CAPÍTULO 4. EL ESPACIO ABSOLUTO: LA ISLA
4.1. La insularidad: definiciones y metáforas.
La característica fundamental de la isla es la rotundidad de sus límites y la
separación que comportan. Lugar singular, cerrado en sí mismo, la isla produce,
inmediatamente ‹‹la concience de l’île›› (Moureau 1989: 7), cuya característica
dominante es el aislamiento. La raíz semántica de la palabra, en efecto, pone en
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un elemento que la separa del resto. En latín el término indicaba no solo una porción de
tierra circundada por el agua, sino además un grupo de casas unidas entre sí y separadas
de las demás102.
Aparte de separada, la isla es un lugar de salvación, en cuanto permite escapar
del agua que la rodea, pero es a la vez un lugar de amenazas desconocidas, tanto para
los que viven en ella como para los que la transitan. De manera parecida a un oasis, la
isla es un lugar de amparo y refugio para el viajero y al mismo tiempo esconde toda
clase de peligros, en cuanto lo desconocido puede terminar atrapando o matando: no
todas las islas son bienaventuradas.
Por todo esto, más allá de sus evidentes peculiaridades geográficas la isla posee
una dimensión simbólica que, a lo largo de los siglos, la ha convertido en un espacio
fabuloso, que ha fecundado ‹‹l’imagination des hommes›› y ha contribuido ampliamente
a la generación del mito: ‹‹l’île est para excellence la contrée bienheureuse, l’espace de
tous les possibles›› (Trabelsi 2005: 6).
Las islas son lugares particularmente llenos de historias, mitos, leyendas o
cuentos103. La insularidad, con su doble significado de espacio intermedio entre el
encierro y la salvación, coloca al hombre en un lugar modesto pero a la vez central: ‹‹le
plus belles aventures que les hommes aiment à se reconter ons des îles pour théâtre,
d’Ulysse à Robinson›› (Blanche, cit. en Trablesi: Ibíd.). La isla representa una imagen
del cosmos en la que el deseo de paz y amparo está continuamente expuesto a la
102 Cfr. Isola, Il nuovo etimologico. Bologna: Zanichelli.
103 Es suficiente referirse a la epopeya homérica para entender como el espacio geográfico y el espacio
mítico, o sagrado, están intimamente mezclados. Elemento estable, previsible, y sin embargo difícilmente alcanzable, la isla en la Odisea representa la promesa del regreso; pero, como el mismo Homero nos enseña, en una isla puede uno llegar por error, después de un naufragio, o a causa de vientos incontrolables o del canto de las sirenas. Cfr. Lestringant Franck 2002: Le Livre des îles, Atlas et récits
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voluntad del mar, a las corrientes, al azar y a lo impredecible: metáfora inmediata de la
vida misma.
La insularidad simboliza, además, el deseo de posesión de un centro seguro y
este deseo actúa como imán para la aventura y la acción heroica. En las islas, sabemos,
se esconden tesoros, pero también peligros e insidias. Se pueden encontrar tribus y seres
al borde de lo humano y los viajeros pueden convertirse, por cautiverio, hechizo o
voluntad, en otros u en otra cosa:
Dès l’Antiquite, naît le mythe de l’Ile flottante, hybride qui combine la fausse élasticité du sol à l’errance de l’élément liquide. Sur ces îles vivent des êtres métissés; ni animaux, ni hommes, ni chair, ni poisson, fantasmes d’un unanimisme vivant dont l’île est le réceptacle mytique (Moureau 1987: 7).
Esta visión de un espacio intermedio, bisagra entre dos mundos, habitado por
seres que no son ni hombres ni animales, le es especialmente útil a Ortese en tanto que
la isla, en la cual transcurre la novela L’iguana, está poblada por seres singulares.
Además de esta característica, hay otra igualmente interesante: la insularidad mantiene
una estrecha relación con la muerte, ya que ‹‹les Iles fortunées recuellent les héros
morts›› (Moureau 1989: 13). Por su colocación singular la isla puede representar el
punto intermedio entre la vida y la muerte, a modo de puerta por la que el mar, principio
y fin de todo, deja entrar y salir a los vivos y a los muertos. El mito al respecto ofrece
varios ejemplos104.
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Por un lado tenemos a Aphrodita, que nace de la espuma de las olas que golpean, según las dos variantes, la isla de Citera o la de Chipre; por el otro, en la mitología romana, la entrada del infierno se encuentra, como hemos ya tenido ocasión de recordar, en la región de Campania, en el Averno, un lugar donde la tierra y el agua forman un sistema de islotes letales, parcialmente escondidos por los humos de los cráteres
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Desde luego ‹‹l’île est chargée d’un profond symbolisme létal›› (Ibíd.), porque
con su peso, el peso de la misma tierra, se opone al agua, ligera y vital. Cerrada, sin
comunicación y hasta cierto punto espacio privilegiado para la experiencia de la
separación del resto del mundo, la isla es el lugar por excelencia de la inquietud
existencial.
Todas las características explican por qué la isla es un lugar especialmente
ligado al misterio, escenario perfecto de la intriga y de la aventura. Grandes escritores
como Verne, Stevenson, Defoe, Poe han situado en islas, para deleite de muchas
generaciones, algunas de las historias más célebres de la literatura mundial. Para todos
ellos, autores y lectores, vale la lección de Ulises: la vida en la isla es de por sí un
hechizo. ‹‹Il y a une poésie des ruines, un charme de ce qui est mort›› escribe Moureau,
porque la isla es como un fragmento puro del universo, una tierra que marca una
distancia entre lo que está aquí, lo cotidiano y lo corriente, y lo que está más allá: lo
distinto, lo exótico, lo inusual, hasta en sus consecuencias mortíferas o revolucionarias.
