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L A CRISIS , LA CARRERA ARMAMENTISTA Y EL PROBLEMA DE LA PAZ

La crisis internacional y la estructura del poder mundial

III. L A CRISIS , LA CARRERA ARMAMENTISTA Y EL PROBLEMA DE LA PAZ

La situación se hace aún más difícil cuando, como consecuencia de los fracasos de la política de Carter, se acentúa el conservadorismo de la pequeña burguesía y de la clase media norteamericana, que se vuelve hacia el liderazgo de derecha de Ronald Reagan.

Reagan explota al mismo tiempo el sentimiento de frustración nacional y el aislamiento del americano medio, prometiendo un país poderoso pero vuelto sobre sí mismo. El apoyo al orden y a los valores tradicionales tiende a combatir la modernización y l permisividad de las capas más afectadas por la crisis. Las minorías raciales, étnicas, sexuales, políticas e ideológicas son perseguidas. El gasto militar reemplaza a los servicios sociales y a la ayuda a las poblaciones pobres. El Estado aumento sus gastos y su déficit pero evita aumentar los impuestos, recurriendo al endeudamiento público local o internacional.

Esta concentración de demagogias populistas lleva seguramente al país al desastre, a la acumulación de contradicciones internas e internacionales. En ese contexto, la amenaza de un conflicto nuclear multiplica sus posibilidades, ya sea porque aumenta la necesidad del mundo capitalista de recurrir al enfrentamiento armado para detener el avance de las fuerzas democráticas y antiimperialistas, ya porque la salida para la crisis económica pasa por un apoyo a los gastos militares en investigación y desarrollo y a la lucha por el control de las tecnologías de punta que dominarán el mundo hacia fines del siglo XX; o bien porque el imperio en decadencia tienen que mostrar su fuerza para inmovilizar los factores de deterioro de su hegemonía; o porque la crisis económica fortalece los factores irracionales, en un ambiente cultural cada vez más grávido de violencia; o por otro lado, debido a los efectos de endurecimiento que esta situación de creciente guerra fría crea en el mundo socialista y en los movimientos revolucionarios.

Fue este clima moral, político, ideológico e intelectual el que en los años 20 y 30 dio origen al fascismo por un lado y al estalinismo por el otro, como radicalizaciones opuestas del capitalismo anticomunista y del socialismo acosado y bloqueado.

La paz mundial es el único camino para alcanzar el progreso y la democracia; pero al mismo tiempo, el progreso y la democracia son los únicos caminos para asegurar la paz mundial. Esta dialéctica es sumamente dramática, puesto que el deterioro económico que representa la crisis de largo plazo en que está inmerso el capitalismo actual degrada también la democracia y el clima de colaboración internacional. Todos los periodos de depresiones largas del ciclo de Kondratiev terminaron en confrontaciones armadas.

La lucha de la humanidad por imponer los factores racionales sobre los irracionales adquiere, en consecuencia, un carácter dramático. En la medida en que los gastos militares, la guerra y la represión se convierten en una necesidad de supervivencia del modo de producción capitalista, el socialismo se levanta como única solución racional. Esta es la esencia misma del socialismo: el dominio del hombre sobre su propia historia, la superación de la prehistoria y el comienzo de la historia humana.

La humanidad se enfrenta de este modo a su destino planetario. El hombre ha llegado a conquistar el poder de destruirse como especie. La supervivencia de la humanidad pasa a ser un acto de libertad de la misma. En esta nueva realidad, la lucha por la paz es la condición previa a todo proyecto social. Inevitablemente se plantea el problema de una organización planetaria de la vida humana. La explotación del hombre por el hombre, la expropiación de las riquezas de unas naciones por otras, la opresión individual, social o nacional como formas de relación se transforma en amenaza para la supervivencia de la humanidad.

Si el socialismo fue en el pasado una inspiración moral superior de justicia social y democracia, en nuestros días se convierte en una exigencia de supervivencia de la humanidad. Por eso pesa sobre el mundo este extremo malestar: el pragmatismo y la mediocridad del pensamiento y de la práctica socialista, sobre todo en Europa, se transformaron en un gran obstáculo a la fe y a la esperanza de la humanidad en su salvación. Sólo la razón puede dar esa fe; pero para eso la razón tiene que superar los límites del empirismo y atreverse a pensar en el futuro, sin los actuales bloqueos para movilizar las fuerzas sociales en el camino de la paz, el socialismo y la democracia.

Los valores del racionalismo, de los derechos humanos, de la justicia y de la libertad se transforman en elementos de una nueva civilización. A ellos se ha agregado la paz como supremo valor determinante de la vida humana. Paz que debe ser construida en la medida en que la humanidad supere la lucha individualista por la supervivencia y los modos de producción antagónicos basados en la propiedad privada de los medios de producción.

