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Es Gretel tu mito personal?

In document Mandatos familiares - Paris, Diana.pdf (página 117-119)

No existen alternativas a la verdad, es decir, a enfrentarnos con nuestra historia personal o colectiva. Solo si conocemos nuestra historia estaremos a salvo de la autodestrucción. Alice Miller

Dado que ya atravesaste el arquetipo de Caperucita, muchas argumentaciones sobre la lectura simbólica son parte de tu conocimiento. Pero —ya que didácticamente la reiteración siempre refuerza— habrá conceptos que volverán a aparecer en cada capítulo.

Merece reiterarse que en Gretel no vamos a volver a leer la historia que conocés de los cuentos de infancia, literalmente: ya no vemos a la nena abandonada en el bosque, temerosa y de la mano de su hermanito, niños que sufren el pacto asesino de los adultos y hallan la casa de dulces y turrones, anzuelo de la bruja para cazarlos indefensos.

En la lectura que proponemos intentamos des-aprender lo ya sabido, cuestionar los lugares de “malos” y “buenos” y atravesar los muros de creencias ya instaladas. Iremos desbrozando las capas del arquetipo para averiguar si el de la Justicia es tu mito personal y si “te compraste” este personaje. Es decir, procuraremos develar si acudís a ese comportamiento en las circunstancias diversas de la vida que reclaman tu participación, si asumís ese disfraz tomando las riendas en soledad, resolviendo los conflictos de los otros, especialmente en el tema referido a la subsistencia y al cuidado de los más vulnerables.

Gretel es tanto la nena como el varón, conforma la suma de la fuerza femenina y de la masculina (representada por su hermano Hansel). Esta fratría aparece expresada en la pareja de niños como una metáfora de la pareja idílica del padre y la madre. La Justiciera encarna a la vez el arquetipo del desamparo e intemperie generado por idea de la madrastra a consecuencia de la extrema situación de hambre y exhibiendo la primitiva conceptualización que avalaba el canibalismo como ritual totémico.

Gretel no sucumbe a esta cadena de terrores inconscientes y es tanto la víctima como la heroína. Los aspectos negativos que debe atravesar exhiben su parte oscura, la sombra, de la cual emerge renacida: la salida del hecho traumático la convierte en quien pone la casa en su lugar.

Es momento de mirar introspectivamente y registrar cómo funcionás en la espesura de estos bosques. Tal vez el mensaje mudo (a gritos en tu inconsciente) con el mandato seguramente se viene repitiendo en tus

emociones: se activa ese “personaje” cada vez que sentís que está en tus manos recuperar la paz perdida del clan.

Es cuando se incrusta en el sujeto el personaje de la Justicia. Y aunque sea a contra viento, encarnás el lugar de Robin Hood, de Don Quijote, de El Zorro (el preferido de mi infancia en el televisor blanco y negro), de Rodrigo Díaz de Vivar —el Mio Cid— o de esta niña de cuento de hadas que tal vez nunca “leíste” desde el mandato de “sacar las papas (de la familia) del fuego” y “poner la casa en orden”, como Gretel.

En su corcel cuando sale la luna / aparece el bravo Zorro. / Al hombre de mal él sabrá castigar / marcando la zeta del Zorro. La música resuena con solo leer estos versos.

El Zorro es un personaje que adoro. Aunque no parecía ser apropiado para público femenino, yo estaba firme la hora del capítulo diario. Mis primos —Reinaldo, Claudio, Dani— tampoco se lo perdían. Pero había otro sentido más profundo en mi elección, que más tarde se me develaría…

La serie ganaba —entre las otras opciones de esos años— siempre el mejor lugar, por delante de Lassie, El llanero solitario y otros programas de fines de los 60. No sabía entonces que mi personaje justiciero era una creación de 1919 para una revista de historietas. Para mí siempre fue el gran héroe de la tele, valiente y vengador de injusticias.

¿Qué resultaba tan atractivo si los espectadores conocíamos su doble identidad? El Zorro era la máscara que ocultaba a Don Diego de la Vega. El Zorro era el clandestino jinete sobre Tornado, mientras el noble joven vestía bordados trajes de hacendado rico. Uno, perseguido y encapotado, vestido de negro; el otro, delicado y cortés. Uno, audaz en la defensa de la gente pobre y humillada; el otro, inseguro, casi cobarde, frívolo, indiferente a las injusticias.

