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1. DESARROLLO HISTÓRICO DE LA REPRESENTACIÓN FÍLMICA DEL ESPACIO

1.2. Espacio de desarraigo: el cine fronterizo mexicano

En el cine mexicano, la frontera entre México y los Estados Unidos ha estado presente casi desde sus inicios. A pesar de ello, tanto el tratamiento de los temas como la representación de los personajes y espacios fronterizos han abundado en simplificaciones y visiones estereotipadas. Iglesias (1999) considera que muy pocas películas mexicanas han logrado capturar en celuloide la compleja realidad que se vive en la franja fronteriza entre México y los Estados Unidos, y que sólo hasta años muy recientes es posible localizar filmes cuyo abordaje de lo fronterizo “es tan complejo como el significado del término ‘frontera’” (pág. 234).

El cine mexicano de ficción dirigió su mirada hacia la frontera norte del país por primera vez en 1922. En aquel año, el director Miguel Contreras Torres filmó El hombre sin patria, melodrama sobre las desventuras de un joven mexicano de clase acomodada, frívolo y despilfarrador, quien al ser expulsado del hogar paterno se veía forzado a emigrar hacia los Estados Unidos donde encontraba “padecimientos e injusticias inauditas a manos de crueles capataces yanquis” (Ramírez, 1989). Filmada en locaciones de Los Ángeles y San Diego, California, El hombre sin patria constituyó el punto de partida de las más de trescientas aproximaciones que el cine mexicano ha realizado hacia la frontera norte en casi nueve décadas.9

A partir del establecimiento de la industria del cine sonoro mexicano, la frontera entre México y los Estados Unidos fue presentada como un tema a tratar, más que como un

espacio o un contexto cultural. En La china Hilaria (1938) de Roberto Curwood, primera película del cine sonoro mexicano que hizo alusión al tema fronterizo, la frontera ni siquiera fue representada en la pantalla, únicamente se hablaba de ella. Lo mismo sucedió en El hijo desobediente (1945) de Humberto Gómez Landero, Primero soy mexicano

(1950) de Joaquín Pardavé y Acá las tortas (1951) de Juan Bustillo Oro, películas en las que se aludía a la vida en los Estados Unidos y sus efectos perniciosos en las costumbres culturales de los emigrantes mexicanos.

La emigración hacia los Estados Unidos fue el tema principal deEspaldas mojadas

(1953) de Alejandro Galindo, considerada por críticos y especialistas como la mejor película sobre tema fronterizo de los primeros años del cine mexicano. Para Maciel (2000)

Espaldas mojadas “expone con claridad las causas de la emigración: los problemas socioeconómicos de México, la desesperanza de algunos sectores de su población para los que no hay otro modo de subsistir y los beneficios que la economía estadounidense recibe gracias a la llegada de los trabajadores mexicanos” (pág. 106). Aunque la cinta no logró evitar algunos clichés, como la presentación estereotipada y negativa de algunos de los personajes de origen estadounidense, tanto anglosajones como de ascendencia mexicana, su apreciación resulta favorable al compararla con otras producciones mexicanas de la misma época que abordan el tema de la emigración hacia los Estados Unidos.

Iglesias (1991) señala que entre 1938 y 1969 se filmaron 83 películas mexicanas con tema fronterizo. A lo largo de esos años, correspondientes al auge y declive de su etapa industrial, el cine mexicano experimentó una centralización tan aguda que desalentó el rodaje de películas fuera de los límites de la Ciudad de México. Tal situación condenó a la frontera norte, al igual que a una gran parte del resto del país, a ser representada a través de

unas cuantas referencias verbales o, en el mejor de los casos, mediante algunas

escenografías pintorescas y tomas de stock. Con esos limitadísimos recursos expresivos, el cine mexicano convirtió a la frontera con los Estados Unidos en un espacio artificial que simbolizaba los valores más cuestionables de la identidad nacional. En aquella frontera de palabras y tramoya, los mexicanos se enfrentaban lo mismo al desarraigo (La china Hilaria, 1938; Adiós mi chaparrita, 1939) que a la perdición moral (Aventurera, 1949; Frontera norte, 1953) y, tarde o temprano, después de sufrir la discriminación y los malos tratos por su condición de Espaldas mojadas (1953), regresaban convencidos de que ¡Como México no hay dos! (1942).

