27 de Marzo de l957
Función y estructura de los mitos. El Krawall y el orgasmo infantil. El fantasma de las dos jirafas. Lo agarrado, lo perforado, lo amovible. La transposición simbólica de lo imaginario.
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ontinuemos nuestro paseo por la observación de Juanito.Pasearse no es una mala forma de saber donde está uno en un espacio dado. Pero en lo que a mí se refiere, se trata de enseñarles a imaginar la topografía de un campo fuera de los itinerarios ya recorridos. Puede volver uno sin darse cuenta al punto de partida. Por otra parte, cuando estás en un lugar tan familiar y además perfectamente autónomo como tu cuarto de baño, no se te suele ocurrir que si hicieras un agujero en la parad, te encontrarías en el primer piso de la librería de al lado, y que todos los d ías, mientras estas en el baño, en la librería de al lado siguen trabajando, al alcance de tu mano. Entonces, dicen—jQué metafísico, ese condenado Lacan!
Se trata de que puedan ver determinadas conexiones y de hacerles percibir al mismo tiempo todos los elementos del plano general, de forma que no se vean reducidos a lo que llamaré, intencionadamente, el ceremonial de los itinerarios establecidos .
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Llegamos pues con Juanito al punto donde aparecen la angustia y la fobia, cuando las cosas, en aquella situación, no iban tan mal. Les recuerdo que las distinguí una de otra, ateniéndome estrictamente en este punto a lo que pueden ustedes encontrar en el texto de Freud.
Se trata de topografía y no de un paseo al azar, aunque será un paseo nada habitual el que me permitirá, como espero, representarles esta topografía. Aunque es inhabitual, este paseo ya ha sido recorrido, se encuentra en la observación de Juanito.
Sólo quiero mostrarles cosas que el primer imbécil que viniera podría encontrar—salvo un psicoanalista, porque no es el primer imbécil. Tenemos como referencia la tabla que ya les di en nuestro penúltimo encuentro.
El objeto imaginario de la castración es, por supuesto, el falo. La madre simbólica se convierte en real en la medida en que se manifiesta rehusando el amor. El objeto de la satisfacción, el seno por ejemplo, se convierte a su vez en simbólico de la frustración, denegación de objeto de amor. El agujero real de la privación es precisamente algo que no existe. Al ser lo real por naturaleza pleno, es preciso, para hacer un agujero real, introducir un objeto simbólico.
¿De qué se trata? Hemos llegado, en el proceso llamado edípico, al siguiente punto. Para convertirse en objeto de amor para esa madre que para él es lo más importante, incluso es esencialmente lo que importa, el niño se ve llevado progresivamente a adverti r que ha de introducirse como tercero, ha de meterse en alguna parte entre el deseo de su madre, deseo que aprende a experimentar, y el objeto imaginario que es el falo.
Debemos postular esta representación, porque es la más simple que nos permite sintetizar toda una serie de accidentes, imposibles de concebir salvo como fruto de la estructura de relaciones simbólica e imaginaria del período preedípico. Se encuentra estrictamente articulada en el capítulo de los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad titulado Die infantile Sexualforschung, es decir Las investigaciones del niño, o las Teorías infantiles sobre la sexualidad, donde verán formulado, como yo les digo, que las perversiones, lo que así suele llamarse, se conciben y se explican en su conjunto en relación con la teoría infantil de la madre fálica y la necesidad del paso por el complejo de castración.
Todavía hay gente capaz de sostener que la perversión es algo fundamentalmente tendencial, instintual, y que en realidad su densidad y su equilibrio se deben a un cortocircuito en el sentido de la satisfacción. Creen interpretar así la noción freudiana de la perversión como negativo de la neurosis, como si en sí misma la perversión fuera la satisfacción reprimida en la neurosis, como si fuera su positivo. Lo que dice Freud es exactamente lo contrario. El negativo de una negación no es en absoluto obligatoriamente su positivo, como lo demuestra Freud al afirmar claramente que la perversión esta estructurada en relación con todo lo que se ordena en torno a la ausencia y la presencia del falo. La perversión siempre tiene alguna relación con el complejo de castración, aunque sea como horizonte. En consecuencia, desde el punto de vista genético, está al mismo nivel que la neurosis. Puede estar estructurada como su negativo, o más
exactamente su inverso, pero no menos que ella, y por la misma dialéctica, por emplear el vocabulario que suelo emplear aquí.
