En nuestro comentario sobre el viaje psicótico de Charles Watkins en Briefing
for a Descent into Hell ya se ha apuntado la necesidad que éste siente durante su
“descenso” de recordar. En los otros dos libros de Lessing que estamos considerando como unidad temática a lo largo de estas páginas (The Four-Gated City y The Golden
Notebook), también se insiste en la necesidad de rememorar, si bien a menudo los
protagonistas no son capaces de desarrollar esta pulsión con palabras, es decir, de analizar racionalmente qué es lo que deben recordar.
Como se indicó en la introducción, la obra teórica y literaria de Laing tiene una serie de desarrollos en sus últimos años (más concretamente, a partir de 1972) que se alejan de lo puramente médico o psiquiátrico para adentrarse en los terrenos de lo mítico y simbólico. Así, durante una temporada Laing se interesó por el tema del nacimiento como suceso simbólico de entrada a la vida, y sobre todo en lo que se ha dado en llamar trauma del nacimiento (“birth trauma”), es decir, prestar una especial atención al hecho traumático que supone el nacimiento para el feto, que, según Laing indica, siguiendo las ideas de Elizabeth Fehr, puede llegar a afectar a su futuro desarrollo psíquico como adulto72. Los estudios del “birth trauma” ahondan también, a
72 También Samuel Beckett, otro ejemplo de escritor con tintes “esquizofrénicos”, se interesó por el tema
menudo, en la vida intrauterina, en la existencia y significado de los recuerdos prenatales; y en cómo para recuperar esos recuerdos, durante la vida del adulto se pueden dar ocasiones en las que sea necesario retornar psíquicamente a algún punto inmediatamente anterior al nacimiento.
La idea del retorno a la vida intrauterina como parte del desarrollo necesario de ciertos adultos, pese a que sorprendió a muchos seguidores de Laing y le granjeó no pocas críticas, se inscribe en un continuo lógico respecto a sus ideas anteriores. Los procesos de metanoia no son sino un regreso a algún punto en el que el individuo ha sido “herido”, un momento anterior a la creación defensiva de un falso yo. Y es este “descenso” hasta las profundidades de la propia psique el que deben emprender los protagonistas de Lessing, con el fin de conseguir recordar algo que se ha perdido y resulta fundamental para la creación de un yo encarnado y ontológicamente seguro.
La locura es, pues, como ya antes se describió, un proceso integrador y útil para recordar. Recordar es palabra clave en la obra de Lessing: en Briefing for a Descent
into Hell encontramos cómo “the tiny human mind looks for reasons and answers”
(102); la clave de los recuerdos está en una vida interior y anterior, y en cómo se instruye al grupo que va a realizar el primer descenso (aquí, equivalente a “nacimiento” o “encarnación”): “You will lose nearly all memory of your past existence. You will
Happy Days, 1961...), se pueden encontrar intentos de regresión prenatal. Este interés por lo prenatal
each of you come to yourselves . . . with only a vague feeling of recognition, and probably dissociated, disorientated, ill discouraged, and unable to believe, when you are told, what your task really is” (BDH 124). A este proceso de recuerdo en Briefing for a
Descent into Hell se le llama también awakening, jugando con el contraste entre
despertar/dormir: la vida “normal” (aquella en la que, por adaptación social, se reprime todo recuerdo intrauterino) se identifica con el sueño profundo, con la incapacidad de analizar con claridad: “I never learned to live awake. I was trained for sleep . . . And if the pressure of true memory wakes me before I need, if the urgency of what I should be doing stabs into my sleep, then for God’s sake . . . give me drugs and put me back to dreaming again” (129).
La necesidad de recordar, de recoger de entre el inconsciente pedazos de información que ayuden a la formación de un yo integrado, no aparece sin embargo exclusivamente en Briefing for a Descent into Hell. También en The Four-Gated City existe en Martha el impulso de recordar algo que, indefectiblemente, mientras está rodeada por los quehaceres sociales diarios, se muestra permanentemente elusivo: “she had understood... but she could not remember what it was she had understood” (106). La “normalidad” limita las capacidades de comprensión individual, y la protagonista desea “to live in such a way that I don’t just turn into a hypnotized animal . . . There are people [like myself] who know quite well that they are drugged and asleep” (FGC 108- 111, passim). La única solución para recuperar sus recuerdos es, para Martha, permitirse iniciar un proceso psicótico, puesto que recordar es una capacidad que se pierde con los años y con la sumisión social “The first intimations of this capacity had been in childhood . . . Remember, remember. Well, a great many people experienced this, but
being well-ordered, well-trained, docile, obedient people . . . they were prepared to bury the evidence . . . And, like any neglected faculty, it fell into disuse, it atrophied” (FGC 532). Martha debe iniciar, pues, con la ayuda de Lynda (una de las figuras “guía” que previamente comentábamos), “the battle for her memory” (FGC 532), en forma de
metanoia o viaje a través de la locura.
En el cuestionamiento de conceptos monolíticos (familia, verdad, unicidad, tiempo) que lleva a cabo Lessing en su obra, también el concepto de “madurez” resulta dislocado: mientras que la madurez en la sociedad se mide según la adaptación exitosa del individuo a una serie de preceptos incuestionables y que forzosamente han de ser aceptados, encontramos en los personajes de Lessing una “hipermadurez” que poco tiene que ver con la adaptación social, que la trasciende. La madurez se compone de una serie de dolorosos procesos de descenso al infierno de la propia psique, de autodescubrimiento, que muy a menudo toman la forma de ataques de locura, y que permiten una visión superior de la individualidad propia y de la sociedad circundante. Así, por ejemplo, el ataque que sufre Martha con motivo de la visita de su madre marca el comienzo de su auténtica madurez, en el sentido de descubrimiento y afirmación individuales, tras años de intentar adaptarse, sin éxito, a las pautas sociales.
