"Educar a los padres inmaduros, tímidos, mentirosos,
ricos o pobres, ausentes, celosos...".
Bajo el pseudónimo de Jeanne Van den Brouck se
esconde una psicoanalista parisina que vuelca en este libro su
rica experiencia en ayudar a los chicos en la laboriosa tarea de
enseñar a sus padres a serlo.
os padres recién nacidos! ¿Se han dado cuenta alguna vez, que un adulto joven es lanzado brutalmente por el azar de un nacimiento, a una verdadera tormenta afectiva?
Además, estos padres recién nacidos quedan sumergidos instantáneamente en una avalancha de angustias y perplejidades, sin hablar de los problemas prácticos que se les plantean.
En esta obra, un médico psicoanalista se ocupa por primera vez de los problemas de la educación de los padres difíciles, y provee a los hijos de todas las edades de algunos elementos de información que les podrán servir en el transcurso de la larga y laboriosa tarea educativa que les espera.
Si bien este manual aparenta un fuerte humor, es sin embargo totalmente serio."Es un libro de una profunda sabiduría" dice Francoise Dolto en su prefacio. "Quienes lo lean y reflexionen sobre él, extraerán un gran provecho, a la vez que disfrutarán del mismo.
Jeanne Van den Brouck
Manual para hijos con padres difíciles
Título original: Manuel à l'usage des enfants qui ont des parents difficiles Edición original: JeanPierre Delarge, editor, París, 1979
Traducción: Horacio Vázquez EDITORIAL POMAIRE
Argentina Colombia Costa Rica Chile Ecuador España Estados Unidos México Uruguay Venezuela
Editor asociado JUAN GRANICA
© 1979 by Ediciones Universitarias, JeanPierre Delarge © 1980 by EDITORIAL POMAIRE, S. A.
Avda. Infanta Carlota, 114 / Barcelona29 / España ISBN: 84 286 0569 6 Depósito Legal: B. 9.560 1980 Printed in Spain
FOTOCOMPOSICIÓN GRAFITIP Loreto, 44, int. / Barcelona29
Impreso por GRÁFICAS INSTAR, S. A. Constitución, 19 / Barcelona14
Este trabajo está dedicado a nuestro maestro el Bebé Sabio y a su padre: Sàndor Ferenczi
Los ejemplos clínicos de este libro pertenecen a nuestra vida cotidiana, a nuestra propia historia. Si alguien se viese reflejado en ellos, y sufriera por esa causa, tenga la bondad de perdonarnos; puede estar seguro de que nadie más podrá reconocerle.
Índice
Prefacio de Françoise Dolto ... 08
Introducción ... 28
ALGUNAS GENERALIDADES ... 31
Los padres que no desean al niño ... 36
Los padres que quieren que su hijo haga ... 44
Los padres mentirosos ... 54
Los padres adoptados ... 61
Los padres delincuentes ... 65
Los padres postizos ... 67
Los padres eclipsables ... 69
Los padres ricos (o pobres) ... 74
Los padres ancianos ... 79
ALGUNOS PROBLEMAS PARTICULARES La vida sexual de los padres ... 82
Algunas consideraciones acerca de la anatomía de los padres ... 86
Higiene y cuidados corporales de los padres . ... ... 90
Costumbres alimentarias y vestimenta de los padres .... 93
La vida profesional de los padres ... 98
La evolución de los padres ... 106
Los padres vistos por ellos mismos ... 112
La función de los padres ... ... 116
El material pedagógico ... 126
Breve ojeada a la literatura ... 132
MANUAL PARA HIJOS CON PADRES DIFÍCILES
Prefacio
Tal como su titulo lo indica, este libro está dirigido a los niños, pero lo recomiendo igualmente a adolescentes y adultos. También los padres que, como yo, quieran estar al día, podrán actualizar sus conocimientos a medida que avancen en la lectura de este libro, realmente genial. Quienes lo lean y reflexionen sobre él, extraerán un gran provecho, a la vez que disfrutarán del mismo. Una vez devorado su contenido, sus lectores habrán recuperado la capacidad de reírse como niños ante las situaciones tragicómicas de la vida familiar, magistralmente escenificadas. Y así, quizá, recobrarán la esperanza en la educación —tal vez insuficiente— de sus ancianos padres, por difícil que parezca.
Sea cual fuere la edad del lector infantil, si se divierte, no podrá dejar de agradecer a sus padres (pese a los atolladeros de la educación que hayan intentado darse mutuamente) la nueva experiencia que obtendrá y que le permitirá salir de una situación aparentemente desesperada. Lúcido, gracias al autor, el hijo comprenderá las limitaciones de la buena voluntad de sus padres
difíciles, limitaciones que provienen de la experiencia de la infancia de éstos con sus propios padres, herederos a su vez de sus antepasados.
En cuanto a los padres, descubrirán los esfuerzos que realizan sus hijos para educarlos a través de lo que ellos llaman las preocupaciones que les dan sus hijos, y dejarán de llamar "ingratos" a estos hijos, educadores más o menos torpes.
Como yo, todos le estarán agradecidos a Jeanne Van den Brouck por su inigualable experiencia como psicoanalista y como artista, haciéndonos disfrutar delicada y generosamente de un humor poco corriente entre psicoanalistas.
No es éste un libro de recetas —como todos sabemos, éstas no existen en pedagogía—, sino un libro de profunda sabiduría y de reflexión; tal vez, de reflexión inconsciente, una vez sobrepasado el primer nivel de placer consciente. Se trata de un libro de ciencia aplicada, de esa ciencia humana que es el psicoanálisis, aplicado a imaginarios avatares, aunque en realidad a los hechos muy reales que se producen en el curso de nuestras vidas. Siempre estamos comprometidos nosotros, hechos de carne y unidos unos a otros por la cadena genética simbólica y por el lenguaje, ese lenguaje hecho tanto de palabras como de cuerpos y comportamientos.
Queridos o no por nuestros padres, vivos o desaparecidos, a los que queremos o no, encontramos aquí la llave que nos permite desentrañar el secreto de nuestras ternuras burladas, de nuestros amores familiares tan sufridos, y que habíamos creído, en un principio, que eran enfrentamientos, reivindicaciones amargas, incluso odios familiares, tan dolorosos de vivir para muchos de nosotros.
Como iba diciendo, este libro debe llegar a todas las manos, debe leerse a todos los fetos mientras están confortablemente instalados en el vientre materno, y a todos los niños que van a la escuela y aún no saben leer, puesto que es un libro de historias. Y respecto a los mayores, a los que saben leer, bastará con dejarlo estar por la casa. Mucho más que los llamados libros de educación sexual, para tal o cual edad, este libro permitirá auténticos intercambios entre los individuos de distintas edades, sean educadores diplomados o simplemente integrantes de una misma familia. Cada uno de nosotros se reconocerá en estas páginas, aunque medie una pequeña distancia, que es la que permite la sonrisa, la compasión o la risa franca.
Los adultos comprenderán las razones irrazonables de las lagunas del conocimiento concernientes a sus padres o abuelos. Estas lagunas se hallan en el origen de sus dificultades actuales
frente a sus padres —a quienes no han sabido educar— y frente a sus hijos —a quienes no saben criar, por esto mismo—. Se sentirán burlados por estos repetidos fracasos, tan deprimentes, que ponen a dura prueba su buena voluntad. Los niños descubrirán cómo encarar a sus padres con dulzura, inteligencia y corazón, sin aferrarse —según sea el tipo de padres que deban tratar— a medios ineficaces, a veces peligrosos para quienes los emplean.
