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Una visión de Arcadia

In document La Guerra de Churchill de Max Hastings r1.0 (página 166-181)

De Gaulle comentó después de lo de Pearl Harbor: «Bueno, esta guerra ha acabado. Por supuesto, todavía nos esperan operaciones, batallas y enfrentamientos; pero… el resultado ya es evidente. En esta guerra industrial, nada puede interponerse a la industria americana. A partir de ahora, los británicos no moverán un dedo sin el beneplácito de Roosevelt». El presidente estadounidense dijo a Churchill: «Hoy todos nosotros estamos en un mismo barco con ustedes y los pueblos del imperio, y es un barco que no será ni puede ser hundido». A diferencia de las manifestaciones churchillianas de comienzos de la guerra, fruto de una fe ciega, las palabras de Roosevelt se basaban en las realidades del poder.

Harold Nicolson escribió el 11 de diciembre: «Con América en la guerra, simplemente no podemos perder. Pero qué curioso que este gran acontecimiento pase a nuestros anales y se reciba aquí sin júbilo alguno. Nos habríamos vuelto locos de alegría si se hubiera producido hace un año… En todo Londres no ondea ni una bandera americana. ¡Qué extraños somos!». La explicación la encontramos en parte en las palabras de Vere Hodgson, que trabajaba en una sociedad benéfica londinense. Como muchos de sus compatriotas, pensaba que lo ocurrido en Pearl Harbor había servido de lección a los americanos: «No es que desee que bombardeen a nadie, pero una pequeña sacudida no está de más para los que se quedan contemplando el sufrimiento de otros con absoluta ecuanimidad… Pobre gente la de esas islas de ensueño, de sol y de zumos de fruta. M enudo domingo por la tarde que les tocó pasar… Supongo que el coronel Lindbergh se habrá encerrado en un cuarto con las persianas bajadas… para que no se sepa nada de él».

Un informe del Servicio de Inteligencia Nacional decía: «Si bien la población civil está dispuesta a hacer todos los sacrificios necesarios para ayudar a Rusia… no ocurre lo mismo cuando se habla de Estados Unidos… América es “extraordinariamente riquísima”… La mentalidad de los americanos se parece mucho a la de los mercenarios; y… las privaciones y los sufrimientos de la guerra “les vendrán muy bien”». Unos pocos británicos se sintieron dispuestos a dar las gracias a los americanos por haber entrado en la guerra con retraso, no por propia elección o por sus principios, sino porque se vieron obligados. Algunos temían que la participación de Estados Unidos en el conflicto armado redujera el flujo de suministros a Gran Bretaña y Rusia. Le tocaría al primer ministro abrir los brazos para dar ese abrazo transatlántico que muchos de sus compatriotas tuvieron la ridiculez de no querer dar.

Los días siguientes al ataque a Pearl Harbor, las noticias de la guerra que llegaban a Churchill desde todos los rincones del mundo, con la excepción de M alaca, supusieron un pequeño respiro. A la marina real le iba mejor en su duelo con los submarinos de Hitler. Auchinleck seguía informando con optimismo sobre el desarrollo de la operación «Crusader» en el desierto. «Considérese que se han

vuelto las tornas», comunicaba desde El Cairo el 9 de diciembre, para añadir dos días después: «Les pisamos los talones y vamos a por ellos». M oscú, Leningrado y los yacimientos petrolíferos de Bakú seguían en manos de los rusos. El 8 de diciembre Churchill dijo ante la Cámara de los Comunes: «Al menos cuatro quintas partes de la población del planeta están de nuestro lado. Somos responsables de su seguridad y de su futuro. En el pasado teníamos una luz que parpadeaba, en el presente tenemos una luz que brilla, y en el futuro habrá una luz resplandeciente en todas las tierras y en todos los mares».

El 10 de diciembre llegaron muy malas noticias: la destrucción del Prince of Wales y del Repulse por un ataque aéreo de los japoneses frente a las costas de M alaca. Churchill estaba aturdido. La utilización de estos navíos era consecuencia de una decisión personal suya, y su pérdida lo señalaba con el dedo, acusándolo de tener una fe equivocada en los «castillos de acero» en medio de unos océanos dominados ahora por el poder aéreo y los submarinos. A menudo se indica que el destino de estas importantes naves lo selló la ausencia del portaaviones Indomitable, que por culpa de un accidente no pudo unirse a la escuadra de combate. Pero vistas las deficiencias que tenían el Brazo Aéreo de la Armada británica y sus cazas, lo más plausible es que si el Indomitable se hubiera encontrado frente a las costas de M alaca, como habían planeado Churchill y el Almirantazgo, habría acabado en el fondo del mar junto con el Prince of Wales y el Repulse.

