SEGUNDA PARTE Los juegos del diablo.
III. Los falsificadores
una vaga sonrisa se dibujaba en su rostro. Su gigante había encontrado un nuevo motivo de agitación. Dijo muy tranquilamente:
-En Saint-Denis, mi dulce amigo, en Saint-Denis, en los registros de la abadía. Allí encontraremos seguramente los nombres de los pares. Voy a enviar al hermano Enrique, mi confesor, como si fuera a hacer alguna sabia investigacion...
En el rostro de Roberto se esbozó una expresión de divertida ternura, de jubilosa gratitud. -¿Sabéis, amiga mia -dijo inclinándose con poca gracia-, que si no fuerais tan alta dama, hubierais sido el mejor notario del reino?
Se sonrieron, y la condesa de Beaumont, de nacimiento Juana de Valois, leyó en los ojos de Roberto la promesa de que aquella noche visitaría su lecho.
III. Los falsificadores
.Siempre se cree, cuando uno emprende el camino de la mentira, que el trayecto será fácil y corto; se superan sin dificultad y con cierto placer los primeros obstáculos, pero pronto el bosque se espesa, la ruta se borra, se ramifican senderos que van a perderse en ciénagas; a cada paso uno se hunde o resbala, se irrita y dilapida sus fuerzas en vanas tentativas, cada una de las cuales viene a constituir una nueva imprudencia.
A primera vista, nada más fácil que falsificar un viejo documento. Basta una hoja de pergamino dejado al sol para que se ponga amarillo y espolvorearlo con ceniza, la mano de un clérigo sobornado, y algunos sellos aplicados a los lazos de seda. Todo esto no requería más que poco tiempo y mOdicos gastos.
Sin embargo, Roberto de Artois tuvo que renunciar, provisionalmente, a falsificar el contrato de matrimonio de su padre. Y eso no solamente por tener que averiguar el nombre de los doce pares, sino porque el acta estaba redactada en latín y no todos los clérigos eran capaces de proporcionar la fórmula empleada en otro tiempo para los contratos matrimoniales principescos. El antiguo capellán de la reina Clemencia de Hungría, conocedor de estas materias, tardaba en redactar el comienzo y el final del texto; y no quería apremiarlo demasiado por temor a que la petición resultara sospechosa.
Está también la cuestión de los sellos.
-Hacedlos copiar por un grabador de cuños, según antiguos sellos -había indicado Roberto. Pero los grabadores de cuños estaban juramentados; el de la corte declaró que no se podía imitar exactamente un sello, que dos cuños no eran nunca ídenticos, y que la cera sellada con un falso cuño era fácilmente reconocible por los expertos. En cuanto a los cuños originales, eran destruidos siempre a la muerte de su propietario.
Era preciso, pues, procurarse antiguas actas provistas de los sellos necesarios; arrancarlos, lo que no era operación fácil, y colocarlos sobre la falsa pieza.
Roberto aconsejó a la Divion que concentrara sus esfuerzos en un documento menos difícil y que fuera de igual importancia.
El 28 de junio de 1302, antes de partir para el ejército de Flandes, donde perdería la vida atravesado por veinte lanzadas, el viejo conde Roberto II había puesto en orden sus asuntos y había confirmado por carta las disposiciones que aseguraban a su nieto la herencia del condado de Artois.
-¡Y eso es verdad, lo afirman todos los testigos! -decía Roberto a su mujer-. Simón Dourier se acuerda incluso de los vasallos de mi abuelo que estaban presentes, y de las bailías que pusieron los sellos. ¡Lo único que mostraremos con eso será la verdad!
Simón Dourier, antiguo notario del conde Roberto II, proporcionó el contenido de la declaración, tanto como su memoria pudo recordar. La escritura fue hecha por un clérigo de la condesa de Beaumont, llamado Dufour; pero el texto de Dufour tenía demasiados borrones y además se reconocía su letra.
La Divion fue a Artois a llevar el texto a un tal Roberto Rossignol, que había sido clérigo de Thierry de Hirson, y que volvió a copiar la carta, no con pluma de ganso, sino de bronce, para disimular mejor su letra.
