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Cuadro 1

Una casa hermética y gris captura el fondo blanco del papel, casi en su totalidad Las ventanas y la puerta son pequeñas y están cerradas.

En el sombreado, se distinguen dos cuerpos flotando.

Los trazos son rígidos y apretados. Veo en la casa un mausoleo.

Lucas, ocho años, presenta un cuadro de asma y enuresis discontinua. Es el tercer hijo de un matrimonio que ha perdido los dos primeros niños a causa de trastornos perinatales y muerte súbita.

La casa es el contexto elegido para dar(se) a conocer en la consulta y es el ámbito en el cual se pone en escena ese viraje inesperado hacia lo siniestro,' hacia la tragedia. Allí, la madre ha construido un pequeño altar, tributo para el segundo hijo, en él se ha escenificado la "presencia viva", en la,casa, a través de ropa, fotos y juguetes que perte­ necieron al bebé.

Imagen emblemática de un duelo congelado que circula en el aparato psíquico familiar, asfixiando ...

Herencia imposible de transformar, reducida al pacto que une a los padres en un texto que resuena con insistencia y hace eco en el psiquismo de este niño.

Los padres revelan en sesión: ''A nosotros no nos une el amor sino el espanto ... ". Cuadral

Gusanos negros y enroscados se desparraman en una superficie blanca e inhóspita, al lado, mariposas de colores se alzan en pleno vuelo.

Juliana, diecinueve años, dice:

"( ... ) no sé qué me pasa, pero cuando pinto se me va la tristeza, me desahogo, saco cosas de mí, siento que no estoy en blanco ... Descubrí que pintar es una herencia de mi abuela ... Estaba pensando ... no entiendo bien cómo son algu­ nas cosas, si están o no interrelacionadas, no lo sé bietJ ... Existe una especie de "ángel -demonio": mi mente es el nombre de mi ¿uadro. En él he pintado mariposas, antes eran gusanos, que ahora empiezan a transformarse, en reali­ dad, creo que es un claro reflejo de lo que es mi vida.

Tengo miedo ... ya no quiero esconderme ... ".

Esta paciente consulta a las semanas de haberse efectuado un aborto:

"Cada vez que me pasa algo en el cuerpo siento que me caigo ... soy inestable, estoy vacía, me pego a alguien y no puedo despegarme ... siento que todo es transitorio ... ".

Discurso desafectivizado que impacta. Frases recortadas de un texto de sesiones que se perderán en ausencias prolongadas a la �onsulta, para retomar luego de un período de salidas nocturnas que bordean lo riesgoso (ingesta de drogas y contactos sexuales compulsivos con desconocidos):

"Nada me importa, si quiero, consumo; total a nadie le importo. Pedro me abandonó después del aborto. Mis viejos no quieren que esté más con él. Pedro, no quería al bebé, ahora que no estoy muerta, tengo que vivir ... ". Su imagen corporal se transforma, se corta y pinta el pelo, su cuerpo comienza a cubrirse de tatuajes. En cada sesión se presentará con ropas diferentes, una llamativa capelina rosa, una peluca.

Siento que durante la sesión se arma, las palabras son una trama libidinal que la sostienen y creo que cuando cruza el umbral, al despedirse, se deshace.

Juliana revelará, luego de un período de trata�iento, que ha sido abusada sexual­ mente por su padre, durante la infancia.

Lo familiar se vuelve siniestro, el grupo de pertenencia se entrama en redes de exclu­ sión y oclusión y, como analistas, nos convertimos en espectadores azorados y aturdidos de una puesta en escena de fantasías de castración, de seducción (Álvarez, 2001).

Los mitos sociales acerca del sagrado amor parental y el soleado paraíso de la infancia se derrumban estrepitosamente anunciando al niño abusado, violentado ... violento.

