LAS RAÍCES DE UNA CIUDAD MODERNA (1860-1905)
Ilustraciones 2.9 y 2.10 Aspecto de las viviendas de las calles del Arenal y Mayor a comienzos del siglo XX Fuente: Fototeca del Patrimonio Histórico, Ministerio de Cultura.
2.3. Un espacio en mutación La formación de un triángulo del dinero en el centro de Madrid y sus repercusiones sobre la ciudad heredada a comienzos del siglo XX.
Madrid inauguró el nuevo siglo bajo los designios de una estructura urbana tripartita plenamente consolidada. En ella se distinguía un espacio interior todavía falto de un proyecto que acabase con los barrios más densificados y degradados, un Ensanche incapaz de absorber en su totalidad a las oleadas de inmigrantes que acudían en busca de oportunidades laborales y un Extrarradio urbanizado de manera anárquica, que servía como respuesta informal a las necesidades sociales de alojamiento barato79. Tetuán de las Victorias, Prosperidad, Guindalera o Puente de Vallecas aumentaban año a año su cifra de habitantes a partir de la autoconstrucción al margen del control municipal, lo que provocaba que dos terceras partes de sus edificios presentaran únicamente planta baja80. En medio de esta fisonomía, el centro urbano conservaba la densidad poblacional más elevada (13 metros cuadrados por cada habitante) y el mayor número de bloques de
79 Desde comienzos del siglo XX se aceleró el desfase entre el Extrarradio y las restantes zonas de Madrid
en términos de crecimiento. Entre 1905 y 1910 aumentó su número de habitantes en un 27,38%, superando al Ensanche (11,08) y al interior (3,83). Para estos datos: DE TERÁN, Manuel: “El desarrollo espacial de Madrid a partir de 1868”, en Estudios Geográficos, 22, nº 84-85, 1961, pág. 602.
80 VÖRMS, Charlotte, Bâtisseurs de banlieue. Madrid, le quartier de la Prosperidad (1860-1936),
Créaphis Editions, París, 2012 y VÖRMS, Charlotte: “Propriété populaire et urbanisation spontanée: l’extrarradio madrilène dernier tiers du XIXe siécle”, en LAVASTRE, Phillippe y MAS, Rafael (coords.),
viviendas por hectárea de la ciudad (30,67)81. No obstante, esas cifras no repercutían negativamente en su vecindario. Cada familia “vivía en un cuarto más o menos amplio,
pero con entera separación e independencia, y compuesto de varias habitaciones y dormitorios ocupados sólo por una o dos personas cuando más”82. La diferenciación de esta zona con respecto a las más insalubres respondía a las siguientes cuestiones:
“No hay que confundir la densidad de un distrito rico con la de un distrito pobre, pues aquel representa sólo la aglomeración humana en casas grandes, con habitaciones espaciosas y de muchos pisos, mientras que éste ofrece el tipo de hacinamiento en su más alto grado. El rico, aun cuando se halle privado de su ración fisiológica de aire, se encuentra en situación de alimentarse bien, de vestirse bien, de ponerse al abrigo de los fríos del invierno y de huir de los calores del verano; en cambio, el pobre está obligado, por sus medios limitados de existencia, no sólo a habitar los pisos bajos, húmedos y mal ventilados, o las buhardillas, expuestas tanto a los rayos solares en el verano como a los fríos inclementes del invierno, sino que se halla además privado de una alimentación en armonía con su trabajo, de ropa y del combustible necesario para protegerse contra el frío”83.
La avanzada segregación horizontal de las tres áreas del Ensanche ofrecía signos de modernidad en la organización espacial todavía ausentes en el casco antiguo en 190584. Aquí no terminaban de diluirse los criterios residenciales de la ciudad preindustrial de tela y cartón, donde junto a áreas urbanas de gran prestigio social y económico persistían calles y barrios de marcada obsolescencia y preocupante situación de desgaste, congestionamiento, falta de salubridad y recursos85. Los barrios de mayor nivel socioeconómico (Floridablanca, Puerta del Sol y Las Torres) seguían concentrados en torno al extremo oriental de la Puerta del Sol y su confluencia con las áreas plenamente edificadas del Ensanche Este dio lugar a los precios del suelo más elevados de la capital86. Aunque la oferta inmobiliaria mostraba una clara orientación hacia la infravivienda por debajo de las 25 pesetas, contando también el centro con un amplio abanico de casas a este precio en barrios como Senado, Tudescos y Estrella, los mayores porcentajes reflejados por rentas situadas en torno a unas 125-200 pesetas generaban el retrato de un vecindario algo más desahogado pero de importantes contrastes (Figura 2.32).
