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La batalla de Inglaterra

Comenzaron así en el verano de 1940 los acontecimientos que definirán para la eternidad la imagen de Inglaterra. Densas formaciones de bombarderos alemanes acompañados de su escolta de cazas zumbaban por los cielos azules en dirección a Kent y a Sussex, para enfrentarse con los Hurricanes y los Spitfires que salían a interceptarlos, trazando blancas estelas de vapor en el aire. Los aviones estéticamente más hermosos que ha visto el mundo, cuya belleza ha aumentado a ojos de la posteridad debido al papel desempeñado como salvadores de la libertad, atravesaban las formaciones de bombarderos lanzándose en picado, girando en espiral, ladeándose y disparando sin cesar. Los observadores levantaban la cabeza, como hipnotizados por el espectáculo. Los dependientes de las tiendas y las amas de casa, los empleados de banca y los escolares, oían el estruendo de las ametralladoras; veían fragmentos de avión y cartuchos vacíos que caían tintineando en sus calles y ensuciaban los jardines de las afueras; a veces incluso encontraban aviadores abatidos de uno y otro bando, que llegaban dando tumbos hasta sus puertas.

Los aviones alcanzados se hundían en el suelo vomitando humo y levantando montones de polvo que luego caía en cascada cuando sus ocupantes tenían la suerte de estrellarse y caer a tierra, porque otros estallaban en el aire y se deshacían en mil fragmentos ígneos. Fue una contienda como no ha conocido otra la experiencia humana, presenciada por millones de personas que siguieron adelante con su monótona vida cotidiana, encantadas del hecho de que los calentadores de agua hirvieran en la cocina, de que las flores brotaran en los setos de los jardines, de que se repartieran los periódicos y se sirviera miel a la hora del té a varios centenares de metros por debajo del escenario de una de las batallas más decisivas de la historia. Los pilotos que se enfrentaban al olvido eterno durante todo el día se pasaban la noche cantando en sus «locales de costumbre», cuando lograban sobrevivir. Su jerga propia de colegiales —«darse un tortazo estupendo», «estirar la pata»— pasó al lenguaje coloquial, haciendo realidad la observación de un escritor francés citado por el doctor Johnson: «Il y a beaucoup

de puerilités dans la guerre».

Cuando las bombas empezaron a caer sobre las ciudades británicas, las explosiones hacían que se depositara sobre cualquier superficie una densa capa de polvo, envolviendo todo el tejido urbano del país en una monótona tonalidad gris que persistía durante la totalidad del bombardeo. No obstante, seguía habiendo islas de belleza temporal. Jock Colville quedó sorprendido al ver unas mariposas de las ortigas revoloteando alegremente sobre el césped detrás de Downing Street: «Siempre asociaré con 1940 ese jardín en verano y la esquina del Tesoro recortándose sobre un cielo azul de porcelana». Churchill, intensamente vulnerable al sentimentalismo, presenció muchas escenas que lo hicieron desfallecer. Un día, yendo en coche a Chequers, divisó una fila de gente. Ordenó al chófer que se detuviera y pidió a un detective que investigara para qué estaban haciendo cola. Cuando le dijeron que estaban esperando para comprar alpiste, el secretario particular de Churchill, John M artin,

anotó: «Winston se puso a llorar».

El 10 de julio fue designado después oficialmente como el primer día de la batalla de Inglaterra, aunque a los aviadores de uno y otro bando no les pareciera muy distinto de las jornadas que lo precedieron y que lo habrían de suceder. El mes siguiente se caracterizaría por las escaramuzas sobre el canal de la M ancha y la costa meridional de Inglaterra, donde la Luftwaffe nunca perdió más de dieciséis aparatos en un día de combate —el 25 de julio— y el M ando de Cazas de la RAF no más de quince. Churchill insistió en que los convoyes costeros siguieran navegando por los Narrows, en parte para reafirmar los derechos de navegación de los británicos, y en parte para hacer que la Luftwaffe entrara en acción en unas condiciones consideradas favorables para la RAF. El 11 de agosto aumentó notablemente el desgaste: fueron abatidos 30 aparatos ingleses y 35 alemanes. El mes siguiente, Goering lanzó su gran asalto contra el M ando de Cazas, sus aeródromos, centros de control y estaciones de radar. Entre el 12 y el 23 de agosto, la RAF perdió 133 cazas en combate, y otros 44 en accidente, mientras que la Luftwaffe perdió en total 299 aviones.