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La actuación como modo de transmisión psíquica, lo puberal desligado se pone en escena, actuaciones conductuales como modo de encontrar un freno, como un intento para despojar(se), arrancar(se) el objeto incestuoso del propio cuerpo.

Cuadro3

Trazos efímeros e imperceptibles que bordean figuras humanas empobrecidas, casi fan­ tasmales, sólo contornos, no hay identidades ni rostros.

La fragilidad y el desvalimiento flotan en la escena pictórica.

Marcelo tiene catorce años, se presenta en sesión como "campeón de ajedrez y de matemáticas", motiva la consulta una "inesperada carta" que el paciente escribe en la escuela y que un compañero le "roba" y la da a conocer a una maestra. Transcurridos, algunos días, a la salida de la escuela, el joven intenta arrojarse a las vías del tren y es sorprendido por un grupo de pares que lo apuntala y contiene en una escena donde el vacío y el derrumbe cobran protagonismo.

• Dice Marcelo:

"Mis papás son como el fuego y la pólvora no pueden estar juntos ni un segundo, discuten todo el tiempo ... ".

"A mí me hacen estallar, no quiero recordar ni volver a pasar lo que pasé cuando tenía nueve años ... ".

"Con las matemáticas y el ajedrez yo me podía distraer ahora no ... no sé qué me pasa".

La madre relata:

"Marcelo es una computadira, eso me asusta, le encanta estudiar por demás, se genera mucha presión ... ".

"Yo le tiro de un lado y el padre de otro, entonces, el chico estalla, le estalla la cabeza ... ".

Los padres del joven, están separados desde que el niño tenía cinco años, Marcelo vivió con su mamá hasta los nueve, momento en que por razones económicas se decide un cambio de escuela. Entonces, es el papá quien advierte: "yo pago la escuela, pero viene al colegio que yo digo".

La nueva escuela lejos del domicilio materno. Ambos acuerdan que el niño viva con el papá, quien enviará una carta documento a la madre solicitando el jui­ cio por tenencia, alegando que la mamá le entrega al niño por no poder mantenerlo.

Durante dos meses, Marcelo sólo podrá ver a su mamá por orden judicial y en la escuela. Luego se acordará una tenencia compartida del hijo, quien de lunes a viernes, vivirá con su papá y los fines de semana con la madre.

Previo a la escritura de la carta han surgido en este jov�n .Ztras manifestaciones: Accesos de llanto repentinos, tirar tizas a docentes, romper el examen final de las olimpíadas de matemática ante el jurado y salir corriendo del aula.

P�queños actos, actings que transforman la monotonía discursiva ligada al plano de

la pasividad y la desinvestidura (que caracterizaban el discurso del paciente en trata­ miento y en el ámbito escolar), Marcelo actuaba como si no existieran las emociones.

Cuando el estallido de lo pulsional irrumpe en el cuerpo, acontece lo puberal. El jóven, no puede recordar, no quiere recordar, las matemáticas y el ajedrez son escondites que ya no pueden resistir la fuerza del impulso.

Lo puberal se hace presente y una escena originaria signada por una profunda ins­ cripción en negativo da batalla en el despliegue de un escenario escolar, testigo omni­ presente de la evolución-involución del púber que acontece.

Philippe Gutton (1993) hace referencia a que el púber se confronta con sucesos inéditos, hasta ese momento no le alcanza lo conocido para dar cuenta de lo que le está pasando, la relación de continuidad y difere'ncia, a través de la cual puede inscri­ birse en una historia y recordarse como él mismo se ve, es intensamente conmovida e impone un trabajo que no podrá postergar ni diferir.

El púber necesita de la presencia de los referentes adultos a fin de proseguir en un movimiento centrífugo con su crecimiento, le urge poder experimentar sensaciones a máxima intensidad, probar los límites de su propia corporeidad, pero, si el otro des­ aparece como referente, puede suceder que la dimensión de cierto riesgo se trans­ forme en aniquilación (Gutton, 1993).

