CAPÍTULO I. POLÍTICA Y ESCUELA LA CIUDADANÍA Y LA PARTICIPACIÓN COMO PROBLEMA
1.1. Los Estados nacionales y el problema de la Participación de sus miembros 33.
Los Estados nacionales -Estados modernos- constituyen una forma de organización propia de la mayoría de las sociedades en la historia reciente de la humanidad. Según Hobsbawm (1998, p. 11), “las naciones no son, como pensaba Bagehot, «tan antiguas como la historia». El sentido moderno de la palabra no se remonta más allá del siglo XVII”. Sus orígenes se hayan finalizando el Feudalismo en el siglo XII y su establecimiento político se extendió incluso durante todo el siglo XX, dando cuenta de una singular adecuación entre los conceptos de Estado-Nación; obedeciendo a dinámicas particulares de los asociados y a un proceso de transformación política, económica, social y cultural en Europa Occidental. Así pues, es en el antiguo continente en donde se consolidan los Estados nacionales tal como se nos presenta el término en la actualidad, a pesar de que en toda la esfera terrestre y en el transcurso de la historia han surgido evidencias de concentración de poderes aplicados a comunidades con cierta organización territorial.
El término Estado nacional corresponde a la suma de dos nociones que lo componen y que deben ser comprendidas por separado (Estado y Nación). Cada una es dueña de un contenido histórico propio que complementa al otro y brinda elementos que permiten observar la transformación de las relaciones entre los ciudadanos y los gobiernos; el cimiento de nuevas estructuras de poder entre Sujeto-Estado; y la apropiación de los derechos políticos que ejercen los ciudadanos mediante algunos ejercicios de participación propios de los estados democráticos.
Para Anderson (1993) la Nación entendida como estructura, como “Comunidad política Imaginada”, tiene un nacimiento más lejano en la historia que aquel que la ubica entre los siglos
XIII hasta el XVII. Es decir desde la finalización del Feudalismo hasta los hechos que
permitieron la Revolución Francesa. Afirma que la Nación es imaginada porque sus miembros necesariamente no se conocen unos a otros y no siempre se encuentran reunidos dentro de los mismos límites geográficos terrestres. Es decir, pueden estar en distintos lugares del globo y aun así compartir iguales sentimientos de afinidad e identidad social. Aun así la Nación no es global, tiene límites frente a otras naciones de mayor o menor tamaño.
“La nación se imagina limitada porque incluso la mayor parte de ellas, que alberga tal vez a mil millones de seres humanos vivos, tiene fronteras finitas, aunque elásticas, mas allá de las cuales se encuentran otras naciones. Ninguna nación se imagina con las dimensiones de la humanidad”. (1993, p. 24).
Desde este punto de vista las naciones nuevas buscan la alteridad política con el propósito reclamar los derechos históricos que las hacen iguales a las demás.
De acuerdo a Hobsbawm (1998) el problema se deriva del hecho de que la Nación moderna, ya sea como Estado o como conjunto de personas que aspiran a formar tal Estado, difiere en tamaño, escala y naturaleza de las comunidades reales con las cuales se han identificado los seres humanos a lo largo de la mayor parte de la historia, y les exige cosas muy diferentes.
El carácter de imaginada se presenta cuando los individuos comparten ciertas maneras de pensar con las que se identifican luego de haber compartido históricamente un mismo nacimiento como pueblo. Así pues, el primer medio de identificación es la lengua y la escritura. A través de ellas quedan expuestas las formas de pensar y de verse como comunidad con un acervo cultural propio que se despliega a través del tiempo y que la caracteriza como un ente singular. Así el libro, el material impreso es desde sus inicios una herramienta estratégica importante para la difusión de las ideas de un pueblo que propende por conservar sus costumbres y plasmarlas en los anales de la historia. A través del libro las ideas se perpetúan y permanecen en la mente de los
lectores cultos y del común. Los primeros las debaten mientras que los segundos las eternizan. De acuerdo a Gellner
“Lo importante de la educación o formación de las personas, lo que las provee de una identidad, no es una habilidad específica, sino las habilidades genéricas comunes que dependen de la cultura desarrollada también común que define una «nación». Es entonces, y sólo entonces, cuando esa nación/cultura se convierte en la unidad social natural y no puede sobrevivir
normalmente sin su caparazón político propio: el estado” (2001, p. 182).
