jante no se logrará: imajinese vd. señor Don Laurencio, comprar por una friolera un solar como esta plaza, que de aquí a cien años...
D. Laur – Oiganle! ¿Qué cien años me está ensartando ahí? ó qué solares son esos que yo no entiendo? ¡Sea por amor de Dios! Si yo no trato de...
D. Ag – Ya se ve que sí: vd. puede confiar en que trata con persona que no le ha de engañar. Eso no, que los que tenemos nuestra santa religión...
D. Laur – Por amor de Dios, señor, si yo no vengo á tratar de la religión ni de nada de eso otro, sino de los pesos que... ¿esto me entiende?
D. Ag – Perfectamente, sí señor ¿cómo no? Pues sí señor, á eso vamos: vd. querrá una cosa así como cincuenta varas ¿no es eso? Procuraré situarle bien: fiese vd. de mí.
D. Laur – Por los clavos de Cristo, Sr. don Agustín, hablemos claritos: yo no he venido ni á fiarme de vd., ni á que me sitúe bien o mal, sino á que me cambie estos cien pesos, de á diez, pero no he leido su aviso, y...
D. Ag – Está bien, Sr. don laurencio, por eso pregunto qué torre no desea en mi pueblo de San Vicente, para que tratemos .
D. Laur – Acabáramos! ¿Conque el cambio de los diez pesos es... D. Ag – Por terrenos de San Vicente.
D. Laur – Pues Sr., mal que mal, bien se está San Pedro en Roma y mejor estos pesos en mi bolsa.
D. Ag - ¡Ola! ¿conque vd. venía á caza de gangas?
D. Laur – Y vd. parece que anda á la de sonsitos ¿eh? viva vd.muchos años. D. Ag – Y vd. muchos más, señor Pichincha.
D. Laur – Pasarlo bien, Don fundador de pueblos. D. Ag – Agur, Don Bolsa ajustada.
D. Laur - ¡Pa los pavos! No si no dejaré que me metan la mano en ella ¿Qué tal el santito? No digo ¿Si el que parece calvo...
(Váse furioso y cae el telón).
A partir de aquí, “La Carcajada” no cesó de censurar satíricamen- te a Garzón y en ocasiones sobrepasó holgadamente el tono sarcástico para endilgarle títulos y epítetos más ultrajantes, como el más reiterati- vo de “Príncipe del reino de las moscas y Duque de las vizcachas”, que hoy habrían dado seguramente lugar a pleitos por difamación e injurias. Sin embargo, otro es el tono del discurso de uno de sus amigos, Dutari Rodríguez85, quien en un acto de homenaje, a cinco años del fallecimiento
85 Citado así, sin nombre de pila, por Pedro Ordóñez Pardal (1976). El discurso que recuerda a Agustín Garzón es de 1913, a cinco años de la muerte de éste. El libro de Ordóñez tiene cabida en este capítulo de crónicas porque consiste, precisamente, en una colección de transcripciones de diversas fuentes y de breves descripciones en las que prima lo emotivo-evocativo, sin cuidado por la ilación y sin reparo en repetir
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del empresario, decía en parte de su panegírico:
“Amó al prójimo y con qué amor! Con ese amor ardiente, capaz de estupendos prodigios y abnegaciones admirables que sólo inspiran la caridad cristiana (...) El nombre de Garzón, aclamado por las muchedum- bres humildes en plazas y calles no fue por ser fundador de un pueblo floreciente, sino por su espíritu altruista y corazón generoso”.
El domingo 13 de agosto de 1871 –nº 22 de La Carcajada-, en la prime- ra página, se publica un extenso ensayo que hace parcialmente recurso a un género literario que Julio Verne había inaugurado poco más de un lustro atrás: la ciencia ficción. La originalidad del artículo reside en la uti- lización crítica de aquel género, ya que desde una óptica hipotética echa una mirada retrospectiva sobre el paisaje presente y sobre sus hombres –incluidos el flamante pueblo San Vicente y su fundador, Agustín Garzón-. Se denomina “Historia en profecía” y lo firma una escueta e incógnita R.
El que tenga orejas vea, y el que tenga ojos, oiga la visión que me fue mostrada.
Diez senturiones de años han bajado a los abismos del tiempo; no- venta hijos del siglo han ido a dormir con sus padres, otra semana de años ha sido contada y treinta y seis tribus de días han pasado: todo lo cual quiere decir en claro que estamos en el año de gracia de 2.971.
¡Cuánto ha cambiado la faz de las cosas!
Córdoba ha salido del hoyo86 en que dormía, y es ahora una hermo- sísima y grande ciudad derramada en tres leguas cuadradas. El hoyo ha sido tapado, el río pasa majestuoso por medio87 de la ciudad y al fin se precipita como un gigante de agua.
Gracias á Dios! Ahora todos somos buenos mozos: la raza ha mejo- rado gracias á la cruza. Ya no hay mulatos; todos somos iguales, todos republicanos deveras.88
¡Oh tiempo! cuantas cosas buenas has hecho! Ya no hai ventanas sa- lientes de aquellas que en 1871 me rompieron veinte narices, ni balcones
textualmente páginas completas en capítulos diferentes.
86 La frase capta y pinta la doble situación, literal y metafórica de la ciudad contemporánea.
87 En el momento en que se escribía el artículo, el río era un borde urbano. No puede olvidarse que, por otra parte, no veía menguado su caudal por diques y canales y que la demanda de agua potable, para una ciudad de población casi 50 veces menor y de industrialización balbuceante, era un porcentaje insignificante de la actual.
88 Como se verá más adelante, la discriminación por el color de la piel era asumida sin disimulo alguno, de ahí el valor que se le asigna a este párrafo. El término “republicano”, de influencia francesa, equivale a “ciudadano de una democracia”.