Al hacer una lectura general del punto anterior podemos ver que San Agustín muestra que después del pecado del primer hombre, todos los demás hombres tienen que pasar por la muerte.
Despojado, en efecto, de su vida no sólo de la que había de tener, si hubiera observado el precepto con los ángeles, sino también de la que llevaba en el paraíso, donde el cuerpo gozaba de una condición privilegiada de felicidad, debió alejarse del árbol de la vida, y esto no sólo porque aquel árbol mantenía su cuerpo feliz en aquel estado, o porque en éste se encerraba el sacramento visible de la sabiduría invisible (Gn. Litt. XI. XL. 54).
Hemos visto que la muerte no hacía parte de la naturaleza del hombre. También vimos que la muerte es causada por la desobediencia del hombre. Podemos decir que el primer hombre tenía la posibilidad de no morir o, dicho de otro modo, el primer hombre podría no pecar. Pero con el pecado del primer hombre, la condición de todos los demás hombres es la de no poder no pecar.
Luego era mortal por la constitución de su cuerpo natural e inmortal, en cambio, por un don del Creador. Si, pues, tenía un cuerpo natural, ciertamente era mortal, porque podía morir, aunque también era inmortal, porque podía no morir. Pero no era inmortal porque no podía morir de algún modo, pues sería espiritual, lo
que se nos promete como futuro en la resurrección (Gn. Litt. VI.XXV.36).
Siguiendo estas ideas, podemos preguntarnos por qué San Agustín presenta el libro XII del De Genesi ad Litteram, que aparentemente trata un tema que no hace parte del conjunto de la obra. De antemano, queremos explicar el sentido de la obra De Genesi ad Litteram. Por el hecho que la obra lleva el nombre del De Genesi ad Litteram, se podría pensar que la obra habla de la creación y no más. En efecto, una buena parte del libro habla de la creación pero el sentido mismo no es un tratado sobre la creación, sino que San Agustín quería mostrar que el mal no es obra de Dios sino del hombre. Ahora bien, volvemos con la idea que queremos desarrollar en este apartado ¿Qué sentido tiene para el autor hablar de visiones mientras que él estaba hablando de la creación y de la caída del hombre en el
Antes de desarrollar las preguntas planteadas, vamos a recordar unas anotaciones que hemos hecho en el trabajo que nos pueden ayudar entender mejor la razón por la cual San Agustín termina con este libro XII.
En un primer momento, queremos recalcar que San Agustín habla de dos tipos de creaciones. Una latente y otra en el tiempo. Aunque decimos que son dos tipos de creaciones, eso no quiere decir que la una sea superior a la otra o que la una sea completa y la otra no. Decimos, más bien, que estas dos creaciones son completas en sí mismas y son complementarias entre sí. Son completas en el sentido de que Dios terminó la creación latente en un día, donde todo está hecho en el Verbo, mientras que la creación en el tiempo es completa porque en ella aparecen todas las criaturas que vemos. Ambas creaciones son complementarias porque la creación en el tiempo es la puesta en obra de la creación latente. Hemos dicho también que el tiempo es una de las criaturas. Al terminar la creación Dios dijo que todo era bueno.
En un segundo momento, hablamos del mal en el mundo. Si al terminar la creación, el Creador dijo que todo es bueno, entonces nos preguntamos: ¿Cuál es el origen del mal? Hemos dicho que el mal no es una criatura, no es una naturaleza sino una contra-naturaleza. Por lo tanto, el mal no es obra de Dios sino del hombre que ha hecho un uso inadecuado de su libertad. “La libertad de un ser humano es la libertad de un ser limitado y por tanto, es limitada ella misma. Sólo podemos poseerla como libertad compartida, en la comunión de las libertades: la libertad sólo puede desarrollarse si vivimos, como debemos, unos con otros y unos para otros”24. Dicho de otro modo, el mal es obra de los hombres y no de Dios. Vimos que este mal nos lleva a perder la posibilidad que teníamos de no morir.
Como el mal nunca ha tenido ni la primera ni la última palabra podemos decir ahora que el libro XII del De Genesi ad Litteram que habla de las visiones y de la beatitud, del hombre tiene su importancia en el sentido que en él San Agustín nos muestra que, a pesar del
pecado, que tiene como consecuencia la muerte obligatoria de todos los hombres, hay una posibilidad de volver a Dios, el Creador, y esta vez con la imposibilidad de pecar. Vamos a tratar de entender esta beatitud que nos ofrece la imposibilidad de pecar en relación con las visiones de las cuales habla San Agustín.
