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Capítulo IV: Resultados

4.1 Significado del proceso de conflicto armado interno, destierro e

4.1.3 La experiencia de la inserción en el espacio urbano

La inserción en el espacio urbano implica un encuentro entre mundos y culturas diferentes donde se produjo la hibridez: un proceso lleno de tensiones e intercambios en las relaciones que establecen las mujeres desterradas con otros grupos.

Es necesario tener presente que las mujeres desterradas tomaron la decisión de huir y residir en distritos de Lima, de tal manera que las alejara de la violencia experimentada en sus lugares de origen. No obstante, paradójicamente se asentaron, sin saberlo, en lugares que también fueron afectados por el conflicto armado interno (aunque en condiciones diferentes), debido a la expansión del accionar de los grupos subversivos e igualmente de la intervención de las Fuerzas Armadas y Policiales.

En sus relatos, se puede reparar que algunas mujeres mostraron una respuesta diferente, cargada de mayor valor para afrontar la violencia en la ciudad. Ello debido a la fortaleza ganada con otros vínculos organizativos, aunque perdurando como principal motivo de su resistencia, su identidad de madresposas.

“[...] La dificultad fue que aquí también había violencia. Yo decía otra vez la misma cosa, pero tenía que seguir adelante por mis hijos y mi esposo. Además, con mis vecinas conversábamos y me decían: ‘Tenemos que seguir adelante, qué podemos hacer, porque no tenemos nada’ [...]” (María 1, 45 años).

Sin embargo, algunas mujeres revelan una posición más afianzada en su reciedumbre personal, sumada a la experiencia ganada como dirigentas de organizaciones.

“[...] Mire, en Huancayo yo sentí miedo, me sentí defraudada, o sea, me sentí muy mal. Porque todo lo que yo había hecho en mi hogar, y tenía que dejar todo eso. Y viniendo acá y ver que también había violencia. Y como ya comencé esto de la dirigencia, me daba valor. Yo decía: ‘¿Por qué tengo que tener miedo?’. Yo decía: ‘El miedo es para las personas que son cobardes, yo no he hecho nada y yo no tengo por qué morir, no tienen por qué hacerme daño a mí, eso que hagan las personas que dañan, que roban’, que bueno en fin [...]” (Flor, 60 años).

En todas las historias, las mujeres coinciden en señalar las dificultades que tuvieron que superar como parte de un proceso lento, complejo y cargado de tensiones, debido a las diferencias existentes entre el mundo rural y el urbano.

“[...] Como te puedo decir, cuando uno viene de la sierra no conoces nada aquí. No sabes cómo desenvolverte, porque piensas que hay una vida mejor, pero te das cuenta que hay una vida peor [...]” (Margarita, 44 años).

“[...] Porque no conocía a nadie, no podía hablar muy bien y, además, porque yo no vivía junto con mi madre, todo era distinto [...]” (María 1, 45 años).

El destierro y el complejo proceso de inserción en el espacio urbano generaron que las mujeres sintieran la necesidad de retornar. Sin embargo, tan prontamente resurgía el recuerdo de la experiencia de terror del conflicto armado interno, volvieron a reparar en que la mejor decisión era permanecer en la ciudad.

“[...] Poco a poco mi mamá ya quería regresarse. Es que nosotros somos gente del campo, en cambio es diferente aquí en la ciudad, todo es diferente. También la casa no era nuestra y nos sentíamos como le digo, así cuando no es tuyo algo, no nos sentíamos bien. Queríamos regresarnos, pero no podíamos volver allá, por las matanzas [...]” (Isabel, 45 años).

Se identifica el fuerte impacto del desarraigo, más aún en mujeres que provienen de una cultura andina, donde existe una conexión especial con la tierra y la naturaleza (Golte, 2001; Chávez, 2005; De Paz, 2005; Salazar, 2010).

“[...] Me sentía rara, aquí es diferente que en la sierra, las cosas, la gente. Yo quería regresarme. Por ejemplo, cuando no teníamos agua bajábamos al río a juntar agua y a lavar nuestra ropa. A mí me afectaba el agua, el río me recordaba mi pueblo, me acordaba cuando conversaba con mis paisanas allá [...]” (María 2, 56 años).

“[...] Como te digo, tú en un cuarto es muy pequeño, no hay comodidad para los hijos. Me sentía diferente, extrañaba la libertad. Es que en el campo puedes ir a la chacra, estar tirado, tomas agua limpia en el río [...]” (Rita, 43 años).

“[...] Además, no tenía un lugar mío donde vivir, ni río donde lavarnos, todo quedaba lejos de la casa [...]” (Margarita, 44 años).

