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F UERZAS SOCIALES Y MODELOS DE DESARROLLO

La crisis internacional y los modelos alternativos de desarrollo: El caso de Brasil

V. F UERZAS SOCIALES Y MODELOS DE DESARROLLO

El concepto de modelos de desarrollo pretende sugerir la existencia o la posibilidad de distintas combinaciones de fuerzas sociales, procesos de acumulación y estructuras económicas en los países capitalistas subdesarrollados. En cierto sentido se pueden encontrar estas composiciones socioeconómicas diferentes en períodos históricos concretos, con resultados económicos distintos. Esto no significa que todas estas opciones puedan mantenerse históricamente. La internacionalización de las economías nacionales, a pesar de sus diferencias histórico-sociales originarias, va produciendo una cierta uniformidad de las economías nacionales, bajo el efecto cada vez más poderos de las fuerzas productivas, sus medios de transporte y comunicación. Las relaciones de producción capitalistas y las estructuras históricas con las cuales se asoció, necesaria o accidentalmente, tienden a convertirse en patrones del comportamiento de toda la humanidad, con mayores o menores resistencias a nivel nacional o local.

Muchos elementos culturales originados fuera del modo de producción capitalista son irreductibles y no se adapta a las nuevas realidades del capitalismo contemporáneo. Muchos rasgos culturales que identificamos con el capitalismo son producto de circunstancias históricas (el famoso esquema de comportamiento puritano, por ejemplo, ha sido suplantado por tipos de comportamiento muy diferentes y está completamente fuera de época como modelo de comportamiento del actual capitalismo monopolista de Estado y consumista.

En cada país y en cada región se producen estructuras sociales específicas7 o combinaciones históricas

concretas de elementos sociales. Si queremos estudiar la evolución histórica concreta de un país determinado, tenemos que aprehender esa univocidad. Sin embargo, esas especificidades que dan sentido a las tomas de decisión concretas, se inscriben en leyes históricas y tendencias de desarrollo más generales, con las cuales se articulan en un proceso didáctico.

La historia concreta, lo concreto histórico, es pues el producto de esa articulación entre las leyes generales de desarrollo de los modos de producción históricos con supervivencias de otros modos de producción y la acción de factores culturales y socioeconómicos específicos. Por eso la historia es abierta y el conocimiento de sus leyes generales no permite describir lo concreto y prever el desenlace de cada situación. Solamente el análisis concreto de la realidad concreta permite resolver los problemas planteados en el plano teórico como leyes y tendencias puras.

Cuando dirigimos la mirada a un país como Brasil, a pesar de su carácter paradigmático ya destacado, podemos constatar una confrontación histórica entre los modelos posibles y probables.

De hecho, existen modelos de desarrollo capitalista que son alternativos respecto de aquél que se viene imponiendo y que ya hemos descrito. Existen inclusive fuerzas sociales capaces de formularlos y apoyarlos. Sin embargo, es necesario analizar concretamente si son viables históricamente en las condiciones socioeconómicas reinantes en el país.

Podemos distinguir en Brasil en particular y en América Latina en general tres fuerzas sociales capaces de elaborar modelos propios de desarrollo.8

a) El gran capital internacional y nacional, cuyo modelo está en vigor, con las contradicciones que analizamos y con las soluciones temporarias que ofrece y que, como ya vimos, elevarán esas contradicciones a nuevos niveles.

b) El capitalismo de Estado, que puede mantener una política de desarrollo y que tendría como base social una burguesía local, una burocracia de alto nivel, civil y militar, y una tecnocracia. Pero esos grupos sociales no disponen de condiciones para mantener una autonomía ideológica y política, pues les falta el poder económico-social para reproducirse como grupos sociales sin reproducir al mismo tiempo el gran capital. Para superar esa limitación estructural, estas fuerzas sociales tratan de atraer a los grandes capitalistas nacionales y a la pequeña y media burguesía para su proyecto socioeconómico. Se encuentran, sin embargo, con la barrera de los vínculos históricos, tecnológicos, financieros y de mercados entre el gran capital internacional y el nacional, que ya no le permiten a este último aspirar a un desarrollo autónomo. Quedaría aún la posibilidad de apoyarse en las fuerzas políticas populares. La historia ha demostrado que las capas sociales que pretenden desarrollar un régimen hegemónico del capitalismo de Estado tienden, en general, a un comportamiento autoritario y no confían en fórmulas políticas basadas en movilizaciones populares. Esto se explica en parte por su dificultad para establecer un límite a tales movilizaciones, que tienden a sobrepasar los marcos del capitalismo de Estado.

