El don se manifiesta al llamar. La sustitución de las satisfacciónes. La erotización de la necesidad. El espejo, del júbilo a la depresión. Papel significante del falo imaginario.
T
engo intención de retomar hoy los términos en los que trato de formularles la necesaria refundición de la noción de frustración. Sin esta refundición, en efecto, tal vez no dejará de aumentar la distancia entre las teorías dominantes en el psicoanálisis de hoy, lo que llaman sus tendencias actuales, y la doctrina freudiana, que constituye a mi modo de ver, nada más y nada menos, la única forma conceptual correcta de la experiencia fundada por esta misma doctrina.Hoy trataré de articular, algo tal vez un poco más algebraico que de costumbre, pero todo lo que hemos hecho hasta ahora sirve como preparación.
Antes de seguir, puntuemos lo que se desprende de algunos de los términos que nos hemos visto llevados a articular hasta ahora.
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He tratado de situarles la frustración en un pequeño cuadro triple, entre la castración, punto de partida de la experiencia freudiana, y la privación, a la que algunos la refieren . Digamos que hay referencias distintas .
El psicoanálisis de hoy pone a la frustración en el corazón de todas las faltas cuyas consecuencias analizables se manifestarían en los síntomas propios de nuestro campo. Necesitamos comprenderla en su experiencia fundamental para usar de ella de forma válida, pues si la experiencia analítica la ha puesto en primer plano entre los términos en uso, no puede ser en absoluto sin alguna razón. Aunque su predominio no modifique profundamente la economía de nuestro pensamiento ante los fenómenos neuróticos, sin embargo, la conduce a callejones sin salida, como yo me esfuerzo en demostrarles, espero que con éxito, con no pocos ejemplos. A medida que vayan teniendo ustedes más practica en la literatura analítica, y si mantienen los ojos bien abiertos, verán estos callejones sin salida, cada vez más comprobados.
La frustración, planteemos de entrada, no es la negación de un objeto de satisfacción en el sentido puro y simple. Satisfacción quiere decir satisfacción de una necesidad, no tengo necesidad de insistir en este punto.
Habitualmente, cuando se habla de frustración, se usa el término sin ninguna otra consideración—tenemos experiencias frustrantes, creemos que dejan huellas. Simplemente olvidamos que, si las cosas han de ser tan simples, sería preciso explicar
también porqué el deseo que habría resultado frustrado de esta forma respondería a esa carácterística tan destacada por Freud desde un principio, a saber, que el deseo es, en el inconsciente, reprimido, indestructible, enigma que precisamente todo el desarrollo de s u obra esta destinado a responder.
Esta propiedad es propiamente inexplicable limitándose a la perspectiva de la necesidad. Toda la experiencia que podemos tener de lo que ocurre en una economía animal nos lo demuestra. La frustración de una necesidad acarrea modificaciones diversas, más o menos soportables para el organismo, pero si hay algo evidente y confirmado por la experiencia, es que no engendra el mantenimiento del deseo propiamente dicho. O el individuo sucumbe, o el deseo se modifica, o declina. En todo caso, no se impone ninguna coherencia entre la frustración y la permanencia del deseo, o su insistencia, para emplear el término que me vi llevado a destacar cuando hablamos del automatismo de repetición. Además, Freud nunca habla de frustración. Habla de la Versagung, que se inscribe mucho más adecuadamente en la noción de denuncia como se dice denunciar un tratado o se habla de retractarse de un compromiso. Esto es tan cierto, que incluso se puede poner a veces la Versagung en el polo opuesto, ya que la palabra puede significar a la vez promesa y ruptura de promesa. Esto sucede a menudo en las palabras precedidas de ver-, prefijo tan esencial en alemán y que tiene un lugar eminente en la elección de las palabras en la teoría analítica.
Digámoslo de una vez, la tríada frustración-agresión-regresión, planteada así, está muy lejos de tener el carácter atrayente de significación inmediatamente comprensible que se le supone. Basta con considerarla un instante para darse cuenta de que en sí misma no es comprensible. No hay ninguna razón para no dar una secuencia distinta. Completamente al azar, podría decirles frustración-depresión-contricción —podría inventar otras. No se trata de preguntarnos ahora por las relaciones de la frustración con la regresión. Nunca se ha hecho de forma satisfactoria. Lo que se ha hecho, no digo que sea falso, digo que no es nada satisfactorio, porque en tal caso la propia noción de regresión no está elaborada. La frustración no es pues denegar un objeto de satisfacción. No obedece a eso. A este respecto, quiero desplegar ante ustedes un encadenamiento de tal forma que puedan retener sus principales articulaciones para comprobar si sirven, y como me contentaré con poner a continuación una serie de fórmulas que ya han sido trabajadas aquí, estoy relativamente dispensado, salvo por elusión, de demostrarlas.