Una de las principales necesidades que identifican las mujeres durante el proceso de inserción es la vivienda, o como diría Restrepo (2008) la búsqueda de la morada: entendido como el espacio donde se habita y las personas se arraigan en términos territoriales, sociales, de identidad y proyectos de vida. En el caso particular de las mujeres, también constituye un espacio que por cuestiones de género es vital para realizar su rol reproductivo y de cuidado.

“[...] Cuando llegamos, lloraba y miraba a los cerros y decía: ‘Como no tengo un pedacito de la tierra que tenía allá, aunque sea en la punta del cerro para vivir allí aunque sea’ [...]” (Rosamaría, 52 años).

“[...] Bueno yo vine a Huaycán porque mi comadre vivía acá y nos brindó hospedaje, y bueno yo no estoy acostumbrada a vivir así con la familia. Desde un principio dije: ‘Bueno ya vinimos acá, vamos a ver pues’. Y comencé a buscar terreno en Huaycán, por diferentes zonas [...]” (Flor, 60 años).

“[...] Casa tuve, porque era de mi prima. Un tiempo nos ayudó, hasta que luego me vine aquí. Siempre quería un lugar, algo para mí misma, para mi familia, porque una casa de un familiar no es igual que uno mismo [...]” (María 3, 43 años).

Sin embargo, este proceso de encontrar la morada fue complejo y en muchos casos fue obtenido mediante invasiones en zonas periféricas de la ciudad de Lima: lugar donde ya se habían asentado grupos migrantes, al igual que paisanos desterrados.

“[...] Cuando vine a Lima trabajaba como empleada en una casa. Pero yo quería tener un espacio mío donde vivir. Por eso me vine aquí, a invadir. Algunos paisanos me pasaron la voz y me vine para acá [...]” (Margarita, 44 años).

“[...] Aunque sea en el cerro y, ya pues, comenzamos a reunirnos, organizarnos y así comenzamos a gestionar y logramos este terreno. Luego, tuvimos que tomar en posesión este terreno en el 86 y desde ahí no nos hemos retirado [...]” (Rosamaría, 52 años)

Las invasiones generalmente comprenden una serie de carencias vinculadas a la vivienda como el material de construcción, acceso a servicios básicos de saneamiento, así como el acceso a vías de transporte y comunicación. Las personas desterradas se asentaron en lugares donde ya existían condiciones de pobreza, por lo que su llegada devino en mayores precariedades (Coral, 1994). Así se puede advertir en los siguientes relatos:

“[...] Teníamos que bajar como 15 cuadras, hasta el colegio, para poder pedir agua. Irnos al mercado hasta la ENATRU30 [...]” (Flor, 60 años).

“[...] También vivíamos en esterita, no teníamos ni cama ni nada…Nosotros entonces compramos nuestro terreno con la platita que teníamos. Para lavar teníamos que ir al río, para tener agua. No teníamos luz por mucho tiempo [...]” (María 2, 56 años).

“[...] Con mi esposo comenzamos desde el suelo, señorita, en unas esteritas, con cuatro paredes en el arenal. Pero los primeros días no había agua, luz. Era pura tierra, entraba hasta las rodillas polvareda. Agua traíamos de abajo, bien lejos, luz no había, velita. Zancudos nos picaban. Poco a poquito nos hemos acostumbrado. Algunas gentes se fueron porque no se acostumbraron [...]” (Isabel, 45 años).

“[...] Dificultades, es que no había luz, no había agua, tuvimos que hacer un silo porque no teníamos baño. Andábamos caminando, no había carro. No ves que habíamos dejado todo allá en mi pueblo, la chacra de mi esposo, y acá es bien difícil criar animalitos sino tienes casa [...]” (Rita, 43 años).

La dificultad económica fue otra de las prioridades planteadas por las mujeres desterradas. Es importante recordar que el destierro significó salir de manera abrupta y, por tanto, dejando frecuentemente propiedades y bienes –estos ya eran escasos y precarios por las condiciones de pobreza en la zona, adicionalmente al deterioro y/o pérdida de los mismos durante el conflicto armado interno–. A ello se añade que la experiencia laboral de las mujeres era limitada y diferente, por cuestiones de género y étnicas.

“[...] No me sentía muy bien, me faltaba muchas cosas para poderme sentirme bien, porque en la selva o la sierra tienes a la mano. Por ejemplo, recoges tu papa, fríes tu papa y ya comes. En cambio acá todo es dinero. Entonces me

sentía mal, pero después superé eso porque empecé a trabajar [...]” (María 3, 43 años).

La oferta de trabajo en la ciudad es diferente en relación a las zonas rurales, ya que en el campo las actividades principales giran alrededor de la agricultura y ganadería, con posibilidades incluso de hacer trueques por los productos obtenidos (Venturoli, 2011). Esta situación es diferente en las zonas urbanas: la oferta laboral requiere de mayor especialización, se caracteriza por sustentarse en una economía monetaria y, existe una mayor demanda lo que dificulta la obtención de empleo.