Pero hasta ese duro golpe era soportable en un nuevo contexto determinado por la beligerancia de los americanos. El 11 de diciembre, Alemania e Italia despejaron una importantísima duda, que parecía no desvanecerse nunca, cuando declararon la guerra a Estados Unidos. Al día siguiente, Churchill mandó un cablegrama a Eden, que iba camino de M oscú: «La entrada de Estados Unidos modifica la situación de todos, y con tiempo y paciencia nos dará la victoria segura». También se produjeron algunos contratiempos, aunque de importancia limitada. Washington se vería obligada a reducir el envío de armamento para poder satisfacer las necesidades de sus propias fuerzas armadas. Diez escuadrones de la RAF que se dirigían a Persia para apoyar el frente sur de Stalin tuvieron que ser desviados a Extremo Oriente. Pero se trataba de simples inconvenientes derivados de la nueva y brillante perspectiva que suponía la entrada en juego del poderío americano.

La principal prioridad del primer ministro era encontrarse cara a cara con Roosevelt y sus altos mandos militares, con el fin de sentar las bases de la alianza que se había creado por los acontecimientos, pero que no había sido ratificada por un tratado oficial. A partir de este momento, las relaciones de británicos y americanos se caracterizarían por acuerdos formales sobre cuestiones materiales, principalmente relacionadas con el programa de Préstamo y Arriendo, pero ante todo se regirían por la sintonía, o la ausencia de ella, entre los líderes de las dos naciones y sus jefes de Estado M ayor. Cuando Churchill propuso efectuar inmediatamente una visita a Washington, Roosevelt le dio largas. Por motivos de seguridad sugirió celebrar una conferencia en las Bermudas, a la que dijo que antes del 7 de enero de 1942 no podría asistir. En realidad, al presidente estadounidense le preocupaba tener que dejar espacio en la Casa Blanca para la arrolladora personalidad del primer ministro de Gran Bretaña y el torrente de retórica con el que sin duda éste estaba dispuesto a obsequiar al pueblo americano. No obstante, ante la impaciencia de Churchill, Roosevelt al final accedió a que visitara Washington antes de la Navidad.

M ientras preparaba su viaje, el primer ministro tuvo que atender un montón de asuntos de último minuto. M andó un cablegrama a Eden, diciéndole que, si bien era deseable que Rusia declarara la

guerra a Japón, no había que presionar demasiado a Stalin en este sentido, «considerando lo poco que hemos podido contribuir» al esfuerzo de guerra de los soviéticos. Sin embargo, también dijo al Secretario de Asuntos Exteriores que en ningún caso debía parecer dispuesto a satisfacer las exigencias de M oscú de que se reconocieran las fronteras que los rusos habían establecido con Hitler, anexionándose Polonia oriental y los estados del Báltico. Una acción semejante no sólo iría contra todos los principios, sino que también dejaría perplejos a los americanos, que por aquel entonces eran mucho más reacios que los británicos a las ambiciones territoriales de Stalin. Por otro lado, el primer ministro pidió a Attlee que no llevara a cabo la temida reducción de las raciones de comida asignadas al pueblo británico: «Todos estamos juntos en lo mismo, y [los americanos] comen mejor que nosotros». Reducir los suministros habría olido a pánico, añadió. La mañana del 13 de diciembre telefoneó a Ismay desde Gourock, a orillas del Clyde, instándole a enviar a Extremo Oriente a la mayor brevedad posible «todo lo que pudiera tener utilidad en un combate». Luego, con su séquito de ochenta individuos, entre los que se encontraban Beaverbrook y los jefes de Estado M ayor (Dill seguía representando al ejército de tierra, y Brooke estaba al frente del Departamento de Guerra), subió a bordo del Duke of York, un gran acorazado hermano del desaparecido Prince of Wales.

La travesía fue horrorosa. Un día tras otro, el Duke of York surcó las aguas de un océano embravecido, con olas gigantescas como montañas que lo hacía cabecear y balancearse. M ax Beaverbrook, que en parte había sido invitado para hacer compañía al «viejo» y en parte porque se suponía que gozaba de popularidad entre los americanos, exclamó jadeando que lo estaban llevando por el Atlántico en «un submarino camuflado de acorazado». Churchill fue prácticamente el único pasajero que no se mareó. El malestar de Patrick Kinna, su taquígrafo personal, se vio agravado por el humo del puro que inundaba el camarote del primer ministro, situado en la zona superior de la superestructura. Una marea de malas noticias sorprendió al grupo en alta mar. Los japoneses habían desembarcado en el norte de Borneo el 17 de diciembre y, por si fuera poco, en la isla de Hong Kong al día siguiente. El día 15 Churchill había dado instrucciones a los jefes de Estado M ayor, haciendo hincapié en la necesidad vital de conservar Singapur: «No hay nada que pueda compararse con la importancia de esta fortaleza». Sin preocuparse por los continuos balanceos del buque de guerra sacudido por la tempestad, dictó una sucesión de interminables memorándum, en los que exponía su punto de vista acerca de lo que estaba por venir.