El número de empadronamientos aumentaba de manera imparable en Buenavista, Hospicio y Palacio, gracias a la actuación urbanizadora en los barrios de Salamanca,
81 BRANDIS, Dolores, El paisaje residencial en Madrid..., Op. Cit., pp. 118-125.
82 CHICOTE, César, La vivienda insalubre en Madrid. Memoria presentada al Excmo. Señor vizconde de
Eza, Imprenta Municipal, Madrid, 1914, pág. 30.
83 HAUSER, Philiph, Madrid bajo el punto de vista médico-social..., Op. Cit., vol. 1, pág. 509.
84 A principios del siglo XX las principales ciudades europeas como París, Viena, Budapest o Bruselas
apenas presentaban distritos mixtos como lo habían hecho cien años antes. La diversificación cultural de sus espacios generada por la continua afluencia de inmigrantes y el impacto combinado de la oferta del suelo y del coste del transporte urbano provocó la configuración de áreas cada vez más segregadas desde un punto de vista social. En: LEES, Andrew y LEES, Lynn Hollen, Cities and the making of Modern
Europe, 1750-1914, Cambridge University Press, Cambridge, 2007, pág. 151 y ss.
85 El término procede de Adolf Loos, que se refirió a la Viena de finales del siglo XIX como la ciudad de
las máscaras donde los espacios externos (las fachadas) se alejaban del espacio de la intimidad (el interior de los edificios) para hacer de la ciudad un teatro del engaño. Para esta cuestión véase: GRAVAGNUOLO, Benedetto, Adolf Loos: teoría y obras, Nerea, Madrid, 1988.
86 CARBALLO BARRAL, Borja, El Madrid burgués..., Op. Cit. y DE MIGUEL SALANOVA, Santiago:
“Bajo los tejados de Madrid: segregación residencial en el primer tercio del siglo XX”, en: VV.AA., I
Congreso Histórico Internacional. As Cidades na historia: Populaçao. Vol. IV. Cidade Industrial,
Chamberí y Argüelles. Aquellas zonas se fueron colmatando con nuevos habitantes que respondían afirmativamente a la creciente oferta de alojamiento de Madrid. Por el contrario, el centro de la ciudad observó como la congelación demográfica se convertía en la nota distintiva de la mayoría de sus barrios. La coexistencia de edificios modernos y antiguos no permitía mayor extensión y el número de habitaciones destinadas a oficinas y tiendas aumentaba con rapidez87. Éstas últimas restringieron su uso residencial con respecto a 1880, evidenciándose asimismo el impacto de la función comercial en la menor ocupación de los pisos más bajos, aunque también se limitó la oferta de habitaciones en los más elevados (cuartos, quintos, sotabancos y buhardillas) (Figura 2.33).
Alquileres medios mensuales (ptas) por barrios en el centro de Madrid (1905)
Figura 2.32. Elaboración propia a partir del Padrón Municipal de Habitantes de 1905, AVM, Estadística. Habitaciones existentes en el centro urbano madrileño según la altura (1880-1905)
Figura 2.33. Leyenda: el análisis se ha realizado sobre aquellas viviendas que se encontraban ocupadas en este período. Elaboración propia a partir de los Padrones de 1880 y 1905, AVM, Estadística.
87 Brandis determina para el distrito Centro un descenso poblacional de 5.150 habitantes entre 1878 y
1895, período en que la ciudad había experimentado un aumento de 104.905 habitantes. En: BRANDIS, Dolores, El paisaje residencial en Madrid..., Op. Cit., pág. 104.
