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Probablemente me preguntarás ¿y no jugabais al fútbol? Claro, como no. El fútbol en nuestro país es un juego, un deporte, una vivencia colectiva, algo primitivo que afecta a la casi totalidad de los hombres y a unas pocas mujeres. Sí que jugábamos al fútbol, pero de una forma muy diferente a la que jugáis hoy.

Recuerda que hoy tenéis calzados deportivos o botas, camisetas de los equipos conocidos, rodilleras y guantes, pantalones de

deportes. Un niño de hace 60 años no tenía nada de eso. A lo mejor, algún niño rico conseguía tener unas botas (para que no rompiese los zapatos) y hasta un balón. Pero la mayoría no teníamos botas ni balón. Tampoco teníamos campo. ¿A que en tu pueblo dispones de algún

rectángulo cerrado con porterías donde poder jugar? Pues antes no había. Seguramente en casi todos los pueblos había un campo en el que jugaba el equipo local, pero éste era inaccesible a los niños. Podía haber algunas excepciones en pueblos afortunados: en Caldas de Reis, por ejemplo, estaba el recinto de la feria, un campo enorme, por debajo del cementerio, que llegaba hasta el río Umia, donde los días de feria se llenaba de ganado y en los demás días estaba vacío. No era propiamente un campo de fútbol, pero era grande y sorteando a los árboles se podía jugar. Para las porterías dos piedras o dos jerséis en el suelo llegaban. En A Guarda jugábamos en la calle. Simplemente se ponían las dos consabidas prendas de ropa o dos piedras haciendo de portería y allí a correr y meter goles. Claro que el control del balón era muy malo sobre todo si el suelo estaba formado por adoquines y aceras, pero no había otra cosa. Bueno, sí: había un sitio llamado Monte Real donde se jugaba mucho, y no solo estaba empedrado sino que también tenía árboles. Además tenía dos inconvenientes añadidos: si tirabas fuerte el balón podía llegar a la finca de enfrente y luego había que ir a pedirlo, o caía en la calle que iba hacia el puerto, y como ésta era muy pendiente, había que correr bastante para que el balón no llegase al mar. También había una plazoleta cerca del

convento de A Mariña, donde se jugaba al frontón, y también se podía jugar al balón ¿He dicho balón? Si, a veces teníamos un balón (de algún niño con posibles), o una más modesta pelota de goma. Pero lo más habitual, y con lo que jugábamos casi siempre en la Guía o en el patio de la escuela de Don Nicolás, era con una pelota de trapo. Ésta se hacía de forma sencilla: se conseguía una media y se llenaba de trapos viejos que se encontraban por casa. Se ataba y se doblaba la media sobre sí misma varias veces hasta que quedaba una especie de ovoide que no botaba, pero al que se le podían dar patadas y llevarlo hasta que entrase entre las dos piedras que formaban la portería y... ¡gol!. Este ovoide irregular era el más corriente y el más fácil de conseguir. En ocasiones, llegamos a tener algún balón, pero no creas que tenía nada que ver con los balones que tenéis ahora: Era de puro cuero, con una raja que estaba cosida por una correa también de cuero. Cuando se pinchaba (muchas veces) había que retirar la correa, después buscar el tubo doblado y atado del neumático, desatarlo y vaciarlo del todo. Este neumático se retiraba por la abertura, se le buscaba el pinchazo, donde se le ponía un parche, previo rascado y colocación de un pegamento para gomas, la famosa "solución". Después se introducía por la abertura y se dejaba fuera el pitorro (nada de válvulas ¿eh?); se inflaba con un bombín de bicicleta y cuando tenía la presión

adecuada, sin retirar el bombín, se ataba con una cuerda el pitorro, después se doblaba y se ataba de nuevo. Más tarde con un

destornillador o una pieza similar, se introducía por la abertura (cosa difícil después de que estuviese hinchado) y ésta se cerraba

