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P RIMERA PARTE

2.4. La expresión del tabú

2.4.1.1. Eufemismo y expresión eufemística

Tanto en la citada definición de Casas (2005), como en otras anteriores (la primera fue Galli de Paratesi, 1964; Montero Cartelle, 1981; Senabre, 1971), se ha subrayado la importancia de diferenciar entre el eufemismo y las expresiones eufemísticas concretas. El eufemismo se considera como el fenómeno lingüístico, causado por la interdicción, que lleva a sustituir unas palabras por otras, a través de medios o módulos de sustitución, que dan como resultado los sustitutos eufemísticos (Galli de Paratesi, 1964: 17) o usos eufemísticos de expresiones ya existentes (Montero Cartelle, 1981). De esta forma, las expresiones que en una situación concreta tienen una función eufemística, pueden no tenerla en otra. Hay, por tanto, una diferencia entre los procesos cognitivos, en términos de Casas (eufemismo, o disfemismo), y los resultados de estos procesos en el discurso (expresiones eufemísticas) e incluso, de forma más matizada, entre aquellos y la función transitoria que desempeñe cualquier expresión lingüística en uno de estos procesos (uso eufemístico de la expresión x) (Figura 5).

Aunque la idea del eufemismo como mecanismo de sustitución está muy extendida, Uría Varela (1997) subraya que el eufemismo no consiste únicamente en sustituir unas palabras por otras, sino que el mecanismo lingüístico utilizado puede llevar a uno de estos tres fenómenos: “alteración, modulación o sustitución de formas o

Figura 5 Representación de la naturaleza cognitiva del eufemismo y la naturaleza discursiva de la expresión eufemística.

Cognición Discurso

di

contenidos lingüísticos interdictos” (ibíd., p. 6), con lo que se da cabida a las fórmulas de disculpa o a las variaciones en el tono de voz; puesto que todos los recursos de la lengua pueden estar al servicio del eufemismo (Galli de Paratesi, 1964) y del disfemismo (Uría Varela, 1997: 10).

2.4.1.2. Desgaste

La característica más importante de este fenómeno es el desgaste que sufren las formas eufemísticas, que se “contagian” de la carga negativa del concepto tabú al que se refieren. Forma parte de un ciclo constante de cambios semánticos: los valores del sustituto que evocan la referencia tabuizada pasan de ser un rasgo contextual (que requiere interpretación) a valores de contenido (Teso Martín, 1988: 204; en Uría Varela, 1997: 9). Casas (1993: 79) habla de dos fases: de sustitución eufemística y de conversión disfemística; también llamada “teoría dominó” del eufemismo (Bolinger, 1980: 74, en Crespo Fernández 2007: 86). Este movimiento constante de contagio obliga a nuevas creaciones eufemísticas, lo cual hace del tándem tabú-eufemismo una de las causas más importantes del cambio semántico de origen afectivo (para una completa revisión de la bibliografía al respecto, ver Casas Gómez, 1986: 70-76).

Dos factores intervienen en este proceso de desgaste: por un lado, la fuerza de la interdicción que pesa sobre el término sustituido y por otro la intensión semántica del sustituto, en particular, los rasgos por los que se actualiza la realidad que se pretendía eludir (Uría Varela, 1997: 9)70. Así, lo que resulta eufemístico en un momento dado, puede acabar identificándose progresivamente con el tabú al que remite.

2.4.2. El disfemismo

El fenómeno del disfemismo ha sido poco tratado en comparación con el eufemismo, a pesar de estar íntimamente relacionados, ya que se trata del fenómeno opuesto (Casas Gómez, 1986: 81). Consiste, en este caso, en referirse a una interdicción a través de medios lingüísticos que acentúen las connotaciones tabú, en lugar de

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El autor remite a la explicación de Rodríguez Adrados (1969) acerca de los usos metafóricos para compararla con el eufemismo: los usos metafóricos surgen por la posibilidad de neutralizar uno o varios aspectos de una oposición, en ciertos contextos o, con el tiempo, en todos los contextos; con lo que la metáfora se presta a una pronta identificación total con la realidad metaforizada. Según Rodríguez Adrados (1969: 539), “la metáfora no hace más que llevar al extremos el procedimiento usual de las combinaciones de palabras: prescindir de los rasgos semánticos de las mismas que son incompatibles”.

atenuarlas (ibíd., p. 85). En términos de Allan y Burridge (2006: 31): “A dysphemism is a word or phrase with connotations that are offensive either about the denotatum and/or to people addressed or overhearing the utterance.” En opinión de estos autores, se define por su relación con las emociones que implica, como la frustración, la desaprobación, la humillación, etc.

