3. Diseño de programas de intervención con jóvenes en riesgo en el ámbito escolar
4. Estrategias efectivas de los programas escolares 5. Prevención universal en el ámbito escolar 6. Prevención selectiva e indicada
6.1. El papel del profesor en la detección y captación de los menores en riesgo
6.2. Intervención temprana
6.3. Programas eficaces de intervención selectiva e indicada
6.3.1. Características generales
6.3.2. Objetivos de los programas selectivos e indicados 6.3.3. Estrategias efectivas de los programas
6.3.4. Ejemplos de programas eficaces 7. Conclusiones
8. Referencias bibliográficas 9. Anexos
1. INTRODUCCIÓN
El consumo de drogas y la conducta antisocial entre los jóvenes son dos de los problemas que más preocupan a la comunidad escolar y a la población en general. Según la última Encuesta de la Población Escolar en España, realizada en el año 2002 por el Plan Nacional sobre Drogas, con estudiantes de Enseñanza Secundaria de entre 14 y 18 años, el ini- cio en el consumo de sustancias se sitúa en edades muy tempranas —13,1 años para el tabaco, 13,6 para el alcohol y 14,7 para el canna- bis—, sin que existan diferencias significativas por sexos en estas edades de inicio. El alcohol, el tabaco y el cannabis siguen siendo las sustancias más consumidas por los estudiantes: el 55,1% consumen habitualmen- te bebidas alcohólicas, el 28,8% tabaco y el 22% cannabis, a pesar de que se observa una tendencia descendente en el consumo de las dos pri- meras desde la última encuesta del año 2000. También decrece el con- sumo de éxtasis y alucinógenos, pero aumenta el de cannabis y el de co- caína (3,1%). Por otro lado, es destacable que, en general, y respecto al año 2000, ha aumentado la percepción de riesgo de todas las drogas, ex- cepto del cannabis (Plan Nacional sobre Drogas, 2003).
Respecto a los datos de prevalencia de la conducta delictiva de los adolescentes, en un estudio realizado en la comunidad autónoma galle- ga (Otero, 1997), con 3.982 adolescentes escolarizados de entre 14 y 18 años, se concluyó que la conducta contra las normas fue la actividad de- lictiva realizada por un mayor número de adolescentes (16,5% de varo- nes y 10,2% de mujeres informaron de delincuencia severa), seguida de las conductas de vandalismo y agresión. Las conductas delictivas menos realizadas fueron los robos y se confirmó que para todas las actividades delictivas, los mayores porcentajes correspondían a los varones. Asimis- mo, y según la encuesta del año 2002 comentada anteriormente, el 74% de los estudiantes reconoció haber sufrido algún problema o consecuen- cia negativa por consumir bebidas alcohólicas. De este porcentaje, un 10,1% refirió riñas y discusiones y un 5,2% peleas y agresiones físicas.
Por otro lado, y asociado al consumo recreativo de drogas y a la con- ducta antisocial, es necesario señalar que éstos se suelen incrementar en los horarios de salida nocturnos. Según los últimos datos, el porcentaje de jóvenes de hasta 18 años que llegó a casa después de las doce de la noche durante la última salida nocturna fue del 84,6% (Plan Nacional sobre Drogas, 2003). Ello supone que aumentan las posibilidades de consumir alcohol u otras drogas y de involucrarse en comportamientos agresivos.
El consumo de drogas y la conducta antisocial tiene sus inicios du- rante la adolescencia, etapa que se extiende desde los 11/13 años (prea- dolescencia) hasta, más o menos, los 16/20 años (adolescencia tardía). Suele ser ésta una etapa difícil de la vida, tanto para el propio adolescente como para su familia y los educadores, con unas características que la ha- cen especialmente vulnerable. Uno de los rasgos más característicos es la influencia que los iguales ejercen sobre las creencias, actitudes y compor- tamientos de los jóvenes. Aunque la influencia de la familia no desapare- ce del todo, existe una atracción especial por el grupo de amigos y, como se sabe, el consumo de sustancias y la conducta antisocial por parte de los iguales es un factor que aparece asociado de forma relevante a mayor número de problemas de este tipo entre los estudiantes.
La impulsividad es otra de las características típicas de esta etapa. Los jóvenes parecen estar más preocupados por el momento presente que por el futuro. No se valoran ni tienen el mismo peso las consecuen- cias negativas a largo plazo que las gratificaciones a corto plazo. Algu- nos jóvenes se sienten «inmunes» frente a los riesgos y tienden a infra- valorar las posibilidades de sufrir daños derivados de las conductas problema. Esto, unido a la necesidad de algunos jóvenes de buscar nue- vas experiencias y al deseo de vivir sensaciones intensas, puede acarrear consecuencias no deseadas.
