… creemos que el amor cuando es incondicional, cuando no da lugar al odio que conlleva, es la peor calamidad del mundo, o por lo menos lo es para aquellos que tengan que padecerlo1 07.
Sebastián Lema
Freud nos enseñó que la madre es el primer objeto de amor al que un bebé dirige su mirada desde que nace. Ese estado preedípico reclama amor exclusivo, exige todo, es incondicional. Y en ese punto comienza “la calamidad”. Luego, en la etapa edípica la hija puede ver en la madre a su rival mientras seduce a su padre. Este proceso inconsciente lo conocemos desde la lectura de Freud del mito griego y la familia “disfuncional” que habrían podido construir un hombre, una mujer y un hijo (Layo, Yocasta y Edipo). Lo sabemos: el varón tramita este suceso de odio al padre y amor a la madre sin
el déficit que sí le queda a la niña. Ella debe dar la espalda a quien está prendida desde la primera mirada: la madre. Y el complejo de Edipo le deja para siempre una huella, a veces suave por donde deslizarse, a veces calamitosa.
Nunca mejor elegida la palabra que abre la cita de este párrafo: calamidad —dice el diccionario— es un infortunio colectivo. Transgeneracional, agrego yo: de abuela a madre, de madre a hija…
La transmisión histórica entre los miembros de un clan ha sido posible por costumbres, creencias, acciones, relatos y por todos los saberes no relatados, pero transportados de inconsciente a inconsciente a lo largo de los árboles genealógicos que constituimos. Entre todo lo aprendido culturalmente, sabemos de una práctica que viene de los antiguos agricultores al hacer su trabajo, una labor básica: separar la paja del trigo.
Efectivamente, esa acción de limpieza necesaria para una buena cosecha implicaba —y aquí la palabrita en cuestión— quitar del medio la caña o paja: del latín calamus. Mucho tiempo y dedicación se ponía en esa tarea de trilla, y también se requería de mucho cuidado porque se conocía la amenaza a la que estaban sometidos los trabajadores: que los vientos soplaran desde el mar y volvieran a mezclar lo inservible con lo nutricio, una sustancia con otra, lo excluido de lo bueno. Separar el calamus del trigo era un compromiso que garantizaba la calidad de la cosecha, pero que muchas veces resultaba infructuoso. De ahí el sentido que hoy damos al término
calamidad: ‘daño extendido, azote’. El lugar de hija en el vínculo absoluto
con la madre deviene en calamidad.
La fusión (mezcla de paja y grano), la espera de amor incondicional, la frustración permanente ante la necesidad de mirada, alimento, voz y cuerpo son sensaciones que se acumulan en el sujeto hija y destapan el odio ante un reclamo insatisfecho. Una calamidad. ¿De dónde proviene ese mayor/menor sentimiento de vacío? Del propio vacío materno en función de su propio lugar de hija. Esa cadena calamitosa repite la mezcla, vuelve a reunir en una fallida trilla la paja y el trigo.
Pasar por la trilla, separarse, habiendo transitado la desilusión, evitando caer en la idealización (madre es igual a perfección), sería de alguna manera aceptar que una madre y una hija no serán nunca amigas a pesar de sus esfuerzos, que debe mediar el estrago, que es preciso aceptar esa disparidad fundamental, separarse, construir una calamidad.
Muchas madres soplan vientos oceánicos (manipulación, dominación, victimización, parentización) y ahogan a la cría que aguarda en la orilla: al intento de liberación del lazo, la progenitora vuelve a mezclar las sustancias impidiendo la autonomía, la devastación que implica esa autonomía. Devastación absolutamente necesaria para constituirse como sujeto mujer. Ser absoluto-hija es esconderse en el cultivo cuando debe haber
diferenciación entre paja y grano, esconderse y camuflarse, identificarse con la madre hasta perderse en el manojo donde ya no se sabe quién es quién.