Los ecos de la necesidad de recordar también reverberan en The Golden
Notebook. Anna, al enfrentarse a sus propios recuerdos para poder escribir sobre ellos,
ficcionalizándolos, se encuentra con que “I can’t remember, it’s all gone. And I get exasperated, trying to remember – it’s like wrestling with an obstinate other-self who
insists on its own kind of privacy. Yet it’s all there in my brain if only I could get at it” (GN 137). Al igual que Watkins y Martha Quest, Anna es consciente de que los hechos que se deben recordar y las claves de interpretación de éstos se hallan dentro de su propia memoria, y también, al igual que Martha, será a través de su viaje/batalla con Saul Green, cifrada en el cuaderno dorado, como conseguirá llegar a dominar esos recuerdos e integrarlos.
Los procesos de acceso a los recuerdos y a su significado resultan, además de peligrosos, evasivos: Lessing insiste en la naturaleza cíclica de los procesos de memoria, ya que es parte de la condición humana alienada de sí misma “to discover and forget and discover and forget” (BDH 99). Las pretensiones que Lessing tiene de mitificar y trascender el concepto de memoria, de llevarlo de lo personal a lo cósmico, se reflejan en Briefing for a Descent into Hell:
the number of times man has understood and has forgotten again that his mind and flesh and life and movements are made of star stuff, sun stuff, planet stuff . . . and how an intelligent husbanding of humanity’s resources may be effected based on the most skilled and sensitive of forecasting, by those whose minds are instruments to record the celestial dance (111).
Si tras la lectura de The Golden Notebook quedaba claro que lo que se había de recordar era la posibilidad de la coexistencia de distintas partes del sujeto integradas en un individuo, en Briefing for a Descent into Hell se asocia la memoria con la capacidad de recordar un paraíso previo al nacimiento, en el que existe una armonía cósmica que se pierde al encarnarse en una sociedad represiva:
the creatures’ [= the human species’] mental processes are defective . . . They have not yet evolved into an understanding of their individual selves as merely parts of a whole, first of all humanity, their own species, let alone achieving a conscious knowledge of humanity as part of Nature . . . making a small chord in the Cosmic Harmony (120).
Esta idea de una hipervisión cósmica que sólo se alcanza renunciando a la visión social impuesta durante los años de formación (y, ya en la edad adulta, por una serie de regresiones que toman la forma de viaje psíquico) ya se hallaba explicitada en la obra de Laing, y en este sentido resulta notable ver cómo casi simultáneamente Lessing y Laing se aproximan al pensamiento oriental, y más concretamente a la filosofía Sufí73. Evidentemente, Laing vincula su idea de una posible visión superior a la habitual con el éxito de procesos psicóticos, proponiendo la existencia de una “hipersanity” (no alejado del concepto de “schizophrenic health” que anteriormente reseñamos) que Lessing se encarga de llevar más allá en sus obras. En The Four-Gated City, tras la catástrofe nuclear, comienzan a nacer humanos que han mutado y tienen una capacidad de visión que trasciende los sentidos: estos nuevos “niños de la violencia”74 muestran, precisamente, actitudes y características muy similares a aquellas que en el pasado pre- nuclear hicieron que personas como Lynda o Dorothy fueran etiquetadas como “esquizofrénicas”. Influida también aquí por la filosofía Sufí, según la cual
73 Uno de cuyos preceptos fundamentales es la armonía cósmica y la posibilidad de trascender lo que se
considera tradicionalmente un tiempo y espacio prefijados.
74 The Children of Violence es, precisamente, el título genérico de toda esta pentalogía. The Four Gated
City es el último libro que la conforma, por lo que podemos ver estos “niños de la violencia” como la
culminación de las peripecias de Martha Quest, de su búsqueda del yo en variadas situaciones sociales y en su propia psique.
[h]umanity is evolving towards a certain destiny . . . The human being’s organism is producing a new complex of organs in response to such a need . . . what ordinary people regard as sporadic and occasional bursts of telephatic and prophetic power are seen by the Sufi as nothing less that the first stirrings of these same organs (FGC 467-468),
Lessing narra la aparición en la isla a la que se autoexilian tras el desastre nuclear Lynda y Martha de una serie de “guardians” (FGC 660), niños con nuevos poderes. El más prometedor de ellos, Joseph Batts, muestra unas capacidades, producto de la mutación, que incluyen la posibilidad de “conocer” el futuro y escuchar los pensamientos ajenos75; para el gobierno oficial, sin embargo, es “subnormal to the 7th, and unfit for academic education. But fit for 3rd grade work”(FGC 661). Estos niños son la culminación de una raza, de la que los “esquizofrénicos” como Martha o Lynda “are a sort of experimental model, and Nature has had enough of us” (FGC 660). Estos
guardianes han podido desarrollar sus capacidades precisamente por su crecimiento en
una sociedad no jerarquizada ni opresora, y Martha se pregunta “how many small children in the old days had this capacity but lost it because they were laughed out of it or punished for ‘telling lies’?” (FGC 658), es decir, cuál sería el límite del desarrollo del individuo si no fueran sofocadas sus capacidades desde la infancia para adaptarlo a la norma social.
75 Una capacidad telepática que le ha supuesto a Lynda el paso por diversos hospitales psiquiátricos y a