Gran Bretaña y Estados Unidos deben seguir abasteciendo a Rusia, decía, pues sólo así «conservaremos nuestra influencia sobre Stalin y podremos incluir el formidable esfuerzo de los rusos en el marco colectivo de la guerra». Proponía el envío al norte de Irlanda de tropas americanas para que sirvieran de elemento disuasorio a posibles desembarcos enemigos. Decía que en 1943 Gran Bretaña iba a estar «más preparada que nunca para frenar una invasión». La posibilidad de que los alemanes se lanzaran sobre las islas británicas seguía presente en sus cálculos. Si Rusia caía, como aún parecía probable, los nazis podían centrar de nuevo su atención en el oeste de Europa. Hitler tenía que darse cuenta de la necesidad de completar la conquista del viejo continente antes de que se produjera la movilización total de los americanos. Churchill sugería el despliegue en Gran Bretaña de bombarderos estadounidenses que se unieran a la gran ofensiva aérea programada contra Alemania. Esperaba que la defensa de Singapur resistiera al menos seis meses.

Interrumpió su dictado para decir a Kinna que mandara callar a unos marineros que había fuera y no paraban de lanzar silbidos. No sólo lo distraían, sino que lo consideraba una vulgaridad insufrible

(en cierta ocasión dijo que su fobia a los silbidos era el único rasgo que compartía con Hitler). Kinna obedeció y salió afuera, pero le daba bastante miedo la reacción que pudieran tener aquellos inoportunos marineros, que, de repente, se callaron de manera espontánea. Sin reparar en el mar embravecido del exterior y en el constante cabeceo del gran navío, Churchill volvió a la redacción de s u tour d’horizon. Quería que en 1942 los americanos desembarcaran en el norte de África francés. Para el año siguiente preveía lanzar diversos ataques ante posibles cambios en Sicilia, Italia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, el sector francés del canal de la M ancha o costas del Atlántico y tal vez los Balcanes. En sus memorándum incluyó algunos vaticinios bastante disparatados, como, por ejemplo, el pronóstico de que, cuando llegara el momento de invadir el continente, «la sublevación de las poblaciones locales, para las que habrá que llevar armamento, se convertirá en el elemento fundamental de la ofensiva libertadora». Pero también puso de manifiesto su intuición e imaginación al prever la creación de portaaviones improvisados, que efectivamente desempeñarían más adelante un papel decisivo en la guerra. Por último recomendaba encarecidamente un ataque aéreo contra Japón con la ayuda de portaaviones.

El 21 de diciembre escribió una larga misiva a Clementine: «No sé ni cómo ni cuándo regresaré. Es evidente que, con lo que ha costado llegar hasta aquí, ahora debo quedarme el tiempo suficiente para hace todo lo que hay que hacer». Le decía que no tenía paciencia alguna con los que acusaban a Gran Bretaña de falta de prevención en Extremo Oriente: «No es de buenos observadores decir “¿Por qué no estábamos preparados?”, cuando todo lo que teníamos ya había sido asignado a un cometido». En esto tenía toda la razón. Los que, como Dill, habían insistido en reforzar M alaca a expensas de Oriente M edio, se equivocaron de pleno. Habría sido absurdo trasladar unos aviones, unos tanques y a unos soldados absolutamente imprescindibles, simplemente para contrarrestar una supuesta amenaza en Extremo Oriente, a expensas de perder probablemente Egipto en beneficio de un enemigo que ya estaba a sus puertas. Es difícil imaginar en el otoño de 1941 algún tipo de reorganización de los recursos británicos disponibles que hubiera podido evitar el desastre. Era tanta la precariedad del liderazgo, de la preparación, de la táctica, del apoyo aéreo y de la disposición de los británicos en M alaca y Birmania, que los japoneses nunca dudaron de su victoria.

La mala mar dio lugar a retrasos que hicieron que la travesía del Duke of York pareciera interminable a sus pasajeros. Churchill se exasperó ante aquella pérdida de tiempo, pero tuvo que reconocer que no podía luchar contra los elementos. El viaje, que debía haber sido de cinco días, se alargó a nueve, y luego a diez. Los jefes de Estado M ayor prepararon sus comentarios sobre los largos memorándum estratégicos elaborados por Churchill, que fueron estudiados en una serie de reuniones presididas por el primer ministro. Se opusieron rotundamente a la creación del gran «segundo frente» de Europa en 1943. Alemania, insistieron, debía ser primero debilitada mediante intensos y prolongados bombardeos. Hicieron hincapié en que había que darse cuenta de un hecho: «los japoneses podrán campar por sus respetos en el oeste del Pacífico» mientras no se acabe con Alemania e Italia. Churchill, que atravesaba uno de sus ataques periódicos de escepticismo respecto a los bombardeos, se mostró reacio a todas las manifestaciones de fe excesiva en su potencial. Les advirtió que no cabía esperar que los americanos se tomaran a la ligera los avances de los japoneses en el Pacífico, como sugerían los altos mandos militares, Recalcó que era esencial fomentar una visión agresiva, en vez de limitarse a promover medidas para contrarrestar el avance de las fuerzas del Eje. Eran sabias palabras.