Agustín habla de tres tipos de visiones: visión corporal, visión espiritual y visión intelectual. Él dice que hay una visión corporal, una visión espiritual y una visión intelectual. La primera visión que tenemos y es causada por los cuerpos y que podemos ver con los ojos; la segunda visión es gracias a las imágenes que el alma va componiendo sea a través de cuerpos sea a través imágenes formadas por ella misma suponiendo que deben existir cuerpos que producen estas imágenes. La tercera visión es la que nos ayuda a ver de manera intelectual la dilección; ella conlleva las realidades que no podemos representar a través imágenes. En suma, decimos que la primera es lo corporal porque está percibida por el cuerpo y se presenta a través de los sentidos corporales, la segunda la llamamos espiritual, y la tercera, la llamamos intelectual, visión por inteligencia que se da en la visión intelectual.
Cuando estamos en la visión intelectual, estamos en la beatitud prometida. Esta visión intelectual le es dada a los hombres que han hecho la voluntad de Dios y que han recibido su gracia. Esta visión comprende las realidades que no podemos representar a través de imágenes. Es la visión por excelencia.
No todas las visiones son fiables. Las dos primeras visiones son susceptibles de ser engañosas. La visión intelectual, en cambio, no se equivoca. Si la visión espiritual le da informaciones que no concuerdan, es posible que la visión intelectual no entienda lo que hay en los signos, pero si las informaciones son formuladas lógicamente, la visión intelectual explica el sentido de la profecía. La visión intelectual es un juez que juzga con medidas; en la búsqueda del significado de los signos o bien encontrará y sacará provecho de ello o bien, si no encuentra el significado exacto, busca los factores a favor y en contra
La dilección no puede ser vista por los ojos del cuerpo en su sustancia, ni puede ser representada por el espíritu gracias a la imagen o la semejanza de un cuerpo; ella sólo puede ser percibida en la visión intelectual, es decir, por la inteligencia. Sin estar en la visión intelectual, no podemos entender un signo; ella se pone a la búsqueda del significado mismo. Tenemos dos casos que nos ayudan a entender el papel de la visión intelectual, el de Baltasar (“de repente aparecieron unos dedos de mano humana escribiendo sobre la pared blanca del palacio, frente al candelabro, y el rey veía cómo escribían los dedos. Entonces su rostro palideció, la mente se le turbó, le faltaron fuerzas, las rodillas le
entrechocaban” Dn. v, 5-6.) y el de Pedro (“mientras ellos iban de camino y se acercaban a la ciudad, Pedro subió a la azotea para orar. Como era cerca del mediodía, sintió apetito y quiso comer algo. Mientras se lo preparaban, cayó en éxtasis. Vio el cielo abierto y un objeto como un mantel enorme, descolgado por las cuatro puntas hasta el suelo”. Hch. v, 11). En estas dos visiones, vemos que hay etapas; la primera etapa consiste en una visión corporal donde los ojos ven los signos. A través de los sentidos, el alma graba las imágenes en el espíritu, y cuando el alma intelectual se pone en la búsqueda del significado de estas imágenes grabadas en el espíritu, se da la etapa intelectual.
Ahora, vamos a ver cuál es la relación entre la visión intelectual y la visión que tuvo el Apóstol donde no se sentía en su cuerpo. Para elucidar la relación que queremos establecer entre la visión intelectual y la del Apóstol, tomemos esta cita que es para nosotros una introducción para entender la visión del Apóstol que en un momento nos ha dicho las cosas que ha podido saber durante el sueño y las que no.
Luego, del modo más inefablemente íntimo y misterioso, habla el Señor con lenguaje inefable en su propia esencia, por la que es Dios, y en la que ningún ser que la vea tal cual es vivirá esta vida con los sentidos del cuerpo, sea saliendo del cuerpo o de tal modo enajenado que con razón ignore, como dice el Apóstol, si se encontraba en el cuerpo o fuera del cuerpo, cuando es arrebatado y transportado a esta visión (Gn. Litt. XII. XXVII. 55).