En fin, gracias a este libro oportuno, adquirirá su auténtico sentido el famoso mandamiento de "honrarás a tu padre y a tu madre", mandamiento que, en las entrañas de cada ser humano, nos exige hacernos paulatinamente responsables ante la ley, hasta el momento de acceder a la edad núbil, cuando debemos dar el adiós a nuestros padres, sin esperar ser comprendidos por ellos. (El temor a este adiós absorbe una enorme energía a muchos padres, en el fondo niños o adolescentes aunque tengan setenta años.) Comprenderán que es una ilusión esperar que sus hijos, al escaparse de su tutela, sufran aún más que ellos al enfrentar a una sociedad que les da miedo, un miedo ancestral, miedo a vivir que han heredado de sus abuelos y bisabuelos traumatizados, que no sobrepasaron la edad infantil y a los que son incapaces de infligir pena alguna. Pero la educación no puede realizarse sin apenar a veces a los educandos. Honrar a los padres no siempre es darles una alegría, contrariamente a lo que creen muchos seres humanos,
atrapados en la dependencia infantil que dejó en ellos —niños aunque crecidos— la ilusión de que amar a los padres es la clave de la felicidad para padres e hijos. Esta trampa, por la cual se pervierte el mandamiento inscrito en nuestras entrañas desde nuestra concepción y que nos ordena alcanzar la plenitud de adultos responsables, conduce a muchas familias a las puertas del infierno —a pesar de sus buenas intenciones—, al confundir ese mandamiento con el falso mandamiento de amar a cualquier precio a quienes nos han criado, sin desobedecerles y sin asumir su propia eclosión.
Este libro permite comprender cómo y por qué los padres son incapaces de conducir a sus hijos más allá de donde ellos mismos han llegado. También permite comprender cómo estos padres amantes, angustiados, pueriles, favorecen que la fuerza vital de sus hijos termine expresándose bajo todas las formas del fracaso y sufrimiento para ellos y sus descendientes, atrapados en grado diverso por el amor de padres a hijos y de hijos a padres, confundidos con los deseos incestuosos infantiles de una y otra parte.
Para los niños de 6 a 14 años, la autora y su editor deberían pensar en una publicación en forma de "tebeo" (historietas gráficas), más explícita en ese período que la lectura, ya que es muy importante para los niños no descuidar la educación de sus
padres. Digo esto por la cantidad actual de dislexias causadas por la repugnancia que sienten a decodificar las letras muchos niños cuyos padres difíciles han vuelto incómoda la percepción visual y el sentido auditivo de los fonemas revelados por la lectura. En efecto, no sólo esa percepción visual cruzada con la auditiva ha sido confundida por la primera educación que han recibido ciertos niños. Muchas otras percepciones correctas de los niños han sido desarregladas o negadas por los padres, que sin mala intención lo embrollan todo con sus mentiras. Las palabras adecuadas a las percepciones se callan con demasiada frecuencia, y numerosos verbos se conjugan mal de manera involuntaria.
El verbo "leer", en particular, da mucho que pensar... Hablo, claro está, para los franceses. El fonema "li" presente en las tres formas del presente: je lis, tu lis, il ou elle lit (leo, lees, lee), puede convertirse en una orden (lit!, lee), cuando en realidad ese mismo fonema está prohibido por los padres difíciles que tienen la manía de proteger a sus hijos, a lo largo de toda su infancia, de la curiosidad por los juegos sexuales sobreentendidos por ese fonema (lit = cama, en francés).1
Yo, tu madre, tu padre, nosotros, los dos juntos, tus padres, son palabras raras veces escuchadas por los niños de hoy. Papá y mamá
hablan de sí mismos en tercera persona, como si fueran los hermanos mayores, y no un hombre y una mujer, que en cuanto amantes dieron origen a la vida de sus hijos, y que como adultos asumen su deseo recíproco, a riesgo de afligir a sus queridos hijos. "Ve a decirle a papá", "mamá dijo"..., y cuando hablan de ellos es un "se" hace esto o aquello. Se sienten obligados a recurrir a esta forma singular impersonal, pero nunca al "nosotros", expresión de dos personas personalizadas y sexuadas, como si el hecho de ser padres los hubiera convertido en un agregado amorfo con o sin cabeza visible, cuya autoridad reposa sobre su masa gemela asociada a un extraño y desconocido compañero de irresponsabilidad. Pero sí, no es sorprendente que para los niños de 6 a 14 años los padres ("queridos padres", en las cartas llenas de faltas de ortografía que escriben a su única madre, cartas que terminan con un "te beso") sigan siendo gemelos que, a lo largo de su primera infancia, han permanecido desconocidos en su condición de seres únicos y diferentes. De los 10 a los 14 años se habla con los amigos, refiriéndose a los padres similares, de "ellos", los que no quieren que este niño, víctima feliz o infeliz, actúe libremente, como sus fuerzas vitales le dictan al oído, sino sintiéndose culpable, en cuanto su deber es correr los riesgos que supone ayudar a sus padres a reconocer que él ya no es más "su niño" sino un ciudadano, con las mismas responsabilidades que
ellos en las legítimas elecciones que debe realizar y en los riesgos que debe correr.
Pero volvamos a esas dificultades de lectura, me refiero a la lectura inteligente y personalizada. En la imagen propia del lenguaje (expresado en actos o en palabras) de sus padres (y no penséis que es mejor cuando éstos dejan que sus hijos los llamen por su nombre, trampa que suprime las diferencias de edad y confunde en los niños prepúberes la conciencia del incesto que flota en la atmósfera familiar), los niños siguen siendo en gran medida seres impersonales e inconscientes de su sexo, que confunden con "pipí" o "popó". ¿Podrán aprender a leer de manera distinta a una computadora mecánica o electrónica? Por supuesto que algunos lo consiguen, ya que "Lilí vio la pipa de papá" no parece comprometedor, y leer así, como escribir, se mantiene a una prudente distancia de toda expresión personal de deseo sentido y realizado.
Hay que decir también que muchos niños son criados actualmente en guarderías porque sus madres trabajan, y porque es bueno que los bebés hagan su experiencia social. Pero en las guarderías, por desgracia, todas las mujeres tutelares, cualquiera que sea su voz, su olor, su apariencia, deben ser llamadas impersonalmente, lo cual no facilita al niño la toma de conciencia
de su existencia personalizada, ni la de sus pequeños compañeros de edad.
Estos padres inocentes creen tener (o no) a este intrépido sujeto, que, sin embargo, ha decidido por sí mismo, con el permiso de su padre y la sumisión voluntaria o no de su madre, cobrar vida y sobrevivir en su cuerpo día y noche, pase lo que pasare. Y helo aquí, en la escuela, sentado para aprender a leer y escribir, y eso es obligatorio. Agreguemos que esa palabrita, "lit", cuando se trata de su propia cama, de la que se caía por la noche y lloraba, despertando al padre y a la madre para que lo retaran por causa de los vecinos, y que afortunadamente cedió su lugar a un somier y un colchón, se refiere al lugar solitario ligado al dormirse olvidando todo y enseguida, según decían mamá y papá. Si no, ¿ qué mal hábito se podría adquirir en la cama, por el que le gustara quedarse despierto?
Sea cual fuere la razón, de entre las que descortezan los psicoanalistas, la lectura en primera persona —aquella en la que el niño (o la niña) se permite pensar vinculando sus propias experiencias concernientes a la educación a las que sus padres quieren darle, o a la que él tiene que dar a sus padres, es decir, lo que constituye su vida cotidiana, de los seis a los catorce años—, el aprender a leer para el propio placer prohibido es muy difícil a esa
edad, y muy árido todo libro que no contenga otra cosa que pequeños signos a decodificar. Muchos pasarán por alto la lectura de este manual que, sin embargo, está destinado a ellos por su bien y para su goce, y sobre todo para el bien de sus padres. Por esto deseo que Jeanne Van den Brouck y su editor encaren con la mayor seriedad su edición en forma de tebeo, sin la cual la franja de población que extraería el mayor beneficio corre el riesgo de no emplearlo a tiempo, dado que los padres difíciles, y sobre todo los tímidos, no solamente no se lo leerán a sus fetos y niños de corta edad, sino que hasta pueden esconderlo de quienes, habiendo aprendido a leer, pese a todo, quisieran instruirse con él. Por el contrario, si es un libro de imágenes con texto en bocadillos, escrito en mayúsculas de imprenta y colores atractivos, "se" lo comprarán con los ojos cerrados al niño, para entretenerlo en su cama, antes de dormir o al despertarse, de modo que el padre y la madre tengan paz en la suya. Al menos, esperamos que así sea.
