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EXCLUSIVAMENTE EN EFECTIVO

In document La Guerra de Churchill de Max Hastings r1.0 (página 136-166)

La batalla de América

1. EXCLUSIVAMENTE EN EFECTIVO

Durante todo 1941, incluso cuando empezaron a correr ríos de sangre por las llanuras de Rusia, la principal prioridad de Churchill siguió siendo atraer a Estados Unidos como aliado a una actitud de beligerancia. M ientras seguía el desarrollo de los combates británicos en el desierto, la persecución del

Bismarck, la lucha de los convoyes del Atlántico, la campaña de Grecia y la vacilante ofensiva de los

bombarderos, el sueño americano dominaba su horizonte más lejano. Sólo si Estados Unidos entrara en la guerra, o cuando lo hiciera, Gran Bretaña lograría tal vez evitar la derrota, pero no podría aspirar a la victoria. Entre las valiosísimas aportaciones de Churchill estuvo la de empeñarse en cortejar a Estados Unidos, mientras que muchos compatriotas suyos fueron lo bastante imprudentes para guardar rencor a aquel país situado al otro lado del Atlántico al que consideraban estúpido y autocomplaciente. «M e pregunto si los americanos se dan cuenta de cuánto están retrasando su intervención», escribía John Kennedy en mayo de 1941, «de que, si esperan mucho más, van a pillarnos dando las boqueadas». En un curioso lapsus linguae, un locutor de la BBC aludió en cierta ocasión a la amenaza de que cayeran sobre Gran Bretaña paracaidistas no ya «enemigos», sino «americanos».

Sería muy difícil ponderar la tristeza de muchos británicos, de clase alta y baja, por el hecho de que Estados Unidos se mantuviera fuera de la lucha. La retórica de Roosevelt y Churchill creó el mito, todavía vivo, de la generosidad americana durante 1940-1941. El secretario de Estado Cordell Hull escribió acerca del «enorme torrente de armas enviado a Gran Bretaña en el verano de 1940». En realidad, por grande que fuera la importancia simbólica de los primeros envíos estadounidenses, su utilidad práctica fue escasa. La artillería y las armas cortas suministradas por los americanos estaban obsoletas y supusieron una mínima contribución a la capacidad de combate de los británicos. Los envíos de aviones en 1941 fueron moderados, en cantidad y en calidad. Los cincuenta viejos destructores prestados por Estados Unidos a cambio del derecho a establecer bases en las colonias británicas apenas estaban en condiciones de navegar: sólo nueve de ellos se hallaban operativos a finales de 1940, y en el resto hubo que llevar a cabo largas reparaciones. Sólo a partir de 1942, cuando Gran Bretaña empezó a recibir tanques Grant y Sherman, cañones autopropulsados de 105

mm, bombarderos Liberator y muchos otros pertrechos, el material bélico americano supuso una mejora espectacular de la capacidad de las fuerzas de Churchill.

Además, lejos de ser una muestra de la generosidad de los americanos, los cañones, los tanques y los aviones llegados desde el otro lado del Atlántico fueron en su totalidad hasta finales de 1941 compras pagadas en efectivo. En virtud de la Ley de Neutralidad impuesta por el Congreso, no era posible conceder crédito a ningún país beligerante. Durante los dos primeros años de la guerra, los norteamericanos obtuvieron enormes beneficios de la venta de armas. «La administración de Estados Unidos sigue una política casi enteramente americana, y no una política basada en ofrecer toda la ayuda posible a Gran Bretaña», escribía Eden a Churchill el 30 de noviembre de 1940. Roosevelt previo la bancarrota británica y adoptó el concepto de «préstamo» de suministros, idea que se originó en la Century Association de Nueva York, antes de que Churchill se lo pidiera. Pero el presidente norteamericano se puso furioso cuando lord Lothian, que en octubre de 1940 seguía siendo el embajador británico en Washington, dijo a los periodistas americanos: «Bueno, chicos, Inglaterra está sin blanca. Lo que queremos es vuestro dinero». Hay dudas de que el embajador utilizara exactamente estas palabras, pero el meollo de sus comentarios era inequívoco.

