CAPÍTULO 3. PRESENCIA Y SIGNIFICADOS DE LA CIUDAD DE MILÁN EN LA OBRA DE ANNA MARIA ORTESE
3.6. Un espacio público peculiar: el café de los artistas
precisión, a la par en ello con refinados pensadores, las contradicciones de la sociedad
de masas. Su celebración de la ciudad vacía responde a esa cualidad profundamente
intuitiva de una mujer y escritora entregada a la continua búsqueda de la autenticidad de
la experiencia, para el alma y para la razón. En este sentido la apacible descripción del
cemento y de las calles vacías se nos revela como síntoma de un profundo deseo de
libertad interior.
3.6. Un espacio público peculiar: el café de los artistas
Hasta aquí, nos hemos ocupado de una amplia muestra de textos cuyo análisis
permite concluir que en la producción literaria de Ortese, la mirada de la autora se
orienta a menudo hacia perspectivas insólitas. Puede ser este un buen momento para
prestar atención a la relevancia que otorga la escritora a ese lugar tan determinante en la
formación de lo que podríamos llamar paisaje o atmósfera literaria de las ciudades
modernas: me refiero al café de los artistas.
Los espacios públicos, calles, plazas y demás lugares de encuentro son, desde
luego, un elemento fundamental en la vida de la ciudad. En ellos se reúnen sus
habitantes y se forjan los comportamientos que definen lo que podríamos llamar su
personalidad ciudadana, más allá de aquellas funciones ligadas estrictamente al trabajo.
El café especialmente, se asocia a la tertulia, a la discusión, al debate intelectual, de
manera que estas aparecen ligadas de forma casi indisoluble a aquel.
El café representa, sin lugar a dudas, el escenario hostelero por excelencia en la literatura y en el cine. El aura bohemia que lo ha rodeado desde siempre, gracias a haber sido sede de tertulias políticas, artísticas y literarias […] ha contribuido a encumbrarlo como un
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espacio con encanto para el desarrollo de ficción literaria o cinematográfica (Muñoz Carrobles 2010: 158).
El café, territorio para iguales, donde se eliminan las diferencias que existen en
otros ámbitos de la sociedad, en el trabajo o en la academia, ha sido sin embargo, como
la mayoría de los lugares supuestamente públicos y abiertos y por lo menos hasta el
comienzo del siglo XX, un lugar sólo para hombres91, asociado además a otras
actividades varoniles, como el beber o el fumar.
Sin detenernos ahora en los aspectos relacionados con la cuestión de género, me
ocupo a continuación, si bien de forma breve, de la tradición del café en la ciudad de
Milán, para centrarme después en cómo se representa en la obra de Ortese. Este espacio
tan característico y fundamental, como se ha dicho antes, en el paisaje literario de una
ciudad, mantiene una tradición doble: por un lado, como en la mayoría de las ciudades
europeas que se asoman al pensamiento ilustrado, los cafés en Milán se contraponen a
las tabernas. Así la misma bebida que los caracteriza y los define, el café que despierta
la razón, se contrapone al vino, que la adormece. La tertulia y la reflexión intelectual, en
el café, se contraponen, por lo tanto, al canto y al frenesí de la taberna.
91 Tenemos constancia del escándalo suscitado por la presencia de una joven Sibilla Aleramo en un café:
‹‹[…] il caffè Annibal Caro diventò il ritrovo privilegiato della gente abbiente, compresi però anche quegli operai specializzati ed artigiani che si potevano permettere il cambio del vestito e la consumazione al tavolo. Ne dà conferma una gustosa cronachetta pubblicata nel luglio del 1892 da "La Sentinella di Osimo" e firmata da Rina Faccio (Sibilla Aleramo) con lo pseudonimo di Reseda […]. Fra i clienti di maggior spicco c'era infatti l'ing. Faccio, direttore della fabbrica di bottiglie, che per primo dette l'esempio di una frequentazione regolare - cosa per l'ambiente del tempo piuttosto biasimevole - insieme alla moglie ed alla figlia maggiore›› (Fucchi 1992: 273). La hija de la que se habla en estas memorias es la misma Sibilla Aleramo, que en la novela Una donna, publicada con gran escándalo en 1906, recuerda, en la primera parte, sus años de juventud y la estrecha relación con su padre, considerado como un hombre libre e independiente, que le trasmite, entre otras cosas, la costumbre de entretenerse en un café, en un ambiente, para la época, exclusivamente masculino. Esta breve excursión en los primeros escándalos generados por la presencia de una mujer en un café, nos recuerda cuan cercana se encuentra la época en la que algunos espacios públicos eran únicamente prerrogativa de los hombres.