Sometámonos a la vía consistente en tomar las cosas desde el principio—no digo del desarrollo, porque esto no tiene el carácter de un desarrollo, sino en la relación primitiva del niño con su madre. Digamos que, en el origen, la frustración—y no cualquier frustración, sino la utilizable en nuestra dialéctica—sólo es concebible como la negación de un don, en la medida en que el don es símbolo del amor.
Cuando digo esto, no estoy diciendo nada que no esté en Freud con todas las letras. El carácter fundamental de la relación de amor, con lo que tiene de elaborado, no en segundo grado, sino en tercer grado, no supone estar frente a un objeto, sino frente a un ser. Así se plantea en muchos pasajes de Freud la relación que hay al principio. ¿Que quiere decir esto? No quiere decir que el niño haya hecho filosofía del amor, que distinga,
por ejemplo, el amor y el deseo. Quiere decir que de entrada se encuentra sumergido en un baño que implica la existencia del orden simbólico. Tenemos pruebas de ello en su conducta. Ocurren algunas cosas que sólo son concebibles si el orden simbólico esta ya presente.
Siempre encontramos en este punto una ambigüedad cuyo origen es que tenemos una ciencia que es una ciencia del sujeto, no una ciencia del individuo. Ahora bien, sucumbimos a la necesidad de poner al principio al sujeto, olvidando que el sujeto, como sujeto, no es identificable con el individuo. Aunque el sujeto esté ajeno, como individuo, al orden que le concierne como sujeto, ese orden no deja de existir. En efecto, la ley de las relaciones intersubjetivas gobierna profundamente a aquellos de quienes depende el individuo, implicándole en dicho orden, sea o no consciente de ello como individuo. Tratar de hacer surgir, a partir de las angustias del niño en la oscuridad, la imagen del padre, es un intento desesperado y que sin embargo se hace una y otra vez. Me refiero a lo que articula un tal Mallet sobre las fobias primitivas. Esta tentativa sólo puede llevarse a cabo con algún truco muy grosero. El orden de la paternidad de por sí existe, viva o no el niño terrores infantiles, los cuales sólo pueden llegar a tener un sentido articulado en la relación intersubjetiva padre-hijo, profundamente organizada simbólicamente, que forma el contexto subjetivo donde desarrolla el niño su experiencia. La experiencia del niño está en todo momento atrapada, y es retroactivamente reordenada por la relación intersubjetiva en la que se compromete mediante una serie de esbozos, que lo serán precisamente porque arrancan.
Les hablé del don. El don implica todo el ciclo del intercambio en el que se introduce el sujeto tan primitivamente como puedan ustedes suponer. Si hay don, es sólo porque hay una inmensa circulación de dones que recubre todo el conjunto intersubjetivo. EL don surge de un más allá de la relación objetal, pues supone todo el orden del intercambio en el que ya ha entrado el niño, y únicamente puede surgir de este más allá con el carácter que lo constituye como propiamente simbólico. No hay don que no esté constituido por el acto que previamente lo había anulado o revocado. Sobre este fondo, como signo de amor, primero anulado para reaparecer luego como pura presencia, el don se da o no se da al llamar.
Diré más. Hablo de la llamada porque éste es el primer plano, el primer tiempo, de la palabra, pero acuérdense de lo que les decía cuando habíabamos de la psicosis. Les decía que la llamada es esencial en la palabra. Sería un error limitarme a esto, porque la estructura de palabra implica en el Otro que el sujeto reciba su propio mensaje en forma invertida. Todavía no hemos alcanzado este nivel, pero la llamada no puede sostenerse ya aisladamente, como lo demuestra la imagen freudiana del niño con su Fort-Da. La llamada ya exige enfrentarse con su opuesto. Llamar lo localiza. Si la llamada es fundamental, fundadora en el orden simbólico, es en la medida en que lo reclamado puede ser rehusado. La llamada es ya una introducción a la palabra completamente comprometida en el orden simbólico.