A comienzos del otoño, las bajas británicas y los desperfectos sufridos por las instalaciones habían alcanzado unas proporciones críticas. Entre los jefes de escuadrilla de Dowding, 11 de 46 resultaron muertos o heridos entre julio y agosto, junto con 39 comandantes de vuelo de un total de 97. Un piloto del M ando de Cazas de veintiún años, George Barclay, de la 249.a escuadrilla, hijo de

un clérigo de Norfolk, escribió tras los amargos combates del 7 de septiembre: «Nuestra desventaja ha sido hoy increíble (¡y estamos realmente abrumados!)… Hay bombas y cosas cayendo por todas partes esta noche y una cortina de fuego de artillería terrible. ¿Ha empezado el bombardeo? La frialdad del jefe de ala es asombrosa y contribuye muchísimo a mantener alta nuestra moral, cosa que es muy necesaria esta noche». Como en cualquier batalla, no todos los participantes demostraron tener madera de héroe. Tras los repetidos bombardeos alemanes sobre el aeródromo avanzado de la RAF en M anston, el personal de tierra permaneció hacinado en los refugios antiaéreos y se negó a salir de ellos y ocuparse del mantenimiento de los Hurricane. El trabajo tuvieron que hacerlo los tripulantes de los cazas nocturnos Blenheim, que todavía se encontraban fuera de servicio.

El primer ministro siguió atentamente el desarrollo de los enfrentamientos cada día. El Servicio Secreto de Inteligencia advirtió que estaba a punto de producirse un desembarco alemán en Gran Bretaña. Pero no resultaba fácil mantener al pueblo británico a un nivel tan alto de expectación. El 3 de agosto, Churchill se vio obligado a hacer una declaración: «El primer ministro desea hacer saber que la posibilidad de los intentos de invasión por parte de los alemanes sigue vigente». Llevó este espíritu a su propio hogar. Downing Street y las estancias subterráneas del gabinete de guerra estaban protegidas por pensionistas de la marina real, y la mansión de Chequers por una compañía de la Guardia. El primer ministro se encargó personalmente de realizar varios simulacros de alerta ante la posibilidad de un lanzamiento de paracaidistas alemanes sobre St. James’s Park. «Parecerá muy extraño hoy día, pero en el verano de 1940 nos lo tomábamos todos muy en serio», recordaba un funcionario de la secretaría del gabinete.

Churchill se ejercitaba con un revólver y con su propio rifle M annlicher en un campo de tiro en Chequers, realizando los entrenamientos completamente en serio y no sin una agradable excitación. Era extraño que, después de utilizar fuerzas especiales con gran efectividad durante la guerra relámpago de mayo en el continente, los alemanes no mostraran luego demasiado interés en sus

posibilidades. Un ataque directo contra Churchill en 1940, probablemente a manos de un comando de paracaidistas lanzados sobre Chequers, les habría producido muy buenos dividendos. Gran Bretaña tuvo suerte de que semejante tipo de acciones piráticas ocupara en la mente de Hitler y en la doctrina de la Wehrmacht un lugar mucho menor que en la imaginación de Churchill. En el verano de 1940, los alemanes no se habían dado cuenta todavía de lo primordial que era la figura del primer ministro para el esfuerzo de guerra de Gran Bretaña.