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Tan profunda fue la identificación del café con el pensamiento ilustrado, que en
Milán se fundó una revista llamada justamente “Il caffè”92, impulsada por Pietro Verri,
revista que representó en Italia el primer paso hacia una opinión pública al mejor estilo
europeo93. Los referentes eran, sobre todo, ingleses, con “The spectator” y “The tatler”
como pautas para un moderno periodismo de opinión94.
Giovanni Verga, Salvatore Quasimodo, Alfonso Gatto, Elio Vittorini, Eugenio
Montale, son solo algunos de los nombres que componen una muy larga lista de
escritores que, con el tiempo, fueron forjando la centralidad de Milán en la literatura
italiana, a la vez que daban notoriedad a algunos cafés de la ciudad. Ortese siente una
apasionada atracción hacia el círculo intelectual milanés y piensa en el café como el
lugar por excelencia para desafiar el azar de un encuentro emblemático que pudiera dar
lugar a una entrada en el mundo de los artistas.
Veamos ahora, teniendo en cuenta esos aspectos personales, de qué manera
relata Ortese la vida en un café de Milán a través de un cuento, Sesto tavolo al ‹‹Cova››,
en el cual encontramos la evocación de la imagen literaria de la ciudad a la luz que
irradia un lugar donde se reunían algunos de los nombres a los que me he referido antes:
A Milano, uno dei ritrovi più autorevoli per anni e memorie, come per posizione e buon gusto, è l’antico caffé Cova, di fianco alla Scala, all’angolo di Via Manzoni. La sera, tra le dieci e l’una di notte, d’inverno o d’estate, d’autunno o di primavera, conviene là quella
92 La revista “Il caffè”, más allá de su breve vida, entre 1764 y 1766, constituye, en un terreno más
estrechamente literario, un momento importante para la literatura italiana, ya que en ella se plantea el avance con respecto al purismo parnasiano y al clasicismo retórico. Se ponen las bases, de esta manera, de la centralidad de la ciudad de Milán para la renovación literaria y artística del País, empezando un ciclo de atracción de los artistas, que durará durante todo el XIX y buena parte del XX.
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Para una reflexión acerca de los lugares de formación de una moderna opinión pública en Europa, se reenvía a la fundamental obra del filósofo alemán Jürgen Habermas (1962), Storia e critica dell’opinione
pubblica, Bari: Laterza.
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piccola parte della letteratura e dell’arte meridionale a Milano […] (Ortese 2004: 396).
Lo primero que el cuento introduce es la tradición, en oposición a las modas de
los nuevos cafés frecuentados por jóvenes pseudoartistas o pseudopintores. En el
comienzo del relato escuchamos, como ya anteriormente hemos visto con respecto a las
vacaciones, la voz de una comentarista conservadora de las antiguas costumbres de
Milán, en absoluto interesada en las modas efímeras. Descubrimos, sin embargo, que
son otras las características que tanto fascinan a la escritora: en el Cova se puede
encontrar el Sur. En este café ‹‹tra l’accademia e il salotto›› se pueden escuchar
‹‹pensieri sottili››, se pueden observar ‹‹fronti che il tempo va lavorando in modo
meraviglioso››, se puede divisar, para los que son capaces de verla, ‹‹un po’ di Grecia,
con la sua purezza››. Este pequeño milagro de inteligencia, elegancia y belleza, nada
tiene que ver con la mundanidad del Teatro alla Scala, desde el cual, y solo a la hora en
que terminan las funciones, alrededor de las 23, salen algunas ‹‹belle signore che […] si
riversa[no] a consumare eccitat[e] panini, birra, caffè›› (Ibíd.).
