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CAPÍTULO 2: LAS TEORÍAS DE LOS CLUSTERS INDUSTRIALES

2.6. LA TEORÍA DE LOS CLUSTERS INDUSTRIALES

2.6.3. La escuela nórdica de clusters

Como hemos comentado, Porter postula que la creación de ventajas competitivas en un cluster se debe fundamentalmente a su capacidad de innovación; entendiendo dicha innovación de forma muy general, en la línea schumpeteriana, incluyendo mejoras en tecnología, insumos y organización de la producción, descubrimiento de demandas insatisfechas o potenciales en el mercado (nuevos productos) y nuevas formas de comercialización. En base a esta idea central surge la escuela nórdica de clusters, que centra su atención en la innovación como base competitiva de los clusters en la economía del aprendizaje (Lundvall y Johnson, 1994), con lo que se vincula fuertemente con la teoría de la interacción y de los sistemas de innovación (Lundvall, 1992). Así, los sistemas regionales de innovación y las learning regions siguen la línea de Porter, siendo el concepto de sistema regional de innovación19 (Cooke, 1992; 2001; Cooke y Morgan, 1998; Cooke et al., 1997; Cooke et al., 2003) heredero directo de la literatura sobre los sistemas nacionales de innovación. Recientemente esta línea se ha completado con aspectos teóricos vinculados a los procesos de aprendizaje y a la dinámica institucional regional, dando lugar al nacimiento de la teoría de las learning

regions, donde el conocimiento se considera el recurso más relevante y el aprendizaje el

proceso más importante (Asheim, 1996; Florida, 1996; Lundvall y Maskell, 2000; Simmie, 1997). La hipótesis de partida de la literatura sobre las learning regions es que el conocimiento tácito es la base para la innovación, y dado que éste no puede transmitirse fácilmente a larga distancia, sino que requiere del contacto cara a cara entre individuos con ciertos rasgos en común (el uso de un mismo idioma, la existencia de códigos de conducta y normas de comportamiento comunes, etc.), el ámbito regional adquiere un protagonismo especial. En palabras de Maskell y Malmberg (1999a:181), “es la dotación institucional específica de cada región la que permite la incorporación y creación de conocimiento, la cual —a través de la interacción con los recursos físicos y humanos— determina sus capacidades y acentúa o mengua la competitividad de las empresas de la región. La naturaleza dependiente de la senda de estas capacidades localizadas hace difícil la imitación, y, de esta forma, sienta las bases para el desarrollo de ventajas competitivas sostenibles.”

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Para una revisión exhaustiva de la literatura sobre los sistemas regionales de innovación consúltese Asheim y Gertler (2003).

En consecuencia, esta escuela prefiere hablar de Economía del Aprendizaje en lugar de Economía del Conocimiento (Lundvall y Johnson, 1994), ya que lo que hoy en día es información valiosa, mañana tal vez no lo sea; y lo que hoy es conocimiento, tal vez mañana sea obsoleto. Para esta corriente de pensamiento, lo que verdaderamente importa es la capacidad de adquirir información y conocimiento y de construir nuevas competencias; es decir, lo que explica el éxito económico de individuos, empresas, regiones y países es la capacidad de asimilar el cambio, aprender, adaptarse y, por último, producir el cambio, es decir innovar.

Lundvall (1992) observa que el desempeño económico favorable no se da en forma aislada en empresas individuales, lo cual se explica porque parte del conocimiento es aún difícilmente transferible, puesto que, aunque la información y el conocimiento explícito o codificado pueden ser trasladados fácilmente alrededor del mundo, el conocimiento tácito no lo es. En consecuencia, mientras la información es relativamente móvil a nivel mundial, en cambio el conocimiento está muy arraigado espacialmente (Cooke et al., 2000). De esta manera, las divergencias de las capacidades innovadoras entre diferentes regiones o clusters son el resultado de las trayectorias específicas de aprendizaje incorporadas en los diferentes sistemas institucionales locales. Es decir, el aprendizaje se basa principalmente en el conocimiento tácito que no puede ser fácilmente aislado de sus consecuencias individuales, sociales y territoriales; por lo que el aprendizaje en el seno del cluster se basa en el arraigo social del conocimiento de difícil codificación y transferibilidad a través de los canales formales de información. Así, en la economía del aprendizaje, elementos cruciales del conocimiento siguen siendo específicos y tácitos, insertos en organizaciones, personas y localidades. Aspecto que representa la principal razón explicativa de la especialización y aglomeración productiva de empresas formando clusters.