No es por un acaso que sea en una isla donde encontrar el lugar para la utopía,
tal como ocurre en La città del Sole de Campanella, porque el espacio es propicio para
que surja otra civilización, para el desarrollo, incluso, de otro tipo de naturaleza. Se trata
de la isla virgen que se contrapone a la tierra firme, donde reina una cultura enferma y
corrupta, tierra nueva esta que la precisión cartográfica de nuestros tiempos105 nos
impide es ensoñar.
105 La tradición del viaje que acaba, o se desarrolla parcialmente, en una isla imaginaria es amplia y
abundante hasta por lo menos el siglo XVIII, cuando, de alguna manera, las expediciones y descubrimientos geográficos terminan por completar el mapa del mundo. Será necesario entonces que la imaginación de la aventura se dirija hacia el cielo, a la búsqueda de cuerpos celestes que cumplan la misma función de lo desconocido y completamente separado. Ya en el XVI, de hecho, a raíz de los grandes descubrimientos geográficos, aparece en la cartografía el subgénero del isolario, un atlas compuesto únicamente por islas, cuyo interés, justamente, termina dos siglos después en cuanto se termina, grosso modo, la cartografía de los mares.
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Hasta el siglo XVIII fueron las islas lejanas – Taití, Cabo Verde, Madagascar,
por citar algunas106 – las que despertaron el interés de los exploradores, como
testimonian las numerosas memorias escritas por viajeros holandeses, portugueses,
españoles y franceses107. Estos lugares adquirieron con el tiempo una connotación
paradisiaca, consecuencia de la descripción de sus frutos abundantes, sus animales
extraños, sus aguas límpidas o, si habitados, de la espontanea bondad de sus habitantes.
La idea de pureza, ligada a una visión de los lugares “pre-culturales”, y por
tanto exentos de pecado, ha sido ampliamente subrayado por varios autores y críticos108.
Gastone Bachelard reconduce esta visión al tema del ‘engullimiento’, ensoñación de
unas esferas ‹‹que nos dan todos los tesoros de la intimidad de las cosas›› (cit. en
Durand 2004: 219). La búsqueda onírica o literaria de semejante espacio miniaturizado
funciona como un mecanismo de regresión a la infancia o a una fase incluso anterior de
indistinción de lo pequeño dentro de una cavidad protectora. La inversión desde lo
grande a lo pequeño, por otro lado, ‹‹nos permite penetrar y entender el revés de las
cosas›› (Ibíd.: 220), en cuanto la potencia de lo pequeño contradice la expansión y el
crecimiento de lo adulto. Es lo que ocurre, en efecto, en nuestra novela, en la que un
diminuto ser, una iguana que se sitúa la frontera entre lo animal y lo humano,
proporciona al milanés Aleardo, encarnación de la razón capitalista, una experiencia
reveladora con respecto a su proprio ser.
Las consecuencias de un viaje a un lugar diminuto y separado – con palabras de
Durand, ‘gulliverizado’ – pueden ser, sin embargo, muy peligrosas. Es conocida la
106
Cfr. Arnold 1994.
107
Cfr. Le Goff 1989: 101- 113.
108 Es suficiente, en este sentido, pensar a los cuadros de la etapa polinesiana del pintor Gaughen para
tener constancia de la estrecha relación entre la sensualidad, la espontaneidad y la cultura otra que representa la isla para los occidentales cansados de su propia cultura.
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manera en que, en la tradición literaria que estamos recorriendo, la isla paradisíaca en
tanto que estado salvaje, puede por ello ser también infernal con actos de canibalismo,
enfermedades raras e incurables o con la aparición de bestias feroces y desconocidas
hasta extremo diabólicos109. El espacio insular, valorado desde la cultura de
procedencia, resulta problemático ya sea como como sueño de otro orden material y
simbólico, la isla paradisíaca, o como espejismo peligroso y mortífero, la isla diabólica.
La entrada en la modernidad confiere además al espacio insular la característica
preeminente de cultura distinta o pre-racional tal como las aventuras de Robinson
Crusoe ponen de manifiesto. El naufragio es la experiencia que precede a una ruptura
que hace tabula rasa con la sociedad y que, por consiguiente, revela como en un espejo
los fundamentos de esa cultura. Escribe a propósito el crítico Gerard Blanc que
‹‹Robinson apparaît dans sa solitude, comme au degreé zéro›› (Blanc 1989: 48)
circunstancia en la que la sociedad abandonada aparece como imaginaria, lejana y
postiza, en contraposición con las necesidades perentorias del presente. Una de las
consecuencias más importantes que genera del naufragio es, en efecto, la de la
insuficiencia: insuficiente es el ser al desnudo sin sociedad, pero insuficiente es la
misma sociedad racional y ordenada, para resolver la nueva situación.
La insuficiencia de una cultura, por muy refinada y compleja que sea, constituye
el impulso determinante de la aparición de la insularidad en la obra Ortese. Es la ciudad
de Milán el polo que representa, metafóricamente, la sociedad que decepciona y, a la
vez, empuja hacia lo desconocido. En el cruce entre estas premisas y de la situación
general de la cultura italiana de los años sesenta, la novela L’iguana representa, en
efecto una experiencia de naufragio de la razón.
109 En sus historias de viajes el abad Prévost habla de una isla habitada por el mismo diablo. Cfr. Blanc
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