El día 22 de diciembre el Duke of York llegó por fin a Hampton Roads. La comitiva británica desembarcó. Churchill y su personal más allegado tomaron un avión que en poco tiempo los trasladó a Washington. Ya anochecía, y todos se pusieron a mirar por las ventanillas, fascinados por las vibrantes luces de la capital estadounidense, recordando la penumbra de Londres con sus casas a oscuras. El primer ministro fue recibido en el aeropuerto por Franklin Roosevelt, de quien sería huésped durante las tres semanas siguientes. Aunque aquella estancia fue un período de gran tensión para la delegación británica, también lo fue de inmensa felicidad para Churchill. ¿Quién podía decir que no se la merecía, después de todo lo que había tenido que soportar durante los dieciocho meses anteriores? Esa primera conferencia angloamericana recibió el nombre de Arcadia, paraíso de pastores de la antigua Grecia. Y, a ojos del primer ministro, Washington era efectivamente un lugar paradisíaco. Una vez instalado en la Casa Blanca, Churchill escribió entusiasmado a Clementine: «Todo es estupendo; y mis planes se aceptan. La amplitud de miras de los americanos es fantástica». Desde su primera reunión con Roosevelt, el primer ministro hizo hincapié en la posible caída de M arruecos en manos de Hitler y, por lo tanto, en la necesidad de que las fuerzas aliadas lo impidieran. Habló de los acorazados franceses Jean-Bart y Richelieu, que se encontraban en el norte de África, calificándolos de «verdaderos trofeos»; pero aquí fue menos convincente. Le pareció que el mundo se le caía encima cuando Dill comentó que la falta de embarcaciones probablemente imposibilitara el traslado en 1942 de un ejército americano al otro lado del Atlántico, y de inmediato cortó ese tema. Los dos líderes nacionales y sus jefes de Estado M ayor analizaron la posible creación de un comité de guerra en el que estuvieran representados todos los aliados y las antiguas colonias británicas, pero descartaron la idea. Se acordó que, aunque las antiguas colonias debían ser consultadas, todas las directrices tenían que decidirlas los Tres Grandes. Esta decisión fue inevitable, pero sembró la simiente del futuro descontento de los países del imperio británico, sobre todo Australia.

Durante su estancia en Washington, Churchill recibió la noticia de que los acorazados Valiant y

Queen Elizabeth habían quedado inutilizados tras sufrir el ataque de torpedos humanos italianos en el

puerto de Alejandría, y que habían perdido dos cruceros en alta mar. Se puso hecho una furia cuando se enteró de que su viceprimer ministro había informado a los australianos y a los canadienses del drástico debilitamiento de la flota del M editerráneo. «Lamento terriblemente que esta importantísima información secreta haya salido a la luz de esta manera», dijo en un cablegrama a Attlee. «Nosotros no pasamos nuestra información más secreta a las antiguas colonias».

Los jefes del Estado M ayor de los dos países se reunieron en doce ocasiones. Para alivio de Churchill y su delegación, las autoridades estadounidenses confirmaron inmediatamente la conclusión a la que se había llegado en anteriores conversaciones del Estado M ayor angloamericano para establecer prioridades básicas: los aliados debían seguir la política de «Primero Alemania». En muchas ocasiones no se tiene debidamente en cuenta hasta qué punto las decisiones tomadas por los aliados para el año 1942 se vieron determinadas por imperativos navales. Conmocionados, durante las semanas siguientes al ataque de Pearl Harbour, los británicos fueron enterándose de los pocos barcos con los que se iba a poder contar el próximo año, antes de que madurara el colosal proyecto de construcción de buques de carga de la «clase Liberty». Para sobrevivir, Gran Bretaña necesitaba importar treinta millones de toneladas de suministros, que debían cruzar el Atlántico a bordo de barcos mercantes cuyo número se había visto gravemente reducido a causa de los hundimientos.

Con aquella limitada capacidad disponible, era mucho más lógico que las acciones de los americanos tuvieran por objetivo a los alemanes, mediante el suministro de material y alimentos a Rusia y el despliegue de sus fuerzas en el oeste de Europa, en lugar de los japoneses en el Pacífico. Debido a las distancias, la guerra en Asia requería un esfuerzo logístico naval tres o cuatro veces

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