(y una variante: los padres pobres)
Se trata de padres que transmiten lo esencial de sus sentimientos por medio del dinero que pretenden tener o no tener. En efecto, los padres pueden sentirse ricos o pobres, independientemente del estado objetivo de sus finanzas. Sus actitudes estarán, por lo tanto, determinadas por dicho sentimiento. Tales padres mantienen una ilusión de omnipotencia —o de omni-impotencia, lo cual viene a ser lo mismo— abonada en la abundancia o escasez de su cuenta bancaria. Ciertos padres ricos llegan apenas a fin de mes. Hay padres pobres que son millonarios.
Este lenguaje, este modo de expresión, es a menudo muy difícil de interpretar, extremadamente molesto para el niño y muy desconcertante por las contradicciones que se manifiestan a nivel objetivo. Sin embargo, para el padre está cargado de una intensa emoción; por ese medio primitivo, un padre poco evolucionado en cuanto a la expresión de su afectividad puede al menos comunicar sus pedidos de cariño y sus deseos de darlo. Se sentirá rechazado, despreciado y desvalorizado por su hijo si éste no comprende su llamado. Esta situación, repetida, puede inducirlo a un verdadero estado de angustia, y puede bloquearlo en una actitud negativa. Los padres ricos harán llover sobre el niño regalos destinados
únicamente a expresar su amor (y su demanda de amor) y no a provocar placer o interés por sí mismos. En lugar de ejercer un efecto estimulante, cada regalo viene a perturbar en realidad el descubrimiento y el aprovechamiento del precedente.
Los padres pobres quieren ser amados por las privaciones que sufren o que se imponen. Desean que sus hijos puedan medir el amor que tienen por ellos, por el sacrificio de dinero a su favor. Del mismo modo, los padres pobres expresan el inmenso valor que atribuyen a sus hijos mostrándoles que todo el oro del mundo sería insuficiente para mantener un objeto tan precioso. Para que pueda interpretar lo que expresan con esto, mantienen al niño al corriente de las variaciones de los precios —sobre todo de las alzas— y de las fluctuaciones de la moneda nacional. Lamentablemente, este modo de expresión parental suscita a veces en el niño un doloroso sentimiento de culpa: el niño tiene la impresión de ser un artículo de lujo que sus padres adquirieron, porque el propio niño los forzó a ello, sin estar en condiciones de hacerlo.
En estos casos es muy difícil para el niño —y casi imposible para los padres— separar la realidad exterior de la interior.
Para ilustrar nuestro aserto, he aquí la historia autobiográfica que nos comunicó la hijita de padres ricos. Su padre, además de a esta categoría, pertenecía también a otras dos importantes
categorías parentales: era un padre muy ocupado y un padre cansado. Por todas estas razones, estaba obligado a expresar su cariño mediante regalos. Su hija lo había entendido y se esforzaba por hablarle en un lenguaje que él pudiera comprender. Un día le pidió un disco que incluía una de sus canciones preferidas (de la niña). Y un tocadiscos para poder escucharlo. Ella se imaginaba acurrucada en las rodillas del padre, compartiendo con él el placer de dejarse mecer por una deliciosa melodía. Esa misma noche llegó a la casa un repartidor cargado de pesados bultos. Una caja contenía un aparato estereofónico de modelo reciente. En otra encontró los dos altavoces. En tres cajas bien acolchadas se repartían unos cincuenta discos. Canciones, música clásica, orquestas de danza... La niña, que no dominaba aún los misterios del lenguaje escrito, tardó varias horas hasta encontrar en esta avalancha musical los sonidos familiares de su canción favorita. En cuanto al padre, éste había telefoneado por la tarde para avisar que no iría a cenar. Por suerte para él, su hijita lo quería lo bastante para comprender que no había sido capaz de afrontar de buenas a primeras una situación en la que sentía que algo no estaba a punto.
Esta historia es, pese a todo, reconfortante. Sin embargo, hay otras que no lo son. Nos han presentado el caso de un niño pequeño que, por su parte, tenía grandes dificultades con sus padres pobres: en
sus manos, todo se transformaba en privaciones. Colmaban a su hijo de sacrificios tan dolorosos como inútiles y de privaciones en cualquier dominio en el que aventurara un deseo. Desbordado por la tensión y desconcertado por la aparente incoherencia del comportamiento de sus padres, el niño decidió reservarse para el futuro y se disfrazó de débil mental. Cebados por la idea del sacrificio, los padres se precipitaron al psicoterapeuta. Éste consiguió establecer con bastante facilidad una relación con el niño, cuyo disfraz era relativamente reciente. Imprudentemente, tranquilizó a los padres y, un tanto impresionado por las dificultades que declaraban tener para pagar la terapia del niño, fijó una suma relativamente módica por la consulta y las futuras sesiones. El día de la cita siguiente recibió una llamada telefónica que lo dejó perplejo: el padre del niñeo le avisaba que no asistirían a la cita y que no podían encarar la terapia de momento, porque les resultaba imposible destinar la suma necesaria; tenían un modesto chalet en la Costa Azul, cuya terraza debía refaccionarse por entero, precisamente cuando lo mismo había de hacerse con el techo y las dos torres de la casa de campo de Normandía. Sus caballos también les resultaban terriblemente caros y desde hacía algunos meses no habían ganado ninguna carrera. El terapeuta no pudo más que doblegarse ante este cuadro angustiante. Pese a todos sus esfuerzos, le resultó imposible volver a ver al niño ni una sola vez. Es de temer que estos padres, si dejan pasar la
oportunidad y no resuelven su problema antes de que su hijo no les devuelva su independencia, sigan siendo toda la vida unos padres pobres y frustrados.
Tenemos la impresión de que, en esta categoría, se trataba casi siempre de padres relativamente frágiles y rígidos. Su única suerte la constituía el hecho de que, pese a todo, sus niños los comprendían. Después de todo, estos padres hacían lo que podían. Corresponde al niño superar las decepciones y la irritación, evitando desvalorizar los regalos o las privaciones que se les ofrecen, y adaptarse a las necesidades de un ser más difícil y más frágil que él.