Surgen así, en el cluster, las externalidades dinámicas derivadas del aprendizaje, que, como indican De la Mothe y Gilles (1998), no sólo inciden en el nivel de costes o la productividad, sino que inciden también en la velocidad del cambio y en el ritmo de incremento de la productividad. El aprendizaje por interacción entre empresas es importante sobre todo para la difusión del conocimiento específico y tácito y se da en forma espontánea (por imitación) o organizado, con la creación de instituciones colectivas de capacitación, investigación y desarrollo o la generación de información.

Ambas son formas posibles que pueden adoptar los sistemas regionales de innovación. Es decir, la innovación se concibe como un complejo proceso de aprendizaje interactivo y colectivo en el seno del cluster, basado en la cooperación y la confianza entre las empresas involucradas y que facilita su proximidad geográfica; ya que el aprendizaje se entiende, especialmente en referencia al conocimiento tácito, como un proceso fundamentalmente local (Asheim y Isaksen, 2000). Así, la innovación se potencia mediante la cercanía geográfica de las empresas, dado que la cercanía entre empresas aumenta la presión (de competidores, de consumidores) y mejora la capacidad de respuesta. Esto último tiene componentes estáticos (mejora la gestión de los encadenamientos del sistema productivo de valor del cluster) y dinámicos (estimula el conocimiento tácito, vía aprendizaje por interacción).

En consecuencia, como afirman Bengtsson y Sölvell (2004), existe un renovado interés dirigido hacia los factores que más allá de la empresa individual actúan como elementos clave e impulsores de la innovación; factores que pueden incluir la presión de la competencia, así como elementos de cooperación interempresarial. En este sentido, el nivel de rendimiento de la innovación está estrechamente ligado a diversos aspectos del entorno competitivo de la empresa; es decir, al contexto de competencia y cooperación dentro de un cluster (Malmberg et al., 1996). De esta manera, el enfoque de clusters ha girado hacia el aprendizaje, la creatividad y la innovación dentro de las agrupaciones locales (Porter, 1990a; Krugman, 1991a; Saxenian, 1994b). En los modelos de Porter (1990a) y Enright (1991), el nivel de rendimiento de la innovación entre las empresas suele explicarse en términos de la intensidad y diversidad de la competencia, y la naturaleza de las relaciones con clientes y proveedores dentro de la red local. Por lo tanto, se afirma que los procesos de innovación son localizados por las presiones proporcionados por la competencia, así como por las sinergias derivadas de la cooperación. Y es que las teorías sobre los procesos de innovación local han añadido una dimensión espacial a la competencia. Se argumenta que la intensidad y la calidad de la competencia se ven reforzadas por la proximidad de los competidores. Al respecto, Porter (1990a) señaló que la interacción entre competidores geográficamente próximos que operan en las mismas condiciones culturales y utilizando un mismo “idioma”, permite desarrollar una situación más dinámica y competitiva. Yendo más lejos, este autor afirmó que los factores psicológicos, tales como el prestigio y el orgullo, estimulan a las empresas para competir activamente y ser más innovadoras.

En la literatura sobre comercio internacional se propone que la innovación está adoptando formas globales (Nohria y Ghoshal, 1997; Ghosal y Bartlett, 1990; Dunning, 1993; Hedlund, 1994). En cambio, otros investigadores afirman que, aunque son las empresas transnacionales las que abarcan todo el mundo, los procesos de innovación tienden a permanecer dentro de los clusters locales (Enright, 1991; Sölvell et al., 1991; Porter, 1990a). Los argumentos en favor de los entornos locales de innovación incluyen los beneficios del trabajo en común (Dumais et al., 1997), proveedores especializados, y la intensa rivalidad (Audretsch y Feldman, 1996a; Porter, 1990a). La movilidad de los ingenieros es mayor dentro de una misma zona geográfica que entre diferentes áreas (Angel, 1989). Los proveedores especializados locales proporcionan una infraestructura industrial, el capita-riesgo es abundante y favorece la creación de nuevas empresas (Pouder y St. John, 1996). Se trata de auténticas “comunidades de innovación” dedicadas al desarrollo y comercialización de nuevas tecnologías (Lynn et al., 1996). Porter (1990a) sostiene que la competencia actúa como un catalizador en la dinámica de los clusters, al estimular la competencia y mejorar los productos y procesos, al competir por los mejores ingenieros y por el capital-riesgo, y al empujar las relaciones de cooperación con proveedores y clientes. Sölvell et al. (1991) sostienen que los centros de excelencia dentro de las empresas multinacionales localizadas refuerzan estos procesos de innovación. Henderson y Clark (1990) describen la arquitectura de las innovaciones, es decir, aquellas que suponen la reconfiguración radical de los elementos o actividades. Las innovaciones incrementales, por otra parte, implican novedades, pero manteniendo la arquitectura existente. Así, el desarrollo o la adquisición de competencias tecnológicas totalmente nuevas son fundamentales para la prosperidad y la supervivencia de las empresas y de los clusters.