pasando la cuerda de cuero y apretando con el mismo destornillador. Después se le daba grasa de potro, para que fuese impermeable al agua (en lo posible) y... a jugar. Este balón tenía numerosos remiendos cosidos por un zapatero y algunos bultos y abolladuras, además de la correa de cuero que cerraba la abertura. Podéis imaginar lo que era cuando estaba mojado y después de un patadón descendía de las alturas con una velocidad uniformemente acelerada. Había valientes que hasta metían la cabeza, pero el choque con el cráneo hacía ver estrellitas y a veces nos dejaba al borde de la inconsciencia. Por tanto, querido niño, aquello nada tenía que ver con los balones que tenéis hoy, y quiero que me sirva para justificarme, que si no salimos muy grandes dominadores del balón los que jugábamos entonces era por la

imposibilidad de dominar aquella cosa de cuero irregular, pesado y ovoide, sobre un suelo de piedras, también irregulares, y con árboles intercalados.

Aún así, con 15 años, hacíamos nuestros equipos, reuníamos a los jugadores, pedíamos prestadas camisetas y nos recorríamos en bicicleta los 4 kilómetros que hay hasta Camposancos, donde un campo al lado de la playa, nos permitía jugar partidos como si fuésemos equipos de verdad.

¿A que no tiene mucho que ver con los partidos que juegas tu ahora? Recuerda cuando juegas en el cole con los equipos que gestionan tus profes, que te dan las camisetas lavadas y planchadas, tu llevas tus botas, el campo está cuidado, los balones son perfectos, y hay entrenadores, árbitros y personas mayores que controlan todo el

proceso. Al final te duchas y vuelves a casa limpio. Nosotros teníamos que bañarnos en el río (aunque fuese invierno), y volver en bicicleta los mismos kilómetros cargando con todos los equipos y,

frecuentemente, lloviendo. Y esto no era así sólo en A Guarda, yo jugué también en Caldas de Reis, y hasta poco después fui profesional (quiero decir que cobraba por jugar aunque fuese una miseria) en el equipo de Puente Arnelas, pero eso ya es otra historia.

Y ya que hablamos de fútbol y el fútbol es un juego, te contaré la enorme importancia que fuera del propio deporte tenía para

nosotros, en aquellos tiempos, el equipo del pueblo. A veces se establecían enormes rivalidades porque en un pueblo, como A Guarda, había varios equipos, el Español, el San Lorenzo y el Deportivo Guardés, el Miño de Camposancos. Bueno, fue una época futbolera después de muchos años sin tener equipo alguno; entonces aparecieron varios de una forma brusca y con una enorme vitalidad y rivalidad. Esta rivalidad era tal que llegó a haber enfrentamientos en los

núcleos familiares, hermanos que no se hablaban, y familiares que eran de uno o de otro. Por aquellos tiempos nadie se preocupaba del Real Madrid o del Barça, casi ni del Celta, que estaba mucho más cerca. No se podían ver los partidos, no había televisión, y así no había forma de aficionarse. Pero en el pueblo se iba al campo y se discutía toda la semana si una jugada había sido penalti o no. Pertenecer al equipo del pueblo (o a uno de los equipos) era un éxito, ya que todos

conocían a la persona y el jugador se convertía en un personaje. Yo todavía recuerdo alineaciones del Deportivo Guardés: Portero:

Taboleta. Defensas: Meco, Elpidio, Conejín. Medios: José María,

etc.,... bueno, no te voy a cansar nombrando gente que no conoces: no quiero ser pesado. Pero ¿verdad que ahora el equipo del pueblo tiene una trascendencia mucho más reducida? Sí, ya sé que hay gente que va al campo y es aficionada, pero hay mucha competencia con la

información que se recibe de los medios: la tele ha dado a conocer los grandes duelos de la liga, del equipo nacional, y de otros deportes, y todo lo que se ve allí a diario es lo que se conoce y se sigue.

Curiosamente, hoy se habla más de los jugadores que ficha el Madrid o el Barcelona, de la opinión del entrenador o del Presidente de

cualquiera de estos equipos, que del equipo del pueblo. Claro,

continuamente nos están contando esas cosas por la tele y eso influye mucho.

Capítulo 10