“[...] Fue difícil empezar en un nuevo sitio donde todo es distinto. Además, donde no tienes nada ni casa ni chacra. Acá todo es dinero [...]” (Margarita 44 años)

“[...] También económicamente no teníamos plata y el trabajo, también, es difícil encontrar [...]” (María 1, 45 años).

“[...] Porque como es en el campo, casi lo tienes a la mano todo, sin, sin, este, sin dinero. Tienes carne, tienes víveres, tienes leche, bueno todo es sin dinero, o sea te cuesta tu trabajo sí, pero tienes a la mano. No era tan preocupante para estar, para decir: ‘¿Con qué plata voy a comprar carne, voy a comprar leche, voy a comprar huevos, menestra, cereales, para comer no?’. Ahí de la chacra lo tenemos, pero aquí no. Más que nada falta de plata para todo [...]” (Rosamaría 52 años).

No obstante, a pesar de que las mujeres relatan que obtuvieron empleo en la ciudad, se identifica que estos se caracterizaron por ser precarios e informarles. Incluso, debido a los escasos ingresos económicos tuvieron que articularse a otras redes de apoyo para cubrir algunas necesidades como la alimentación (Reynaga, 1996), como se puede advierte en las historias de estas mujeres:

“[...] Yo empecé a trabajar, porque mi tío me consiguió un trabajo, cuidando una niñita, hacia limpieza. Yo tenía que cocinar, y tenía que hacer todo [...]” (María 1, 45 años).

“[...] No teníamos para comer. Era triste, yo no sabía trabajar aquí en Lima, solamente en comedores [...]” (María 2, 56 años).

El encuentro de culturas también provoca ciertas tensiones. El encuentro de un grupo que tiene mayor tiempo de residencia en un lugar y otro que recién se instala, propicia el establecimiento de una balanza de poder desigual: el grupo dominante busca reforzar su condición de superioridad sobre los recién llegados –remarcando las diferencias– asociándolos a una posición subalterna, aunque posible de cambios (Elías, 1998). En el relato de todas las mujeres se refiere que por un lado, son percibidas como raras o extrañas por las personas que residen en Lima; sin embargo, ellas también se sienten desencajadas en una cultura diferente a la suya, como por ejemplo en el uso de idioma y costumbres.

“[...] Rara, como que te puedo decir, tu ropa. Hablábamos en quechua y los otros hablaban mejor el castellano. Las costumbres son todo, es diferente [...]” (Rosamaría 52 años).

“[...] Aquí todo. El agua tiene un olor feo, tiene otro sabor, es diferente hasta la comida [...]” (Rita, 43 años).

“[...] Yo pensaba que será fácil todo aquí en Lima, y eso me entusiasmó en Lima. Pero al llegar acá yo sufrí mucho, porque no me acostumbraba por ejemplo al castellano, porque yo hablaba quechua [...]” (María 1, 45 años).

La hibridez de las culturas también produce intercambios. El encuentro de culturas genera la posibilidad de nuevos híbridos con tensiones y mezclas (Naranjo, s.f; Barbero, 1991; García, 1997; Hall, 2011). Un ejemplo de hibridez se identifica en el relato de Rosamaría, al expresar que en la ciudad se produce el debilitamiento de prácticas andinas como la reciprocidad y, por el contrario, se incorporan prácticas más individualistas, que caracterizan a la cultura urbana.

“[...] Igual acá. Cuando entramos la mayoría, éramos del mismo pueblo, llevábamos esa misma unión, pero ahora últimamente no hay eso. Por ejemplo, en una asamblea general ya todos no participan, pero antes toditos decíamos:

‘Así, así, vamos a hacer’, y todos poníamos el hombro. Pero ahora ya no hay eso. No sé, no sabría decirle, quizás se contagian de la gente de la ciudad, piensan solo en uno no más, quizás eso sea ¿no? [...]” (Rosamaría, 52 años).

Las expresiones de violencia como la delincuencia y el pandillaje también se plantean como dificultades encontradas en la ciudad, a diferencia de las zonas rurales (Giddens, 2000), tal como se puede notar a continuación:

“[...] Las dificultades, que había mucha violencia, que roban. Allá en Ayacucho por ejemplo, tú podías salir en la noche tranquila, en cambio acá no. Aquí la gente tiene miedo que le roben [...]” (María 1, 45 años).

“[...] Allá era tranquilo. Como decirte acá, en Lima, hay mucho pandillaje. En cambio allá es más libertad, no estás tan preocupado de que algo te podía pasar, porque allá todos se conocen. En cambio en la ciudad es grande, te roban y ni siquiera sabes quién fue [...]” (Rita, 43 años).

Las mujeres relatan el rebrote de recuerdos y la sensación de miedo, en el proceso de inserción en la ciudad, aunque menos intensa que la experimentada durante el conflicto armado interno en sus lugares de procedencia.