La consolidación como género del cine mexicano con temática fronteriza ocurrió entre 1970 y 1978 (Iglesias, 1991). En ese período, tanto el gobierno mexicano (convertido en productor de cine desde 1971),10 como los productores privados, descubrieron al público de méxico-americanos e inmigrantes mexicanos en los Estados Unidos y filmaron 45 películas dirigidas específicamente a ese sector, con temas sobre migración, chicanos, narcotráfico y problemas de identidad cultural. Esa etapa coincidió con el surgimiento del cine chicano en los Estados Unidos y con una mayor atención hacia el fenómeno migratorio por parte de la sociedad mexicana. Al respecto, Keller (1988) destaca el breve auge que tuvo el tema chicano en el cine de producción mexicana entre 1973 y 1975.

Era un género [el chicano] conveniente, ya que intentaba ser un producto que inflara el mercado mexicano a nivel internacional –en este caso entre los sectores ya

ubicados del mercado estadounidense-; puesto que parecía ser altamente relevante en los aspectos cultural, político y económico y además porque tenía la ventaja de estar en la línea de los sentimientos izquierdistas y tercermundistas de la oficialidad

mexicana del sexenio 1970-1976, sin tomar por esto riesgos innecesarios, ya fuera nacionalmente o con respecto a los Estados Unidos. (págs. 20-21)

En medio del auge del tema chicano, el gobierno mexicano produjo Raíces de sangre (1976), película dirigida por el cineasta e historiador chicano Jesús Salvador Treviño, cuya trama abordaba la lucha de un grupo de trabajadores mexicanos y méxico- americanos en contra de la discriminación y la explotación laboral. Esa colaboración entre el cine mexicano y el chicano significó el primer momento de convergencia entre dos de las tres principales cinematografías que abordan el tema fronterizo.

La década de 1980 trajo consigo un auge de lo que Iglesias (1985) bautizó formalmente como cine fronterizo, a partir del “número de películas realizadas sobre la frontera norte de México, sus características y la importancia de sus efectos” (pág. 9). De acuerdo con Iglesias (1991), el período 1979-1989 se caracterizó por el notable aumento del número de películas filmadas (147 en diez años), la diversidad de géneros abordados

(inclusive las llamadas sexy-comedias) y el predominio del tema del narcotráfico (41 películas) por encima incluso del de la migración (36 cintas).

El cine fronterizo mexicano aumentó su producción y se desarrolló en múltiples direcciones, como resultado del aumento de la población de origen mexicano en los Estados Unidos, la presencia del narcotráfico en la frontera y su impacto en la cultura popular, el surgimiento del video como soporte barato para grabar y distribuir películas (videohomes) y del mercado del cine en video en idioma español, así como de la ubicación de casas

productoras de cine en ciudades de la frontera norte. La emigración legal e ilegal de mexicanos hacia los Estados Unidos aumentó notablemente y trajo como consecuencia un

marcado incremento en el consumo de cine con temática fronteriza. Los narco-corridos popularizaron las hazañas de criminales reales y ficticios y sus letras se transformaron en los argumentos de varias cintas del género. Parte de la industria del cine mexicano se descentralizó por primera vez en la historia y, tras ubicarse en puntos estratégicos de ambos lados de la frontera, entró en contacto directo con sus consumidores, lo cual le permitió conocer de cerca sus gustos y hábitos de consumo.

Además de la combinación de géneros (aventuras, terror, western, melodrama, comedia) y subgéneros (cabrito-western, sexy-comedias), los temas de la migración y el desarraigo, así como la violencia provocada por el narcotráfico, predominaron a lo largo de los años ochenta en las cintas fronterizas mexicanas por encima de otras temáticas y

continuaron vigentes durante los primeros años de la década de 1990. García Riera (1998) localiza 86 películas fronterizas producidas entre 1990 y 1994 para contabilizar un total de 362 películas con temática y ambientación fronterizas, filmadas por el cine mexicano desde 1922.

A pesar de la vigencia de la mayoría de los factores que promovieron su auge durante la década anterior, el cine fronterizo mexicano terminó por declinar como género hacia 1995 (García Riera, 1998). En su lugar, los cineastas mexicanos de años recientes han intentado abordar los temas fronterizos con mayor realismo y desde una óptica más

personal. Dicho abordaje temático es visible en varias películas mexicanas contemporáneas, como Hasta morir (1994) de Fernando Sariñana; El jardín del Edén (1994) de María

Novaro; Bajo California, el límite del tiempo (1998) de Carlos Bolado; Santitos (1998) de Alejandro Springall; De ida y vuelta (2000) de Salvador Aguirre; Al otro lado (2004) de Gustavo Loza; Puños rosas (2004) de Beto Gómez, Backyard-El traspatio (2009) de Carlos

Carrera y Norteado (2009) de Rigoberto Pérezcano, cuyos argumentos se refieren, parcial o totalmente, a los problemas provocados por el enfrentamiento entre las culturas mexicana y estadounidense.