El don se manifiesta al llamar. La llamada se hace oír cuando el objeto no está. Cuando está, el objeto se manifiesta esencialmente sólo como signo del don, es decir, como nada a título de objeto de satisfacción . Esta ahí precisamente para ser rechazado en cuanto nada. Este juego simbólico tiene pues un carácter fundamentalmente decepcionante. He
aquí la articulación esencial que permite situar la satisfacción y hace que tenga sentido. No quiero decir que no haya en el niño, con ocasión de este juego, una satisfacción atribuida a algo como un puro ritmo vital. Digo que toda satisfacción implicada en la frustración lo está sobre el fondo del carácter fundamentalmente decepcionante del orden simbólico. La satisfacción aquí no es más que sucedáneo, compensación. El niño aplasta lo que tiene de decepcionante el juego simbólico mediante la incautación oral del objeto real de satisfacción, en este caso el pecho. Lo que lo adormece de esta satis facción es precisamente su decepción, su frustración, el rechazo que puede haber experimentado. La dolorosa dialéctica del objeto, a la vez presente y siempre ausente, en la que el niño se ejercita, nos lo simboliza aquel ejercicio genialmente captado por Freud en estado puro, en su forma aislada. Es el fondo de la relación del sujeto con el par pres encia-ausencia, relación con la presencia sobre fondo de ausencia, con la ausencia como constitutiva de la presencia. EL niño aplasta con la satisfacción la insatisfacción fundamental de esta relación. Despista con la incautación oral. Ahoga lo que resulta de la relación fundamentalmente simbólica.
Así, nada tiene de sorprendente para nosotros que sea precisamente en el sueño donde se manifieste la persistencia del deseo en el plano simbólico. Vuelvo a insistir en ello, ni siquiera el deseo del niño está vinculado sólo con la pura y simple satisfacción natural. Vean aquel sueño pretendidamente archisimple que es el sueño infantil, por ejemplo, el de la pequeña Anna Freud, que dice en sueños—Frambuesa, flan. Todos estos objetos son para ella objetos trascendentes. Tanto han entrado en el orden simbólico, que todos ellos son precisamente objetos prohibidos. Nada nos obliga a creer que la pequeña Anna Freud estuviera insatisfecha esa misma noche, al contrario. Lo que se mantiene en el sueño como un deseo, eso sí, expresado sin disfraz alguno, pero con toda la transposición propia del orden simbólico, es el deseo de lo imposible.
Y si todavía dudan que la palabra juegue en este caso un papel esencial, les haré notar que si la pequeña Anna Freud no hubiera articulado esto en palabras, nunca hubiéramos sabido nada de ello.
2
Prosigamos con la dialéctica de la frustración y preguntémonos— ¿que ocurre en el momento en que interviene la satisfacción de la necesidad y sustituye a la satisfacción simbólica?
Por el propio hecho de esta sustitución, la satisfacción de la necesidad sufre una transformación. ¿Cual? Como yo les digo que el objeto real adquiere entonces el valor de símbolo, podría decirles que, en consecuencia, se ha convertido en símbolo o casi, pero sólo sería un puro y simple juego de manos. Lo que adquiere carácter y valor simbólico, es la actividad, el modo de aprehensión, que deja al niño en posesión del objeto.
Así, la oralidad se convierte en lo que es. Como forma instintiva del hombre, es portadora de una libido conservadora del cuerpo propio, pero no es sólo esto. Freud se pregunta por
la identidad de esta libido—¿es libido de la conservación o libido sexual? Por supuesto, aspira a la conservación del individuo, lo que también implica la destrudo, pero precisamente, como ha entrado en la dialéctica de la sustitución de la exigencia de amor por la satisfacción, es en verdad una actividad erotizada. Es libido en el sentido propio, y libido sexual.
Todo esto no es una vana articulación retórica, si no que responde de una forma distinta que eludiéndolas a objeciones hechas por gente sin duda no muy sutil—por ejemplo el Sr. Charles Blondel en el último número de los Etudes philosophiques, consagrado al centenario de Freud —a algunas observaciones psicoanalíticas, por ejemplo, a propósito de la erotización del pecho. Dicho autor planteaba en uno de sus artículos, como la señora Favez-Boutonnier nos recuerda—Me gustaría entenderlo, pero ¿que ocurre si el niño no mama del pecho de su madre, sino que es alimentado con biberón? Precisamente a esta objeción responde lo que acabo de estructurarles. En cuanto entra en la dialéctica de la frustración el objeto real no es en sí mismo indiferente, pero no tiene ninguna necesidad de ser específico. Aunque no sea el pecho de la madre, no por ello perderá nada del lugar que le corresponde en la dialéctica sexual, cuyo resultado es la erotización de la zona oral. Lo que desempeña aquí el papel esencial no es el objeto, sino el hecho de que la actividad ha adquirido una función erotizada en el plano del deseo, el cual se ordena en el orden simbólico.