El suministro de aviones para el M ando de Cazas constituía un factor fundamental. Aunque la propaganda aplaudía las hazañas del M inisterio de Producción de Aparatos Aéreos, la gestión del mismo por lord Beaverbrook provocaba en Whitehall duras críticas. Durante algunas semanas el ministro dirigió el departamento desde su residencia particular, Stornoway House, en Cleveland Row, detrás del hotel Ritz. Resulta fácil comprender por qué mucha gente, entre otros ni más ni menos que Clementine Churchill, deploraba la actitud del magnate de la prensa convertido en barón, por entonces de sesenta y un años. En otro tiempo había sido partidario de la política de apaciguamiento y antes de la guerra había subvencionado en secreto la carrera política de sir Samuel Hoare, el más brillante de los ministros de Chamberlain. En enero de 1940, Beaverbrook habló al duque de Windsor, el ex rey Eduardo VIII, acerca de una posible oferta de paz a Alemania. El 6 de mayo afirmó en el Daily Express, periódico de su propiedad, que Londres no sería bombardeada y que los alemanes no atacarían la línea M aginot. El ayudante del Führer, Rudolf Hess, dijo después a Beaverbrook: «A Hitler le gusta usted mucho». El historiador G. M . Young ha señalado que Beaverbrook parecía un médico expulsado de la carrera por haber llevado a cabo una operación ilegal. Se dijo en una ocasión de sus periódicos que nunca apoyaron una causa que fuera honrada ni que se viera coronada por el éxito. El rey se opuso a su inclusión en el gabinete, pero el 10 de mayo de 1940, fecha de su nombramiento como primer ministro, Churchill escogió precisamente a ese antiguo colega del gobierno de Lloyd George de 1917-1918 como compañero de mesa durante el almuerzo.

Beaverbrook logró atraer a Churchill con un hechizo que no llegó a romperse nunca a pesar de su petulancia de viejo amigo, su deslealtad y sus insultantes meteduras de pata. La riqueza que poseía aquel magnate nacido en Canadá impresionaba al primer ministro de una manera casi mística. Churchill reconocía en el «querido M ax» a otro personaje original como él, lleno de juguetona simpatía, rasgo muy difícil de encontrar aquel verano en Downing Street. A menudo se ha comentado que Churchill tenía muchos acólitos, pero pocos amigos íntimos. M ás que cualquier otra persona, excepto su esposa, Beaverbrook calmaba la soledad provocada por la apurada situación y las responsabilidades del primer ministro. La fe de Churchill en la idoneidad de su antiguo camarada para el gobierno era excesiva. Pero entre los colegas de gabinete de Beaverbrook ¿quién estaba más dotado de dinamismo y determinación, rasgos que se consideraban tan fundamentales para hacer frente a los desafíos de 1940?

Como ministro, Beaverbrook trataba sin miramientos a los generales del ejército del aire, intimidaba a los magnates de la industria, desdeñaba los consejos, y prescindía de los debidos procedimientos con tal de obtener el simple objetivo de incrementar la producción de cazas. M andaba a golpe de puñetazos en la mesa. Jock Colville sugirió en una ocasión que Beaverbrook le robaba a Churchill más tiempo que Hitler. El propio primer ministro comentó el parecido existente entre Beaverbrook y el actor de cine Edward G. Robinson, famoso especialmente por sus papeles de gángster. No cabe negar que Beaverbrook era una especie de monstruo. La RAF lo detestaba. Su éxito

en el incremento de la producción de aviones se debió en gran parte a decisiones y compromisos alcanzados antes de que él tomara posesión de su cargo. Sin embargo, durante un breve período de tiempo se hizo merecedor de agradecimiento por asignar a un área tan fundamental como la de la producción de armas la urgencia que requerían las necesidades del momento. Contó con el apoyo de tres grandes funcionarios —Eaton Griffiths, Edmund Compton y Archibald Rowlands—, junto con el de sir Charles Craven, antiguo director ejecutivo de Vickers Armstrong, y Patrick Hennessy, el director de Ford en Dagenham, de sólo cuarenta y un años. Su otro gran puntal, y a veces su adversario, fue el mariscal del aire sir Wilfred Freeman, que odiaba a Beaverbrook como hombre, pero que admitiría a regañadientes su rendimiento durante aquel verano.