La explicación de esta merma poblacional respondió a la morfología social y económica que asumieron ciertas zonas del núcleo central desde la última década del siglo XIX. La carrera de San Jerónimo, espacio de mayor prestigio residencial para la burguesía de comienzos de la Restauración, vio como sus inmuebles comenzaban a ser objeto de deseo para casas de cambio, oficinas de compañías de seguros, administraciones de periódicos y revistas, notarías y sucursales bancarias como el
Crédit Lyonnais y el Banco Vitalicio de España y Cataluña. La ocupación de su suelo
urbano en 1905 vaticinaba la incipiente formación de una city financiera sobre el llamado “triángulo del dinero”, del que formaría uno de los lados junto con la calle de Alcalá y el Paseo del Prado, con tres vértices: el Ministerio de Hacienda, el Banco de España y el edificio de la Bolsa de Madrid88. Junto a esta calle, la de Alcalá supuso el mejor reflejo del engrandecimiento de la banca desde finales del siglo XIX y el principal escenario para la introducción de nuevas manifestaciones arquitectónicas dedicadas en exclusiva a esta finalidad. A mediados del siglo XIX ya se había adaptado a la fiebre especuladora con la concentración de numerosas compañías anónimas entre las que destacaban La Mutualidad, La Tutelar, La Compañía General Iris y La Amiga
de la Juventud. Con el paso de los años se convirtió en el núcleo financiero más
importante de la capital y plasmó su nueva condición con la construcción del Banco Nacional de España entre 1884 y 189189.
El primer establecimiento bancario del país incrementó su importancia en los años precedentes. Se multiplicaron las operaciones que se desarrollaban en su interior, su actividad en materia financiera y sus necesidades, cada vez más complejas, hicieron inviable su adaptación a edificios residenciales convencionales en los que había permanecido hasta entonces90. Su sede anterior, el edificio de los Cinco Gremios Mayores en la calle de Atocha, era “estrechísimo, mezquino y pobre para su objeto,
necesitando complementarle con otros distantes del primitivo, lo cual dificultaba el servicio”91. Por esta razón, la institución buscó reinventar su propia imagen, su organización interna y los servicios que requería el movimiento del capital a través de un edificio que representase con fidelidad sus funciones, que resultase lo suficientemente sólido como para contener todas sus dependencias y cuya distribución interna estuviera en sintonía con los adelantos modernos. Aunque se barajó la posibilidad de reutilizar viejos palacios como los de Valmaseda y del conde de Guaqui en la calle de Atocha, finalmente se decidió construir de nueva planta sobre el solar que ocupaba el palacio del marqués de Alcañices en esquina al Salón del Prado, principal símbolo de la persistencia del viejo estamento aristocrático en el centro urbano92.
El modelo finalmente elegido para el nuevo edificio fue fruto de un detenido estudio de observación en el que su arquitecto, Eduardo de Adaro, tuvo siempre
88 SANZ GARCÍA, José María, Madrid ¿capital del capital español?, Instituto de Estudios Madrileños,
Madrid, 1975, pág. 330 y ss y SANZ GARCÍA, José María: “La carrera de San Jerónimo: el cambio de sus funciones urbanas”, en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, nº 19, 1982, pp. 501-539.
89 ANES ÁLVAREZ, Rafael: “El Banco de España, 1874-1914: un banco nacional”, en ANES
ALVAREZ, Rafael y TORTELLA CASARES, Gabriel (dir.), La banca española en la Restauración,
tomo I, Servicio de Estudios del Banco de España, Madrid, 1974, pp. 109-215
90 El banco había transitado durante el siglo anterior por diferentes sedes como el Palacio de Monistrol en
la calle de la Luna, la calle de Montera y el Edificio de los Cinco Gremios Mayores en la calle de Atocha.
91 Resumen de Arquitectura, 31 de diciembre de 1892, pág. 89.
92 Al margen del palacio, la construcción del banco exigió el derribo de otros inmuebles. Entre ellos se
encontraban la Iglesia de San Fermín de los Navarros, los viejos jardines de la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos y del número 8 del Paseo del Prado, que pertenecía a la marquesa de Larios.