Dado que el consumo de drogas y la conducta antisocial son dos problemas que suelen originarse en edades tempranas y consolidarse en la adolescencia, y que durante este período los jóvenes están escolariza- dos, es indispensable realizar intervenciones que traten de prevenir estas conductas en la escuela y que se lleven acciones que, ya desde las edades más tempranas, promocionen hábitos saludables. El marco escolar ocu- pa un lugar privilegiado para llevar a cabo actividades de promoción de la salud e intervenciones para detectar y corregir los problemas de con- ductas inadaptadas. Éste suele ser el primer ámbito donde los alumnos se relacionan con sus iguales, hacen sus primeras amistades y generan gran parte de sus aficiones de adulto. Además, en él se transmiten y se aprenden normas, valores y creencias. Por ello, la escuela facilita la po- sibilidad de controlar las conductas desadaptadas desde sus primeras
Guía para la detección e intervención temprana con menores en riesgo
manifestaciones. El hecho de que se trate de niños y jóvenes escolariza- dos quiere decir que, salvo excepciones, se tratará con una población que todavía no ha desarrollado unas manifestaciones severas de las con- ductas que se pretenden eliminar. En este sentido, la intervención en el contexto escolar presenta unas características muy diferentes a las de otros ámbitos de intervención que también se describen en este manual. El contacto con los alumnos desde edades tempranas, en las que aún no se ha empezado a consumir drogas o a desarrollar otro tipo de conduc- tas disfuncionales, así como la estrecha relación con la mayoría de las familias y parte de las amistades del menor, facilita la detección precoz de los alumnos que pueden llegar a tener conductas inadecuadas o de aquellos que ya las han adquirido. La escuela facilita, además, el segui- miento del menor a largo plazo, por lo que se pueden diseñar y aplicar programas durante períodos extensos de tiempo. Asimismo, la institu- ción escolar suele contar con la infraestructura adecuada para realizar ese tipo de intervenciones, lo que puede abaratar su costo de forma sig- nificativa. Por último, el personal encargado de las tareas educativas es susceptible de ser formado en las materias específicas que se pretenden abordar. Su experiencia y conocimiento de los alumnos a los que van di- rigidos puede ayudar a mejorar la implementación de estos programas.
Este capítulo tiene como objetivo revisar las actuaciones de detec- ción e intervención precoz que se pueden llevar a cabo en el ámbito es- colar con los alumnos que estén en situación de riesgo de desarrollar conductas desadaptadas, como el consumo de drogas o las conductas agresivas o delictivas, o con aquellos que ya hayan desarrollado las pri- meras manifestaciones de las mismas. Además, se pretende ofrecer a los profesionales que realizan su labor en el ámbito educativo (psicólogos, maestros o profesores) información de interés y herramientas útiles pa- ra desarrollar intervenciones de detección y tratamiento de las conduc- tas desviadas en los escolares.
2. LOS FACTORES DE RIESGO Y DE PROTECCIÓN COMO FUNDAMENTO
DE LOS PROGRAMAS DE INTERVENCIÓN
El estudio de los factores de riesgo y de prevención es el punto de partida en el que se fundamenta el diseño y la implantación de los pro- gramas de prevención e intervención precoz en el ámbito escolar.
Un factor de riesgo es una característica individual o social cuya presencia aumenta la probabilidad de que se produzca un determinado fenómeno, en este caso el consumo de drogas o la conducta antisocial.
Capítulo 3: Detección e intervención con jóvenes en riesgo en el ámbito escolar
Por el contrario, un factor de protección es una característica cuya pre- sencia disminuye esa probabilidad.
Como ya se mencionó en el Capítulo 1 de este manual (González, Fer- nández y Secades, 2004), son muchos los factores de riesgo de las con- ductas problema que se conocen en la actualidad. Se sabe que actúan de forma conjunta e interrelacionada, por lo que es sumamente difícil cono- cer el peso específico de cada uno por separado. Además, el impacto po- tencial que puede tener un factor de riesgo o de protección puede variar con la edad, el género, la cultura o el entorno. Por ejemplo, la influencia de la familia es determinante en edades tempranas, mientras que el efecto del grupo de amigos es más significativo en la adolescencia (Gerstein y Green, 1993; Kumpfer, Olds, Alexander, Zucker y Gary, 1998). Un factor de riesgo puede serlo para una determinada persona, pero no para otra.
La evidencia empírica demuestra que el consumo de drogas y la con- ducta antisocial y violenta en la adolescencia ocurren de forma asocia- da y responden en gran medida a un mismo conjunto de determinantes (Elliot, Huizinga y Ageton, 1985; Jessor y Jessor, 1977; Otero, 1997; Otero, Luengo, Mirón, Carrillo y Romero, 1994; White, Pandina y La- grange, 1987). Si dichas conductas pueden explicarse a partir de seme- jantes factores de riesgo, resulta posible suponer que un mismo tipo de estrategias preventivas podría incidir con eficacia en ambos tipos de comportamientos (Botvin y Scheier, 1995).
Por otra parte, los niños que manifiestan conductas desviadas en la infancia tienen más probabilidad de tener problemas severos en la ado- lescencia (Campbell, 1995). Existen estudios que muestran que los niños con un pobre rendimiento académico y un inapropiado comportamien- to social en edades de 7 a 9 años tienen mayor probabilidad de verse en- vueltos en problemas de abuso de sustancias a la edad de 14 o 15 años (NIDA, 2003). Asimismo, cada vez es más evidente que uno de los ma- yores riesgos para el fracaso escolar es la falta de habilidad para leer en 3º y 4º de Primaria (Barrera et al., 2002). En una revisión de la investi- gación llevada a cabo en este área, Webster-Stratton (1997) concluye que el comienzo de los desórdenes serios de conducta en la adolescencia y en la edad adulta parece establecerse en el período preescolar. Com- portamientos tempranos de hiperactividad o agresión, unidos a factores familiares y del contexto escolar negativos, pueden desembocar en pro- blemas más graves si no son tratados adecuadamente. En uno de los po- cos estudios prospectivos longitudinales del comportamiento disruptivo, se concluyó que los problemas de comportamiento en la etapa preesco- lar era el predictor más poderoso de actividades delictivas a los once años de edad (White, Moffit, Earls, Robins y Silva, 1990).