La muerte no hace parte de la naturaleza de los primeros hombres. Pero, a través del pecado de los primeros hombres en los cuales están los gérmenes seminales de todos los demás hombres el pecado la hace natural a nosotros, los herederos. Por lo tanto, todos nacimos en condición mortal. Sin embargo, tenemos la posibilidad de revivir eternamente o también de morir eternamente. Esta muerte es la que llamamos la muerte segunda porque se sigue de la primera que es la separación del alma del cuerpo y también de la separación del alma de su Creador. La primera forma de la primera23 muerte está reservada a todos los hombres, pero la segunda forma y la segunda muerte están reservadas únicamente a los que desobedecen a Dios, es decir, a los que no hacen la voluntad de Dios o a los que buscan las cosas que tienen menos grado de ser. “Y lo que fue hecho el hombre, no cuando le crió Dios, sino cuando pecó y fue castigado, eso fue lo que engendró respecto al origen del pecado y de la muerte” (Civ. Dei XIII. III).
Así, podemos decir que el cuerpo de Adán ha sido creado en una forma más importante que el nuestro porque tenía la posibilidad de mantener este cuerpo en el transcurso del tiempo, y así llevar una vida santa, una vida sin pecado. El cuerpo de Adán tenía la condición de no morir, pero nosotros nacimos con nuestro cuerpo ya determinado como cuerpo mortal. Lo que Adán perdió con el pecado lo tendremos en el último día cuando alcancemos la promesa hecha por el Creador en su Verbo.
Después de Adán, los demás hombres nacen iguales por naturaleza. No tienen mal en sí mismos, el mal está causado siempre en una sustancia de buena. Así pues, El pecado es una deficiencia de la naturaleza humana. En la creación latente y en la creación en el tiempo, el hombre ha sido creado para embellecer y custodiar la tierra. La creación visual es la puesta en acción del pensamiento de Dios. Cada ser desarrolla de manera separada y personal su
23 Vamos s considerar como lo hizo San Agustín, dos tipos de muertes una que llamamos la muerte primera y
otra muerte segunda. La muerte primera contiene dos tipos de muertes: la separación del alma y del cuerpo y la separación del alma de Dios.
propia vida. Los seres manifiestan lo que ellos mismos son para que podamos conocerlos. Sin embargo, esta manifestación está ligada con su naturaleza.
La historia de la creación nos revela que el hombre ha sido creado por Dios con la posibilidad de vivir eternamente con su cuerpo. Sin embargo, esta posibilidad tiene a la base una condición que es la obediencia a Dios como creador. Esta obediencia consiste en que el hombre no debía comer el fruto del árbol de la vida o fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. No es el fruto que es malo sino el acto mismo porque al terminar la creación dijo Dios que todo era bueno. Por ende, el origen de la muerte del hombre no está en su naturaleza, sino en el acto de su libre albedrío. Cuando hablamos de la muerte del hombre eso no tiene que ver sólo con la separación del cuerpo y del alma, sino también con la separación del alma de Dios. En este sentido se podría hablar de una muerte física y de una muerte espiritual. Bien sabemos que el alma es inmortal en el sentido que ella no es perecedera; sin embargo, el alma tiene su mortalidad que consiste en su separación de Dios su creador.
Pues aunque con verdad se dice que el alma del hombre es inmortal, sin embargo, padece también su peculiar muerte. Se dice inmortal porque en cierto modo nunca deja de vivir y sentir, y el cuerpo por eso es mortal, porque puede faltarle totalmente la vida, y por sí mismo no puede vivir de modo alguno. Sí, la muerte del alma sucede cuando la desampara el Señor, así como la del cuerpo cuando la deja el alma; por lo cual, la muerte del uno y del otro, esto es, de todo el hombre, sucede cuando el alma, desamparada de Dios, desampara al cuerpo; porque así ni ella vive con Dios, ni el cuerpo con ella (Civ. Dei XIII. II).
Así, San Agustín nos permite entender que hay diferentes tipos de muertes a las que el hombre está sujeto después del pecado. Antes del pecado, el hombre no estaba llamado a la muerte porque tenía la posibilidad de vivir con su cuerpo eternamente, pero con el pecado, su naturaleza ha cambiado, ahora está abocado a diversos tipos de muerte que vamos a tratar de desarrollar en las siguientes anotaciones.
que son: la separación del alma del cuerpo y la segunda es la separación del alma de Dios. La segunda muerte es la que sigue de la segunda forma de la primera muerte, la separación del alma de Dios. Esta muerte es considerada como muerte eterna. Esta muerte consiste en un sufrimiento eterno donde el cuerpo y el alma están unidos otra vez para siempre. Es de esta muerte que Cristo nos quiere librar. De la misma manera que podemos caer en la muerte eterna, podemos tener la vida eterna si actuamos bajo la voluntad de Dios nuestro Creador. Entre estas dos tipos de muerte, la primera puede considerarse como un bien para los hombres que han sido justos porque es a partir de ella que van a tener la vida eterna donde no haya ningún sufrimiento. La segunda no es buena para nadie porque en ella está el sufrimiento eterno. “Así que de la primera muerte del cuerpo puede decirse que es buena
para los buenos y mala para los malos; pero la segunda, sin duda, que, como no es de ningún bien, así para ninguno es buena” (Civ. Dei XIII. II).
