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C. ESTILO DE VIDA Y CÁNCER DE MAMA

3. OTROS

A parte de los factores nutricionales y la actividad física, existen otros factores relacionados con el estilo de vida que presentan cierta influencia en el cáncer de mama, como la obesidad, determinados parámetros antropométricos, la paridad, la lactancia, el consumo de alcohol y tabaco y/o la exposición ambiental a agentes carcinogénicos, entre otros.

Por lo que respecta a la obesidad, ésta es considerada un factor de riesgo de cáncer de mama en mujeres postmenopáusicas, mientras que se ha sugerido que podría disminuir dicho riesgo en mujeres premenopáusicas, aunque los resultados no son concluyentes ([1700], [6093]). Esta diferencia en cuanto al estatus menopáusico podría ser debida a que durante la premenopausia el exceso de adiposidad podría modificar la función ovárica, provocando alteraciones en la secreción de hormonas que actúan a nivel de la glándula mamaria. En este sentido, se ha descrito que mujeres con bajo número de ciclos menstruales por año, largos ciclos y/o ciclos irregulares presentan un bajo riesgo de cáncer de mama, probablemente debido a alguna insuficiencia ovárica ([8654]). Las mujeres obesas premenopáusicas tienden a tener menstruaciones irregulares así como reducción de la fertilidad. En el caso de las mujeres obesas postmenopáusicas, la conversión en el tejido adiposo de los andrógenos suprarrenales a

estrógenos, por una aromatasa, explicaría, entre otros, el mayor riesgo de padecer cáncer de mama en estas mujeres ([4595]). Por otro lado, pese a que la terapia hormonal sustitutiva se ha asociado a un mayor riesgo de desarrollar cáncer de mama ([8667]), en mujeres obesas este tratamiento no incrementaría aún más el riesgo, hecho que sugeriría que los niveles elevados de estrógenos, independientemente de si provienen de fuentes endógenas o exógenas, aumentan el riesgo de cáncer de mama, y que los efectos no son aditivos. A parte de su relación con el riesgo de desarrollar cáncer de mama, la obesidad también se relaciona positivamente con la recurrencia y mortalidad asociadas a este tipo de cáncer, tanto entre mujeres pre- como postmenopáusicas, independientemente de la edad y del estatus de los receptores de estrógenos (RE+, RE-) ([8652], [8656]).

Otro factor a tener en cuenta sería la distribución de la adiposidad. Así, numerosos estudios epidemiológicos han evaluado la relación entre diversos parámetros antropométricos y el riesgo de cáncer de mama. Entre los parámetros más relevantes se encontrarían el índice de masa corporal (IMC), el índice cintura-cadera (ratio ICC), el índice cintura-altura y la circunferencia de la cintura. Dado que el IMC es el parámetro empleado para clasificar los grados de obesidad, no es de extrañar las abundantes evidencias epidemiológicas que indican la asociación positiva entre este parámetro y el riesgo de cáncer de mama en mujeres postmenopáusicas. Por otro lado, tanto el ICC como la circunferencia de la cintura, parámetros empleados para determinar la grasa abdominal, podrían presentar una asociación, también positiva, con el riesgo de cáncer de mama en mujeres postmenopáusicas, pese a que las evidencias epidemiológicas halladas no son del todo concluyentes ([6093]).

Otra serie de factores tales como la nuliparidad, una primera gestación tardía, la menarquia precoz y la menopausia tardía también han sido asociados a un mayor riesgo de desarrollar cáncer de mama, evidenciando la relevancia hormonal en el desarrollo de este tipo de neoplasia ([3950], [3966], [5975]). Así, la nuliparidad o un primer embarazo en edad avanzada constituyen factores de riesgo debido a que en estos casos la glándula mamaria no alcanzaría su máxima diferenciación, o bien la alcanzaría muy tarde. El avance de la pubertad (menarquia precoz) y la menopausia tardía también son factores de riesgo ya que aumentan el número total de ciclos reproductivos en los que la glándula mamaria sufre un proceso de crecimiento e involución, lo cual influye en su susceptibilidad a la carcinogénesis. Además, en la menarquia precoz se induce una proliferación temprana de las células mamarias por exposición a elevados niveles hormonales ([5975], [6093], [6828], [7616], [7627]). Por otro lado, estudios epidemiológicos prospectivos y de casos-control, han mostrado claras evidencias de que la lactancia protege contra el cáncer de mama tanto en mujeres pre- como

postmenopáusicas, debido al periodo de amenorrea e infertilidad asociado y, consecuentemente, a la disminución del tiempo de exposición a los ciclos menstruales ([6093]).

Diferentes estudios han mostrado que el consumo de alcohol aumenta el riesgo de cáncer de mama, independientemente del tipo de bebida alcohólica y del estatus menopáusico. Esto podría ser debido, en parte, a que tras la ingesta de alcohol, los niveles de estrógenos circulantes aumentan. Entre los mecanismos propuestos para explicar tal aumento, se encontrarían el incremento de la actividad de la aromatasa (enzima responsable de la conversión de testosterona en estrógenos), la inhibición de enzimas implicados en la degradación de estrógenos, la disminución de la secreción de melatonina (implicada en la inhibición de la producción de estrógenos) y/ o el incremento del estado redox hepático disminuyendo así el metabolismo esteroideo. Además, los productos obtenidos tras el metabolismo del alcohol, tales como el acetaldehído y los radicales libres, podrían causar daño en el ADN favoreciendo el proceso carcinogénico. Por otro lado, el alcohol es un antagonista del folato, micronutriente importante en la síntesis y reparación del ADN así como en la neutralización de los radicales libres. Así, el consumo de alcohol podría afectar negativamente a los niveles de folato, alterando dichos procesos ([6093]).

En cuanto al consumo de tabaco, éste ha sido claramente asociado con otros tipos de cánceres, debido al alto contenido de sustancias potencialmente carcinogénicas presentes en el humo del tabaco, tales como: formaldehído, benzopireno, anilina, hidrazida, arsénico, cadmio y cromo. En relación al cáncer de mama, la asociación entre el consumo de tabaco y esta neoplasia ha mostrado resultados inconsistentes. No obstante, las evidencias apuntan a un aumento del riesgo tras un largo periodo de hábito tabáquico, inicio antes del primer embarazo a término, y en fumadores pasivos ([7675]).

Otro factor a tener en cuenta es la continua exposición a contaminantes medioambientales hormonalmente activos a los que está sometida la población. Entre ellos destacan los compuestos clorados (en pesticidas), alkifenólicos (en detergentes, plásticos, espermicidas, etc.) y el bisfenol-A y/o derivados, por su influencia en el desarrollo del cáncer de mama ([4506], [4651], [4653], [4662], [4713], [7678], [7679], [7681]).