Por un lado, el capital monopolista puede y necesita atraer al capitalismo de Estado para atender a sus necesidades de acumulación.9 Y por el otro, las masas trabajadoras tratan de orientar el capitalismo de

Estado en el sentido de atender a sus necesidades de consumo.10 Entre esas dos grandes fuerzas sociales,

que actúan de afuera hacia adentro del Estado para adaptarlo a sus intereses, el modelo de un capitalismo de Estado puro estaría necesariamente cancelado como posibilidad histórica permanente. Esto no quiere decir que, en la realidad concreta, no funcione como un dato permanente y un factor de la lucha social. Existe por parte de las fuerzas sociales que aspiran a la hegemonía de ese modelo la tendencia siempre presente a apoyarlo como una alternativa histórica permanente. Tanto el gran capital monopolista como los sectores populares necesitan del capitalismo de Estado como instrumento de sus propios proyectos hegemónicos. Por eso él surge siempre dando origen a una renovada ilusión de autonomía.

c) Las fuerzas populares, en un concepto amplio, incluyen el conjunto de las clases y grupos sociales dominados de América Latina. Su expresión más moderna son los obreros y trabajadores asalariados urbanos.

También forman parte de esas fuerzas los asalariados rurales permanentes o temporarios, es decir los campesinos (que se dividen entre diversas formas de aparceros agrícolas sin tierra, ocupantes y minifundistas). En el aspecto urbano se incluyen sectores de la pequeña y media burguesía, sobre todo los profesionales liberales más esclarecidos, como también las grandes masas de subempleados y desempleados. El movimiento estudiantil tiende también históricamente a asimilarse a esas fuerzas populares. Por más diversificados que sean sus orígenes de clases y sus posibles articulaciones, esas fuerzas populares apoyaron durante años un movimiento de masas cada vez más amplio. Sindicatos, asociaciones profesionales, asociaciones campesinas, movimientos de estudiantes, asociaciones contra el aumento del costo de vida, y recientemente asociaciones de barrio y de poblaciones marginales (favelas) y movimientos por la liberación de la mujer, forman un conjunto de organizaciones que tienden a actuar conjuntamente como oposición a la clase dominante, en alianzas tácticas diversas y formas de lucha que van desde simples manifestaciones callejeras hasta huelgas generales e insurrecciones populares. Es necesario destacar que, en sus períodos más agudos, esos movimientos llegaron a contar con la adhesión, la simpatía y hasta la participación de militares rebeldes, oficiales, suboficiales y hasta soldados rasos.

Este tejido social, complejo pero compacto, indica que esas fuerzas forman un sujeto histórico concreto dentro de la realidad latinoamericana y en particular de la brasileña. Los movimientos que trataron de representarlas o agruparlas vienen desarrollando a lo largo de los años su propio proyecto socioeconómico y político, su propio modelo de desarrollo.

Es cierto que durante un largo período este proyecto varió desde formulaciones sectarias de pequeños grupos que no pasaban de copias de experiencias socialistas ajenas –sin capacidad de penetración en la sociedad brasileña- hasta una posición seguidista de los proyectos burgueses democráticos y nacionalistas. Pero este trabajo no es el lugar más adecuado para hacer la historia de esos movimientos11. De todos

modos, es indudable la tendencia de estos grupos a convertirse en un proyecto histórico autónomo y de contenido socialista.

En América Latina las revoluciones democrático-burguesas de contenido popular fueron marcos importantes para nuestra evolución ideológica. Después de 1961 se fueron planteando nuevos contenidos socialistas en los procesos revolucionarios o de gobiernos populares. La revolución mexicana, las huelgas anarquistas de principios de siglo, el movimiento tenientista y la Comuna Prestes, los levantamientos de América Central en los años 30. El Frente Popular chileno, el movimiento de masas peronista, el segundo gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala o el de Jagam en Guyana, la revolución cubana, el período 1961-64 en Brasil,

el gobierno de Bosch y el levantamiento de Caamaño en la República Dominicana, la experiencia guerrillera con el fracaso del Che Guevara, el gobierno de la Unidad Popular en Chile la Asamblea Popular en Bolivia, las victorias electorales de los frentes amplios de la década del 70 en Uruguay y El Salvador, la experiencia del gobierno militar revolucionario en Perú, las huelgas generales que siguieron a su período culminante, la revolución nicaragüense, el gobierno de Bishop en Granada, el gobierno Manley en Jamaica, todas estas experiencias constituyen un acervo político, ideológico y revolucionario fundamental para esas fuerzas populares.