La supervivencia del capital bajo sus formas nacionales, supranacionales o de bloques de intereses, se convirtió así en una amenaza para la supervivencia de la humanidad. Algo similar a los límites que representaron el corporativismo y la economía doméstica para una nueva organización social y económica basada en el comercio mundial, la manufactura moderna y el avance tecnológico. Aquellas formas productivas restringidas impidieron el avance de las fuerzas productivas, la adaptación a las nuevas condiciones sociales, demográficas, culturales y políticas. La cuestión de la superación final del capitalismo se convirtió en un problema central de la humanidad, con el riesgo de destruirse en este proceso. Por eso, la lucha por la paz está situada en el

centro mismo de la historia contemporánea y por eso también se convirtió en elemento central de la lucha por el socialismo, estando ambos vinculados a una única plataforma que apoya sus bases en las luchas obreras de principios del siglo XX, en la Segunda Internacional. No se puede olvidar que los primeros movimientos por la paz en el mundo surgieron dentro de la Internacional Socialista. No podría haber sido el liberalismo, que se basa ideológicamente en la destrucción de los individuos y de los países más débiles por los más fuertes, el que generase una doctrina de paz mundial. Sólo el socialismo, como alborada de una civilización comunitaria a nivel planetario, podía generar una doctrina de paz mundial.

Hoy en día, lo que fue un principio doctrinario se ha convertido en una necesidad instintiva de la humanidad asustada y confusa. Para recuperar esa confianza y esa esperanza es importante lograr la unidad entre la voluntad y la razón que sólo el socialismo como movimiento planetario puede alcanzar.

Para comprender lo que representan los actuales gastos militares como límite al avance social de la humanidad basta compararlo con los gastos necesarios para resolver los más graves problemas mundiales actuales, como por ejemplo el hambre y el analfabetismo. Estudios realizados por los diversos organismos de la ONU revelan claramente que los actuales gastos militares, que equivalen al producto nacional bruto de América Latina y de África juntas, podrían ser reemplazados por otras actividades que permitirían alcanzar una tasa de desarrollo de los países subdesarrollados superior en un 3.7% a la actual.

La humanidad dispone de los medios materiales y de los conocimientos necesarios para saltar de una sociedad de escasez en que viven las dos terceras partes de ella, hacia una sociedad de bienestar y abundancia. ¿Qué impide este salto histórico? El mantenimiento de relaciones de producción arcaicas, limitadas, incapaces de permitir la libre planificación del uso de los recursos humanos, y materiales para la solución de esos graves problemas sociales.

No se trata de una panacea social. El capitalismo, en la medida en que destruyó –en general con gran crueldad- los resquicios del modo feudal de vida, permitió a la humanidad realizar grandes avances económicos, sociales y culturales. Pero no por eso el siglo XIX fue un periodo paradisiaco en la historia de la humanidad; por el contrario, estuvo signado por revoluciones, guerras, sufrimientos y miseria de grandes masas de población.

No se trata entonces, de idealizar estos graves y complejos periodos de transición. La historia del socialismo ha sido hasta ahora un proceso difícil, violento y con un alto costo, sobre todo para sus dirigentes.

La guerra no fue eliminada del horizonte humano; por el contrario, su concreción en la Segunda Guerra Mundial y en las guerras anticoloniales que la siguieron indica que la paz es un objetivo difícil y tal vez distante. Pero el irracionalismo de la carrera armamentista sobrepasa con mucho los costos más directos de la confrontación armada. Por principio, la parafernalia de armamento, instrumentos y otros medios creados para la guerra nuclear no puede ser usada sin el riesgo de destruir a la humanidad. De allí entonces la necesidad de una concepción estratégica y geopolítica en la capacidad económica de las partes para sobrepasar al adversario. Los conceptos de destrucción mutua, ataque nuclear localizado, etc., son irracionales porque operan sobre situaciones imaginadas como imposibles de realizarse en la práctica. 5

La necesidad de convivir con ese tipo de conceptos, que determinan la utilización de más de la cuarta parte de nuestros recursos económicos, nos lleva a un creciente paroxismo cuya fuente se encuentra en la irracionalidad de la conservación de relaciones de producción limitadas y estrechas, basadas en formas económico-sociales tan primitivas como el intercambio entre productores privados, la propiedad privada de los medios de producción y el régimen del salario en la organización del trabajo.

La profunda crisis económica actual es en parte un reflejo de esa situación constitutivamente irracional y, por lo tanto, sólo manejable o administrable con un creciente grado de empirismo e irracionalismo, aunque estos adopten la forma de sofisticadas teorías como la teoría de los juegos, el concepto de azar, los modelos empíricos de comportamiento socioeconómico, un estructuralismo a la ultranza que pretende apartar al hombre ya su historia del horizonte del conocimiento racional.