Así pues, si leído entre los seis y los catorce años este libro brinda su fruto, la sociedad cambiará, como suele hacerlo, bajo la presión de los jóvenes... que hasta ahora no han logrado más que protestar inútilmente. Esta vez se hará eficazmente, con dulzura, pues estos jóvenes sabrán educar a tiempo a sus padres de carne y, por qué no, por contaminación, también a los demás grandes (de estatura), a sus sustitutos parentales de corazón y espíritu. Si no consiguen
educarlos, al menos los encontrarán menos extraños, con sus aires de niños gigantes que hay que arreglar y comprender a tiempo, sin recriminaciones inútiles. Pues —fuerza es admitirlo— hay entre las personas aparentemente grandes algunas realmente ineducables. En cambio, entre los niños, los ineducables —eso sostengo— son muy pocos, y habrá aún menos si este mensaje les es accesible. Pero para ello hace falta un medio, y habría que encontrar, para traducir el mensaje en imágenes, a un niño artista de entre diez y setenta años de edad.
Si espero eso del futuro, después de la aparición de este libro y de su justa recepción por la población de todas las edades, es porque conozco la inteligencia y la generosidad que vibran a un ritmo acompasado con la verdad en todo ser humano autorizado a sentirse mal, hombre o mujer en proceso, jamás detenido desde el seno y en el seno de su madre, sea buena o mala, tonta o maligna, parlante o muda, abandonada por su hombre o emparejada. Si en sus engaños y en los libros, los niños pequeños y grandes se dejan confundir por las imágenes de los padres pobres o ricos (véase pág. 82), imágenes que éstos les inculcan, engañándolos, todo mensaje veraz, favorable al derecho a su propio saber y a su propia experiencia, libera al niño de toda deuda en relación con el gusto que no ha dado a sus padres, o con la pena que les ha infligido y que lo convierte en culpable, incorporando a sus padres en su
interior. Es la neurosis, que bloquea su desarrollo. Entonces, el adulto, en su máxima expresión, puede madurar en todo ser humano. Al adquirir un cuerpo de ser humano, todo niño y toda niña tienen el poder de realizarse, si advienen al amor y a la esperanza, más allá de las experiencias difíciles de su primera y segunda infancia.
El auténtico deseo asociado al vivir sexuado ilumina al sujeto, desde su concepción, con un saber inconsciente previo a todo conocimiento reflexivo. Para que ese saber innato inspire el crecimiento de un niño o una niña hasta su madurez, se impone la superación de esos modelos transitorios que son los padres; superación a menudo dolorosa, cuando los padres difíciles, débiles o seductores, falsean su papel de mediadores temporarios e inculcan al niño, desde pequeño, un sentimiento de culpa por asumirse libremente en la medida de su desarrollo, como precio por sustraerse a una tutela indebidamente prolongada.
Educar a sus padres: he aquí la tarea que desde siempre corresponde a los niños verdaderamente vitales, pero que jamás les ha sido explicada. Es una tarea que requiere coraje, salud moral y confianza en sí mismo durante la vida, lo mismo que para los padres capaces de soportar el desarrollo de su niño. Esta conciencia siempre resulta más o menos falseada en la infancia,
por todos nosotros, debido a la ilusión que tenemos (y que no podemos dejar de tener) de que nuestros padres conservan para nosotros el conocimiento de nuestra verdad; en realidad, cada uno de nosotros debe descubrirla individualmente en el curso de nuestras experiencias, aceptando la peligrosa libertad, sus riesgos y el sufrimiento inevitable que acarrea. El sentimiento de culpa frente a los padres de nuestra infancia es la espina que, clavada en el corazón, detiene la marcha de los más valientes.
Entre los padres difíciles que la autora ha enumerado en este libro, y ante los ejemplos —historias, como ella los llama— que se cuentan aquí, habrá sin duda lectores que negarán, sea por ceguera, sea por piedad, reconocer en algo a sus propios padres. Ello puede deberse también a que, sin saber nada, los han educado tan bien que no queda ninguna dificultad residual en ellos; no más dificultades que las que se les presenten con sus niños dotados para el estudio, sociables o sin problemas, que los han liberado de toda preocupación. Esos lectores reconocerán, sin embargo, con placer, a unas cuantas de las personas que los rodean, y les interesará, por más desconfianza que les inspire el psicoanálisis, el encuadre que nos proporciona la autora para comprender cómo nosotros, los humanos, dotados de función simbólica que hace de nosotros seres de lenguaje actuado siempre y antes que hablado, sufrimos los unos por los otros al educarnos mal o no educarnos los unos a los
otros (y sobre todo los adultos por los niños). Es que estamos amaestrados por nuestra antigua incapacidad para sobrevivir sin los cuidados maternales o de los adultos tutelares, por lo que siempre creemos que la educación tiene un sentido único: de adulto a niño.
El cuerpo, como lo demuestra la autora, es, en sus desórdenes o en su orden, mucho antes que la palabra verbal, una expresión de verdad en sus funcionamientos de salud o de enfermedad. Esa expresión de verdad, cuando se la reconoce, se descubre como un auxiliar del callar, del no-decir o del mentir de los padres de un niño, un niño que los entiende bien en su silencio y en sus angustias, mucho antes que ellos, si es que lo consiguen, aunque sea en parte, cosa que, por más psicoanalistas que sean, no podrán comprender jamás. La silenciosa lucidez de los cachorros de hombre es uno de los descubrimientos que facilitó el psicoanálisis; no solamente el de los adultos, que a través de los recuerdos deformados se acuerdan de su infancia, y a través de su cuerpo, del legado de angustias de sus padres, sino también y sobre todo el psicoanálisis de niños pequeños, cuyo cuerpo, carácter o espíritu en desorden inquietan a sus padres, sin que el médico pueda descubrir una causa orgánica y para lo cual se recurre hoy al psicoanálisis precoz.
En ciertos casos los síntomas de los niños expresan el sufrimiento intolerable que les significa el ser mantenidos en la ignorancia de un hecho que les concierne, y acerca del cual los padres se niegan a hablarle, dando así —sin saberlo— al niño que quieren proteger un status de animal doméstico, situación que un ser humano no puede soportar sin que se produzca un desorden del lenguaje.
En otros casos, los síntomas de los niños expresan un sufrimiento actual o pasado de la pareja, o de uno de los padres, y no sólo uno no verbalizado, sino a menudo escondido o incluso olvidado por ellos. La entrada del niño en esas rarezas data del día en que precisamente ese recuerdo, por ciertas circunstancias, reaparece en la memoria o en el sueño del adulto, que lo había arrojado a las mazmorras de su pensamiento, pero no sin que el niño, sensible hasta la telepatía ante quienes lo rodean, haya percibido el malestar fugitivo del adulto, ayudado también por el lazo sutil de los vasos comunicantes que el niño establece con sus familiares.
Si por casualidad, entre los padres difíciles aquí descritos, se encuentran lectores que no reconocen a sus padres ni se reconocen a sí mismos si son padres ya, estarán de acuerdo conmigo en que todo padre forma parte de la categoría universal de padres de los
que este manual no habla: quiero decir, la de los padres difíciles de olvidar, sean como fueren, vivos o desaparecidos, o incluso los que nunca conocimos. En tanto en la realidad únicamente nuestra propia existencia testimonia la de ellos, en la vida imaginaria nuestros padres y las emociones que les conciernen animan siempre, a sabiendas o no, una parte de nuestro pensamiento. ¿No lo creéis así?
