados. No podrán contro- lar a España.

»Yo representaba otra cosa, algo positivo. Usted ha leído mi programa de sindicalismo nacional, reforma agraria y todo aquello.»

Dije: «Por lo visto el pueblo español nunca creyó en su sin- ceridad.»

Dijo: «Yo era sincero. Yo hubiera podido hacerme comunis- ta y conseguir la popularidad.»

Dije: «Pero sus muchachos ahora...»

«Yo espero y pienso que lo que usted dice no es verdad. Pero no olvide usted que ellos no tenían líder después de mi encar- celamiento, y no olvide usted que también otras muchas perso- nas eran empujadas a la violencia por la política de provoca- ción de Casares.»

La política de Franco

Los camaradas miraron ceñudos.

Dije: «Pero a mí me parece recordar que fue usted quien in- trodujo los pistoleros políticos en Madrid.»

«Nadie lo probó nunca. Mis muchachos habrán podido ma- tar, pero después de haber sido atacados por ellos.»

Yo quería aducir casos que probaban lo contrario, pero era demasiado consciente de que los camaradas tenían los ojos cla- vados en este joven aristócrata de tan buen aspecto y tan seguro

11. José Antonio se refiere, claro está, a la revolución de Asturias de octubre de 1934.

de sí, que había traído, según ellos, tantos horrores a España, y me frené.

LA FORMA EN QUE FRANCO PUEDE FRACASAR

José dice que no basta la reacción

Dije: «¿Qué diría usted si le dijese que Franco, el patriota nacionalista, había traído aquí a alemanes e italianos, pro- metiendo entregar territorio español —Mallorca a los italia- nos, las Islas Canarias a los alemanes— y que había llevado a Europa más cerca que nunca de la guerra?»

«¡Diría que no es verdad!», contestó bruscamente. Y conti- nuó:

«Yo no sé nada. Ni sé si estaré incluido en el nuevo Gobier- no, si ganamos.» Todos contuvimos la respiración. Continuó:

«Yo sí sé que, si este movimiento gana y resulta que no es más que reacción, entonces retiraré a mi Falange y yo... ¡volveré probablemente a estar aquí, o en otra cárcel, dentro de pocos meses!»

Reacción

Parecía espléndidamente seguro de sí mismo. Si se trataba de un farol, era un farol magnífico.

Dije: «Pero José Antonio, por Dios, usted habla sobre Espa- ña más inteligentemente que nadie que yo conozca. ¿Cómo po- dría ser de otra forma un movimiento así? Esta gente lucha por recobrarse, no por reformarse.»

«Si eso es así, están equivocados. Provocarán una reacción aún peor. Precipitarán a España en más horrores.

»Tendrán que cargar conmigo. Usted sabe que yo siempre he luchado contra ellos. Me llamaban hereje y bolchevique. Yo...» No me gustaba la expresión en los ojos del Comité. Se habían apartado y no decían nada, pero miraban, yo sé lo que pensa- ban de los jóvenes que antes alquilaban a pistoleros o jugaban a pistoleros, y que ahora merodean por la España rebelde «li- quidando» no sólo a marxistas, sino a todos los elementos libe- rales a quienes pueden echar mano.

Será juzgado

Dije: «Franco me dijo que el Fascismo Español no se puede comparar con otros fascismos, y que es simplemente una de- fensa de la Iglesia.» 12

José Antonio pareció molesto. «El problema con todos los españoles —dijo— es que no dedicarán diez minutos de su tiem-

12. Tampoco figura esta opinión de Franco en la interviú del 29 de julio de 1936. Véase nota 4.

po a hacer una estimación objetiva de las personas o de las co- sas. Yo probaré...»

La atmósfera se estaba cargando demasiado. Dije: «Tengo que coger un avión. Me voy a despedir.» Nos dimos la mano.

Mientras regresábamos, uno de los camaradas rompió el si- lencio y dijo: «¿Notó usted qué había engordado?»

Era cierto.

Me miraron furtivamente para ver hasta qué punto había sido conquistado por la magnífica presencia de su prisionero y por la brillante representación que nos había ofrecido.

Pero eso era secreto mío. Se veía que estaban molestos, pero tuvieron la sensatez de no entremeterse.

Pregunté: «¿Qué van a hacer ustedes con él?»

«Habrá un juicio.» Cambiaron entre sí unas miradas. Será un juicio no sólo del hombre sino del fascismo español. Me es imposible imaginar cualquier circunstancia que salve a este joven. Su situación es muy seria. Lo menos que puedo hacer es no agravarla.

Unos q u i n c e d í a s d e s p u é s de la publicación de esta interviú en L o n d r e s se r e p r o d u j e r o n e x t r a c t o s de ella en la p r e n s a repu- b l i c a n a . El Sol de M a d r i d , p o r e j e m p l o , d e s t a c ó el 8 de noviem-

In document Gibson, Ian - En Busca de Jose Antonio (página 157-181)