Muchas mujeres siguen siendo “absoluto-hijas” porque no han logrado sobrevivir al trabajo de trilla. Siguen como las crías de los cocodrilos en las bocas de sus madres1 08 y resisten el inminente trago (ser tragadas) sin
atravesar el estrago (romper el idilio).
Si bebimos de la fuente primigenia plenitud, el camino se abre más o menos claro (esto es, haber bebido de una madre que ha sabido tramitar su propia calamidad con la suya). Si la madre trae su propia deuda como hija, trasladará ese “cheque sin fondo” a la generación siguiente. Esa situación se traduce como una suma de sensaciones de malestar en la hija que puede etiquetarse bajo la palabra insatisfacción. Una madre insatisfecha genera un vínculo con su hija de permanente búsqueda de un parche con el cual sellar el goteo: nunca se llena el cubo porque el agua se derrama antes del final. La depresión aparece entonces como la única respuesta.
Validar la mirada es una pretensión muy costosa: toparse una y otra vez con la frustración desgasta y aniquila. ¿Por qué se retorna? Porque aparece la tecla en fase on que viene programada para calmar la depresión.
Muchos lectores y lectoras en este punto podrían escandalizarse: ¿cómo es esto de poner en la misma línea de pensamiento madre y odio? Damos por inaceptable que madre es sinónimo de incondicionalidad (aunque hemos vivido más de un episodio donde se nos pidieron condiciones extremas para ser queridos/as), nos cuesta y duele creer que pueden atomizar a su cría y por eso alejamos la noción de vampirización o el ataque mortífero que una madre puede asestar sobre sus hijos.
Nos inquietamos visceralmente ante una noticia de filicidio1 09. ¿Cómo
puede ser que una madre mate a su cría? Ante la naturalización que liga madre e hijos con amor, toda conducta que se desvíe es leída como una perversión del “instinto materno”, un gesto de in-humanidad.
Cuando una madre se coloca en el lugar “lo doy todo”, atención: reclamará todo. El dar en exceso de forma automática constituye uno de los signos de la imposibilidad de devastación. La trilla debe suceder para la salud de ambas mujeres implicadas en este proceso de separación.
Hija mayor, hija soltera/divorciada, hija sin hijos o hija que queda al cuidado de los mayores son algunas de las condiciones necesarias para que el escenario “absoluto-hija” ofrezca terreno más fértil y quede conformada la atadura. Hay otros escenarios posibles: madres victimizadas, dependencia emocional, mujer que se hizo madre sin alcanzar a separarse de la propia (que la habita como un fantasma), insatisfecha como hija que actualiza ese vacío en su descendencia. La madre-“cubo que nunca se llena” también fortalece el síndrome “absoluto-hija”. La hija es la que se verá obligada a “emparejarse” con su madre y regresar a la díada original, en su propio
desmedro. Cada familia tiene su receta para amalgamar los ingredientes hasta confundirlos…
Resulta interesante que, desde la ginecología, una doctora especialista nos diga: “Una mujer que tiene el valor de romper el ciclo de martirio asegura su propia salud y contribuye a que su hija u otros seres queridos hagan lo mismo. La única manera de enseñar a la hija a reconocer y expresar sus necesidades emocionales es hacerlo uno. Y cuando la hija vea esto, tendrá menos probabilidades de llevar la carga de su madre en su vida”1 1 0.
Damos por inaceptables el odio, el sometimiento, la humillación, el ataque mortífero o mortal de una madre depresivo-dependiente: muchas cometen filicidio. Es noticia de titulares catástrofe que una madre mate a su descendencia. Estado de reproche y desarmonía de la niña con la madre no implica mala relación o calificación sobre las bondades del sujeto madre. Esta apreciación teórica excede a la mujer en concreto que pudo hacer del maternaje la mejor de las tareas en marcha que ha puesto en su vida. Entiéndase este concepto para no desvirtuar la profundidad que se precisa alcanzar en tanto paradoja más simbólica: amor-odio entre madre-hija. Se trata más bien del enlace estructurante de esta relación.