Roosevelt dijo a Lothian que no cabía ni hablar de subsidios de los americanos hasta que Gran Bretaña hubiera agotado su capacidad de pagar en metálico, pues el Congreso no querría nunca oír hablar del asunto. En América estaba bastante generalizada la creencia en la opulencia de los británicos, idea bastante opuesta a la realidad. En plena batalla de Inglaterra, la administración norteamericana puso en duda que el gobierno de Churchill hubiera declarado sinceramente cuáles eran los bienes de los que seguía disponiendo. Washington exigió una cuenta auditada, requisito que los ministros británicos consideraron humillante. Churchill escribió a Roosevelt el 7 de diciembre de 1940 diciendo que si continuaba la sangría de efectivo británico hacia Estados Unidos, el país acabaría encontrándose en una posición en la que «después de obtener la victoria gracias a nuestra sangre y a nuestro sudor, y de salvar la civilización, dando a Estados Unidos tiempo para armarse completamente ante cualquier eventualidad, nos encontraríamos con los bolsillos vacíos. Semejante situación no ayudaría ni a los intereses morales ni a los intereses políticos de nuestros respectivos países».

Al responder a Churchill, Roosevelt no abordó nunca este punto, y sus evasivas fueron muy significativas. Reconocía que Estados Unidos tenía un profundo interés nacional en que continuara la resistencia británica —desplegando una energía y una imaginación extraordinarias en la movilización de la opinión pública y del Congreso—, pero no en su solvencia después de la guerra. Durante toda la contienda, la política americana hizo hincapié en la importancia que tenía el reforzamiento de su competitividad comercial frente a Gran Bretaña poniendo fin a la «preferencia imperial». Los británicos, en situación apuradísima, empezaron a recibir ayudas directas, a través del programa de Préstamo y Arriendo (Lend-Lease), sólo cuando había sido entregada la totalidad de sus activos en oro y en divisas. M uchas empresas británicas en América fueron vendidas a precio de saldo. La compañía AVC (American Viseose Corporation), dedicada a la fabricación de rayón, joya de la corona de Courtaulds en el extranjero, y con activos por valor de ciento veinte millones de dólares, fue liquidada por apenas cincuenta y cuatro millones porque el secretario del Tesoro, Henry M orgenthau, insistió en que debía realizar el efectivo en el plazo de una semana. Los banqueros de Nueva York se embolsaron cuatro millones de dólares de dicha cantidad en concepto de comisión por

transacción arriesgada. La Shell, Lever Bros., Dunlop Tyres y las aseguradoras británicas se vieron obligadas asimismo a liquidar sus participaciones americanas al precio que sus rivales estadounidenses quisieran pagar. El gobernador del Banco de Inglaterra, M ontagu Norman, escribió en marzo de 1941: «Nunca he visto con tanta claridad como ahora hasta qué punto estamos enteramente en manos de los “amigos” americanos en materia de inversiones directas, y cómo parece que, con buenas palabras y buenos sentimientos, van a llevárselas todas una detrás de otra».

El gobierno británico agotó todos los recursos a su alcance para satisfacer el importe de las facturas americanas. El gobierno belga en el exilio realizó un préstamo por valor de sesenta millones de libras con el oro que había logrado sacar de Bruselas, aunque los ejecutivos de Holanda y Noruega se negaron a vender su oro por libras esterlinas. Un crucero americano recaudó en Ciudad del Cabo los últimos cincuenta millones de libras de Gran Bretaña en lingotes. El programa de Lend-Lease limitó el comercio británico exterior imponiéndole unas condiciones despiadadas, tan rigurosas que Londres tuvo que pedir a Washington unas concesiones mínimas que le permitieran pagar la carne comprada en Argentina, fundamental para alimentar a la población británica. Después de la guerra, la aviación comercial británica quedó paralizada por las condiciones del Lend-Lease. Por más que la conducta de Roosevelt se basara en una valoración pragmática de las realidades políticas americanas y en la protección de los intereses nacionales de Estados Unidos, sólo los imperativos del momento pudieron obligar a Churchill a declarar públicamente el carácter «altruista» de esa actitud. Puede que la política de Estados Unidos entre 1939 y 1945 hacia Gran Bretaña fuera muchas cosas, pero desde luego nunca fue altruista. «Sólo nuestra apurada situación puede justificar sus términos», escribió Eden acerca de la primera ronda del programa de Préstamo y Arriendo.