La importancia que enseguida le dio Freud a la propia noción de la teoría infantil y a su papel en la economía del desarrollo del niño merece, sin discusión, que la examinemos detenidamente. El pleno desarrollo de esta concepción, es decir el capítulo que les he indicado, no fue añadido a los Tres ensayos hasta bastante después de la primera edición —en 1915, creo, porque la edición alemana tiene el inconveniente de no recordar en cada capítulo la fecha de su incorporación a la composición del libro.
Sólo la importancia de las teorías infantiles de la sexualidad en el desarrollo libidinal debería ya enseñar a un psicoanalista a relativizar la noción, monolítica y algo peyorativa, que manipula a diestro y siniestro bajo el término de intelectualización. Algo que se presenta de entrada como situado en el dominio intelectual puede tener, evidentemente, una importancia que la simple oposición masiva entre lo intelectual y lo afectivo será incapaz de explicar. Las llamadas teorías infantiles, es decir, la actividad de investigación propia del niño en lo referente a la realidad sexual, responde a una necesidad bien distinta que eso que llamamos, además incorrectamente, con una noción vaga, la actividad intelectual, cuyo carácter superestructural admite de form a más o menos implícita el fondo de creencia que constituye el orden de la conciencia común.
Algo muy distinto es lo que está en juego en esta actividad. Es mucho más profunda, si es que podemos emplear este término. Interesa al conjunto del cuerpo. Engloba toda la actividad del sujeto y motiva todo lo que podemos llamar sus temas afectivos, es decir que dirige los afectos y las afecciones(49) del sujeto de acuerdo con líneas de imagenes maestras. En suma, corresponde a toda una serie de efectuaciones, en el sentido más amplio, que se manifiestan por medio de acciones irreductibles a fines utilitarios. Podemos clasificar este conjunto de acciones o actividades bajo un término que tal vez no sea el mejor, ni el más global, pero lo tomo por su valor expresivo, el de actividades no sólo de ceremonia, sino de culto.
Ya saben ustedes todo lo que se puede introducir en este registro, tanto en la vida individual como en la vida colectiva. No hay ningún ejemplo de actividad humana que prescinda de él. Incluso las civilizaciones de tendencia marcadamente utilitaria y funcional ven desarrollarse, singularmente, estas actividades ceremoniales en los reductos más insólitos. Ha de haber alguna razón para que esto ocurra. En suma, para centrar el valor exacto de las llamadas teorías infantiles de la sexualidad y todo ese orden de actividades que en el niño se estructuran a su alrededor, hemos de referirnos a la noción de mito. Para darse cuenta no hace falta ser muy docto en la materia, quiero decir haber profundizado en la noción de mito, lo cual sin embargo es mi intención hacer aquí. Trataré de hacerlo despacio, por etapas, pues por otra parte me parece necesario acentuar siempre la continuidad entre nuestro campo y los elementos referenciales con los que en mi opinión debo conectarlo. No pretendo en absoluto, como alguna vez me han dicho, darles aquí una metafísica general, ni cubrir todo el campo de la realidad. Sólo quiero hablarles de la nuestra y de las más vecinas, las más inmediatamente conexas. Sería del todo incorrecto caer en un sistema del mundo, como se hace con mucha frecuencia al proyectar nuestro dominio, de forma bien pobre e insuficiente, sobre toda una serie de
órdenes y de campos escalonados de la realidad, pretextando que pueden tener alguna analogía de conjunto con lo que hacemos, porque lo pequeño siempre reproduce lo grande. Esta proyección no puede de ninguna manera agotar la realidad, ni el conjunto de los problemas humanos. Por otra parte, sería aberrante aislar por completo nuestro campo y negarnos a ver, no lo que en él es análogo, sino que está directamente conectado, en contacto, embragado, con una realidad a la cual podemos acceder a través de otras disciplinas, otras ciencias humanas. Establecer estas conexiones me parece indispensable para situar adecuadamente nuestro dominio, incluso tan sólo para orientarnos.