Puesto que subraya los vínculos con el tabú, el disfemismo responde a las funciones de componente emocional mencionadas en 2.3.8. y se relaciona, pues, con el insulto, las palabras malsonantes, las injurias, etc. y otros fenómenos de agresión verbal. Al contrario que el eufemismo, responde a una voluntad de “romper con el convencionalismo social” (Casas Gómez, 1986: 85) o de demostrar agresividad. Sin embargo, también tiene funciones distintas, como la catarsis o el humor (Jay, 2000)71.

2.4.2.1. Estabilidad

Eufemismo y disfemismo se oponen también en su permanencia diacrónica, ya que si bien aquel tiende al desgaste, este tiende a ser más estable (Casas Gómez, 1986: 91), lo que Grimes (1978:19) atribuye a la fuerte asociación que, a lo largo del tiempo, se establece entre el concepto y la expresión. Según este autor, es común en las expresiones disfemísticas que su motivación original se pierda y que solo se mantengan sus connotaciones afectivas negativas.

Su repercusión sobre el cambio semántico, en el caso de darse, es contraria a la del eufemismo en el sentido de que, si bien aquel culminaba en ocasiones en una especialización semántica hacia la estigmatización (o tabuización), el uso continuado de la expresión disfemística puede “normalizarla” (Casas Gómez, 1986: 92).

2.4.3. Relatividad

Uno de los aspectos más mencionados del eufemismo (aunque se aplica también al disfemismo) es su relatividad, es decir, su dependencia de factores “culturales, sociales y situacionales” (Uría Varela, 1997: 8), como el sexo, la edad, la relación entre los hablantes, el estrato socioeconómico, etc. Algunos de ellos, o todos en conjunto, pueden determinar el uso y la interpretación de determinada expresión como

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En este sentido, puede relacionarse con las transgresiones “permitidas” del tabú de comportamiento y con su función positiva, como en el caso del Carnaval, ver 2.2.2.1.

eufemística o disfemística, ya que la capacidad atenuante u ofensiva se determina en contexto. No hay, en este sentido, términos eufemísticos o disfemísticos, sino más bien usos discursivos en uno u otro sentido (Galli de Paratesi, 1964; Widlak, 1972; Montero Cartelle, 1981; Casas Gómez, 1986). Cualquier expresión puede tener usos eufemísticos o disfemísticos momentáneos inventados por los hablantes según determinados condicionamientos, lo que parte de su necesidad de crear términos propios, en ocasiones fortuitos (Casas Gómez, 1986).

La relatividad se atribuye a la naturaleza pragmática de estos fenómenos (Montero, 1981; Casas Gómez, 1986; Crespo Fernández, 2007). En este sentido, Allan y Burridge (1991) consideran que una expresión eufemística se usa como alternativa a una expresión marcada, para evitar una posible pérdida de la face, bien la propia o la de la audiencia, si es que se hace una ofensa, o la de alguna tercera parte. De igual manera, Warren (1992) se centra en el destinatario, apuntando que solo hay eufemismo si el receptor percibe que se está usando una palabra o expresión por el deseo del hablante de presentar de una manera velada un asunto delicado. Es decir, que se incide sobre la intencionalidad, y su reconocimiento, como característica necesaria para la existencia del eufemismo.

Una de las pruebas más claras de la relatividad es la existencia de usos lingüísticos mixtos entre el eufemismo y el disfemismo que adquieren pragmáticamente las funciones del contrario: estos son los usos disfemísticos de expresiones eufemísticas (véase algún caso de ironía, del tipo: esta chica es un poquito suelta) y los usos eufemísticos de los expresiones disfemísticas (como la utilización de términos tabú como cabronazo para referirse amistosamente a alguien). Ya en 1927, la obra de Silva Correia trata estos usos mixtos como “eufemismos disfémicos” y “disfemismos eufémicos” (Silva Correia, 1927, en Uría Varela, 1997: 43); por su parte, Casas Gómez (1986) denominó a estos casos como “eufemismos disfemísticos” y “disfemismos eufemísticos”; y Crespo Fernández (2007) los renombra como “cuasieufemismos” y “cuasidisfemismos”.

Desde el punto de vista pragmático, los disfemismos eufemísticos del tipo contra, estar hasta el moño, etc. tienen la función de atenuar la pérdida de la face o el poder ofensivo que tendría un disfemismo directo. Los eufemismos disfemísticos, por otro lado, corresponden a expresiones insultantes utilizadas para referirse a un amigo

(Allan y Burridge, 2006). En este sentido, se relacionan con la noción de prestigio encubierto72 (Labov, 1966b; Trudgill, 1972), ya que, a pesar de ser elementos aparentemente ofensivos (y por tanto no estándares), su función es la de cohesión social.