Para usted, señor, la comida de su madre, ¿no era la mejor? Y en comparación, los platos de su esposa o de su Dulcinea, por experta cocinera que llegue a ser, ¿obtienen algo más que un cumplido hecho con reticencia, del tipo de: "está bien, está bien... pero mi madre lo hacía mejor"? Y gracias, si el verbo está en pretérito. Si está en presente, ¡pobre nuera! Para usted, señora, convertida en mujer, acaso en esposa, con algunos proyectos de liberación femenina, a menos que sea adepta a un programa completo del movimiento feminista, se trata de la comprensión con retraso de esa madre inolvidable, convertida en su pensamiento en "la pobre", o a punto de convertirse en ella, después de haberla juzgado "muy tonta" en su juventud. ¿Acaso no le había dicho que los hombres son todos iguales? ¡Su pobre madre tenía razón!
No os doy más que estos dos ejemplos, y lo sabéis bien: los padres son difíciles de olvidar. Su recuerdo, su pensamiento, se
adhieren a nuestro ser, sobre todo' si los callamos cuando vuelven en todas las ocasiones en que, víctimas del ser que amamos, o de los niños que piden vivir y que, mentirosos, siempre pretenden lo contrario, nosotras, las mujeres, recordamos a nuestra madre: "Los niños son ingratos, no traen más que preocupaciones", nos decía. A nosotras nos corresponde encontrar sus palabras en nuestra memoria y adherir a ellas, y si esto no os ha sucedido aún, ya llegará.
El hecho de que ningún padre se deje olvidar y que, a menudo, los recuerdos que nos vuelven, sea por nostalgia, sea por sufrimiento retroactivo, nos sustraigan la energía para enfrentar las dificultades o para gozar de los placeres de la vida, es el que hace que todos los humanos y en todas las sociedades (la unión hace la fuerza) traten de desprenderse de estos recuerdos, o mejor dicho de defenderse y deshacerse de los sentimientos de culpa que puedan estar vinculados a ellos. En relación con nuestros padres, los hombres en sociedad han inventado fiestas religiosas ya caídas en desuso. Hablo de la Fiesta de nuestros grandes Muertos Tutelares de los pueblos y parroquias de las ciudades, antaño la de los Dioses y Diosas, en las que los humanos proyectaban a los padres de su primera infancia con su omnipotencia. Su comportamiento era muy poco moral, por cierto. Más tarde fueron las fiestas de los Santos Desconocidos (mi santa madre forma
parte de ellos), o conocidos, aquellos cuyos muertos familiares y parentales llevaban su nombre. Y después, la fiesta de todos los muertos, olvidados o no, insignificantes, indeseables o piratas. Pero ahora tenemos, bien comerciales y laicas, las fiestas del Día de la Madre y el del Padre, impuestas escolarmente a nuestros niños, tengan o no padres difíciles, estén vivos o no, unidos o separados o incluso desconocidos por ellos. Hay que festejarlos, gratificarlos, mimarlos oficialmente, el día señalado que vuelve todos los años. Y esto a la edad en que tienen más motivos para padecer la realidad que para recordarla.
No me diréis que basta con perdonar a la madre, al padre, por todo lo que nos hacen o no nos hacen, por propiciatorias que sean esas ofrendas; ya que cada uno —tal vez a causa de ese gran encéfalo que registra imágenes sonoras, olfativas, táctiles, motrices, ese gran encéfalo de mono defectuoso cuyo cráneo, el mismo que ahora ostentamos, no tuvo la prudencia de detener su desarrollo—, sufre una memoria siempre ligada a sentimientos de impotencia o culpa. Los más ateos de entre los seres humanos, siempre culpables de ser víctimas o verdugos de algo —dado que no podemos obrar de otra manera con nuestros seres más queridos—, claman al cielo: "¿Qué les he hecho para tener estos problemas?" Claro está, hablan al cielo de las nubes, si son ateos, cuando no tienen encima, perfilándose sobre ese cielo, el rostro
irritado de los padres, personas mayores a quienes "se las hicieron ver", o desobedecieron en vida.
Entre los traviesos (en los que me incluyo), siempre un poco místicos y mágicos, hay quienes piensan (yo era uno de ellos, y eso me consolaba) que si los mayores tienen que ganar el cielo —de acuerdo con lo que dicen—, los niños se encargan, por las pruebas que les procuran, de aguijonearlos y de promoverlos más rápidamente en el orden del mérito laico, presupuestario, sanitario, doméstico y, en breve, del mérito educativo, a la espera del mérito hagiográfico postmortem.
Y luego, para domeñar la culpa de los niños que hemos sido todos, y que hemos sido frente a los padres difíciles de olvidar, hay, para esos padres atrapados con felicidad y voluntariamente en la conyugalidad parentológica y que siguieron siendo compañeros a lo largo de su vida, esas fiestas laicas y familiares del aniversario de bodas, origen temporal de sus derechos tutelares conjugados, sobre aquellos a quienes han atrapado en sus recreos sexuales. Pocos niños crecidos osarían faltar al aniversario de casamiento de sus padres. Se asiste con los mejores trajes, con la mejor sonrisa, con un pequeño regalo y una conciencia limpia de toda reivindicación por una vez en el año. Y después hay también la fiesta de bodas llamada según diversos materiales, elegidos de
acuerdo con su grado de resistencia a la destrucción, desde el papel hasta el diamante, a medida que envejece la pareja unida de nuestros ancianos padres. Todo esto no es más que la prueba de que es muy difícil, si no imposible, olvidar a los padres. La prueba está en que en las cercanías del último sueño, las palabras que acuden a los labios de los moribundos son "mamá, papá", última llamada a los primeros mediadores de la primera sorpresa, la de abrir los ojos y respirar en un espacio insólito, rodeado de esos rostros compasivos cuya evocación emerge de los labios de quien espera la sorpresa del ingreso en lo desconocido de la muerte.
Sí, es cierto, padres que hemos amado o que creemos haber odiado: estáis a tal punto tejidos en nuestra carne, que al abandonarla es nombrándoos como se expresa la última angustia, es en el anclaje de nuestro ser en vuestro recuerdo donde, en última instancia, buscamos una seguridad que se nos escapa, un viático para el gran paso a lo invisible, a lo inaudito, al misterio intangible.
Introducción
Esta obra es el fruto de una larga experiencia de niño. Los autores han tomado conciencia de los problemas de esos seres desvalidos, tan a menudo incomprendidos, maltratados y descuidados que son los padres, y han sido sensibles a las angustias que pueden sentir los padres sin defensas, confrontados con unos hijos incomprensivos, brutales o simplemente torpes.
Tras un largo período en el que toda la atención, todos los cuidados se centraban en el niño, en sus problemas, sus necesidades, su actividad, su desarrollo, su patología, nos hemos percatado finalmente de que si la etapa infantil podía resultar difícil de vivir, el ser padres no lo era menos.
Si logramos desprendernos de los mitos habituales del pater-familias, de la madre toda devoción o todopoderosa, etc., los padres se nos aparecen como unos seres frágiles, sensibles, precipitados brutalmente por el azar de un nacimiento en una tormenta afectiva para la cual nada los ha preparado, salvo sus ensueños previos o el modesto trastorno que un feto aplicado puede organizar en el vientre de su madre para manifestar su personalidad. En una palabra, se trata de verdaderos prematuros.
En efecto, hay que darse cuenta de que un joven adulto, cándido y sin experiencia, puede convertirse en padre o en madre en el
término de unas horas e incluso de algunos instantes: es lo que se conoce por el trauma del nacimiento. La mujer que se convertirá en madre tiene cierta ventaja en este aspecto. Algo sucede en su cuerpo, y esa aventura física sirve de mediadora para la aventura psíquica. Pero el futuro padre no posee prácticamente ningún punto de referencia: puede encontrarse con que es padre en el metro, en pleno consejo de administración, en su cuarto de baño o, en el mejor de los casos, en la clínica, de improviso, sin que ningún cambio físico le manifieste el nuevo estado de cosas.