Detengámonos por un momento en la contraposición entre el Teatro alla Scala y
el Caffé Cova. Nos encontramos en la misma plaza de Milán y sin embargo que
diferentes son. Por el teatro entran y salen personas elegantes y fascinantes, que se
asoman con excitación, y por breves momentos, a otro espectáculo, él que ofrece el
mismo café Cova. Los auténticos habituales del café, los artistas y literatos, son los
auténticos protagonistas, con su sonrisa enigmática y la belleza procedente desde ‹‹tutte
le province favolose del sud Italia, dalla Sicilia alle Puglie››.
Empieza así una descripción de los artistas que llenan el local, como si de un
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propio del género periodístico, se abandona en favor de una composición típicamente
ortesiana, en la que los personajes asumen características, formas y hasta colores
singulares:
Massimo Lelj, dalla bellissima maschera di cinico romano, è tra i primi ad arrivare […] con un sorriso, qualunue siano il tempo, la salute, le notizie del giorno, così allegro, che inmediatamente tutti si illuminano. […] Di solito sono già ad aspettarlo lo scultore Pepe e sua moglie. Pepe è piccolo, snello, grigio, con occhi buoni e pungenti. […] La moglie di Pepe è una siculo-brasiliana, giovanissima (non le si danno più di quattordici anni) e si chiama Adriana, cosa che lascia perplessi, perché il suo vero nome sembra Ines o Isabella o Ignazia, con un poco di Nueva España. […] Ride sempre, qualche volta fuma e non parla mai (Ortese 2004: 397).
Aparecen, como en un belén napolitano, figuras curiosas, que se definen siempre
por un detalle singular que cobra relevancia en el resto del conjunto, según la tendencia
caricatural del arte popular partenopeo. Desfilan ‹‹uno scultore sardo, altissimo, nero››;
‹‹Enrico Somaré, dalla bella fronte e gli occhi allegri››; ‹‹Caterina Lelj, figlia di
Massimo, una miniatura del Settecento, con capelli corti, biondissimi, alla Byron››;
‹‹Barbieri, suo marito, ha una voce stridula›› (Ibíd.).
Aprendemos además algo importante, por una frase en la que aparece un verbo
en plural, ‹‹cuando Lelj è arrivato, hanno già preso un caffé, ma ne ordiniamo un altro››;
se trata del hecho que indica como la voz narradora está incluida y comparte la armonía
del grupo, pero también las angustias de los emigrantes, con el pensamiento que, de
madrugada, se desliza inevitablemente hacia el sur. Más, cuando las noches al Cova
pueden llegar a ser excesivamente melancólicas, ‹‹la Provvidenza ha tanti modi di
consolare uomini dubbiosi, gente lontana dalla sua terra, e al Cova, uno dei suoi sistemi
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Salvatore Quasimodo fue ciertamente una figura de las más destacadas en el
ambiente literario milanés. A diferencia de Montale, que vivía en una especie de
aislamiento glorioso, o de aristocrática no-participación a la vida de la ciudad95, el poeta
de Modica pertenece a esa estirpe de sicilianos cuya presencia en la ciudad constituía un
hecho de por sí notable, como ya lo fue, a finales del XIX, la estancia de Giovanni
Verga. Su vida, además, está íntimamente ligada a la de otro siciliano, Elio Vittorini,
casado con su hermana, Rosa Quasimodo: para un joven escritor, poeta o literato,
acercarse a Vittorini o Quasimodo era en sí mismo el comienzo y la posibilidad de una
aventura intelectual.
Ortese describe la entrada de Quasimodo con detenimiento, como un coupe de
teatre que modifica por completo la puesta en escena general:
Sotto la mano delicata del poeta siciliano, la porta a vetri del Cova si apre cautamente, e vivo e meraviglioso come persona vera, questo Ritratto di Gentiluomo Siciliano viene avanti. Di solito indossa un abito verde chiaro e sulla camicia di seta una cravatta grigio- argento. Da giovane, sembra che Salvatore Quasimodo fosse bellissimo: ora, caduti gl’inganni dell’età giovanile, rimane bello tuttavia al modo di un pugnale dentellato dalla ruggine (Ortese 2004: 399).