Este Rossignol, a quien le ofrecieron en recompensa un viaje a Santiago de Compostela, a donde había prometido ir en cumplimiento de un voto hecho durante una enfermedad, tenía un yerno llamado Juan Oliette, que sabía separar bastante bien los sellos. ¡Decididamente era una familia llena de recursos! Oliette enseñó su Procedimiento a la señora Divion.
Ésta volvió a París, se encerró con la señora de Beaumont y una sola sirvienta, Juanita la Mezquina, y las tres mujeres se dedicaron con ayuda de una navaja de afeitar calentada y de una crin de caballo mojada en un licor especial que le impedía romperse, a despegar los sellos de cera de los viejos documentos. Con la navaja dividían el sello en dos, luego calentaban una de las dos mitades y la aplicaban sobre la otra, cogiendo entre ellas los lazos de seda o la cola del pergamino de la nueva pieza. Por último, calentaban un poco el borde de la cera para hacer desaparecer la huella de la partición.
Juana de Beaumont, Juana de Divion y Juana la Mezquina trabajaron así sobre más de cuarenta sellos; sólo lo hacían dos veces en el mismo lugar, escondiéndose ya en una habitación del palacio de Artois, ya en la residencia del Aguila o también en alguna de sus casas de campo.
Roberto entraba a veces en la habitación para echar una ojeada a la operación. -Mis tres Juanas están atareadas -decía con buen humor.
La condesa de Beaumont era la más hábil de las tres.
-Dedos de mujer, dedos de hada -decía Roberto, besando cortésmente la mano de su esposa. Lo más importante no era separar los sellos, sino encontrarlos que se necesitaban.
El sello de Felipe el Hermoso era fácil de hallar; por todas partes existían actas reales. Roberto se hizo enviar por el obispo de Evreux una carta relativa a su señorío de Conches, documento que debía consultar, según dijo, pero que ya no devolvió. En Artois, la Divion encargó a sus amigos Rossignol y Olíette, así como a las otras dos «mezquinas», María la Blanca y María la Negra, la tarea de encontrar los antiguos sellos de las bailías y de los señoríos.
Pronto se hicieron con todos los sellos, salvo uno, el más importante, el del difunto conde Roberto II. La cosa podía parecer absurda, pero era así; todas las actas de familia estaban guardadas en los registros de Artois, bajo custodia de los clérigos de Mahaut, y Roberto, que era menor de edad a la muerte de su abuelo, no poseía ninguna.
La Divion, gracias a una prima suya, conoció a un personaje llamado Ourson el Tuerto, que poseía una patente con el sello del difunto conde y que parecía dispuesto a deshacerse de ella mediante la suma de trescientas libras. La señora Juana de Beaumont le había dicho que comprara la pieza al precio que fuera, pero la Divion no tenía en Artois tanto dinero, y messire Ourson el Tuerto, desconfiado, no aceptaba desprenderse de la patente por simples promesas.
La Divion, mujer de recursos, se acordó de que tenía un marído que vivía benditamente en la castellanía de Bethune. Nunca se le había mostrado demasiado celoso, y ahora que el obispo Thierry había muerto... Decidió ir a verlo. El asunto comenzaba a ser conocido por bastante gente, pero no había otro remedio. El marido no quiso prestarle dinero, pero aceptó deshacerse de un buen caballo, sobre el que había ido de torneo. La Divion consiguió que messire Ourson lo aceptara como complemento de garantía, dejándole además las pocas joyas que llevaba encima.
¡Que diligente se mostraba la Divion! No ahorraba tiempo, esfuerzo, pasos ni viajes. Ni lengua. Y procuraba por todos los medios no volver a perder nada; vivía siempre la barba sobre el hombro.
Crispada la mano por la angustia, cortó con la navaja el sello del difunto conde Roberto. ¡Un sello que valía trescientas libras! ¿Como encontrar otro, si por desgracia se rompía?
Monseñor Roberto se impacientaba un poco, ya que habían sido escuchados todos los testigos y el rey le preguntaba, muy amablemente y con interés, si podría presentar las piezas cuya existencia había jurado.
Dos días, un día más de paciencia; y monseñor Roberto iba a estar contento.