“[...] A veces, cuando escuchaba noticias de los terroristas en la televisión, siempre te recuerdas. Pero cuando llegamos aquí, están lejos los recuerdos y como estábamos lejos, nos sentíamos más seguros. Yo, por ejemplo, ya no sentía tanto miedo [...]” (María 3, 43 años).

“[...] Aunque ya decían ya están calmados, porque cuando entró Fujimori hubo más capturación de los terroristas, pero igual no era seguro [...]” (Rita, 43 años).

Las mujeres narran la presencia de ventajas y oportunidades encontradas en las ciudades a diferencia de las zonas rurales, tales como mayor acceso a servicios de educación, salud, financieros, saneamiento, entre otros. Las ciudades están asociadas a la modernidad y a una mayor concentración de poderes económicos y políticos, así

como a una serie de servicios que se han intensificado y diversificado debido a la globalización. Ello ha generado mayor atracción para diferentes grupos sociales (Giddens, 2000; Valcárcel, 2011).

“[...] Allá todos se dedican en la chacra, todo es chacra. Si mis hijos se hubieran quedado allá no hubieran estudiado. Aquí en la ciudad, claro uno tiene más cosas para ver, colegios, carros, cosas nuevas para aprender [...]” (María 2, 56 años).

“[...] Claro que también hay bonitas cosas. Por ejemplo, acá hay más colegios, hay postas médicas, por ese lado claro está bien [...]” (Rosamaría 52 años).

“[...] Acá en cambio todas las cosas son diferentes. Allá habían varias necesidades, no habían muchas cosas como en Lima. Acá por ejemplo había luz, agua, aunque pagamos pero tenemos. Allá no había luz, todo es oscuridad, eso no me gustaba. En cambio en la sierra siempre hay dificultades, no se gana como aquí. Hasta en envío de dinero. Mi esposo trabaja por aquí por afuera, cuando él me envía dinero hay banco, agencia, en cambio allá era difícil [...]” (María 3, 43 años).

Adicionalmente, las mujeres valoran positivamente el encontrar posibilidades de capacitación para ellas, especialmente sobre los derechos que tienen. Como parte del avance de la modernidad –particularmente en las zonas urbanas– las mujeres tuvieron mayores oportunidades de desarrollo en ámbitos como el educativo, salud, laboral y capacitación sobre sus derechos (Fuller, 2004).

“[...] Otra cosa también, que acá las mujeres podemos aprender otras cosas. Hay cursos, hay instituciones que ayudan a que las mujeres puedan crecer igual que los hombres. En cambio allá no era así, señorita. Las mujeres parábamos del campo a la chacra y de la chacra al campo. Como le digo, aquí como que las mujeres ya tenemos más derechos: derecho a salir, derecho a participar, derecho a hablar [...]” (Isabel, 45 años).

El trabajo también es indicado como una ventaja para las mujeres, en tanto les permite desarrollar nuevas habilidades y experiencias, así como obtener una remuneración más rápida por la jornada realizada.

“[...] Las facilidades. Este, el trabajo nuevo. Las chicas pueden estudiar y trabajar [...]” (María 1, 45 años).

“[...] Otra facilidad es que puedes vender cualquier cosa y tienes plata. En la sierra tienes dificultades, porque tienes que esperar que madure el producto para que recién puedas venderlo [...]” (Rita, 43 años).

Las mujeres desterradas también valoran las redes de apoyo que les proporcionaron soporte emocional y material (Coral, 1994; CVR, 2003). Los recursos tejidos a partir de estos vínculos pueden ser advertidos en el relato de Rosamaría:

“[...] De ahí un paisano nuestro nos dijo: ‘¿Cómo vamos a estar así?, hay que organizarnos’. Y ya nos invitaron. Ahí nos reuníamos los domingos, hacíamos olla común y de ahí nos organizamos [...]” (Rosamaría, 52 años).

Aunque las mujeres detectan algunas oportunidades favorables para reiniciar sus vidas en la ciudad estas son percibidas como escasas, debido a que la mayoría de dificultades tuvieron que ser asumidas directamente por ellas. Esto pone en evidencia la limitada atención que recibieron por parte del Estado, a pesar de las diferentes vulneraciones a sus derechos.

“[...] Las facilidades, tal vez que la municipalidad nos apoyó dándonos si quiera un sitio donde volver a empezar, ya que desde que llegamos no tuvimos nada así de nosotros. Creo que esa fue la única, porque luego todo tuvimos que poner el hombro cada uno [...]” (Isabel, 45 años).

Se debe recordar que en 1990 recién el Estado adopta algunas medidas para atender la problemática de los desterrados, pero estas se caracterizaron por ser insuficientes y no sostenibles en el tiempo (Reynoso, 2007).