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Los alcances de la psicogenealogía y la biodecodificación

In document Mandatos familiares - Paris, Diana.pdf (página 62-65)

Cuando G. plantea su temor, no se refiere a la escasez de dinero, sino a la afectiva. Toda su historia está surcada por abandonos, descuidos, falta de cariño, ausencia de protección.

G. ha probado diversas medicinas, tratamientos alternativos y dietas adecuadas, sobre todo ha puesto su mayor empeño en salir de este malestar físico, el estreñimiento. Sin resultados.

Su historia es muy rica y tiene derivaciones interesantes sobre varios aspectos, pero solo recortaré lo estrictamente vinculado a la dolencia física. Algunos puntos:

• Su madre supo que estaba embarazada en el momento que concursaba para un mejor puesto en su trabajo (es radióloga). Vivió la maternidad como “eso” que se interpuso en su carrera. Repite el guion de la abuela de G. cuando se vio obligada a dejar la docencia. Los meses de gestación requieren reposo, se inscribe en G. desde antes de nacer una huella epigestacional que deja memoria orgánica: rastros de amenaza, contradicciones entre el deseo y la frustración que implica embarazarse, estado de alerta, peligro: G. nace ochomesina y con fórceps.

• Para completar el cuadro de tensión, mientras cursa el embarazo (en una relación de pareja inestable), la madre de G. debe asistir a su propia madre enferma. La abuela de G. muere de cáncer a los 43. G. acababa de cumplir un año.

• Cuando G. nace, su madre no la reconoce (“me quiso devolver, decía que era una niña judía y se habían equivocado, porque la ve muy fea”). Fue el abuelo paterno quien dijo: “Es de nuestra familia, se parece a mí”.

pocos meses de diferencia. Creció sin su papá aunque lo veía seguido hasta los 4 años, luego él se va del país y se exilia en España.

• La paciente es diagnosticada a los 4 años de edad de megacolon, pero nació con esta patología, es congénita. Es una patología ligada a una sensación muda, sorda, como de anestesia en el recto, que no advierte cuando está lleno.

En biodecodificación aparece en relación con el conflicto de identidad en el territorio: vivencia de hostilidad, peligro, falta de cuidado, suciedad (en sentido simbólico: algo del orden del deshonor, la humillación).

Sobre su infancia relata: “Estaba sola. Mi madre hacía los deberes conmigo y yo le tenía miedo a sus reacciones, era muy común verla enojada. Yo quedaba paralizada, no hablaba por temor a que ella se enojara…”. “En un arrebato tiró mi oso de peluche por la ventana”. “Nadie me leía cuentos ni me mimaba. No tengo recuerdos de una caricia jamás. No compartía mis emociones con nadie, estaba ‘prohibido’ estar triste, solo mamá podía mostrar sus sentimientos”. “Me iba a la escuela creyendo que tal vez mi madre se suicidara (me lo decía a veces)”. G. es alérgica a la leche como manifestación de rebeldía ante la anorexia afectiva de su madre.

• Cuando G. tiene 10 años, su mamá se casa con un médico perteneciente a una fuerza militar, es violento cuando bebe en exceso. “Mi madre volvió a casarse con un alcohólico, al que yo le tenía pánico. Cuando tomaba, yo simplemente quería convertirme en una mosca y poder salir volando de ahí...”.

• A los 13 años G. radica una denuncia por violencia de género asustada al ver cómo su padrastro golpeaba a su madre. Pero es descalificada por esto. Su madre la desmiente y al regresar a la casa vive aterrorizada. Siempre vivió en un clima familiar desestructurado, hostil, con miedo a la pareja de su madre (“creo que hasta ahora lo siento”).

Le pido que relacione su estreñimiento con un episodio vivido como abuso, real o simbólico. No lo ve. Dice que años atrás, en análisis, también el terapeuta le refirió que debía haber algo ligado al abuso y tampoco en esa oportunidad pudo hacer consciente algo cercano a ese padecimiento.

Trabajamos a partir de las connotaciones de la palabra estreñimiento. Le digo que refiere al verbo estreñir, que a su vez proviene del latín stringere: ‘apretar’, ‘estrechar’.