Inmediatamente después del nacimiento, la situación de desigualdad continúa siendo flagrante. El niño recién nacido no tiene ninguna responsabilidad. Al punto se encarga de él una multitud de especialistas que tienen por tarea detectar y satisfacer sus necesidades y deseos. Los padres recién nacidos, en cambio, cargan con todas las responsabilidades. Se ven súbitamente inmersos en una avalancha de sentimientos, angustias, perplejidades, sin mencionar los problemas prácticos y materiales que no son, ni con mucho, despreciables.
Los niños que quieran ser razonablemente buenos para con sus padres, que deseen tratarlos convenientemente y darles una correcta educación, deberán tener siempre presente esa situación; les hará falta una gran dosis de paciencia, indulgencia, mucho tacto, y también el debido respeto a su debilidad. Pues todo depende de la manera de coger a los padres durante las primeras
semanas. Si de entrada se los aterroriza con gritos, se desprecia su comida y se castigan sus errores menudos con diarreas y erupciones en cada ocasión, se corre el riesgo de traumatizarlos por años. Un niño prevenido estará atento desde el comienzo a los problemas que agitan el mundo interior de los padres, deberá demostrar un cierto manejo psicológico, reconocer las distintas necesidades de un padre y de una madre, evaluar los progresos que sean capaces de realizar y el ritmo previsible de los mismos, y encontrar el lenguaje que los padres puedan comprender.
En esta obra nos proponemos brindar a los niños que hayan tomado conciencia de estos problemas, algunos elementos de información y puntos de referencia que puedan servirles eventualmente en el curso del trabajo educativo laborioso y prolongado que les aguarda. Pues no olvidamos que si la educación de un niño insume un promedio de entre 15 y 18 años, la educación de un padre puede requerir medio siglo y a veces más.
Algunas generalidades
A los autores de este libro les ha impresionado la tendencia de nuestra sociedad a sobrevalorar el papel de los padres en la concepción. Ciertamente es muy importante que un niño sea deseado o no deseado, pero no por ello hay que perder de vista que el padre no es, después de todo, más que un vehículo, papel que en el mundo viviente desempeñan el viento, el agua, las mariposas o los insectos. Lo esencial es que se encuentre un espermatozoide lo suficientemente emprendedor y un óvulo lo bastante maduro y receptivo para aceptar unirse e intentar juntos la aventura. Sabemos que la aplastante mayoría de las células germinales la rechaza y que sólo una ínfima minoría se arriesga a participar. Tampoco es raro que a un feto ya constituido lo invada el pánico y pierda coraje antes de llegar a su madurez. Otros saltan del tren a último momento y prefieren nacer muertos antes que comprometerse definitivamente en la carrera. El daño que pueda ejercer en el espíritu de un padre inexperto e ingenuo esta sobrevaloración de sus estados de ánimo es inconmensurable.
Si el hijo quiere ejercer correctamente su papel de educador, deberá comprender —y cuanto antes, mejor— que durante toda su vida fetal los padres viven un período de agitación intensa en el plano emocional, en el que están implicados sus deseos y las diferentes personas que cuentan para ellos de una manera u otra,
pero en ningún caso el hijo, dado que aún no lo conocen. Sin embargo, de ello depende la idea que se forman de su futuro niño y el sitio que le preparan. El recién nacido deberá demostrar mucha prudencia y tacto a la hora de tratar de intervenir en esos ensueños íntimos de los padres, que son tan fundamentales, para ir modificándolos de a poco.
El trabajo educativo de los primeros meses es capital, pero lo que le sigue también es importante y, según hemos visto, puede prolongarse durante varias décadas.
Poco a poco, con la ayuda de su sensibilidad y del conocimiento que tiene de sí mismo, el niño mueve a sus padres a aceptar en primer lugar su existencia, luego su personalidad, y, por fin, su autonomía física, intelectual y afectiva. Algunos niños proceden de un modo menos flexible, mediante tensiones y rupturas : sin duda, su carácter y las circunstancias no les permiten otra opción. Pero este proceso implica mucho sufrimiento para unos y otros. Esperamos que esta obra contribuya a que tales situaciones se eviten en lo posible.
Pero aun en el mejor de los casos, el desarrollo de un progenitor no se realiza sin dolor ni desgarramientos. A cada etapa corresponde toda una patología que un niño consciente de sus responsabilidades debería esforzarse por conocer. Ésta es la condición primera de toda profilaxis.
No es fácil proponer una clasificación válida para las diferentes categorías de padres difíciles.
Podríamos imaginar una clasificación según la cronología. Es evidente que las dificultades encontradas por un feto o un recién nacido no serán las mismas que tendrá que enfrentar un niño de cinco, diez, veinticinco o cincuenta años. Del mismo modo, los medios que se empleen en cada caso variarán según la edad del niño, pero también según la edad del padre.
La clasificación etiológica nos parece impracticable. Un síndrome puede tener orígenes muy diversos y para el niño suele resultar imposible reconstruir el desarrollo de la situación que encuentra al nacer. En general, el padre se confía poco al niño, y aun en los casos en que lo hace, se expresa en un lenguaje ininteligible para un lactante o un párvulo. Por otra parte, el padre no siempre es consciente de lo que verdaderamente le ha sucedido, y de todos modos su memoria ha retocado hasta tal punto los acontecimientos, que sus relatos se refieren más al presente que al pasado. En una palabra: la única posibilidad que se ofrece al niño es la de asumir la situación tal y como se presenta en el momento de su llegada, y desencadenar el cuestionamiento por parte de los padres a partir de los elementos de los que disponen. Corresponderá a los padres mismos cumplir con la tarea de remontarse a los orígenes. Nos parece ya de por sí pedagógico que el niño muestre confianza en su capacidad para realizarla.
La clasificación más elocuente, si bien un poco superficial, es tal vez la clasificación por síntomas. Es, por tanto, la que adoptaremos.
Someteremos a vuestra reflexión una serie de categorías sintomáticas, desarrollando aquellas que estamos en condiciones de ilustrar con ejemplos clínicos. Citemos a continuación algunas de esas categorías, para dar una idea de la variedad enorme de nuestro campo de estudio:
— el Padre 2 inmaduro — el padre mentiroso — el padre tímido
— el padre rico (o pobre) — el padre superdotado — el padre ausente — el padre cansado — el padre celoso — el padre delincuente — el padre embrollón — el padre sádico
— el padre decepcionado por la vida — el padre mártir
— el padre narcisista — el padre inadaptado — el padre débil — el padre sobreprotector — el padre de edad — el padre adoptado — etc..
Los padres que no desean al niño
Es éste uno de los problemas más embarazosos y a la vez más frecuentes que se presentan a un feto.
Por empezar, este no-deseo es casi siempre, o quizás siempre, muy ambivalente y difícil de evaluar. A menudo, uno de los padres desea una cosa y el otro desea otra. Interviene entonces su inmensa variedad de sentimientos recíprocos y las consecuencias afectivas y prácticas que de ello se derivan, para complicar aún más la situación. La complejidad del problema es asimismo considerable en el plano del no-deseo de cada uno de los padres.
Para dar una idea, citaremos algunos de los muchos factores que entran en juego: relaciones de cada uno de los padres con su propio padre y su propia madre, con sus predecesores, así como la idea de que ellos se hacen, las tradiciones familiares, las prohibiciones religiosas o político-sociales, las presiones ejercidas por esas instancias, la situación económica, la percepción que los padres tienen de su propio cuerpo y los diversos temores respecto del mismo y, naturalmente, las repercusiones internas de todos estos factores y de otros demasiado numerosos para citarse aquí.
Los temores, la culpabilidad, los rencores de los padres, sus ataduras y fidelidades, todo entra en la composición de lo que el feto percibe finalmente como un no-deseo.
Cualquiera que sea la confusión o la incertidumbre de la situación, el feto está obligado a tomar partido. Puede ser que la empresa le parezca desesperante: padres ineducables, situación bloqueada, o incluso que el feto mismo no se sienta capaz de, o dispuesto a, lanzarse a una tarea que promete más dificultades que satisfacciones. Lo mejor que puede hacer en ese caso es abandonar la partida lo antes posible y desaparecer.