Durante la época feudal en Europa occidental los núcleos de organización política (reinos, principados, señoríos, ciudades, comarcas, etc.) no se pueden comprender como unidades consolidadas de poder. El poder se hace presente mediante una visión policéntrica, y obedece a intereses personales, patrimonialistas, religiosos y de conveniencia. Los señores feudales dominan en sus respectivos territorios sin hacerlo a título de representantes del rey, pero se suman cuando son convocados al combate. De esta manera no existe una idea de Nación clara, hay ausencia de una lengua oficial y los pobladores se congregan en pequeñas comunidades que aceptan la autoridad de su gobernante de turno.
Por tal motivo, durante la Edad Media, la única fuente de unidad nacional conocida es la figura del rey. Él es el encargado del recaudo fiscal, de la expansión territorial y de la consolidación del poder a través de su ejército. En sus tierras se encuentran múltiples
comunidades que le obedecen porque han sido adicionadas como producto de las conquistas o el uso de la fuerza, y aunque hablan sus lenguas nativas, ellas no necesariamente corresponden a la que habla el rey, que por demás, es extranjero y no se encuentra legitimado para gobernar a la Nación sometida.
Al finalizar la Edad Media, y luego del proceso paulatino de algunos escritores empecinados en secularizar la imprenta, que por demás tiene en su momento un uso exclusivamente clerical,
los distintos libros fortalecieron una manera especial de ser y de pensar en las comunidades europeas y americanas, dando origen a los periódicos como instrumentos mediáticos para plasmar las ideas y los distintos puntos de opinión. Ello permite al campesino común adquirir una visión más extensa que la que tiene sobre su pequeña aldea y a partir de ello amplia la visión de la realidad, mientras que a los pocos letrados se les permite profundizar en el uso de la lengua y la propagación de los idearios de libertad.
En este trasegar los grupos humanos que se identifican dentro de la comunidad que integra la Nación son capaces de observar y cuestionar la legitimidad del poder que tienen sus gobernantes. Por tal motivo de manera implícita, abre la posibilidad a sus miembros revelarse desde las
distintas escalas sociales en pro de un reordenamiento que le permita ostentar el derecho de los pueblos a su auto determinación. Lograr hacerlo da origen a los Estados, al mismo tiempo que crea los nacionalismos sustentados en el amor patrio.
Anderson ofrece una razón para explicar por qué algunas naciones buscan asumir una posición política. Ella se sustenta en la necesidad de recordar los orígenes y de establecerse con un marco histórico el que impulsa a la Nación a buscar las raíces de sus símbolos, a resaltar a sus héroes y a buscar símbolos, imágenes y acontecimientos que se enganchen desde los mismos orígenes de la historia, a usar su lengua como instrumento mediático de emancipación. De esta manera se establecen como iguales ante las demás naciones.
“En un mundo en que la Nación-Estado es la norma predominante, todo esto significa que hoy pueden imaginarse naciones sin ninguna comunidad lingüística no en el espíritu ingenuo de "nosotros los americanos: sino por una conciencia general de lo que la historia moderna ha demostrado que es posible”. Anderson, (1993, p. 92).
En determinadas situaciones la elección de la lengua oficial tiene un carácter político y no obedece al desarrollo natural de los pueblos. De esta manera puede encontrarse en un mismo
Estado una gran variedad de lenguas, nativas, vernáculas, y aun así seleccionar solo una con un posible carácter comercial o económico o que atienda a necesidades políticas internas.
Así, las lenguas son un modo de separar una comunidad cultural de otras, pero no
necesariamente explica que por ello, la lengua dominante sea la lengua oficial de la Nación, pues podría darse la situación que la lengua hablada y escrita de los pobladores solo obedeciese a que pertenece a una más grande. E incluso se puede notar que la lengua que se habla es la oficial y mucho más grande que la lengua natural y cultural que habla el sujeto dentro de su pequeña comunidad.
Comprendidas ahora algunas razones que motivaron su origen, es posible aproximarse a una primera definición de Nación, entendiéndola como una colectividad soberana, forjada a partir de un origen significativo e individual, e impulsada a asumir la legitimidad de un futuro político común.
De esta manera surgió el Estado nacional antes de terminar el siglo XVIII, como una organización que distribuye el poder entre las personas que administran las instituciones en procura del bienestar social. Tal como sucedió en Europa a través de variados procesos de transformación de los gobiernos producto de las ideas nacidas en el Siglo de las Luces y que luego se extendieron y prosperaron en América con los distintos movimientos de independencia una vez surtida la Revolución Francesa y el empoderamiento de las clases burguesas nacionales. Quienes por demás, ascienden en el escenario político motivados por la conquista de su proyecto económico dentro del aparato del Estado.