G. conecta con su emoción bloqueada: “Siempre me sentí apretada, restringida (para manifestarme, para expresar los sentimientos)”. Entonces le pido a G. que examine esta afirmación doble: Quiero hacer algo que no

Le pregunto con qué le resuena:

1. Quiero hacer algo que no hago = quiero dejar de aguantar, quiero hacer caca, quiero hablar con libertad.

2. Hago algo que no quiero hacer = me callo, aguanto, retengo.

Insisto: “Algo secreto, sucio, ‘una guarrada’, una chanchada, algo ligado al horror, la vergüenza, lo indecible (por asociación con lo sexual: incesto, aborto, abuso) se GUARDA en tu clan y han decidido que serías la depositaria. Lo guardás intestinamente (íntimamente) para ser fiel a tu tribu”.

G. responde al desorden amoroso con manifestaciones que derivan por un lado en el diagnóstico de megacolon, y por otro haciendo una mononucleosis, al mes de la partida de su padre al exilio.

El diagnóstico de megacolon es básicamente radiológico (profesión materna). Deriva de la ausencia de terminaciones nerviosas en la parte final del intestino grueso (colon). La malformación es congénita —donde una porción del colon no está inervado— porque no hay diferenciación de las células ganglionares. Este acontecimiento ocurrió entre el mes y medio y los dos meses de gestación. Coincide con el duelo de la mujer en gestación al recibir el diagnóstico de cáncer de su propia madre. Cuando la embarazada superpone el estatus de hija al de madre que debe ocuparse a su vez no solo de su panza sino también de su progenitora, vuelve a atravesar el “absoluto- hija”23 ante la amenaza de quedar huérfana.

En otra sesión vuelvo a insistir en un hecho traumático que ella no puede traer a la conciencia. Le refiero posibles escenas de abuso. No puede ver nada relacionado a episodios de violencia sexual.

Recién en la tercera sesión aparecen las primeras elaboraciones del trauma a partir de un tema recurrente en G., la “libertad”. Narra este episodio: “Cuando volvíamos de la comisaría donde quise denunciarlo por malos tratos a mi madre, mi padrastro me dio una patada en el culo. Todavía me parece que estoy en el aire del envión que sentí”.

Ese gesto de violencia había permanecido sellado, tapado, obstruyendo. Más doloroso que el golpe de patada fue la inacción de la ma dre para protegerla. Aparece ahí una emoción bloqueada que comienza a emerger.

En la siguiente sesión lo primero que manifiesta G. es que la semana anterior, luego del recuerdo de la patada, llegó a su casa con náuseas y tuvo diarrea. Avanzamos y construimos las siguientes interpretaciones:

• que la violencia estaba naturalizada y por eso no se vive como anormal, no advirtió ahí un abuso porque le parecía “normal”,

• que existe una situación de sojuzgamiento que la coloca como víctima de violencia familiar,

• que el abuso tiene diferentes manifestaciones: el abuso de confianza (es decir, invadir los límites de la libertad y privacidad de cada uno) es violencia; el abuso de poder y la humillación son violencia.

La relación con la madre tiene altibajos: desde la cordialidad forzada porque G. se calla lo que le disgusta hasta períodos de alejamiento. “Cuando ella habla, me pasa que me lo guardo por no entrar en algo que no sirve. Trato de dejarla para que hable hasta que en algún momento se calle, pero me enoja, me da rabia, no me es indiferente su actitud”.

Callar, aguantar, resistir y guardar son mecanismos de defensa que G. viene ensayando desde niña sin buenos resultados para su salud: su cuerpo se está bloqueando en las funciones básicas de comer/absorber lo nutritivo y expulsar lo que no sirve. Textual: “Ella (la madre) larga todo, irresponsablemente, sin filtro. Y yo me quedo callada”.

Agrego: “Como ella larga todo, vos te guardás todo”. “Toda la mierda”, responde.

¡Esa es la ecuación que hay que des-programar! En ese trabajo estamos ahora.

In document Mandatos familiares - Paris, Diana.pdf (página 62-65)