En su autobiografía, un feto abortado en el cuarto mes nos transmite la historia siguiente: una mujer de más de treinta años materializa su no-deseo respecto del feto que la habita, realizando largos paseos en bicicleta y transportando unos canastos excesivamente cargados. Poco a poco el feto se da cuenta de que el sitio del futuro hijo está enteramente ocupado por el marido de esta dama, que se empeña en ser el único niño de la casa, pese a la tímida tentativa que ha hecho para superarse y acceder a la paternidad. Al cabo de cuatro meses de dudas, el feto decide finalmente no forzar a ese niño de 38 años, encerrado de forma manifiesta en sus propios problemas, ni a esa mujer que parece desbordada por la perspectiva de tener un segundo niño en la casa, y se retira.
Otros fetos se sienten lo bastante fuertes e independientes para instalarse incluso en una atmósfera de no-deseo masivo, confiados en su talento de futuros educadores, o en su capacidad para
subsistir bien o mal hasta estar en condiciones de tomar distancia de sus padres inutilizables.
Su optimismo a veces da resultado. Nos han referido una historia particularmente dramática que acaba de ocurrir en una urbanización en las afueras de Burdeos. En el seno de una pareja, en la que el hombre pretendía rechazar la idea misma de tener un hijo, la mujer quedó encinta... Durante los nueve meses que duró el embarazo, ella negó la evidencia, explicando su estado como resultado de diversos trastornos del aparato digestivo.
En cuanto al marido, "no se daba cuenta de nada". El feto estaba muy impresionado por la contradicción entre la negativa obstinada de los padres y el medio que se le ofrecía para satisfacer su nutrición y protección, y más perplejo de lo que habría estado ante un rechazo homogéneo. Por lo tanto, se decidió finalmente a intentar la aventura. Se tomó su tiempo; reunió fuerzas utilizando plenamente los nueve meses previstos clásicamente para el embarazo.
Luego llegó la noche que había elegido para nacer. Cuando hubo comenzado las maniobras preliminares, la mujer se levantó en silencio, sin despertar a su marido, fue a la cocina, dio a luz sobre un trapo, cortó y enrolló cuidadosamente el cordón umbilical, y luego arrojó a la criatura por el vertedero de basuras de la segunda planta. Luego de borrar todo rastro de lo que acababa de acontecer, volvió a acostarse tranquilamente junto a su marido.
En cuanto al niño, éste aterrizó sano y salvo sobre un colchón de desperdicios y, tras un breve descanso, se puso a gritar. La espera fue larga e incómoda. Regado por poso de café y restos de ensalada, tuvo que aguardar casi cinco horas hasta que el portero del edificio lo escuchó. Pero seguía firmemente decidido a vivir.
El portero acabó por rescatarlo y la Guardia Municipal lo transportó al hospital. Gracias a su excelente constitución física, el niño superó una infección pulmonar grave y esperó los acontecimientos.
Unos días después vio aparecer a sus padres, a los que la policía había fácilmente identificado, y que venían a reclamarlo como si nada hubiese sucedido. La madre le preguntó tímidamente al padre: "¿Te gusta?". El padre respondió: "Sí, me gusta mucho y me parece bien tenerlo". Las enfermeras intentaron dar ánimo a la madre: "¡Puede cogerlo en brazos!" La madre, inmóvil, se dirigió al padre: "No, cógelo tú primero, así mañana podré cogerlo yo también".
Por supuesto, debido al episodio del vertedero de basuras, toda una nube de médicos, psiquiatras, psicólogos, asistentes sociales, policías y jueces han invadido la escena, y la educación propiamente dicha no podrá comenzar, a menos que los padres sean por fin devueltos al niño. Pese a todo, el niño consideró que la partida podía jugarse: tras haber logrado que sus padres superaran la negativa y el rechazo, todas las esperanzas le parecían lícitas.
Hay padres que parecen por completo ineducables. Esto no quiere decir necesariamente que sean "malos", sino que causan al niño la impresión de ser como son hoy y siempre, sin que nada pueda hacerlos cambiar jamás.
En algunos casos, esta rigidez no es más que aparente. Si el niño no puede hacer cambiar a los padres, puede al menos confortarlos en lo que a él se refiere: puede mostrarles que valen más de lo que creían, y esto constituye de por sí un elemento nuevo en la situación, que no puede dejar de tener algún efecto. Pero aun así, se trata de un trabajo siempre muy largo y difícil, ya que se trata en general de traumas antiguos, y a menudo de traumas familiares que los padres han heredado de sus antecesores y no han podido resolver.
Para ilustrar esta situación, les ofrecemos la historia de un niño pequeño cuyos padres se vieron severamente enfrentados a la muerte. La madre, segunda hija de una familia en la que varios niños (varones) habían muerto de pequeños, había pasado los años cruciales de su adolescencia cuidando a su padre, afectado de una enfermedad mortal.
El padre del niño había quedado huérfano siendo muy joven. Se había casado en primeras nupcias con una joven gravemente enferma que murió poco después de dar a luz a un varoncito. No es de extrañar que, dadas las circunstancias, este padre haya
experimentado cierto sentimiento de culpabilidad respecto de su mujer, que a las cargas de la enfermedad, debió agregar las fatigas del embarazo. También sentía culpa, sin duda, respecto de su hijo, huérfano de madre desde los dieciocho meses. Tras enviudar, el padre se casó con otra mujer joven, también de frágil salud. El primer hijo de esta pareja, una niña, huyó de la gestación en el sexto mes, juzgando que la situación era inextricable.
Pensamos, por lo demás, que su defección la tornó aun más inextricable. Dos años más tarde se anunció un nuevo niño: un varón. Más decidido que la primera, aceptó el desafío y nació. La acogida fue dura: debido a la relativa incompetencia de la madre para el parto, tuvo que ser extraído por la fuerza.
En las primeras horas de vida una religiosa-enfermera, inexperimentada, tarada o movida por pulsiones homicidas mal controladas, lo llevó al pecho de su madre, que acababa de despertar de la anestesia de cloroformo. Consecuencias inmediatas: envenenamiento y convulsiones, que estuvieron a punto de terminar prematuramente con la experiencia. Pero el niño era testarudo y tenaz, y, estimulado, más que desanimado por las dificultades, sobrevivió.
Durante once años fue un varoncito enfermizo, frágil, que evidenciaba de forma ostensible que estaba dispuesto a morirse en cualquier momento, si así lo juzgaba necesario. Pero no era éste más que un recurso de auto-preservación: la situación no
evolucionaba y los padres vivían en una angustia casi permanente. Periódicamente la familia era convocada con urgencia para asistir a los últimos momentos del niño; pero éste cambiaba de parecer una y otra vez, in extremis, convencido de que acabaría por encontrar el medio para romper la caparazón de angustia y culpa que los aprisionaba a todos ellos.
Habiendo llegado mal o bien a la edad de once años, el niño tomó la decisión de encarar por sí mismo la elaboración de un proyecto terapéutico con el médico de la familia. Sin que sus padres, demasiado angustiados para aceptar o rechazar, lo supieran, dio su acuerdo al médico, que proponía crear un absceso de fijación —en aquella época los antibióticos y las sulfamidas no existían aún— para poner fin a las interminables infecciones latentes que sufría desde su nacimiento.
Al cabo de seis meses, un día, en la escuela, el niño sintió de pronto paralizada una pierna. El médico lo había advertido: supo al instante que el absceso se había formado. Se hizo llevar a su casa y tranquilizó a los padres alarmados, explicándoles lo que había sucedido. Al absceso se le practicó una incisión, que también incidió en la bolsa de angustias, culpas y ambivalencias que emponzoñaba la vida de la familia.
