CAPÍTULO I. POLÍTICA Y ESCUELA LA CIUDADANÍA Y LA PARTICIPACIÓN COMO PROBLEMA
1.3. La Escuela como aparato en la configuración de escenarios para formar en Participación 47.
Una vez establecido el Estado nacional y reconocido en la orbita internacional por otros de su categoría, se da inicio a la etapa de formación de los ciudadanos de acuerdo a los idearios de Patria y de Nación. Para ello el Estado democrático se fija en sus propias instituciones y en ellas desborda el espíritu de la Constitución para que se materialice en todos los entes administrativos.
Los entes administrativos representan al Estado en todos sus órdenes: político, jurídico y administrativo. Gracias a ellos, la formación del ciudadano se encuentra permanentemente reforzada buscando generar un ethos de confianza legítima en el orden perseguido y en el funcionamiento gubernamental. Se espera que el ciudadano encuentre en las instituciones una manifestación del poder del Estado que, además de cobijarlos, los proteja y vele por sus intereses, responda por su seguridad y le otorgue una condición especial de nacional, lo que desemboca en un proteccionismo legal y garantista frente al individuo y la colectividad.
De esta manera, los entes administrativos, como expresión directa de la autoridad del Estado, son responsables de la formación de la sociedad civil, acorde al proyecto de Nación y sentido de patria esperados. Desde este punto de análisis, la Escuela adquiere un papel predominante, toda vez que en ella se instituye la responsabilidad directa, operativamente hablando, de preparar la población y ciudadanizarla.
La tarea de formar ciudadanos, emprendida por la Escuela, no nace espontáneamente de ella misma; es un deber que proviene desde el ordenamiento constitucional que ejerce un control social sobre la población. Berger y Luckmann (1968) señalan que la institucionalización es un proceso intersubjetivo que permite al individuo incorporar e interiorizar formas específicas y colectivas de regulación en determinados espacios de tiempo. En tal sentido, la Escuela, como
realidad social, posee un papel central en términos de ofrecer un conjunto de coordenadas de socialización e individuación de los ciudadanos. Esto enmarca el horizonte desde donde ella se articula como fuerte dispositivo sedimentado que permea las conciencias de los nacientes ciudadanos frente al desarrollo de la Democracia.
Así pues, desde el currículo la escuela implementa cátedras, manuales de historia patria, talleres de ciudadanía, prácticas de convivencia, entre otras, que instauran el concepto de República e instan en el reconocimiento de los Derechos y los Deberes civiles. No se trata, entonces, de negar los preconceptos que los ciudadanos poseen sobre el sentir patrio, sino de fortalecerlos en pro del bien de la Nación.
En tal sentido, la razón de ser de la escuela como aparato del Estado, gira en torno a la idea de civilizar. Según Álvarez (2001, p. 4), "disipar las tinieblas de la ignorancia por medio de la luz de la civilización y consolidar así los imaginarios sobre la idea de nación”, transportada en el tiempo con el proyecto de la Ilustración.
En tal virtud y junto con esas técnicas y conocimientos, en la escuela se aprenden las normas del correcto comportamiento, es decir de las conveniencias que debe observar todo agente de la división del trabajo, según el puesto que está avocado ocupar: reglas de moral y de conciencia cívica y profesional, lo que constituye en realidad parámetros del respeto a la división social del trabajo. Se aprende también a usar bien el idioma oficial, a usar la gramática correctamente, lo que de hecho significa (para los futuros capitalistas y sus servidores) saber “dar órdenes”, en otras palabras, saber dirigirse a los obreros, etcétera, Althusser (1969).
El poder de la Escuela y su utilidad social se halla en su capacidad para transportar la idea de Estado a los nuevos ciudadanos desde las edades primeras empleando las representaciones que estos poseen sobre el mundo para validarlas o moldearlas de acuerdo a los intereses del Estado en cada momento en particular. Retomando a Álvarez:
“Su papel era justamente ese, hacer aparecer como naturales, como esenciales, como existentes desde siempre, los valores, las verdades y los principios que constituyen una identidad nacional. Su estructura pedagógica estaba diseñada para eso, en eso consistía su estrategia pedagógica, en producir efectos de verdad” (2001, p. 4).
La Escuela como aparato es un elemento esencial para el fortalecimiento de ideológico de un determinado poder. Desde Althusser la Escuela como aparato escolar es el lugar en donde se aprenden “habilidades, (savoir-faire) (1969, p. 6)” que son necesarias para hacer funcional al Estado dentro del marco espacial y temporal de la historia. En esa función los ciudadanos pueden desempeñar roles como trabajadores comunes, dirigentes, sacerdotes, docentes, estudiantes, funcionarios, entre otros, siendo posible observar en todos ellos los imaginarios que hacen real la reproducción social del Estado.
Por ende, el aparato escolar, es decir, el conjunto de realidades que se presentan al observador inicial bajo la forma de una institución distinta y especializada, es el medio ideal para que
represente y reproduzca los ideales de Nación, Patria, Estado y Sociedad de manera oficial y bajo las directrices normativas de la Constitución.
En tal sentido, en la base de los Estados nacionales se halla el Aparato escolar. Este aparato fortalece el sentido de pertenencia de los ciudadanos a la comunidad de la Nación. Gracias a su identificación con este grupo-comunidad es posible la transmisión del legado histórico con el paso de las generaciones, no obstante los cambios históricos, las condiciones geográficas y los avatares socio-políticos a que son enfrentados. Citando a Anderson (1993), son los “lazos naturales” que permiten que colectivamente, la conviertan en una comunidad imaginada.