La mayoría de los británicos, sin embargo, no mostraba el más mínimo interés por sus primos del otro lado del Atlántico. El antiamericanismo era muy pronunciado entre la aristocracia. Halifax, al que Churchill envió a la embajada británica en Washington en diciembre de 1940, dijo a Stanley Baldwin: «Nunca me han gustado los americanos, excepto los raros. En conjunto los he encontrado siempre terribles». Lord Linlithgow, otro magnate como él que ocupaba el cargo de virrey de la India, escribió a Halifax para darle el pésame por el destino al que lo habían enviado: «[Por]… el duro trabajo de dar coba a ese montón de advenedizos. ¡Qué país y qué salvajes todos los que viven en él!». Halifax dijo a Eden que lo había propuesto a él como candidato alternativo para ocupar la embajada: «Sólo dije que, a mi juicio, debía de odiar usted [ese destino] un poco menos que yo».

Instalado en la embajada, el antiguo secretario de estado de Exteriores tuvo que soportar muchos sufrimientos al servicio de Gran Bretaña, empezando por la asistencia a un partido de béisbol de los White Sox de Chicago en mayo de 1941, durante el cual le invitaron a comer un perrito caliente. Aquello fue demasiado para el remilgado embajador, que declinó el ofrecimiento. Durante un viaje a Detroit un grupo de mujeres llamadas «las M adres de América» se pusieron a tirarle huevos y tomates. Oliver Harvey, el secretario particular de Eden, califica la actuación del altanero Halifax en su papel como embajador de «bastante penosa, por el viejo problema de su incapacidad para establecer contactos personales reales… En Estados Unidos de América ahora todos los negocios se llevan a cabo llamando por teléfono y “dándose una vueltecita” por los sitios, cosa que H. no puede soportar. El sólo va a ver al presidente por negocios (y naturalmente casi siempre a pedir algo)… Nunca ha instaurado una base más íntima de conversación con él». Dalton contaba una anécdota malévola acerca de Halifax, quien, al poco de llegar a Washington, perdió los estribos y se puso a

llorar «porque no podía aguantar a esos americanos».

M uchos diputados tories compartían con los aristócratas su antipatía por Estados Unidos. Cuthbert Headlam, hombre cargado de manías de vieja según todos los indicios, escribió de los americanos en tono despectivo: «Realmente son una gente rara y desagradable: es una lata tener que depender tanto de ellos». En un informe del Servicio de Inteligencia Nacional se afirmaba que no se veía «ningún entusiasmo excesivo por Estados Unidos ni por las instituciones estadounidenses entre ninguna clase del pueblo británico». Había una irritación soterrada, debido en buena parte a la «apatía» de los americanos. Aunque parezca increíble, algunos oficiales británicos llegaban a preguntarse si a Gran Bretaña podía interesarle que América adoptara una actitud beligerante. El mariscal del Aire sir John Slessor, que acompañó a la delegación británica a Washington en abril de 1941, señaló que algunos colegas suyos creían que «realmente no nos convendría que Estados Unidos entrara activamente en la guerra». El mariscal del Aire sir Arthur Harris, más tarde comandante en jefe del M ando de Bombarderos, escribía con su habitual intemperancia acerca de las dificultades que conllevaba el hecho de representar a la RAF en Washington en 1941. Resultaba muy duro hacer progresos, decía con tristeza:

… cuando tiene uno que tratar con gentes tan arrogantes respecto a sus capacidades y su infalibilidad, que sólo pueden compararse con los judíos y los católicos en su inquebrantable convicción de que son los únicos poseedores de la verdad. Por lo que se refiere a la producción en general aquí, el país se encuentra en este momento en una encrucijada. Hasta ahora les ha venido muy bien la guerra. Por los dólares británicos. Hasta el último de ellos. La consecuencia ha sido un magnífico resurgimiento tras largos años de funesta depresión y desesperación… No pierden ni una ocasión de convencernos a todos y cada uno de lo magníficos que son ellos combatiendo y de lo inepta, ineficaz, idiota y cobarde que es nuestra gestión de los pocos y viles esfuerzos que hacemos nosotros en el campo de batalla y en el terreno de la industria… La producción de materiales de guerra que han logrado hasta la fecha ha ido, pues, enteramente en su propio beneficio y desde luego no en perjuicio suyo… Entrarán [en la guerra] cuando crean que ya la han ganado. Pero no antes. Igual que hicieron la última vez. Y luego contarán al mundo cómo la hicieron. Igual que hicieron la última vez.

Aunque el tono de Harris fuera absurdamente nostálgico, era innegable que Gran Bretaña y Francia provocaron la oleada de inversiones que desencadenaron el boom económico de América durante la guerra. En 1939, el producto interior bruto de Estados Unidos seguía estando por debajo de los niveles de 1929. Los pedidos de armas y los pagos en efectivo de ingleses y franceses galvanizaron después la industria americana, antes incluso de que tuviera efecto el gigantesco programa de rearme nacional de Roosevelt. Entre 1938 y finales de 1942 los ingresos medios de una familia en Boston subieron de los 2418 a los 3618 dólares, y en Los Ángeles de los 2031 a los 3469, según ha reconocido todo el mundo debido en parte a la inflación y al aumento de las horas de trabajo. Cabría afirmar —y desde luego algunos, como Harris, lo hicieron— que Gran Bretaña acabó con sus reservas en oro y en divisas extranjeras para financiar el resurgimiento de Estados Unidos después de la Depresión.

En Londres, los ministros y los generales encontraban muy desagradable que se les exigiera colmar de extravagantes cortesías a los visitantes americanos. Hugh Dalton se lamentaba por tener que asistir a una fiesta organizada en el Savoy por el Sunday Express en honor del locutor de radio americano Raymond Gram Swing: «Sencillamente es un poco humillante, aunque pronto nos acostumbraremos cada vez más a este tipo de cosas, es decir, a que la mayoría de los ministros de la

corona más los diplomáticos extranjeros, los generales británicos y todo tipo de gentes distinguidas del mundo de la prensa tengan que reunirse para dar bombo a este locutor americano que no dudo que sea admirable y esté muy bien dispuesto». Dalton se indignó cuando el invitado de honor le preguntó alegremente si en Gran Bretaña había facciones dispuestas a firmar la paz con Alemania. Y este tipo de impaciencia no se limitaba a los ministros. Kenneth Clark, del M inisterio de Información, indicó la necesidad de llevar a cabo una campaña contra «la opinión desfavorable… [que tenía] el hombre de la calle de Estados Unidos como país acerca del lujo, la injusticia, el capitalismo desenfrenado, las huelgas y los retrasos».

Los británicos se exasperaban con los visitantes americanos que les decían cómo debían hacer la guerra, mientras que ellos seguían sin estar dispuestos a combatir. Un oficial británico escribió acerca de un amigo de Roosevelt, el extravagante coronel William «Wild Bill» Donovan: «Donovan… se muestra extremadamente amistoso con nosotros y es un tipo inteligente y agradable, además de buen conversador. Pero lo único que puedo pensar es que este abogado gordo y próspero, ciudadano de un país que no está en guerra y que no ha logrado ni siquiera ponerse a la altura del programa de ayudas aprobado, tenía una gran seguridad que le permitía establecer alegremente la pauta sobre lo que debíamos y no debíamos hacer nosotros y otras naciones amenazadas».