Tanto es así, se lo advierto de paso, que puede que jugando este papel no haya ningún objeto real en absoluto. En efecto, se trata únicamente de lo que da lugar a una satisfacción sustitutiva de la saturación simbólica. Sólo esto puede explicar la verdadera función de un síntoma como el de la anorexia mental. Ya les dije que la anorexia mental no es un no comer, sino un no comer nada. Insisto—eso significa comer nada. Nada, es precisamente algo que existe en el plano simbólico. No es un nicht essen, es un nichts essen. Este punto es indispensable para comprender la fenomenología de la anorexia mental. Se trata, en detalle, de que el niño come nada, algo muy distinto que una negación de la actividad. Frente a lo que tiene delante, es decir, la madre de quien depende, hace uso de esa ausencia que saborea. Gracias a esta nada, consigue que ella dependa de él. Si no captan esto, no pueden entender nada, no sólo de la anorexia mental, sino también de otros síntomas, y cometerán las faltas más graves.
Les he situado pues el momento de vuelco que nos introduce en la dialéctica simbólica de la actividad oral. Luego otras actividades quedan igualmente capturadas en la dialéctica libidinal. Pero esto no es todo lo que se produce. A la inversa y al mismo tiempo, cuando se introduce en lo real el vuelco simbólico de la actividad sustitutiva, la madre, hasta ese momento sujeto de la exigencia simbólica, simplemente el lugar donde podía manifestarse la presencia o la ausencia, se convierte en un ser real, lo que plantea un interrogante sobre la irrealidad de la relación primitiva con la madre. En efecto, como la madre puede rehusar eternamente, lo puede literalmente todo. Como ya les dije, en ella aparecerá por primera vez—y no como lo plantea esa extraña hipótesis de una especie de megalómana que proyecta en el niño algo que sólo existe en la mente del analista—la dimensión de la omnipotencia, la Wirklichkeit, que en alemán identifica omnipotencia con realidad. La eficacia esencial se presenta de entrada como la omnipotencia del ser real de quien depende, de forma absoluta y sin recurso posible, el don o el no don.
Les estoy diciendo que la madre es primordialmente omnipotente, que no podemos eliminarla de esta dialéctica, que es una condición esencial para entender cualquier cosa que merezca la pena entender. No les estoy diciendo, con la señora Melanie Klein, que la madre lo contenga todo. Eso es otro asunto, y sólo lo menciono de paso. Ahora podemos entrever cómo es posible que todos los objetos fantasmáticos primitivos se encuentren reunidos en el inmenso continente del cuerpo materno. Que es posible, la señora Me lanie Klein nos lo demostró de forma genial, pero siempre tuvo dificultades para explicarnos cómo es posible, y sus adversarios no se privaron de argüirlo para decir que soñaba. Por supuesto, soñaba, y tenía razones para hacerlo, porque eso sólo es posible a través de una proyección retroactiva de toda la gama de objetos imaginarios en el seno del cuerpo materno. Sí que están ahí, en efecto, porque la madre constituye un campo virtual de nadificación simbólica, que dará a todos los objetos venideros, cada uno en su momento, todo su valor simbólico. Con sólo tomar al sujeto a un nivel algo más avanzado, por ejemplo, un niño de unos dos años de edad, no es en absoluto extraño que ella encuentre objetos reproyectados retroactivamente. Y puede decirse en cierto sentido que, como siempre ocurre, si estaban listos para ir a parar ahí algún día, ya estaban. En este punto, el niño se encuentra frente a la omnipotencia materna.
Como acabo de hacer una rápida alusión a la posición paranoide, tal como la señora Melanie Klein la llama, añadiré que la posición depresiva, que según ella ya se esboza por entonces, podemos sospechar que no carece de relación con la omnipotencia. Es una especie de anonadamiento, una micromanía, lo contrario de la megalomanía. Pero cuidado con ir demasiado aprisa, porque ello no resulta únicamente de que la madre, surgida como omnipotente, sea real. Para que la omnipotencia real engendre en el sujeto un es tado depresivo, es necesario además que pueda reflexionar sobre sí mismo y sobre el contraste