Observamos un proceso evolutivo en esos movimientos –aparentemente tan diversos- en el sentido de su creciente concientización y de su autonomía política e ideológica. Al mismo tiempo se afirma en ellos un papel protagónico cada vez más nítido del proletariado urbano en franco desarrollo. Mientras que el proletariado europeo, japonés y norteamericano se diversifica con el desarrollo del sector de servicios y el surgimiento de las actividades del llamado sector cuaternario, el reciente desarrollo industrial de América Latina, y en particular de Brasil, ha acrecentado el papel y la importancia del sector obrero industrial en la sociedad.

En esas condiciones, la ideología socialista sume ciertos matices clásicos pero, al mismo tiempo, tiene que adaptarse a las condiciones de las vastas fuerzas populares dentro de las cuales se ubica la posible hegemonía del movimiento obrero.

El proyecto socialista pasa por un reconocimiento de las especificidades de la situación de dependencia y de las fuerzas sociales que integra.

En consecuencia, este proyecto se desarrolla dentro del contexto de la creación de las condiciones socioeconómicas y políticas para generar un tipo de desarrollo económico-social capaz de atender a las necesidades básicas de una vasta población de desposeídos y de promover su integración social y su desarrollo humano y profesional.

En este sentido, el socialismo aparece como el instrumento histórico adecuado para resolver los grandes problemas de estos países:

a) La soberanía nacional y el dominio y uso de sus propias riquezas para atender a las necesidades del pueblo. b) La justicia social, el derecho al trabajo y a la distribución equitativa de la riqueza, de modo de permitir el

pleno desarrollo de las potencialidades humanas y productivas de la población.

c) La reforma agraria como condición para el pleno desarrollo de las fuerzas productivas, del mercado interno y del trabajador rural.

d) La afirmación educacional y cultural de las vastas poblaciones marginadas, embrutecidas por la superexplotación del trabajo, por un lado, y el desempleo y el analfabetismo, por el otro.

e) La moralización del Estado y su articulación con las fuerzas populares a través del desarrollo de una democracia popular y participativa, capaz de sostener e implementar ese modelo de desarrollo.

La historia de Brasil y de América Latina toda en los próximos años se escribirá como resultado del choque entre esas fuerzas sociales y sus proyectos y modelos de desarrollo socioeconómico, como también de la organización del Estado para cumplirlos.

Por un lado, la afirmación del Estado se hace como un refuerzo de la dependencia, la concentración y la centralización económicas y la indiferencia por la suerte de las crecientes masas marginales. Para apoyar tal proyecto el Estado necesita de un enorme poder de represión o manipulación, que se expresa hasta ahora en las fórmulas fascistas o autoritarias del Estado.

Por otro lado, la afirmación de los intereses de las clases subordinadas y dominadas exige un modelo de desarrollo basado en la soberanía nacional, las reformas estructurales y la utilización de los recursos del Estado para atender a las necesidades de las grandes masas sociales. Para alcanzar estos fines, las fuerzas sociales que sostienen este modelo de desarrollo necesitan de un Estado democrático permeable a su presión y a su organización.

Las fórmulas intermedias, como por ejemplo un capitalismo de Estado reformista, tropiezan con su indefinición entre un Estado represor –que contenga las aspiraciones mayoritarias y que termine por caer bajo el control del gran capital- o un Estado democrático que, bajo la presión del movimiento popular, tenderá a seguir el camino socialista que las aspiraciones mayoritarias vienen dibujando en su horizonte histórico.

De este modo, la cuestión del Estado y de las formas de poder y de lucha que se expresan en confrontaciones de modelos, estrategias y tácticas políticas cada vez más agudas y vigentes, establecen un vasto campo de estudio y de acción que enriquece enormemente el horizonte de las ciencias sociales en Brasil y en América Latina.12