Se podría preguntar por qué los hombres tienen que esperar hasta la muerte para recibir la vida eterna si decimos que Cristo ha muerto por el pecado de nosotros. Para contestar a la
pregunta, hace falta ver el sentido de la palabra „fe‟. Porque la fe es esperar algo que ha de
venir. Si entonces la vida eterna ya estuviera, no tendría sentido hablar de la fe y tampoco haríamos esfuerzo alguno para esperar en la voluntad de Dios esta vida eterna. Esta esperanza nos pone en un constante esfuerzo para mantenernos en la voluntad del Ser mismo que es Dios.
Hemos visto que la muerte que es buena para los justos es mala para los injustos. La muerte es buena para los justos porque a partir de ella van a empezar a vivir la vida eterna donde no hay sufrimiento. Esta misma muerte es mala para los injustos porque les hace merecer la muerte eterna, es decir, el sufrimiento eterno donde no hay una separación del cuerpo y del alma sino la separación del alma de Dios, del máximo Ser. A partir de esta misma paradoja, encontramos la paradoja de la ley que es buena para los justos y mala para los injustos. La ley es buena para los justos porque los ayuda a vivir coherentemente con ellos y con los demás, les ayuda actuar conformemente, a hacerlos merecer la vida eterna mientras que a los injustos la ley los hace merecer la muerte eterna.
Aunque la ley es buena porque prohíbe el pecado, y la muerte es mala porque es la paga, recompensa y premio del pecado, sin embargo, así como los malos y pecadores usan mal, no sólo de las cosas malas, sino también de las buenas, así los buenos y justos usan bien, no solamente de las buenas, sino también de las malas; de donde dimana que los malos usan mal de la ley aunque la ley sea
buena, y que los buenos mueren bien aunque la muerte sea mala (Civ. Dei XIII.
V).
Como la muerte no estaba destinada a ningún hombre, no podemos negar que es un castigo para el que nace. Porque la muerte es el resultado del pecado de los primeros hombres. No es una naturaleza, no es parte constitutiva del ser de los primeros hombres, no es una manera de definirlos. Sin embargo, es un bien para el que renace. Es un castigo en el sentido de que el hombre tiene que padecer para poder vivir bien, el hombre tiene que esforzarse para poder mantenerse en la existencia. Bien sabemos que este esfuerzo se hace con la gracia y la ayuda de Dios. El primer hombre en el paraíso no tenía que padecer todo lo que nosotros los hombres herederos de los primeros padres padecemos. Los primeros hombres tenían un cuerpo superior al nuestro porque no estaban abocados a la muerte, sino a la vida eterna y en su naturaleza no estaba la muerte; mientras que, para nosotros la muerte hace parte de nuestra naturaleza, o, más bien, es natural que se presente la muerte. Ahora la muerte hace parte de nuestra naturaleza, entra en la manera como nos definimos.
“Y así, siendo la muerte, sin duda, por la descendencia continuada desde el primer hombre, una pena del que nace, con todo, si se emplea por la piedad y justicia, viene a ser gloria del que renace; y siendo la muerte retribución y recompensa del pecado, a veces impetra y alcanza que no se dé castigo al pecado” (Civ. Dei XIII. VI).
La muerte en sí no es un bien, porque no estaba destinada a nadie por naturaleza, sino que se da por castigo del pecado, o, dicho de otra manera, es resultado del pecado. En toda la creación, no hay un pasaje donde nuestra naturaleza humana esté constituida por la muerte. El primer hombre nace con la posibilidad de no morir y para eso tenía que respetar el árbol del conocimiento del bien y del mal. Cuando desobedece, empero, entra la muerte en el mundo. Sin embargo, la providencia divina hace de ella un bien, la gracia de Dios la
absurdo, lo peor, sacar el bien para los que actúan bajo su voluntad, para los que buscan el Ser supremo.
Así, pues, la muerte no debe parecer buena porque la veamos transformada en una utilidad tan considerable, no por virtud suya, sino por la divina gracia, la cual determina que la que entonces se propuso por terror y freno para que pecaran, ahora se proponga que la padezcan para que no se cometa pecado; y para que el cometido se perdone y se conceda a tan plausible victoria la debida palma de la justicia (Civ. Dei XIII. VII).
Los que buscan hacer la voluntad de Dios buscan evitar la segunda muerte que no es una muerte obligatoria para los hombres. De la misma manera que la primera muerte no estaba destinada a los hombres que actúan bajo la voluntad de Dios, la segunda muerte tampoco está destinada para los que aceptan actuar bajo su voluntad. Después del pecado, la primera muerte hace parte de la naturaleza misma de los hombres. Esta muerte puede considerarse un bien si la persona era justa, y un mal, si la persona era injusta. Es una gracia para los que actúan justamente padecer la primera porque a partir de ella la persona sale del sufrimiento de la vida para vivir plenamente la vida eterna. Antes de la primera muerte, la persona está sujeta a los problemas, a las dificultades de la vida, a la seducción de este mundo, pero, en la vida eterna, no habrá sufrimiento, tentaciones y el cuerpo ya no será un peso para el alma porque los dos van a tener la misma naturaleza que es ser inmortal.