El niño sanó y se convirtió en un joven sólido, activo y saludable. Al obrar así, introdujo un elemento nuevo y extremadamente importante en el mundo interior de sus padres: les
mostró que, contrariamente a lo que podían creer, no eran unos asesinos, y que algo bueno y viable podía salir de ellos. Pensamos que esta enseñanza capital modificó el destino de toda la descendencia y que bien merecía que el niño le consagrara tantos años de su vida.
Los padres que quieren que su hijo haga...
Es una categoría sumamente rica y multiforme. Establezcamos una breve relación:
—El padre (o la madre) que quiere que su hijo haga lo mismo que él;
—El padre que quiere que su hijo haga todo menos lo que hace él;
—El padre que quiere que su hijo haga todo lo que a él mismo le habría gustado hacer;
—El padre que no quiere que su hijo haga lo que él mismo no pudo hacer;
—El padre que quiere que su hijo haga (o no haga) tal o cual cosa determinada;
—etc., etc..
Las variantes son infinitas. Las motivaciones, también. Pero hay un problema muy particular que el niño deberá afrontar y resolver en todos los casos: se trata del deseo imperialista de manipular su futuro, ya sea que las motivaciones sean mezquinas, ya, por el contrario, tiernas y afectuosas.
Por lo general, estas situaciones desencadenan en el niño un movimiento inicial de rechazo e irritación. Es indispensable que el niño tome conciencia de ello; de lo contrario, corre el riesgo de
cometer los peores errores pedagógicos, y de encerrar a sus padres en una actitud obcecada en lugar de ayudarles a salir de ella. Por otra parte, su irritación puede llevarlo a actuar en contra de sus propios deseos y a ocasionar así mucho sufrimiento tanto a sí mismo como a sus allegados.
Pero no debe creerse que recomendemos resignación o pasividad. Esto no sería razonable ni pedagógico. Y es importante no abandonar nunca la perspectiva educativa.
Como lo hemos señalado, las motivaciones son muy diversas. Tomemos el caso tan difundido del padre que ha creado un negocio, montado un taller o, eventualmente, fundado un emporio. Quiere que su hijo haga lo mismo que él, lo cual en su espíritu, equivale a compartir con él el goce de la creación. Olvida sencillamente el hecho de que es él quien ha creado, y que al hijo no le queda más que hacer andar el negocio, trabajar en el taller o dirigir el emporio, tratando de no estropear demasiado la creación del padre. Hay que lograr que el padre, paulatinamente, tome conciencia de este hecho evidente, procurando no herir sus sentimientos cariñosos ni su amor propio de creador. También aquí se requiere mucho tacto y tiempo para la tarea, que, por otra parte, no está al alcance de un lactante o un niño de corta edad. Sin mencionar al feto que, antes de su concepción, está ya consagrado a tal o cual destino. Sólo un niño relativamente desarrollado, digamos, de entre quince y cincuenta años, tiene alguna
posibilidad de llevarla a cabo. De momento, hay que ganar tiempo. Estudiaremos luego algunos métodos probados para hacerlo.
No creáis que este trabajo no conlleve riesgo alguno. Todos conocen la historia de cierto zarevitz a quien le falló la pedagogía y resultó asesinado por su padre. Es imposible prever lo que puede germinar en la cabeza de un padre obtuso, decepcionado y desesperado; todo proyecto pedagógico debe tener en cuenta la capacidad de resistencia del padre o madre al que se dirige.
Veamos más en detalle el caso de los padres que quieren que su hijo haga lo que ellos mismos no han podido hacer. En la base de lo cual casi siempre hay un buen sentimiento. Los padres quieren que sus niños vivan lo que para ellos ha sido un sueño. Ello es tan enternecedor como ingenuo; frente a tal situación, el niño debe ser capaz de gobernar a la vez la sensibilidad de los padres y su propio porvenir.
Citaremos el caso de una familia de educadores de corte muy clásico y habitada desde varias generaciones atrás por un virus artístico. Unos probaron la pintura, la fotografía y el teatro; otros, la poesía y la novela, sin superar nunca el nivel de aficionados. Nacen dos niños varones. Para alegría de los padres, el mayor muestra una disposición notable hacia la música, y el segundo, talento para el dibujo. Desde ese momento, ambos niños sufren un asalto tan apremiante como indiscreto por parte de los padres, incitándolos a cultivar y desarrollar sus capacidades. Cercados y
asediados por la insistencia de los padres, los niños se ven obligados a enquistarse a fin de protegerse. El mayor presenta un cuadro parapléjico que lo ata a una silla de ruedas durante más de seis meses. Esta parálisis no tiene explicación, y al fin desaparece espontáneamente. Pero este episodio permite al niño sustraerse a todo aprendizaje musical y, tras su curación, se orienta hacia estudios puramente intelectuales. A partir de ese momento se convierte en un alumno brillante y en un hijo modelo: no da ningún trabajo a sus padres; en una palabra, los abandona a su suerte y renuncia a todo proyecto educativo. En la actualidad es un experto en finanzas agotado por el trabajo, que lo que hace es funcionar más que vivir. El único indicio de que conserva alguna vinculación con sus intereses originales es su dirección: vive en la calle Gounod...
El segundo hijo, pedagogo con una mayor ambición, se concede un largo retiro de corte esquizoide, matizado por fracasos y yerros sentimentales y escolares de toda clase, pero sin dejar el ámbito de las artes gráficas. Uno de los padres muere, tiempo después. Los contactos con el progenitor sobreviviente son esporádicos, amistosos y poco profundos, pero éste es capaz de resistir por sus propios medios sin tener que nutrirse del talento de su hijo.
Permítasenos hacer aquí una corta digresión acerca del término "pedagogía". Por su construcción, este término no se corresponde
con el uso que le damos. Pero no existe en el diccionario ninguna palabra que designe con precisión la ciencia de la educación de los padres; tan ajena resulta a nuestra cultura paidocéntrica la idea misma de que los padres puedan beneficiarse con una educación concebida especialmente para ellos. Pese a que los autores de esta obra son veteranos respecto de la infancia, sus conocimientos del griego y el latín no bastan para permitirles crear un término científico apropiado, centrado en los padres, y que sea tan agradable al oído como "pedagogía". Acaso se encuentre entre nuestros lectores un grecolatinista ingenioso que nos pueda proveer de uno. De momento, seguiremos sirviéndonos del término "pedagogía".
En el ejemplo precedente, hemos hablado de enquistamiento para caracterizar el método utilizado por los dos hermanos frente a los asaltos de sus padres. Como hemos visto, se trata de un método de alto coste y cuyo control puede escapar totalmente al que lo emplea. Por otra parte, su valor educativo es muy desigual.
Existe una versión del enquistamiento más atenuada, incluso más manejable y acaso más eficaz en el plano pedagógico. Es el método del disfraz. El disfraz permite ganar tiempo, mientras proyecta ante los ojos de los padres una caricatura impresionante de los efectos producidos por su actitud.
La variedad de disfraces posibles es infinita. No citaremos más que unos pocos:
El disfraz de débil mental
Este método puede ser útil a cualquier edad. Un niño —un primogénito que tardó en llegar y era intensamente deseado— no habló hasta los cuatro años: no quería manifestar su inteligencia a los padres —ambos universitarios superdotados— hasta que se hubieran habituado al goce de tener por fin un niño. En la actualidad, ese niño es ingeniero de puentes y caminos. Por otra parte, el mismo Einstein no habló hasta los tres años: ya se sabe a qué llegó más tarde. Debía saber muy bien lo que hacía al optar por callarse.