La infancia quedó atrás cuando, por alguna razón que viví como “injusticia”, me arrancaron del barrio donde nací: mi familia dejó intempestivamente Villa Luro y nos fuimos a vivir a San Justo. (¡Ay! ¿Justo en San Justo? ¡El lenguaje, cuánto encierra!).

Fueron tiempos complicados. El primer desarraigo de mi vida y los duelos inacabados que todo exilio genera. El nuevo barrio en la provincia de Buenos Aires se me figuraba otro continente. Mi amado colegio de monjas, las calles de Versalles, el club Vélez, las amigas de siempre quedaron lejos como la armonía, la ilusión de una familia completa o el bienestar básico. Terminaba la infancia sin bombos ni platillos. No eran tiempos felices…

Corría 1970 y yo tenía 12 años. Cada tanto seguía disfrutando de los capítulos repetidos de El Zorro, aunque sin la emoción de antes. Una mañana, camino de vuelta de la escuela sentí la primera sangre. Un calor desconocido y pegajoso me corría por las piernas. Tuve vergüenza. Y aceleré el paso para llegar a casa. Al doblar la esquina, en el paredón leí una inscripción y un dibujo que el día anterior no había visto: una estrella y tres letras, ERP. Ese es mi primer recuerdo

vinculado al mundo de la política.

Llegué y le anuncié a mi mamá que ya era señorita, y que había leído algo raro en la pared de la esquina. Todo junto. Iba como en el mismo paquete. “¿Qué quiere decir ERP?”, indagué. “Nada, nada”, me interrumpió mi madre más conmovida por mi primera menstruación que por la pregunta. Insistí. Y entonces escuetamente aclaró: “Es un grupo guerrillero”, y puso una cara como previniéndome de algo malo. Me tranquilicé. Al contrario del tono de advertencia de su gesto, me sentí cuidada. Supe que por las noches, cuando en las casas estaban encendidos los televisores, algunos hombres y mujeres hacían pintadas marcando territorio para luchar contra las injusticias. Como El Zorro. Va marchando al combate / por el camino del Che rezaba la marcha del ERP. Eso tampoco lo sabía entonces. Fue luego, en los años de la facultad, cuando asocié las viejas imágenes con la realidad agobiante de fines de los 70. Esos, los guerrilleros del ERP, eran los que se habían aliado al MIR de Chile, a los Tupa de Uruguay… Clandestinos, encapotados, nocturnos. Buscaban un mundo más justo.

En julio de 1976 otra vez en mi clan preocupó más la sangre familiar que la social: en el mismo edificio donde vivía —recién casada— mi prima Mabel, en Villa Martelli, habían acribillado al jefe del movimiento, Mario Roberto Santucho. El noticiero de la noche mostraba en la pantalla la fachada que yo conocía. Gran revuelo por el tiroteo a escasos metros de las ventanas de su departamento. Para ella, sin consecuencias graves más que unos cristales rotos y la anécdota. Hoy puedo evaluar aciertos y errores de esos grupos armados, pero en esos años yo era una adolescente y sin duda los 70 tenían un aire de romanticismo y arrojo que me seducían. Actuaban para ganarle la lucha a la injusticia.

Pude haber tenido otro destino, trágico como tantos compañeros en los “años duros” mientras estudiaba en la facultad de Filosofía y Letras en la provincia de Buenos Aires. Inmersa en otras batallas diarias (sobrevivir a la intemperie familiar), estaba salvándome de ser una víctima más de la violencia de Estado. No engrosé la lista de desaparecidos aunque estuve cerca de quienes soñaban un mundo más justo.

Hoy, aquella organización armada ya no existe, pero en mi imaginario siguen unidas la primera sangre y las tres letras que ostentaba el grupo. Hoy, tanto camino recorrido, sé que lo privado es público.

Hoy, el recuerdo de ese calor de la sangre propia y de la social dibuja una estrella que bien podría haber sido la marca tatuada en la pared por El Zorro.

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