Ya sé que tienes montones de fotos y que no te preocupa que te hagan o no fotos en un momento determinado: las tienes de cuando eras pequeño, de diversas etapas del crecimiento, de los "cumples" con tus amigos, del cole, de las fiestas, con tus padres, con los abuelos, en aquel viaje a Barcelona, etc., etc. Tienes montones. Además las tienes todas en colores, algunas te las dieron, otras las imprimió tu padre desde el ordenador en diversos tamaños; tienes fotos de tus amigos, incluso fotos digitales que envías por Navidades a tus primos de América y sabes que en el ordenador puedes ver fotografías de muchos momentos de tu vida. Hasta puede que tengas alguna foto colgada en Internet por cualquier motivo. También ves que cualquier persona que va de viaje lleva una cámara digital y hace montones de fotos sin problema.
Bueno, ya sabes que la fotografía es un invento moderno. Seguramente has visto en los libros o en algún museo cuadros de los reyes de siglos anteriores. Sabes también que, como entonces no había fotos, los reyes y los grandes personales guardaban sus imágenes gracias a que un pintor hacía aquellos retratos al óleo que se conservaban durante siglos.
Pero mi infancia es un período entre esa época, en que no había fotos, y la actual, en la que las fotos son algo común de cada día y con el máximo de facilidades. ¿Te has preguntado alguna vez como era, con relación a la fotografía, aquella época intermedia de mi infancia y poco antes o después?
Cuando yo era niño ya existía la fotografía pero la gente no tenía cámaras. Había un fotógrafo en el pueblo, hacer fotos era su profesión, vivía de eso, y el que quisiera hacerse un retrato tenía que ir a su casa.
Te cuento un día en el que nos hicieron una foto a mí y a mis hermanos.
Empezamos levantándonos temprano; después toda la familia se dedicó a acicalarnos, lavándonos repetidas veces y poniéndonos nuestros mejores trajes. Nos peinaron bien, consultándose unos con otros acerca de si había que poner el pelo más adelante o no. Por fin llegaron a un consenso sobre nuestro aspecto y salimos de casa.
Tuvimos que andar un buen rato, y siempre nos iban diciendo: -Cuidado, no corráis, no toquéis nada ni os toquéis vosotros, mira que llevamos toda la mañana arreglándoos.
Por fin llegamos a la casa del fotógrafo, por el camino de las "Casetas", una zona cerca del mar, frente al muelle, donde se tomaban baños de agua con algas.
Llamamos, nos recibieron, dijimos a lo que íbamos y esperamos un poco. Por fin apareció el fotógrafo secándose las manos con una
toalla, haciendo unas reverencias de salutación, y estrechando la mano de nuestros acompañantes. A nosotros los niños se limitó a
acariciarnos la mejilla (el pelo, probablemente no quiso tocarlo
puesto que supuso que ya venía preparado para la foto...!). Y nos pasó a la sala donde tenía el aparato de hacer los retratos.