De la misma manera, otro varón, frente a las ambiciones desmesuradas de uno de los padres, se esmeró en fracasar en sus estudios con singular maestría: ningún diploma, ni siquiera primario, manchó su curriculum escolar: ni certificado de estudios, ni graduación escolar, ni la sombra de un bachillerato. El padre, que lo imaginaba alumno de la Universidad Politécnica o de la Central, fue abandonando poco a poco toda ambición a ese respecto. El muchacho, un tanto impresionado por sus propios resultados, consultó a un psicólogo por su cuenta y pasó un test de inteligencia. Obtuvo un coeficiente intelectual de 146. Más tranquilo, resolvió dejar el domicilio paterno y procurarse el
sustento por sus propios medios. Comenzó por entrar a trabajar en una pequeña imprenta; después montó su propio negocio y tuvo un éxito considerable. El padre pudo entonces reconocer el valor de su hijo, aun cuando debiera medirlo con otros criterios que los habituales; le devolvió su estima, y la atmósfera entre ambos se distendió, permitiendo a los padres consagrar desde aquel momento toda su energía a seguir las enseñanzas, mucho más duras, que les impartía su segundo hijo.
De "punk"
Citaremos aquí un ejemplo histórico. En la época en que era delfín, el futuro rey Enrique I de Inglaterra se disfrazó de "punk", para lograr que su padre revisara sus posiciones acerca de la monarquía en general y de su carácter hereditario en particular. No obtuvo progresos espectaculares por parte de su padre, es cierto, pero consiguió preservar su personalidad y, llegado el momento, se convirtió, de la noche a la mañana, en un rey por completo aceptable.
Un niño pequeño percibía los intensos sentimientos de muerte que su madre proyectaba sobre él. Para hacerle tomar conciencia de ello, el niño la enfrentaba sin cesar con la cuasi-realización de sus deseos latentes. A los ocho meses estuvo a punto de morir de una toxicosis. Entre los tres y los siete años se fracturó varias veces, siempre en circunstancias acrobáticas creadas con deliberación por él mismo: a los seis años se fracturó una pierna, tras escalar una pared de cinco metros, al dejarse caer del otro lado sobre un patio de cemento; varias veces se cayó de la bicicleta, una de ellas al descender montado en ella por la escalera (fractura de clavícula). Estuvo a punto de ahogarse en la piscina por saltar de un trampolín de cuatro metros sin saber nadar. La situación se resolvió en una verdadera tempestad general: la madre, exasperada, lo llevó al psicólogo; luego se convirtió en la amante de éste y dejó a su marido. El niño pudo, por fin, profundizar las relaciones con su padre, completamente excluido hasta entonces y, según las últimas noticias, recomenzar una vida normal y ocuparse de sí mismo.
De niño terrible
El principio de esta técnica consiste en tener a los padres en vilo. Llamados a enfrentarse sin cesar a situaciones imprevistas
—por ser en efecto imprevisibles—, los padres se encuentran paulatinamente reducidos a una sola aspiración: tener paz. Abandonan así toda intención imperialista respecto del niño. Es inútil dar ejemplos, dado que esta técnica está tan divulgada que podemos confiar en la imaginación de nuestros lectores.
De crío-de-mierda
En este ejemplo, el término se ha de interpretar en su sentido literal...
Un varoncito saludable, inteligente y sólido, comete la imprudencia de venir al mundo en una familia que incluye ya a una madre débil, mitómana e incompetente, a un padre alcohólico inveterado en la última etapa de la cirrosis, y a una hermana mayor epiléptica y silente. A partir del momento en que se da cuenta del desastre, el niño tiene una sola idea en mente: la de escapar cuanto antes y al menor coste posible. Para conseguirlo elige un arma a su alcance: defeca en todos los rincones del piso, y luego ejecuta interesantes pinturas murales con los materiales así obtenidos. De esa manera expresa claramente a sus padres que viven en una situación de mierda. Esta actividad le procura además la posibilidad de hacer algunas escapadas al hospital del barrio y reposar allí, al tiempo que tiene ocasión de demostrar que sus
apreciaciones desfavorables se refieren exclusivamente al hogar familiar. Poco a poco el niño consigue movilizar un número suficiente de asistentes sociales, médicos, psicólogos y otros trabajadores especializados para que terminen de comprender que, en este caso, la única solución es la ubicación del niño en otro hogar.
Los padres mentirosos
La mentira en los padres es tan frecuente y está tan difundida que apenas si podemos considerarla como una manifestación patológica. El padre que miente lo hace instintivamente, a menudo sin darse cuenta y, en general, sin sentir culpa alguna. Miente tanto en lo que hace a cosas fútiles cuanto en las más graves. Estaríamos incluso tentados de afirmar que cada vez que se trata de una cuestión verdaderamente importante, miente casi sistemáticamente. Y esto abarca desde la simple fabulación lúdica hasta la voluntad deliberada de inducir al niño al error, sea para ocultar una falta, sea para sustraerse a una situación difícil.
Los padres pueden sentirse inclinados a fabular por toda suerte de razones, a veces bastante inocentes, tales como: mejorar su posición frente a su hijo, consolarse por la pérdida de ilusiones sobre ellos mismos, y embellecer imaginariamente un mundo real cuyos encantos no alcanzan a apreciar a causa de su inmadurez, etc. Pensamos que esas mentiras no son muy graves, que el padre (o la madre) mismo en realidad no se engaña y que, en general, en esos casos es mejor evitar confundirlos o reprenderlos. Por ejemplo, consideramos un error pedagógico la actitud de dos niñitas a quienes su padre acostumbraba deslumbrar y estimular con el relato de sus éxitos escolares. Algo irritadas, a la larga las niñas emprendieron la búsqueda y un día acabaron por descubrir
las antiguas libretas escolares del padre, bastante menos brillantes de lo que sus relatos podían hacer creer. Las niñas se abocaron entonces con maligno placer a hacer públicas las apreciaciones poco halagüeñas que algunos profesores habían escrito. Claro está que ganaron la partida; el padre, confundido, no volvió a pretender granjearse admiración por sus resultados escolares. Sin embargo, el gesto de las niñas nos parece tanto más torpe por cuanto se trataba en realidad de un padre adoptado que las adoraba tanto como la madre, y que buscaba consolidar su tambaleante autoridad por cualquier medio.
Otros padres inventan pequeñas historias, a veces bastante poéticas, referidas a Papá Noel, a los Reyes Magos, a los ratones que coleccionan dientes de leche y a otros personajes imaginarios. Es encantador, no tiene malicia, y en general todos terminan disfrutándolas. En cambio, consideramos con mucho menos indulgencia a los padres que mienten porque no se atreven a defender sus opiniones y que encargan a Papá Noel u otros personajes imaginarios el recompensar o castigar a los niños en su lugar. Un niño deseoso de ofrecer una sólida estructura psíquica a sus padres no puede permitir este tipo de renuncia.
Ciertas mentiras equivalen a verdaderas falsificaciones introducidas en la historia de la familia, sea para ocultar aquello que los padres consideran como una debilidad o una falta, sea para embellecer una realidad trivial. En ciertos casos se trata incluso de
un intento desesperado de reparar una falsificación anterior, de la que los propios padres han sido víctimas, por medio de una nueva falsificación ingenuamente destinada a reparar los efectos de la primera. Estas mentiras están motivadas por la esperanza falaz de que basta con retocar el relato para conjurar sus consecuencias. Pensamos que en estos casos el niño debe mostrarse cariñoso, pero firme. En ningún caso puede permitir —si tiene medios para impedirlo— que se introduzca una ruptura en la lógica de la historia familiar. No hay que olvidar que él es responsable ante toda la descendencia. Citemos por ejemplo el caso tan frecuente del padre adoptado que querría disimular lo que vive como una tara. Si el niño no concurre en su ayuda, todas las relaciones del padre se falsearán y la trampita repercutirá incluso sobre las generaciones venideras.
Como hemos mencionado, los padres mienten con mayor gusto cuanto más importante sea la cuestión a tratar. Mienten casi siempre al hablar de dinero, política y religión, y mienten regularmente cuando se trata de sexo, o de anatomía y fisiología en general. Y cuando por azar dicen la verdad, no es en general por respeto a la verdad, sino únicamente por política.
Cuando el niño juzga que es indispensable intervenir para sanear la atmósfera familiar, debe proceder, sin embargo, con