El objetivo más ambicioso de todo niño deseoso de dar una buena educación a sus padres es el hacer de ellos verdaderos adultos. De hecho, son pocos los que lo consiguen. Uno de los principales obstáculos es la ambivalencia de los propios padres en cuanto a su deseo de convertirse en adultos.
En efecto, el deseo más caro de muchos padres es el de volver a ser niños. Se trazan un cuadro idílico de la época infantil: el niño viviría en un universo de despreocupación e irresponsabilidad, mecido por el amor y la ternura de una familia afectuosa y devota. Sin embargo, la represión de los recuerdos no es nunca tan completa como para que los padres puedan mantener su fe intacta. Sus dudas aparecen aun en las expresiones más usuales: cuando un padre envejece sin volverse adulto, cuando se hace regañón, irascible, reivindicados egoísta, todo el mundo dice que "volvió a la infancia".
Tal vez sea oportuno definir aquí algunos términos de uso corriente. Hay niños jóvenes y viejos. A partir de su pubertad, los niños pueden transformarse en padres, pero no necesariamente lo hacen. Algunos no lo hacen jamás. Con el tiempo se vuelven personas mayores. Algunas personas mayores se vuelven adultas, otras, sencillamente, viejas. Personas mayores viejas pueden tener
niños adultos. Como se ve, la situación es muy compleja y merecería un estudio aparte.
En una palabra, hay que hacer lo posible por favorecer la maduración de los padres; de lo contrario no serán más que "personas mayores", cada vez más decrépitas, pero jamás adultas. Parece que son los niños adolescentes quienes se encargan con más gusto de esta parte del trabajo educativo. Se trata en lo esencial de conmover las estructuras esclerotizadas en las que los padres tienden a encerrarse cuando no reciben más estímulos. Para que los padres puedan mantener la movilidad necesaria, el niño se convierte en una fuente de dificultades en los más diversos planos: afectivo, moral, intelectual, material. Todas las capas son movilizadas, remodeladas. flexibilizadas. Es una tarea enorme, agotadora, que compromete toda la energía del niño. En muchos casos resulta un poco decepcionante. En efecto, los padres no se dan cuenta, por lo general, de la preocupación que se tiene por ellos, y no expresan reconocimiento alguno. Puede ocurrir que se resistan, o que reaccionen con una actitud casi paranoica. Sólo los niños que estén dispuestos a comprometer toda su persona deben encarar esta ingrata tarea.
Como ejemplo clínico traeremos aquí el caso de una familia suiza, muy burguesa, muy convencional, cuyos miembros estaban encerrados en el hormigón de los moldes sociales inmutables, agravados por las tradiciones familiares, particularmente rígidas.
A los quince años, el mayor de los varones, hasta entonces niño modelo y sin problemas, sufrió una anorexia grave y debió ser hospitalizado. Los médicos impusieron un aislamiento riguroso, incluyendo la prohibición de comunicarse con sus padres.
La enfermedad del hijo afectó en extremo a aquéllos. El padre se encerró aún más rígidamente en sus hábitos de vida, pero la madre se puso a pensar... y a soñar. Su pensamiento la llevó a tomar conciencia de la rigidez extrema de la estructura familiar; en efecto, todo estaba en ella rigurosamente definido: el sitio y el comportamiento de cada uno de sus miembros, los temas de conversación autorizados, los deseos lícitos e incluso el régimen alimentario (vegetariano y macrobiótico). En cuanto a los sueños, llegó a clasificarlos en dos categorías: sueños de angustia, que ponían en escena horribles catástrofes con mutilaciones de las que resultaban víctimas sus niños, en especial los varones; y sueños eróticos entremezclados, que incluían situaciones sumamente chocantes para esta dama refinada, con amantes en extremo sorprendentes.
En el curso de ese año, la madre consiguió elaborar poco a poco sus descubrimientos, mientras su hijo progresaba rápidamente hacia la curación.
Al año siguiente el hijo mayor, completamente curado, aprobó el examen de entrada a una Escuela Superior francesa, obtuvo un
éxito brillante y fue a instalarse en París por el tiempo que duraran sus estudios.
Ese mismo año el segundo varón, entonces también de quince años, comenzó a manifestar un desafecto creciente por todo tipo de actividad. Las distracciones lo fatigaban tanto como los estudios. Sufría violentas jaquecas, bronquitis en invierno y problemas digestivos en verano. Se quedaba en la cama tres días por semana, rehuía los contactos sociales y no abandonaba a sus padres en ningún momento, ni siquiera durante las vacaciones. La madre llevó a su hijo al psicoterapeuta, con el acuerdo reticente del padre, que prefería permanecer al margen de la empresa. El niño opuso al tratamiento un rechazo cortés pero firme. Lo hizo tan bien, que la madre encaró una psicoterapia por su lado, mientras la del niño se interrumpía.
Algún tiempo después, el mayor de los varones volvió a la casa, y se estableció una alianza tácita entre los tres hombres de la familia para favorecer el tratamiento de la madre. Bajo ningún pretexto le permitían faltar a una sesión. Si era necesario, el hijo mayor la acompañaba en coche a la ciudad.
El padre animó a la madre a conducir el coche. Pese al terror que le inspiraban los exámenes, la madre obtuvo el permiso de conducir correspondiente. Al principio se contentaba con ir a hacer la compra a la ciudad; luego se animó a ir más lejos, comenzó a gustarle, y su marido resolvió comprarle un automóvil.
Mientras tanto, la salud del segundo hijo se había deteriorado a tal punto que ya no podía seguir el ritmo de su clase. Cuando la situación parecía estar en punto muerto, tomó una decisión extraña. Resolvió, en efecto, abandonar sus estudios y hacerse cocinero, como un tío materno lejano al que a veces visitaba durante las vacaciones. Era un hombre simple, contento de la vida, un tanto despreciado por esta familia de industriales calvinistas, comedidos y muy preocupados por su status social. Por cierto, el muchacho no se dirigió a su tío, sino que halló una plaza de aprendiz en un hotel de la región. Desde ese momento, se levantó todos los días a las cinco de la mañana, para ir al trabajo en velomotor, hiciera el tiempo que hiciera. No tuvo más jaquecas ni anginas ni problemas digestivos, y no faltó un solo día al trabajo.
La madre, afectada al principio por la elección, fue serenándose; al ver que sus niños ya no tenían necesidad constante de sus cuidados, pasó a ocuparse de sí misma; gracias a la movilidad que le proporcionaba su coche pudo circular por todo el país, y anudó además una sorprendente relación con su mecánico. Éste le reveló lo que podía ser una vida sexual digna de ese nombre. Esta dama que, pese a su aventura, amaba tiernamente a su marido, deseaba beneficiarlo con sus nuevos conocimientos; pero temía escandalizar a ese puritano inveterado que siempre había hecho gala de la mayor reserva en el terreno sexual. Hizo
algunos tímidos intentos. Él se sorprendió, pero mostró agrado. Desde entonces, continuaron su aprendizaje en común.
Los dos muchachos, que sentían que sus padres ya no dependían exclusivamente de ellos, de sus estados de ánimo, de su salud, sino que parecían bien lanzados a una vida privada activa, rica e interesante, los convencieron de que hicieran un viaje solos a Italia. Los propios niños estaban contentos de quedarse solos como responsables de la casa y de sus hermanas por primera vez en la vida, y de poder experimentar su propia independencia. Los padres aceptaron pasar por ese "examen de fin de estudios", y seis semanas más tarde volvieron, felices y bronceados, con su diploma final de adultos en el bolsillo.