Quasimodo, se nos dice, mide todos sus actos y sus palabras en función de una
latente competición con otro poeta, Del Fabbro96, otro habitué del Cova, a seis mesas de
distancia. Sus pasos se hacen, por esta razón, melodramáticos, como si de un personaje
de Cavvalleria rusticana se tratara:
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La relación entre Montale y la ciudad de Milán, que aquí no trataremos, es peculiar e inclasificable: ‹‹Montale è vissuto a Milano, sottolineo subito, come potrebbe essere vissuto in qualunque altra città, come uno straniero o come un estraneo›› (Cataldi 2006: 142).
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E Quasimodo avanza leggero e lento. Potrebbe raggiungere il sesto tavolo in due passi, ma indugia volentieri per un’inconscia sapienza. Del resto, procedendo a questo modo, Dal Fabbro, che di solito in un angolino al primo tavolo, avrà tutto il tempo di osservare il profilo del Siciliano, e rendersi conto che, ieri come oggi, Quasimodo non ha paura di niente (Ibíd.: 399).
En la descripción del poeta Ortese adopta una intensificación de la majestad
iconográfica, según la percepción del mito del artista. El relato avanza, sin embargo,
hacia una ruptura del aura infundida hasta el momento, a través de la minuciosa
descripción de cada gesto del poeta. Hasta el “príncipe” Quasimodo, cuya entrada en
escena, hemos visto, se parece a la del protagonista de un melodrama, manifiesta
sentimientos triviales, discursos y vanidades pueriles de literato receloso. Es la otra cara
de la belleza meridional: el infantil sentimiento del desafío y la indomable razón de la
honra:
Infatti Salvatore Quasimodo, che scrivendo è in contatto con gli Dei, e potrebbe sbalordire e rapire gli amici con quello che sa della bellezza, della malinconia, dell’amore, in pubblico è il ragazzo convinto che tutti gli vogliono male, e smanioso di dispetti intesi a ricacciare le lacrime, fieramente, in gola (Ibíd.).
Con este cambio de tono y de mirada, Ortese anula la “cuarta pared” y, como los
mejores autores teatrales del Novecento, modifica el estatuto del personaje, desvelando
su condición como tal, y, a la vez, resignificando la función de los espectadores-
lectores. Una vez dentro de la escena, aprendemos que todo cuanto brilla por el mito y
la fama es siempre íntimamente humano, con sus miserias y contradicciones, hasta con
el poeta más refinado, en el café más extraordinario de Milán.
La conclusión del relato, sin embargo, no es amarga y subraya la belleza de un
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Quasimodo, grazia e pugnali perduti, latomie e dispetti, al Cova›› (Ortese 2004: 400).
Ortese nos recuerda que es hermoso soñar con un café literario, aun cuando se conocen
sus íntimos secretos.
El secreto final de la aparición de Quasimodo y de su función simbólica en el
espacio, de hecho, se encuentra encerrado en la antigua palabra, latomie, que la escritora
pone en cursivas. Latomia, palabra de origen griego, indicaba el acto de cortar las
piedras, y, por consiguiente, acabó designando las canteras a cielo abierto desde donde
se extraían los mármoles. Su uso era doble - así como doble es el retrato del café Cova
de Ortese - puesto que, una vez terminadas las obras de extracción de la piedras, las
canteras servían como cárceles para los delincuentes y los esclavos. Las latomie más
famosas y mejor preservadas hoy en día son las de Siracusa, conocidas en la antigüedad
por las terribles temperaturas, frías en invierno y abrasadoras en verano.
La elección de esta palabra, además, es directa consecuencia de un poema del
mismo Quasimodo de 1936, Latomie97, contenida en la obra Erato e Apellino,
estrechamente influenciada por los motivos órficos de ascensión y caída, resurrección y
muerte.
Ortese, por lo tanto, en el cuento Sesto tabulo al ‹‹Cova›› hace suyo el
movimiento doble de la poesía órfica de Quasimodo, aceptando y amando - así como
en la poesía del siciliano se ama la muerte - la doble faceta del café bohemio, su altura y
su bajeza: un espacio convertido en el espejo mismo de la vida artística de Milán.
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Sillabe d’ombre e foglie, /sull’erbe abbandonati/ si amano i morti./ Odo. Cara la notte ai morti,/ a me specchio di sepolcri,/ di latomie di cedri verdissime,/ di cave di salgemma,/ di fiumi cui il nome greco/ è un verso a ridirlo, dolce (Quasimodo 1936: 53).
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