Si ahora es conveniente introducir la noción del mito, es porque vamos a parar con la mayor naturalidad a la noción de las teorías infantiles. Como han podido advertir desde que les voy hablando Juan, si esta observación es un laberinto, incluso un lío a primera vista, es por el lugar que en ella ocupan toda una serie de elucubraciones de Juanito, algunas de ellas muy ricas, que dan una impresión de proliferación y de lujo. Por fuerza han de ver que todo esto entra en la categoría de esas elaboraciones teóricas cuyo papel es bastante importante. Abordaremos el mito simplemente como una evidencia primera. Lo que se llama un mito, ya sea religioso o folklórico, independientemente de la etapa de su legado que se considere, se presenta como un relato. Pueden decirse muchas cosas sobre este relato, tomando distintos aspectos estructurales. Puede decirse, por ejemplo, que tiene algo de atemporal. Puede tratarse de definir su estructura en relación con los lugares que define. Podemos considerarlo en su forma literaria, que tiene un parentesco sorprendente con la creación poética—pero al mismo tiempo el mito es muy distinto, porque muestra ciertas constancias en absoluto sometidas a la invención subjetiva. También indicaré el problema planteado por el carácter de ficción que el mito tiene en conjunto. Pero esta ficción presenta una estabilidad que no la hace nada maleable para las modificaciones que puedan aportarse, o, más exactamente, implica que cualquier modificación supone al mismo tiempo alguna otra, sugiriendo así invariablemente la noción de una estructura. Por otra parte, esta ficción mantiene una singular relación con algo que siempre se encuentra detrás implicado, contiene incluso su mensaje formalmente indicado—se trata de la verdad. He aquí algo que no se puede separar del mito.
En algún lugar en el Seminario sobre "La Carta robada", a propósito del hecho de que estaba analizando una ficción, llegué a escribir que esta operación era, al menos en cierto sentido, completamente legítima, pues por otra parte, decía, en toda ficción correctamente estructurada es palpable esa estructura que, en la propia verdad, puede designarse como igual a la estructura de la ficción. La verdad tiene una estructura, por así decirlo, de ficción. El mito se presenta también en cuanto a sus miras como carácterísticamente inagotable. Por emplear un término antiguo, digamos que participa del carácter de un esquema en el sentido kantiano. Está mucho más cerca de la estructura que de cualquier contenido, y vuelve a reproducirse y a aplicarse de nuevo, en el sentido más material del término, sobre todo tipo de datos, con la eficacia ambigüa que lo carácteriza. Lo más adecuado, es decir, que esa especie de molde dado por la categoría mítica es un cierto tipo de verdad que, por limitarnos a nuestro campo y a nuestra experiencia, por fuerza hemos de considerar como una relación del hombre—pero ¿con qué?
No daremos a este con qué una respuesta demasiado rápida, ni azarosa, ni fácil. Responder con la naturaleza nos dejará insatisfechos tras las observaciones que les hice sobre el hecho de que la naturaleza, tal como se le presenta al hombre, tal como se coapta con él, está siempre profundamente desnaturalizada. Responder con el ser seguramente no es inexacto, pero tal vez sería ir demasiado lejos y desembocaríamos en la filosofía, aunque fuese la más reciente, la de nuestro amigo Heidegger, por pertinente que sea esta referencia. Disponemos sin duda de referencias más próximas y de términos más articulados, que son los que podemos abordar ínmediatamente en nuestra experiencia.
En nuestras manos está darnos cuenta de que se trata de los temas de la vida y la muerte, la existencia y la no existencia, muy especialmente el nacimiento, es decir, la aparición de lo que todavía no existe. Se trata por lo tanto de temas vinculados, por una parte, con la existencia del propio sujeto y con los horizontes que le proporciona su experiencia, y por otra parte, con el hecho de su sujeción a un sexo, su sexo natural. A esto se consagra la actividad mítica en el niño, como nos enseña nuestra experiencia. Y demuestra estar también, por su contenido y por sus miras, completamente de acuerdo, aún sin coincidir del todo, con lo que se inscribe con el propio término de mito en la exploración etnográfica. Los mitos, tal como se presentan en su ficción, siempre apuntan más o menos, no al origen individual del hombre, sino a su origen específico, la creación del hombre, la génesis de sus relaciones nutricias fundamentales, la invención de los grandes recursos humanos, el fuego, la agricultura, la domesticación de los animales . Vemos también como se plantean constantemente la relación del hombre con una fuerza secreta, maléfica o benéfica, pero esencialmente carácterizada por lo que tiene de sagrado.