Las presiones que debía sufrir a diario el primer ministro eran tremendas. El gabinete de guerra se reunió ciento ocho veces en los noventa y dos días comprendidos entre el 10 de mayo y el 31 de julio. En su cartera ministerial se acumulaba un montón de papeles que parecía no disminuir nunca, «un revoltijo de asuntos operacionales, civiles, políticos y científicos». Desoyendo las objeciones del Departamento de Guerra, promocionó al general de división M illis Jefferis, militar astuto dedicado a la experimentación con nuevas armas, y ordenó que presentara sus informes directamente a Lindemann en el Cabinet Office. Insistió en que diera un destino en consonancia con sus capacidades al general Percy Hobart, inconformista y entusiasta de los acorazados, desestimando las objeciones de Dill con el comentario de que debía recordar que no sólo los niños buenos ayudan a ganar las guerras: «También sirven los chivatos y los canallas». Atormentó a los jefes del ejército apoyando una de las iniciativas personales más absurdas «del Profe», el despliegue de cohetes aéreos contra la aviación enemiga. Sir Hugh Dowding, del M ando de Cazas, quería que sus hombres mataran a los pilotos alemanes que recurrieran al paracaídas. Churchill, rechazando una conducta que consideraba deshonrosa, no lo permitiría. En un viaje realizado a finales de julio con el almirante Roger Keyes, le dijo que tenía «muchos detractores» como jefe de Operaciones Conjuntas. Keyes le contestó ásperamente: «Tal vez los tenga. Pero, bueno, ahora está usted ahí a pesar de todo». Churchill comentó: «Ahora no tengo competidores para mi trabajo. No lo conseguí hasta que no se metieron en líos».

Además de insistir en la urgencia de la producción de cazas, Churchill realizó pocas intervenciones tácticas durante la batalla de Inglaterra, pero una de las más famosas (y con razón) tuvo lugar el 21 de junio en la sala de juntas de Downing Street. Se produjo una acalorada controversia entre Lindemann y sir Henry Tizard, presidente del Comité de Investigación Aeronáutica, a propósito de una sugerencia del Servicio de Inteligencia del Aire en el sentido de que la Luftwaffe pretendía utilizar haces de luz electrónicos para guiar a sus aparatos hasta los objetivos británicos en el curso de sus ataques nocturnos. Tizard negó que semejante técnica fuera factible. Churchill lo convocó, junto con Lindemann y los oficiales de aviación de mayor rango, a una reunión a la que asistió un oficial de los servicios de inteligencia científicos de apenas veintiocho años, R. V. Jones. Pronto se puso de manifiesto que sólo él entendía el asunto. Aunque impresionado por hallarse en compañía de tan grandes personajes, Jones dijo al primer ministro: «¿Consideraría útil que les contara toda la historia desde el principio, señor?». Así de pronto la pregunta lo pilló por sorpresa, pero Churchill respondió enseguida: «¡Bueno, sí, creo que resultaría útil!». Jones tardó veinte minutos en explicar cómo sus propias investigaciones, con la ayuda de los mensajes alemanes descifrados por los servicios Ultra de descriptación de Bletchley Park —todavía rudimentarios en

aquellos momentos de la guerra—, le habían ayudado a entender los sistemas de ayuda a la navegación de la Luftwaffe. Como era habitual en él, Churchill se vio a sí mismo parafraseando mentalmente unos versos de la colección de relatos folclóricos del siglo XIX llamada The Ingoldsby

Legends: «Y ahora un tal señor Jones se presenta / ante nos y nos cuenta / que desde hace quince

años / viene oyendo una algarabía tremenda».