Al hacer una comparación entre la visión del Apóstol que no había podido identificar si estaba en su cuerpo, o fuera de su cuerpo, con la visión intelectual, vemos que no hay diferencia entre ellas porque en la visión intelectual hay una casi separación entre el alma el cuerpo. En esta visión intelectual, como en la visión del Apóstol, no hay posibilidad de saber si se está o no se está en su cuerpo.
La visión intelectual corresponde a la beatitud a la que el hombre está llamado. Según la vida que ha vivido cada persona, su alma va a un lugar diferente. Hemos visto en los puntos anteriores que todas las almas, después de la de Adán, nacen iguales, no hay privilegio de una sobre otra, es decir, todas tienen la misma capacidad de tener una vida buena, es decir, de alcanzar la beatitud a la que están llamadas. Un alma que ha vivido una vida más cerca a la voluntad de Dios va a un lugar superior que un alma que no haya vivido una tal vida. Es por eso que en varios textos de la Sagrada Escritura escuchamos hablar de paraíso y de infierno. Entendemos por „paraíso‟ un lugar espiritual donde no hay sufrimiento, y por
„infierno‟ un lugar espiritual donde hay sufrimiento. No sería justo decir o bien que estas penas son falsas, o bien que son falsos este reposo y esta felicidad. En efecto, hay falsedad cuando una estimación errónea nos hace tomar una cosa por otra.
Según la promesa, en el paraíso el cuerpo del hombre ya no será un peso para el alma. Habrá una armonía entre el cuerpo y el alma. No se trata de una separación de alma y cuerpo, sino que el cuerpo ya no será un peso para el alma, lo que explica muy bien la razón por la cual el Apóstol no sabía si estaba en un cuerpo o no en la visión intelectual. En el más allá no habrá ninguna falsedad en las visiones, porque no hay lugar a dudas, ya todo es inteligible. Nada nos hará tomar una cosa por otra, ni en las visiones corporales, ni en las visiones espirituales, menos aún en las visiones intelectuales.
Al terminar de esta manera la obra del De Genesi ad Litteram, San Agustín quiere mostrarnos su compromiso en la lucha contra los maniqueos que sostenían que el mal es obra de Dios. También San Agustín toma el camino contrario a ellos en el sentido de que él
beatitud prometida, no sin la gracia de Dios, después del pecado de Adán. Dicho de otro modo, nosotros los hombres volvemos a recuperar lo que habíamos perdido con el pecado de Adán y Eva.
Conclusiones
La realización de este trabajo se hizo a partir de una lectura minuciosa de la obra del De Genesi ad Litteram de San Agustín y de otras obras del mismo autor tales como: Ciudad de Dios, el De Genesi adversus manichaeos, el De Genesi ad Litteram, liber imperfectus y las Confesiones.
Hemos planteado el problema de la creación del mundo y en particular el de la creación del hombre. En el primer capítulo del trabajo, hemos tratado mostrar cómo el mundo ha sido creado a partir de la nada, tema que sin lugar a dudas presenta mucha dificultad para ser entendido si, como dice el santo, no nos dejamos guiar por la fe primero y luego por la razón. En este primer punto hemos hablado de la creación en la razón causal o también podemos decir de la creación latente. En esta primera creación podríamos hablar del plan de Dios para las criaturas, es decir, de cómo las criaturas han de desarrollarse en el tiempo. Esta creación es considerada latente porque todavía no es un hecho en el sentido que podamos ya ver las criaturas. Esta creación puede considerarse también como una creación seminal. Esta creación se hace en un solo día a partir de las Palabras proferidas por Dios. Se ha hecho la pregunta ¿a quién ha proferido Dios estas palabras si todavía no había ninguna criatura capaz de entender estas proferencias? Se ha contestado que estas palabras de Dios fueron dichas en el Verbo que es su Hijo, que siempre ha existido. “Expresándose
totalmente en su Verbo, él contiene en sí los modelos arquetipos de todos los seres posibles, sus formas inteligibles, sus leyes, sus pesos, sus medidas y sus números”25. En otra parte se ha hablado del custodio del Espíritu de las criaturas que tenían que aparecer en el tiempo; en este caso podemos hablar de tres personas en la creación que son el Padre, el Hijo y el Espíritu, y eso es lo que llamamos la Trinidad creadora.