La floreciente burguesía, apoyada en el vertimiento de nuevas tecnologías aplicadas a los procesos productivos aumentó su producción a escala e hicieron un gran cúmulo de capital. Ello trajo como consecuencia la masificación de la nueva clase social del proletariado que sin tener otras posibilidades se desplazó desde las zonas rurales para aportar abundante mano de obra en
las fábricas e industrias nacionales bajo medidas proteccionistas. De esta manera la toma de poder, como producto de la conciencia económica, política y social burguesa provocó el surgimiento de los imperios coloniales.
Por tanto, mientras la burguesía se empodera de las esferas gubernamentales durante el siglo XIX, los cambios generados por las revoluciones de las clases obreras propendieron por la constitución de Estados en los que el poder no se concentra en un solo grupo o clase social sino que actúa mediante representantes de toda la colectividad. En el caso de los estados socialistas, la distribución de los bienes y la administración de la economía impusieron la eliminación de las clases sociales y el fortalecimiento de un solo partido político representante del Estado. Gellner (2001), lo explica de la siguiente manera:
“Lo que sostenemos es que el nacionalismo es una clase muy concreta de patriotismo que pasa a generalizarse e imperar tan sólo bajo ciertas condiciones sociales, condiciones que son las que de hecho prevalecen en el mundo moderno, y no en ningún otro. El nacionalismo es una clase de patriotismo, que se distingue por un pequeño número de rasgos verdaderamente
importantes: las unidades a que este tipo de patriotismo —es decir, el nacionalismo— entrega su lealtad son culturalmente homogéneas, y se basan en una cultura que lucha por ser una cultura desarrollada (alfabetizada); son lo suficientemente grandes como para creerse capaces de
sustentar el sistema educativo que mantiene en funcionamiento esa cultura desarrollada; contiene escaso número de subgrupos internos poco flexibles; sus poblaciones son anónimas, fluidas y móviles, y no están mediatizadas; el individuo pertenece a ellas directamente, en virtud de su formación cultural, y no en virtud de ser miembro de uno de los subgrupos componentes. Homogeneidad, alfabetización, anonimidad: éstos son los rasgos clave” (págs. 176, 177).
A partir de 1880 el tema de la Nación y de la nacionalidad toma una particular importancia, toda vez que en contextos como el socialista, la masa empezó a tener una especial atención centrada en los comicios y las orientaciones políticas reales o en potencia de los ciudadanos. Retomando a Hobsbawm (1998), los partidos políticos toman importancia porque convocan a los electores bien para sufragar por sus candidatos o bien para fortalecer ciertos idearios propios de
su partido que en más o menos proporción, movilizaban las dinámicas políticas y administrativas de su país.
“Las actitudes políticas de los ciudadanos, y en particular de los trabajadores, eran factores de muchísimo interés, dado el auge de los movimientos obreros y socialistas. Obviamente, la democratización de la política, es decir, por un lado la creciente ampliación del derecho (masculino) al voto, por otro lado la creación del estado moderno, administrativo, que
movilizaba a los ciudadanos e influía en ellos, colocaba tanto el asunto de la «nación» como los sentimientos del ciudadano para con lo que considerase su «nación», «nacionalidad» u otro centro de lealtad, en el primer lugar del orden del día político.” (Hobsbawm, 1998, p. 92).
Así pues, surge un nuevo concepto, el de Conciencia Nacional. En ella se comprende que la Nación tiene un origen legítimo y que está llamada a organizarse, a defender los símbolos, las tradiciones ancestrales, los acervos culturales, los códigos lingüísticos, la unidad de sus miembros y la soberanía nacional. Este tipo de conciencia requiere además. De la firme convicción de una vida colectiva en la que los sujetos se sienten parte de una comunidad mayor que posee vida propia, con intereses históricos especiales y propias necesidades.
La Conciencia Nacional da origen a los nacionalismos y provoca las revoluciones y los cambios de poder. Los nacionalismos propician el origen de los Estados, valiéndose del interés particular de los miembros a tener en sus manos la oportunidad de participar en los distintos procesos de transformación y reestructuración de la organización del gobierno. Para ello se sirve del sentido de pertenencia, del amor patrio, de todo aquello que le permite a la colectividad sentir un profundo deseo de defender, incluso con la vida, la comunidad imaginada de la que se siente heredero.
De este modo se instaura un nuevo pensamiento que defiende toda manifestación de la voluntad general del pueblo soberano y exige un gobierno legítimo propio, ajeno a las determinaciones de gobernantes extranjeros.