Vivencias de amparo y desamparo

Ana Berezín (2001) concepmaliza las representaciones de amparo y desamparo como iconográfkas, ligadas a afectos como el espanto y la crueldad. t

Estas representaciones fijas, como si fuesen fotografías, reducen la posibilidad de posteriores tramitaciones psíquicas. ''Al ser representaciones inherentes al espanto o

terror, guardan con este afecto su cualidad de desborde y de no preparación ante el peligro, fijan el vivenciar aterrorizado de esa imagen-recuerdo primero del desamparo inaugural propio de la indefensión y prematurez del ser humano" (2001: 34).

Un entramado vincular precede y acuna al niño antes de que se produzca su naci­ miento. Violencias necesarias y estructurantes que se producen como un efecto antici-

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patorio y violencias perjudiciales que desbastan y colonizan la capacidad de pensar y desear marcan el devenir subjetivo, estos primeros encuentros en vínculo con otros van inscribiendo en la psique una gama de potencialidades de construcción y destrucción. Modos de estar en y con otros se anticipan y proyectan en el tiempo. "Vínculos marcados por la ambigüedad, que confunden y generan violencia y vínculos de la ambivalencia que dan lugar a la diferencia y al reconocimiento mutuo ... ", señala René Kaes (1999: 8).

Recibir una herencia y transformarla es el desafío y la puesta en sentido de un tra­ bajo psíquico a desplegarse. Es en este sentido, que P.Aulagnier (1991) conceptualiza, "Construirse un pasado" para enfrentar el devenir, para crear un proyecto futuro es necesario anclar en el pasado infantil. Permanente trabajo de construcción y recons­ trucción de un pasado a cargo del "yo historiador".

Permanencia y cambio, principios que regulan un entretiempo puberal-adoles­ cente volcánico e inquieto, el yo se sirve de identificaciones simbólicas, certezas ina­ movibles que remiten a los orígenes familiares, vinculan al sujeto con su genealogía, pero otra parte de la biografía a escribir se abre al descubrimiento y exploración de lo nuevo. Otros espejos a visitar proveen al adolescente de "signos de distinción", delimi­ tando la pertenencia a un grupo, a una banda.

Vestimentas, tatuajes, códigos compartidos de identidades grupales se abren como un abanico de registros culturales, que se manifiestan, quizá en lo líquido y efímero de los vínculos actuales, garantizando la posibilidad de no sucumbir en la soledad ante la sensación de vacío y de ausencias de garantías de que los tiempos próximos se constituyan en un tiempo (proyecto) futuro. "Recuperar el concepto de joven dice Silvia Bleichmar (2007: 63), no como una categoría cronológica, sino como ese espa­ cio psíquico en el cual el tiempo deviene proyecto y los sueños se tornan trasfondo necesario del mismo ... ".

Pienso en sueños y los colores de las islas de Tahití, en los cuadros de Gauguin y su búsqueda desesperada por escapar de un mundo contaminado por las convenciones sociales de una Francia del siglo diecinueve y alcanzar un paraíso donde sea posible la felicidad.

Allí, en una isla de verdes y tur�uesas.

Colores y sueños, espacios potenciales para pensar la infancia y la adolescencia, espacios transicionales que hemos podido crear como equipo de trabajo, en una trama, en una red para albergar sensaciones extrañas vinculadas al dolor, al desamparo y la desilusión. Sensaciones que se tejen y se reescriben una y otra vez, en ellos los chi­ cos, en sus cuadros y pinturas, y en nos-otros, los terapeutas.

"Pensar la esperanza" (Aulagnier, 1984) no constituye sólo una expectativa o posi­ ción esperanzada, implica la capacidad de espera, de aquello venidero y ausente a la vez .Confrontarse con lo nuevo, sin subsumirlo en la repetición ni en la sustitución, sino acordándole otros sentidos.

Situaciones familiares difíciles que "hacen morder