a un templo griego –aparentemente, el de Paestum-. Dice de él: “Su firme prominencia hace visible el espacio invisible del aire. Lo inconmovible de la obra contrasta con el oleaje del mar y por su quietud hace resaltar su agitación”58. Se desprende que en la concepción del filósofo alemán, a
más de cierta predilección por la impronta humana sobre el planeta, el espacio es un contenedor, quizás infinito, en el que yace y se esconde todo el universo de las formas, a la espera de ser redescubiertas y ocu- padas por la manipulación artística de la materia.
La riqueza no podía disociarse de aquello que ocupaba un espacio y más tarde, cuando la burguesía alcanza el poder, persiste en la emulación de las imágenes nobiliarias, tiñendo la pompa con “valores mercantiles”. Este último giro constituye para Ewen el inicio de la separación entre imagen y fuente histórica: “Si la estética del feudalismo se arraigaba en una apreciación táctil de la naturaleza, la nueva estética capitalista co- menzó a explorar una concepción del valor y el deseo que trascendiera la naturaleza, que funcionara con sus propias leyes de física inmaterial”. Con respecto al Palacio de Cristal, afirma que “...constituía una reso- nante ruptura con un (...) valor arraigado en la materialidad concreta, (...) una cultura que medía el valor con el idioma imaginario y trasmisible del intercambio y la especulación”. Algunos capítulos atrás, la cita de un artí- culo de 1859 sobre la entonces reciente aparición de la fotografía, escri- to por Oliver Wendell Holmes y resumido en una frase, parece refrendar aquel aserto y aniquilar la teoría hilemorfista de Aristóteles59: “La forma
está divorciada de ahora en adelante de la materia”.
Es posible retocar la idea, escribiendo “...no sólo se vale de la mate- ria”. De todos modos, el sustrato del libro es, desde un enfoque intere- sado, la perenne aspiración a dignificarse a través de imágenes repre- sentativas del poder y la gloria de otras épocas o de sectores sociales más encumbrados. Esto, que deviene un juego de reciprocidades entre usuarios y diseñadores, es minuciosamente repasado por el norteame- ricano y traspasado a los territorios emergentes de la publicidad, de la 58 En el prólogo de la obra citada.
59 Muchos siglos antes, la teoría hilemorfista de Aristóteles subsumía la comprensión heideggeriana del espacio cuando reconocía sendas causalidades, la material y la formal, como constituyentes de todos los seres físicos –la forma, en esa teoría, no era sino la materia aprisionada o reprimida por una ley de la Naturaleza o por la voluntad humana: el ejemplo del que se valía el preceptor de Alejandro Magno era el de un ladrillo, donde el molde sujetaba y sometía a la arcilla amorfa y la transformaba, singularizándola-.
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mercadotecnia y en general, de la comunicación. Lo más trascendente de la interpretación de su pensamiento es la ingente inversión de estra- tegias y artilugios de este espectro en el proyecto y construcción de un sinnúmero de ámbitos que simulan ser óptimos lugares de las espaciali- dades públicas –la peri y seudopublicidad-. Ante esta evidente muestra de histrionismo espacial, no parece impropio inferir que el poder políti- co también se vale de medios similares para retener y ampliar su propio mercado, el electoral.
“Reification”.
En tren de cerrar este capítulo, es procedente retornar a Broadbent. Como es obvio que el propósito de su artículo es un retrato –parcial- del neoclasicismo, deja de lado expresamente a la relación de la política con la arquitectura, que le resulta inconsistente, y se aboca al examen de los vínculos del diseño con la filosofía60. No obstante este apartamiento, la
influencia del poder –no necesariamente el que gobierna- es retomada cuando se explaya acerca de la “reification”, un concepto que se des- prende de algunos escritos de Marx y que podría ser traducido como “cosificación”61.
“Reification” expresa la abstracción de la participación humana en el proceso productivo capitalista y sincrónicamente, de la exagerada trascendencia del objeto terminado, que sobrepasa su capacidad de uso. Esta reflexión pionera del pensador alemán, que refiere las inter- venciones parciales de cada obrero en la elaboración del producto, ha sido luego revisada, explorada y reiterada hasta el cansancio por un sin- número de estudiosos. Pero lo que se rescata de ella –como lo hace Broadbent- es la posibilidad de extender la “cosificación” del trabajador al consumidor. La extensión se sustenta en la mencionada trascendencia fruitiva del objeto terminado y en su cualidad efímera –indispensable para perpetuar paralelamente la cadena de producción y el rédito-.
Broadbent escoge sin preámbulos a la prefabricación y la describe 60 Los párrafos que dedica a estos vínculos no son sino un repaso de lo que escribiera en su libro “Diseño arquitectónico. Arquitectura y ciencias humanas” –véase la bibliografía-, a partir de la evolución de los pensamientos racionalista y empírico.
61 La traducción no es libre. El mismo Broadbent, al ejemplificar “reification” con la matanza de judíos por parte de los nazis, “con su inhumanamente eficiente transporte, asfixia e incineración de personas, su literal tratamiento como cosas...”, insinúa la posibilidad de traducir como “cosificación” a un término que no posee un vocablo exactamente equivalente en español.