25(S‟exprimant totalement dans son Verbe, il contient éternellement en soi les modèles archétypes de tous les
êtres possibles, leurs formes intelligibles, leurs lois, leurs poids, leurs mesures, leurs nombres). Étienne Gilson, La Philosophie au Moyen Age, Des origines Patristiques a la fin du XIVe Siècle, ed. Payot, Paris,
Bueno, hablamos de una creación latente, que es como el proyecto de una obra. En el segundo capítulo hablamos de la hechura de esta obra, lo que llamamos creación en el tiempo. Hay que recordar de antemano que el tiempo en sí es una criatura. El tiempo es considerado en esta obra de San Agustín como cambio, es decir, como el paso de un estado a otro. Entonces el tiempo aparece cuando las criaturas pasan del no-ser al ser o dicho de
otro modo de la nada al ser. “Han sido creadas (las criaturas) por Dios de la nada, y es lo
que llamamos „crear‟”26. El hombre es la última de las criaturas que aparece; sin embargo, es la criatura más importante después de los ángeles. El hombre en tanto criatura racional recibió del Creador el mandato de nombrar a las criaturas, de custodiarlas y de usarlas para su propio fin. El hombre está constituido de cuerpo y alma. Esta unidad es muy importante para el funcionamiento del hombre. El cuerpo es materia pura y “el alma afirma San Agustín que no se sabe de qué es”. Lo único que él sabe es que el alma no es corpórea y que tampoco es de la misma sustancia que Dios. Acepta que el alma es superior al cuerpo; sin embargo, está unida al cuerpo por una inclinación natural. “El alma está unida a su
cuerpo por una inclinación natural que la lleva a vivificarlo, a mandarlo y a custodiarlo”27. En tanto criatura racional, el hombre tenía la posibilidad de no morir, es decir, la muerte no hacía parte de la esencia o de la naturaleza del hombre. Esta posibilidad de no morir está en un entramado con una condición que es la de no pecar. El pecar implica una disociación del alma de su Creador que es Dios y eso lleva al hombre a la muerte. Por lo tanto, podemos decir que el mal es una contra-naturaleza. Así pues, el mal no es obra de Dios. Si no es obra de Dios, entonces hacemos la pregunta siguiente: ¿cómo entra el mal en el mundo?
La respuesta a esta pregunta se ve estructurada en el tercer capítulo del trabajo. Hemos dicho que el mal entra en el mundo por la mala voluntad del hombre. Aclaramos que la voluntad sea mala en sí, sino el acto mismo. El hombre tiene la posibilidad de actuar según su voluntad y esta voluntad es dada por Dios. Podemos hablar de un acto bueno o de un
26 (Elles ont été faites par Dieu de rien, et c‟est ce que l‟on appelle créer). Ibid. (Traducción de Jean Robert
Déry).
27(L‟âme est unie au corps par une inclination naturelle qui la porte à le vivifier, à le régir et à veiller sur lui).
acto malo. El acto es malo cuando preferimos algo que es menos valioso que otro; hay en ello una cierta degradación. Entonces el mal entra en el mundo a través de los actos del hombre que han preferido algo menor a algo que es el ser mismo, el ser supremo. Había un pacto establecido por Dios con el hombre para que este último no comiera del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Como hemos enfatizado, el problema no es el fruto sino el no haber respetado el pacto establecido con Dios. Todo el desarrollo de la historia de la creación que presenta San Agustín, no nos permite ver que haya una criatura mala e incluso la Sagrada Escritura en la cual se apoya San Agustín dejar ver claramente que todas la criaturas son buenas. Entonces, concluimos que el mal entra en el mundo por la voluntad del hombre, es decir por el acto de no querer vivir con la amistad de Dios. Este pecado que entra en el mundo y del cual todos los hombres somos herederos nos lleva a tener una vida esencialmente en vista hacia la muerte. Es decir, el primer hombre tenía la posibilidad de no morir, pero nosotros necesariamente moriremos a causa de la desobediencia, de la pérdida de la amistad con Dios desde nuestros primeros padres.
Ser feliz es el fin último de todo ser humano; para serlo, el hombre tiene que dirigirse hacia el Bien Supremo, quererlo y captarlo. Él tiene que ser libre. En lugar de actuar así, el hombre da la espalda a Dios para gozar de sí y de las cosas inferiores a él. Es en eso que consiste el pecado, que nada no hace necesario, y entonces el hombre lleva él solo la responsabilidad28.
Para poder salir de este sufrimiento y para merecer la vida eterna, el hombre se ve obligado