Éste no me impresionó, era como una caja grande, aparentemente de madera, sobre unas patas largas, que tenía por delante como un mirador tapado con algo que más bien parecía un vasito de metal o cartón, y por la parte de detrás había una tela, como una manta que le colgaba. Allí, bajo la manta, introducía las manos el fotógrafo para preparar las cosas y de vez en cuando la cabeza (probablemente cuando quería ver si estaba todo bien). Por los alrededores también tenía
cajas con cristales rectangulares, muchos de ellos con figuras en negativo. El misterio estaba debajo de la manta, allí preparaba las cosas, metía y sacaba materiales que parecían como unos recipientes con líquidos y también cristales; creo que estos cristales tenían una cubierta especial hecha con una pasta química que cambiaría de color cuando la luz le diese (eso me lo contaron más adelante). En medio de un gran silencio se fue preparando la foto y dando comienzo al
misterio de aquel acto casi milagroso de conseguir retener, fijada en un papel, una imagen de las personas que tenía enfrente. A los niños (que éramos las personas a fotografiar) nos pusieron delante del aparato aquel. Luego el fotógrafo se vino hacia nosotros y nos fue colocando, unos de pie, el otro sentado, mirando a un lado o al otro..., las manos así..., este pie para este lado..., hasta que el cuadro que formábamos debía resultar equilibrado y adecuado, según su opinión; después de una primera colocación, el fotógrafo se alejaba, movía un poco la cabeza de lado, quizás para ver la escena desde otro punto de vista... y de nuevo se acercaba y nos cambiaba un poco la posición de una mano o de la cabeza. Después se volvía y llegaba hasta la cámara, metía la cabeza por debajo de la manta y observaba un rato. Después, de nuevo salía y volvía a movernos otro poco. Retrocedía y nos observaba de lejos con ojo crítico. Se llegaba hasta la cámara y el objetivo, y revisaba los últimos detalles. Daba un último toque al material fotografiable que formábamos yo y mis hermanos y, finalmente, parecía como que quedó satisfecho. De modo que se volvió a la cámara y se colocó muy tieso y, mientras mantenía un brazo por debajo de la manta y con el otro sujetando la cubierta del objetivo, nos dijo:
-¡Atención, todos quietos durante un momento!.
Todos le mirábamos con atención sin pestañear (lo que creo que era necesario, ya nos habían aleccionado previamente "no os podéis mover nada, nada") y entonces con la mano, retiró el tapón de la
cámara, contó despacio "uno, dos, tres", y ya está. Ya podías moverte. Todo el mundo dió un suspiro de alivio (o de oxigenación, forzados por la apnea durante el tiempo de la foto). Mientras tanto nuestra madre o tía le preguntaron a fotógrafo.
-¿Qué? ¿Habrá salido bien?
El fotógrafo ponía cara interesante y murmuró manteniendo el suspense:
-Vamos a ver... vamos a ver...
Y empezó a mezclar líquidos y a mover cosas, metiendo la mano detrás de la manta de la caja de madera y revolviendo un poco por allí, terminando por sacar un cacharro con líquido que llevaba la placa dentro, lo puso debajo de la caja cubierto con otra tapadera y dijo:
-Hay que esperar 20 minutos. Volver para entonces por si hay que repetirla.
Así que la madre o la tía o quien fuese que nos acompañaba, explicó:
-Bueno, salimos un poco a la calle porque estos niños no hay quien los tenga quietos. Volvemos en un rato.
Claro, había que esperar, porque si no había salido bien había que repetirla. Para eso era conveniente que, ya que habíamos venido con los trajes nuevos y muy bien peinados, no nos descompusiésemos, por eso nos daban nuevas órdenes:
-Bajar la escalera despacio y en la calle no quiero que corráis ni os peleéis.
Y a continuación nos sometían a duro marcaje para conseguir este objetivo. Por fin, ya cansados después de 20 minutos en los que casi no nos habían dejado hacer nada, volvimos a subir y de nuevo le preguntaron al fotógrafo:
-¿Qué? ¿Ya se sabe como salió?
-Vamos a ver... vamos a ver...
Enredaba un poco con el líquido y finalmente, ante nuestra
expectación levantaba un poco el cristal, lo examinaba para sí durante unos segundos, sonreía abiertamente y después decía con tono triunfal:
-Está muy bien. Pueden venir a buscarla dentro de una semana. Mi madre o mi tía respiraban aliviadas y nos volvíamos a casa. Total: toda la mañana para prepararnos, ir a la casa del
fotógrafo hacer la foto y volver. Y había que volver a ir dentro de una semana para recoger la ansiada imagen en blanco y negro, ya seca, en papel cartulina, recortada, con los bordes dentados (como se
estilaba entonces) y conseguir dos copias o tres. Se pagaba el trabajo y listo. Una copia se quedaba en casa (todavía la tengo), la otra se enviaba a la familia de Caldas y la otra se enviaría a los familiares de América, que todavía no nos conocían.