Esta potencia sagrada, diversamente designada en los relatos míticos que explican como entró el hombre en relación con ella, nosotros podemos situarla como manifiestamente idéntica al poder de la significación, y muy especialmente de su instrumento significante. Se trata de la potencia que hace al hombre capaz de introducir en la naturaleza la conjugación de lo próximo y lo lejano como el hombre y el universo, capaz también de introducir en el orden natural, no sólo sus propias necesidades y los factores de transformación que de ellas dependen, si no más allá de esto, la noción de una identidad profunda siempre inaprehensible entre, por una parte, su poder de manejar el significante o de ser manejado por él, de incluirse en un significante, y, por otra parte, su poder de encarnar la instancia de este significante en una serie de intervenciones que en su origen no se presentan como actividades gratuitas, me refiero al poder de realizar la pura y simple introducción del instrumento significante en la cadena de las cosas naturales.
La relación de contigüidad entre los mitos y la creación mítica infantil queda suficientemente indicada por las similitudes que acabo de plantearles. De ahí el interés para nosotros de la investigación de los mitos, de la mitología científica o comparada, que, desde hace algún tiempo y cada vez más, se elabora de acuerdo con un método cuyo carácter de formalización indica por sí sólo que ya se ha franqueado cierto paso. La fecundidad resultante de esta formalización permite pensar que lo adecuado es continuar en esta dirección, y no con el método de las analogías, las referencias culturalistas y naturalistas, empleado hasta ahora en el análisis de los mitos.
La formalización aísla en los mitos elementos o unidades cuyo funcionamiento estructural es, en su nivel propio, comparable, sin ser idéntico, al que aíslan el estudio de la lingüística y las elaboraciones de los diferentes elementos taxonómicos modernos. Tales elementos han podido ser aislados y su eficacia puesta en práctica. Son las unidades de la construcción mítica, que definimos con el nombre de mitemas.
Si experimentamos con una serie de mitos, sometiéndolos a la prueba de esta descomposición para ver como funciona su recomposición, nos percatamos de una sorprendente unidad entre los mitos en apariencia más distantes, a condición de dejar de lado cualquier analogía facial. Por ejemplo, no se nos ocurriría decir que un incesto y un asesinato son cosas equivalentes, pero la comparación de dos mitos, o de dos niveles de un mito, puede ponerlo de manifiesto. En los distintos vértices de una constelación que recuerda a esos pequeños cubos que el último día les dibujé en la pizarra, disponemos, por ejemplo, los términos padre y madre, siendo la madre desconocida para el sujeto. En la primera generación hay incesto. Cuando pasas a la siguiente generación, un inventario punto por punto, de acuerdo con leyes cuyo único interés consiste en proporcionar una formalización libre de ambigüedades, muestra que la noción de hermanos gemelos es la transformación de la pareja padre-madre en la primera generación, y que el ases inato, el de Polinice, se sitúa en el mismo lugar que el incesto. Todo se basa en la operación de transformación, ya regulada por cierto número de hipótesis estructurales sobre como tratar el mito.
Esto nos da una idea del peso, de la presencia, de la instancia del significante de por sí, de su impacto propio. Lo que se aísla es siempre de algún modo lo más oculto, porque se trata de algo que en sí no significa nada, pero sin duda es portador de todo el orden de las significaciónes. Si existe algo de esta naturaleza, en ninguna parte es más sensible que en el mito.
Este preámbulo les indica con qué ánimo abordaremos, para someterla a esta misma prueba, la proliferación de temas, a primera vista francamente imaginativos, que encontramos en la observación de Juanito.
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¿Hasta qué punto son auténticos estos temas imaginativos de Juahíto? El propio Freud dice que bien podrían ser obra de alguna sugestión.
Pero el término de sugestión, ¿acaso debe tomarse aquí en su sentido más simple?—es decir que lo articulado por un sujeto pasa a otro en estado de verdad admitida, al menos aceptada, a la que se añade cierto carácter de creencia, y constituye de alguna manera un disfraz de la realidad. El propio término de sugestión implica alguna duda sobre la autenticidad de una determinada construcción, en la medida en que recibida(50) por el sujeto, lo que introduce una crítica fácil y sin duda legítima, ¿por qué no? ¿No merece ser tomada en consideración? ¿A qué más que a nosotros le corresponde decirlo, si la organización simbólica del mundo, con los elementos culturales que la sostienen, no pertenece por su propia naturaleza a nadie y todo sujeto debe recibirla? ¿No es és te el fundamento indiscutible de la noción de sugestión?
No sólo existe esta sugestión en el caso de Juanito, sino que la vemos desplegarse a cielo abierto. El estilo interrogatorio del padre se presenta en todo momento como una verdadera inquisición, a veces acuciante, que incluso tiene el carácter de una dirección de