Mas cuando están en ella los que se llaman ya muertos, no sin motivo se dice que para los malos es mala, y para los buenos, buena; porque las almas de los justos, separadas de sus cuerpos, están ya en descanso, y las de los impíos están satisfaciendo sus debidas penas, hasta que los cuerpos de las unas resuciten para
la vida eterna, y los de las otras para la muerte eterna, que se llama segunda (Civ.
Dei XIII. VIII).
La separación del cuerpo del alma es llamada muerte, y también la separación del alma de Dios. En general, cuando hablamos del hombre, decimos que tiene vida, está en la muerte (moribundo) y está muerto.
En las siguientes anotaciones, vamos a tratar de mostrar que en realidad hay dos estados para el hombre en la tierra, que son la vida o la muerte. Muchas veces cuando hablamos, usamos el nombre correspondiente al verbo morir, que es „moribundo‟ como calificado para designar el estado de alguien que muere. Es común decir que la persona está haciendo su testamento, es decir, reparte sus cosas a sus seres queridos antes de morirse y decimos que „la persona es una moribunda‟ es decir que está en medio de la vida y la muerte (moribunda). Vamos a tomar un ejemplo para elucidar el sentido de la palabra „moribundo‟.
Para ello, consideremos una persona que está repartiendo sus bienes; si la persona está escribiendo o hablando para repartir sus bienes es que no está muerto y si está muerto, ya no puede hablar. Tampoco puede haber un estado donde la persona esté muerta y viva al mismo tiempo. O se está muerto o se está vivo. Nada de estar en el medio. Sabemos que hay muerte para el cuerpo cuando hay separación del alma del cuerpo; por lo tanto, si el alma está viva no hay muerte para el cuerpo y si el alma está separada del cuerpo, no hay vida para el cuerpo. Entonces, ¿cuál es el sentido de la palabra „moribundo‟?
Como lo hemos visto, hay dos tipos de muerte, una primera que tiene dos formas, y una segunda que es la muerte eterna atribuida a las personas que han actuando contra la voluntad de Dios el Creador. En la primera muerte, hemos visto que no hay posibilidad de ser „moribundo‟ porque en este estado una persona no puede estar viva o muerta o estar en un punto medio. La separación del alma del cuerpo es el camino que todos heredamos de los primeros padres; como lo hemos visto, puede considerarse como un bien con la gracia de Dios. Por esta misma gracia, después de esta muerte, Dios les concede la vida eterna; y por la injusticia, después de la primera, el hombre puede merecer la segunda muerte que es la muerte eterna, una muerte infinita. Esta última forma de morirse que es la segunda
muerte es lo que llamamos „moribundo‟ porque es un proceso que nunca se acabará. Es siempre estar en la muerte, no hay ni vida ni muerte, sino que es un sufrimiento permanente. Lo expresa San Agustín diciendo:
de la muerte, sino que siempre se hallarán en la muerte; y, por consiguiente, nunca viviendo, ni jamás muertos, sino muriendo sin fin. Pues nunca le sucederá al hombre peor en la muerte que en donde habrá la misma muerte sin muerte (Civ. Dei XIII. XI).
Con la desobediencia del alma, el cuerpo se rebela contra el alma. Ya el alma no tiene el control del cuerpo, el cuerpo no obedece. La segunda muerte contiene todos los tipos de muertes. Es decir, la separación del alma del cuerpo, la separación del alma de Dios. Al desobedecer a Dios, su maestro, el alma no puede contener el cuerpo del que ella era la maestra. “Entonces, pues, la carne comenzó a desear contra el espíritu, y con esta batalla y
lucha nacimos, trayendo con nosotros el origen de la muerte, y trayendo en nuestros miembros y en la naturaleza viciada y corrompida la guerra continuada con ella o la victoria contra el primer pecado” (Civ. Dei XIII. XIII). Por naturaleza, nuestros primeros padres no tenían que vivir en esta lucha permanente que nosotros hemos heredado. Por naturaleza no teníamos que luchar con esta desobediencia del cuerpo sino que ésta se da por el mal uso de la voluntad de los primeros hombres. Dios es el autor de la naturaleza buena y no de la voluntad viciada de nuestros padres.
Ya que al comer del fruto del conocimiento del bien y del mal, el hombre busca ser igual a Dios en la capacidad de conocer, lo que lleva a Dios a expulsar el hombre del paraíso a fin de que no coma del árbol de la vida, lo que le daría una vida eterna cómo la que tiene Dios, en lo que sigue vamos a desarrollar los tres tipos de visiones que San Agustín considera como tres tipos de conocimiento.