Es en este marco de resentimiento e incluso hostilidad de los británicos hacia Estados Unidos en el que debemos situar el cortejo de Roosevelt por Churchill. El desafío al que se enfrentaba el primer ministro era identificar lo que D. C. Watt ha llamado «una América posible», capaz de cumplir lo prometido y dispuesta a hacerlo. Y eso sólo podía conseguirse gracias a los buenos oficios de su presidente. Churchill, el hombre con menos paciencia del mundo, mostró en público un aguante casi inagotable hacia Estados Unidos, adulando a su presidente y a su pueblo, y apelando con una habilidad magistral a los principios y los intereses de América. Entendió mucho mejor que la mayoría de sus compatriotas el utopismo americano. Yendo de camino a Chequers un viernes de 1940 a altas horas de la noche, dijo a Colville que «comprendía bastante bien la exasperación que sentían muchos ingleses por la actitud de crítica de los americanos, combinada con su falta de ayuda; pero hay que tener paciencia y debemos ocultar nuestra irritación. (Todo ello salpicado de gorgoritos de “Under the spreading chestnut tree[9]”)».

Churchill conocía Estados Unidos mucho mejor que la mayoría de sus compatriotas, pues había pasado en ese país un total de cinco meses en visitas realizadas en 1895, 1900, 1929 y 1931. «Es una grandísima nación, querido Jack», escribía lleno de entusiasmo a su hermano allá por 1895, cuando hizo un alto de camino hacia la guerra de España en Cuba. «¡Qué pueblo más extraordinario son los americanos!». Quedó asombrado por el ambiente espartano de la academia militar de West Point, y sumamente halagado por la recepción que le dispensaron en ella: «Yo era… sólo un segundo teniente, pero fui… tratado como si fuera un general». Durante la serie de conferencias que dio en 1900 le presentaron en Nueva York a M ark Twain, y ante el público de Boston dijo: «No hay nadie en esta sala que tenga más respeto a esa bandera que el humilde inglés al que ustedes, habitantes de la ciudad que vio nacer la idea del “tea party”, han tenido la amabilidad de escuchar. Estoy orgulloso de ser producto natural de una alianza angloamericana; no ya de una alianza política, sino de otra más fuerte y más sagrada, la alianza de dos corazones».

Se había entrevistado con los presidentes Theodore Roosevelt, Woodrow Wilson y Herbert Hoover, así como con los Vanderbilt y los Rockefeller, con estrellas de Hollywood, con Henry

M orgenthau, William Randolph Hearst y Bernard Baruch. Había dado conferencias ante el público norteamericano en 1931-1932 acerca del supuesto destino común de los pueblos de habla inglesa. M uchos británicos contemporáneos suyos veían en Churchill rasgos de conducta propios de los americanos —sobre todo el gusto por la teatralidad—, que a los de su clase les resultaban sumamente desagradables, pero que en aquellos momentos tendrían un valor incomparable. La humilde solterona londinense Vere Hodgson se dio cuenta de ello y anotó en su diario el siguiente comentario: «De haber sido pura aristocracia inglesa, no habría sido capaz de dirigirnos como lo ha hecho. El lado americano le da un complejo de superioridad —de un tipo que lord Halifax no consideraría de buen gusto—, pero necesitamos algo más que buen gusto para salvar a Gran Bretaña en este momento en particular».

En 1940-1941, Churchill mostró a veces en privado su impaciencia ante la supuesta pusilanimidad de los americanos. «Ahí va un telegrama para esos malditos yanquis», dijo a su secretario particular, Jock Colville, entregándole un comunicado en los días desesperados de mayo de 1940. En sus informes a Washington, el pérfido embajador norteamericano, Joseph Kennedy, presentaba bajo la luz más negativa posible todos los comentarios de ese estilo que lograba

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