presentes los bancos más notables del extranjero. Las dificultades asociadas a la falta de solar para desarrollar el proyecto influyeron de manera decisiva en la distribución interna de dependencias como las cajas, que se colocaron en la planta de sótanos para proveer a su servicio de una superficie más extensa. El sistema de seguridad se reforzó al quedar cada caja rodeada por corredores por donde se efectuaba la vigilancia a través de ventanas enrejadas que permitían verlas desde cualquier punto. Además, una alcantarilla cercaba el edificio manteniendo cortada la comunicación con la general de la vía pública por medio de un enrejado con sillares de granito que impedía el paso de una persona del exterior al interior y viceversa. El edificio contaba además con un completo sistema de dos mil luces, con el exterior y los vestíbulos “alumbrados con
arcos en los días extraordinarios a fin de que aparezca el como de fiesta exterior e interiormente”93; calefacción basada en el procedimiento del agua caliente; cuatro ascensores “suspendidos sin pozo ni vástago con velocidad sorprendente” (dos para el servicio del público, otro para la confección de billetes y un último para los miembros del Consejo y altos empleados) y una extensa red de teléfonos para enlazar todos aquellos departamentos que necesitaban comunicación (Ilustraciones 2.12 y 2.13).
Ilustraciones 2.12 y 2.13. En la imagen de la izquierda, el Banco de España recién construido en 1892. Fuente: Hauser y Menet. A la derecha, planta y distribución del piso entresuelo. Fuente: Resumen de Arquitectura, 30 de noviembre de 1891.
La ubicación de la nueva sede se pensó valorando el enorme valor estratégico y urbano de una zona llamada a asumir una posición dominante y rectora en la economía española, en la que el edificio alcanzaría “un cierto significado simbólico de espaldas al
viejo Madrid, mirando desde su borde el Madrid moderno de la capital cuyos promotores habitan en el frontero barrio de Salamanca, del que el palacio de Linares es un adelantado frente al chaflán del Banco de España”94. A nadie escapaba que el centro había concentrado casi todas las instituciones bancarias habidas hasta entonces, como el Banco de Castilla en la calle de las Infantas, el General de Madrid en la calle de Sevilla, el Ibérico en la calle del Carmen y el Inglés en la de Bordadores. Representaba el principal polo de atracción para las casas de banca de ámbito nacional que prosperaron a partir de la ley de 28 de enero de 1856 que reglamentaba las sociedades mercantiles de carácter financiero. Los negocios que desarrollaban presentaban una
93 Resumen de Arquitectura, 31 de diciembre de 1892, pp. 90-91.
94 Citado en: NAVASCUÉS PALACIO, Pedro: “El Banco de España en Madrid. Génesis de un edificio”,
escala mayor que la de las casas de banca regionales, canalizando buena parte de las remesas de Ultramar y financiando proyectos de mayor envergadura95. Pero estas firmas presentaban tintes casi familiares, con escaso número de empleados, siempre sujetos a un trato cercano con los jefes. En Madrid no existía una gran banca porque tampoco había una gran industria o un gran comercio que requirieran su presencia.
El edificio de la Bolsa de Madrid, inaugurado tan sólo dos años más tarde, coadyuvó en esta transformación (Ilustraciones 2.14 y 2.15). Desde su creación en tiempos de José I tampoco contó con un edificio propio, transitando por varias sedes como el antiguo café del Espejo, un patio de la casa de la Compañía de Filipinas, los claustros del antiguo convento de San Martín, la Iglesia de las Vallecas, el antiguo templo del Monasterio de los Basilios y, finalmente, la Aduana Vieja. Ninguna de ellas llenaba las condiciones de esta plaza comercial ni se encontraba a la altura de las instituciones construidas en Europa. La aprobación de un nuevo edificio llegó mediante Ley votada en Cortes en 1878, aunque no fue hasta 1886 cuando comenzaron las obras. Su superficie ocupó 3.300 metros cuadrados de los que una tercera parte quedaron para el salón de contrataciones, punto central del edificio y base para su distribución general. Sus sótanos se destinaron para la instalación de la imprenta, almacenes y calefacción; la planta baja para el citado salón de contrataciones, de 37 metros de longitud y fácil comunicación con las demás dependencias del edificio; la principal para el gran salón de reuniones comerciales y las oficinas del Colegio de Agentes de Cambios y finalmente el ático para las habitaciones de conserjes y ordenanzas96.
Ilustraciones 2.14 y 2.15. A la izquierda, edificio de la Aduana Vieja donde se asentó la Bolsa de Madrid