Durante el siglo XX el Estado colombiano se estructuró a través del control de la economía y la administración de los distintos entes departamentales. La Nación atraída por los ideales que fomentaron los nacionalismos se empezó a fundir en sentimientos patrios y a sentir parte del Estado ofrecido desde el nuevo estatus de Ciudadano Político. En el caso de los americanos
“Por una parte, ninguno de los revolucionarios criollos soñó con mantener intacto el imperio, sino en modificar su distribución interna del poder, invirtiendo las anteriores relaciones de sujeción, transfiriendo la metrópoli de un lugar europeo a uno americano”, (Anderson, 1993, p. 265).
En América, el problema se planteó de otra manera. Para el decenio de 1830 habían sido reconocidas internacionalmente las independencias nacionales e ingresaron en las líneas
genealógicas de los Estados nacionales. Sin embargo, para aquel momento aún no se cuenta con los medios humanos e históricos que consolidaron los Estados europeos. En tal dirección, el Lenguaje, como categoría, no logró ser un asunto de real interés por los movimientos
nacionalistas americanos, toda vez que al compartir un lenguaje común con la metrópoli (religión y cultura), había hecho posibles las primeras imágenes nacionales.
De acuerdo a Anderson (1993), “la nacionalidad se asimila al color de la piel, el sexo, el linaje y la época de nacimiento: todas estas cosas no podemos escogerlas”. Tal es la razón por la que los Estados generaron marcos legales constitucionales para incluir a sus nacionales y brindarles garantías jurídicas como la nacionalidad. Basta entonces nacer en cualquier país para que de inmediato el Estado lo acoja como un miembro más de la sociedad y le otorgue ciertos derechos y, en correspondencia, el nuevo asociado responda asumiendo sus respectivos derechos y deberes.
Con lo anterior la estabilización del Estado hizo ineludible la necesidad de aplicar distintos procesos y mecanismos de institucionalización y conformación del aparato administrativo, es
decir de un cuerpo de funcionarios que actúan en su nombre y ejercen actividades especiales y permanentes. Por otra parte, también impuso un conjunto de normas para regular la vida social de manera que se hizo imposible o ilegal asumir la fuerza por la propia mano y en su lugar aplicar la norma en pro de la justicia.
Con todo, los Estados nacionales lograron la construcción de un acervo jurídico oficial, el cual establece las condiciones bajo las cuáles se ejerce coacción legal frente a los individuos que vulneran las libertades de los otros. Este nuevo orden social tiene como objetivo la pacificación de los colectivos como proyecto político continuo. Para Benedict, el modelo del nacionalismo oficial adquiere su pertinencia sobre todo en el momento en que los revolucionarios toman el control del Estado, y se encuentran por primera vez en posibilidad de usar el poder de éste para realizar sus sueños. La pertinencia es mayor en la medida en que incluso los revolucionarios más decisivamente radicales, heredan hasta cierto punto, el Estado del régimen derrocado. Algunos de estos legados son simbólicos, pero no por ello son menos importantes.
En el caso colombiano la Corte Constitucional (2015) describe al Estado en los siguientes términos:
“La Asamblea Nacional Constituyente, al promulgar la Constitución Política, estableció un marco jurídico “democrático y participativo”. El acto constituyente de 1991 definió al Estado como “social de derecho” reconstituyéndolo bajo la forma de república “democrática, participativa y pluralista”. Su carácter democrático tiene varios efectos. Entre otras cosas, implica primero, que el Pueblo es poder supremo o soberano y, en consecuencia, es el origen del poder público y por ello de él se deriva la facultad de constituir, legislar, juzgar, administrar y controlar; segundo que el Pueblo, a través de sus representantes o directamente, crea el derecho al que se subordinan los órganos del Estado y los habitantes; tercero, que el Pueblo decide la conformación de los órganos mediante los cuales actúa el poder público, mediante actos electivos y (iv) que el Pueblo y las organizaciones a partir de las cuales se articula, intervienen en el ejercicio y control del poder público, a través de sus representantes o directamente”. Corte Constitucional, Sentencia C-150 de 2015.
De acuerdo al Banco de la República, página web (2015), el Estado se comprende como una forma política, adoptada por un pueblo nación con voluntad de autogobierno, enmarcado dentro
de unos límites políticos territoriales, la soberanía de sus miembros y el libre ejercicio de la auto determinación. El Estado no existe sin la Nación, pero esta sí puede sobrevivir sin que exista cómo mediadora de cualquier tipo de organización legal. Ello significa que es expresa la necesidad de una población humana que la forme, que actúe en su nombre y por sus propios intereses, sin que por ello sea dueña histórica de la herencia de una única lengua.
La idea de Nación dentro del imaginario de los colombianos no circunda por la tradición ancestral de los pueblos indígenas precolombinos. En tal sentido, no se construye como una comunidad imaginada (Anderson, 1993), sino como un constructo que pretende continuar los