¿Qué te parece este proceso, chaval? ¿Tiene mucho que ver con levantar una cámara digital, disparar con todo automatizado y ver la foto al momento? Y además, después más tarde, puedes pasarla al ordenador para verla en pantalla grande y, finalmente, imprimirla en colores si quieres. ¿A que es un cambio brutal?
Bueno, pues quiero decirte más. En la mayoría de las casas de la aldea de mis pueblos y de sus alrededores, mejor dicho, en casi todas, tenían de dos a cuatro fotos en las paredes y te las enseñaban
diciendo:
-Este es el abuelo, antes de marchar a América; aquí están mis padres, en la foto de la boda; esta es la tía Maruja, cuando ingresó en el convento. Todas eran fotos en la que se veían una cara seria de un hombre o de una mujer, o un hombre al lado de una mujer, o la misma pareja ambos muy cercanos, inclinados el uno hacia el otro y ella con un ramo de flores en la mano (se supone que el día de la boda). Y esto era todo lo que les quedaba del recuerdo de estos familiares.
Y en todas las casas era igual. Una persona se fotografiaba una o dos veces en su vida y allí quedaba ese recuerdo, colgado,
ennegreciéndose lentamente por el tiempo, el polvo y las cagadas de las moscas. Pero era lo que tenían de aquellos parientes, las imágenes de la memoria se van perdiendo, pero al menos la foto estaba allí y constituía una forma de presencia.
Por eso, aunque fuese una vez en su vida, las gentes de la aldea se hacían una foto y la colgaban en la pared de la casa (en las que por otra parte no había otra cosa mejor que colgar). Tenían la
esperanza de dejar algo con su imagen para el futuro y que tal vez su nieto, que a lo peor no llegaban a conocer, les pudiese ver mientras le decían:
-Mira, ese era tu abuelo.
Parecía que en aquellas fotos, la cara seria de un paisano estaba diciendo:
-Viví 60 años, tuve mujer y dos hijos, una casita y una huerta; mis hijos son de ellos mismos, mi casa y mi huerta son ahora de ellos; lo único que sigue siendo mío es la foto, mi foto.
Eran imágenes muy serias, muy severas, de rostros rígidos, ojos fijos en la cámara, posiciones forzadas, pero eran sus fotos, eran las fotos de sus familiares, casi lo único que quedaba de ellos.
Cuando murió mi abuela de Caldas, sus hijas (mi madre y mis tías) se dieron cuenta que hacía más de 50 años que no tenían una foto suya, porque en aquellos tiempos, una mujer mayor no salía de casa y no tenía motivos para ir a fotografiarse. Así que llamaron al
fotógrafo para que le hiciese una foto después de muerta, foto que también conservo, pero que no representa un buen recuerdo de mi abuela. No fue una buena idea.
Cuando era niño, me gustaba ver las pocas fotos que habían quedado de mi padre. Y ante la idea que representaba carecer de
imágenes de una persona después de haber vivido muchos años, recuerdo que me propuse hacerme fotos de los momentos felices para poder
recordarlos después. Así que, en cuanto pude, me hice con una cámara y conservo fotos de grupo con mis amigos, pasándolo bien, en las fiestas del Monte o en la playa de Area Grande. Yo pensaba así poder tener mis recuerdos más favorables y agradables para verlos cuando fuese viejo. La verdad es que ahora pocas veces los veo, pero me alegro de tenerlos y de haber hecho muchas fotos en mi vida.
Y esto es lo que quería contarte sobre las fotos. En cuanto a las tuyas, tu mismo decides, pero por mi parte te recomiendo lo mismo: hazte fotos y guarda recuerdos de los momentos buenos que siempre serán motivo de satisfacción en el futuro. Y, posiblemente, también descendientes tuyos te conozcan algún día por ellas.
Capítulo 19