Cuando Jones acabó sus explicaciones, Tizard expresó de nuevo su escepticismo. Churchill no le hizo caso y ordenó que el joven científico recibiera todo tipo de facilidades para estudiar los haces de luz germánicos. Profundamente consternado al principio por las revelaciones de Jones, se animó cuando el joven «cerebrito» le dijo que, una vez identificadas las longitudes de onda, las transmisiones podrían ser interceptadas. Jones se sintió encantado, como es natural, al ver la receptividad del primer ministro: «Allí había fuerza, determinación, humor, disposición a escuchar, a preguntar por las investigaciones y, una vez convencido, a actuar». En efecto, los haces de luz fueron interceptados. Jones se convirtió en uno de los oficiales más destacados de los servicios de inteligencia británicos de la guerra. Por desgracia, la carrera de Tizard quedó prácticamente destrozada por su equivocación. Era un viejo enemigo de Lindemann, quien a partir de ese momento dispondría de munición para desacreditarlo. Aunque era un hombre excepcionalmente capacitado que había realizado aportaciones transcendentales para la creación de las defensas de Inglaterra por medio de los sistemas de radar, Tizard no volvió a gozar nunca más de influencia. Pero el episodio de las «luces» permitió ver las mejores cualidades de Churchill: como hombre accesible, imaginativo, perspicaz, decisivo y siempre abierto a las innovaciones tecnológicas.

A partir del verano de 1940, el desciframiento de los mensajes alemanes asumió una importancia cada vez mayor para el esfuerzo de guerra británico. Algunas muestras seleccionadas, a las que se dio el nombre cifrado de «Boniface», eran entregadas diariamente a Churchill, en una caja especial de cuya llave no se permitía disponer ni siquiera a los secretarios particulares. Los jefes de Estado M ayor deploraban que el primer ministro tuviera acceso directo a Ultra, sosteniendo que a menudo se hacía falsas impresiones a partir de informaciones que no habían sido previamente filtradas, y que no entendía el significado de los comunicados del enemigo. Pero Ultra permitió al primer ministro dirigir la guerra con unos medios con los que no había contado nunca ningún otro líder nacional de la historia. Los informes Ultra desempeñaron un papel transcendental para encauzar las concepciones estratégicas de Churchill, para bien y para mal, y reforzaron su confianza en los comandantes más influyentes.

Las actividades de desciframiento de Bletchley Park, todavía incipientes en 1940, fueron la hazaña más importante de los británicos durante la guerra, y a partir de 1941 se convirtieron en la piedra angular de sus operaciones secretas. El Servicio Secreto de Inteligencia (SIS por sus siglas en inglés) estaba dirigido por el general de brigada sir Stewart M enzies, «C», quintaesencia del oficial y caballero, antiguo presidente del Pop[4] y capitán del equipo XI de cricket de Eton, miembro de la Guardia Real y socio del club White’s. M enzies debía su nombramiento a lord Halifax. Su historial resultaba más impresionante como intrigante de Whitehall que como jefe de espías, y el SIS no llegó nunca a disponer de «humint» —inteligencia humana, esto es, información obtenida por medio de agentes— acerca del alto mando del Eje. Antes de que Ultra cogiera ritmo, casi todas las valoraciones realizadas por M enzies, por ejemplo acerca de las intenciones de los alemanes en 1940-1941, fueron

clamorosamente erróneas. M enzies tuvo muy poco que ver con el desarrollo de Bletchley Park antes de la guerra, pero gracias a un hábil golpe de mano se hizo con el control administrativo de sus actividades. Se encargaba de presentar personalmente al primer ministro los bocados más exquisitos preparados por los servicios de descriptación, y en consecuencia era siempre bienvenido en Downing Street. Todos los líderes nacionales sienten un estremecimiento de placer cuando tienen acceso a la información secreta. Tal era el caso especialmente de Churchill (como, por lo demás, es natural que así fuera). M enzies, proveedor de los huevos de oro de Bletchley Park, obtuvo un crédito exagerado como propietario de la gallina que los ponía.

Junto con los grandes asuntos de la defensa nacional estaban las responsabilidades