TERCERA PARTE Las decadencias.
IX. Los Tolomei.
-Aceptad mis disculpas, monseñor, por no poder levantarme para acojeros mejor -dijo Spinello Tolomei con voz jadeante, al entrar Roberto de Artois.
El viejo banquero yacía en un lecho que se había arreglado en su gabinete de trabajo; un delgado cubrecama dejaba adivinar la forma de su abultado vientre y enjuto pecho. Una barba de ocho días sobre las mejillas hundidas parecía un depósito de sal, y su boca azulada jadeaba como buscando el aire. Pero por la ventana, que daba a la calle de los Lombardos, no entraba aire fresco; París hervía bajo el sol de una tarde de agosto.
Poca vida quedaba en el cuerpo del señor Tolomei, ni tampoco en la mirada del único ojo que abría, el cual no expresaba más que un desprecio cansino, como si ochenta años de existencia hubieran sido un esfuerzo completamente inútil.
Alrededor del lecho había cuatro hombres de atezada piel, labios delgados, relucientes ojos como aceitunas negras, y vestidos de oscuro.
-Mis primos, Tolomeo Tolomei, Andra Tolomei, y Giaccomo Tolomei... -dijo el moribundo señalándolos-. Ya conocéis a mi sobrino, Guccio Baglioni...
A los treinta y cinco años eran blancas ya las sienes de Guccio.
-Han venido de Siena para verme morir... y también para otras cosas -añadió lentamente el viejo banquero.
En calzones de viaje y con el busto ligeramente inclinado en el asiento que se le había ofrecido, Roberto de Artois miraba al anciano con la falsa atención de quien está obsesionado por una gravísima preocupación.
-Monseñor de Artois es un amigo, de verdad lo es -dijo Tolomei, dirigiéndose a sus parientes-. Todo cuanto pueda hacerse por él debe hacerse; a menudo nos ha salvado a nosotros; y no ha dependido de él, esta vez...
Como los primos sieneses entendían mal el francés, Guccio les tradujo rápidamente las palabras del tío; al unísono los tres primos asintieron con un gesto de sus oscuros ojos.
-Pero si lo que necesitáis es dinero, monseñor, ¡ay de nosotros!, pues pese al agradecimiento que sentimos por vos, nada podemos hacer. Y bien sabéis por qué...
Se veía que Spinello Tolomei economizaba sus fuerzas. No tenía por qué extenderse más. ¿Para qué comentar la dramática situación en que se hallaban desde hacía unos meses los banqueros italianos?
En enero el rey había promulgado una orden por la que se amenazaba de expulsión a todos los Lombardos. No era nada nuevo; siempre que un reinado se encontraba en situación difícil, se les amenazaba y se les arrebataba una parte de su fortuna, obligándolos a pagar de nuevo su derecho de residencia. Para compensar esta pérdida, los banqueros incrementaban el tipo de usura durante un año. Pero esta vez la orden implicaba una medida más grave: se anulaban todos los créditos de los italianos contra los señores franceses; se prohibía a los deudores pagar sus débitos, aunque pudieran y quisieran hacerlo. Los sargentos reales montaban guardia a la puerta de las oficinas y hacían
volverse atrás a los clientes honrados que venían a pagar sus créditos. Los banqueros italianos estaban desesperados.
-Y todo porque la nobleza está demasiado endeudada por sus insensatas fiestas, ¡con esos torneos en que sólo pretenden lucirse ante el rey! Ni con Felipe el Hermoso fuimos tan mal tratados.
-He abogado por vosotros -dijo Roberto.
-Lo sé, lo sé, monseñor. Siempre defendisteis a nuestras compañías. Y ya veis, no estáis en mejor situación que nosotros... Nosotros que creíamos que todo se arreglaría como en otras ocasiones. Pero con la muerte de Macci de¡ Macci hemos recibido el golpe de gracia.
El anciano dirigió una mirada a la ventana y se calló.
Macci de¡ Macci, uno de los más importantes financieros italianos de Francia, a quien desde el principio de su reinado Felipe VI, aconsejado por Roberto, había confiado la administración del Tesoro, acababa de ser colgado tras un juicio sumario la semana anterior.
Con la voz cargada de contenida cólera, Guccio Baglioni dijo:
-Un hombre que había puesto todo su empeño y toda su astucia al servicio del reino. Se sentía más francés que si hubiera nacido al lado del Sena. ¿Se enriqueció en su oficio más que los que lo han hecho colgar? ¡Los italianos son siempre las víCtimas, pues no tienen medios de defenderse!
Los primeros sieneses captaban lo que podían de la conversación; al oir el nombre de Macci de¡ Macci, su ceño había subido hasta media frente y, cerrados los párpados emitieron de sus gargantas un mismo lamento.
-Tolomei -dijo Roberto de Artois-, no vengo a pediros dinero, sino a rogaros que lo toméis. Pese a su debilidad, maese Tolomei irguió ligeramente el torso; tan sorprendente era la declaración.
-Si -siguió Roberto-, quiero entregaros todo mi tesoro en monedas contra letras de cambio. Me voy, salgo del reino.
-¿Vos, monseñor? ¿Tan mal va vuestro proceso? ¿Ha sido contraria la sentencia?
-Lo será dentro de cuatro semanas. ¿Sabes, banquero, como me trata ese rey cuya hermana es mi esposa y que sin mí jamás hubiera llegado a rey? ¡Ha enviado a su baile de Gisors a proclamar delante de la puerta de todos mis castillos, en Conches, en Beaumont, en Orbec, que me emplazaba judicialmente para San Miguel ante su tribunal real! Un simulacro de justicia cuyo fallo desfavorable esta practicamente dictado. Felipe ha soltado a todos sus sabuesos en mi Persecución: Sainte Maure, su malvado canciller; Forget, el ladrón de su tesorero; con Mateo de Trye, su mariscal, y Miles de Noyers para indicarles el rastro. Los mismos que se confabularon contra vosotros, ¡los mismos que colgaron a vuestro amigo Macci de¡ Macci! ¡Ella ha ganado, la reina mala, la Coja; y la borgoñona la empuja, la villana! Han echado a mis notarios y a mi capellán al calabozo y han torturado a mis testigos para obligarlos a retractarse... Pues bien, que me juzguen, ¡pero yo no estaré allí! ¡Me han robado el Artois; pues que me deshonren a placer! ¡Este reino ya no es nada para mi, y su rey es mi enemigo; saldré de sus fronteras para hacerle todo el daño que pueda! ¡Mañana estaré en Conches y mandaré desde allí mis caballos, mi ajuar, mis joyas y mis armas a Burdeos, para embarcarlos en un navío de Inglaterra! ¡Quieren apoderarse de mi cuerpo y de mis bienes, pero no me atraparán!
-¿A Inglaterra vais, monseñor? -preguntó Tolomei.
-Primero pediré refugio a mi hermana, la condesa de Namur. -¿Irá con vos vuestra esposa?
-Vendrá luego. Y bien, banquero: doy mi tesoro de monedas contra letras de cambio pagaderas en vuestras sucursales de Holanda e Inglaterra. Y quedaos con dos libras de cada veinte.
rimborso... depósito... Al aceptar el dinero de un señor francés, la compañía de los Tolomei ¿no infringía la ordenanza? No, pues no se trataba de un pago de deuda sino de un depósito...
Tolomei volvió de nuevo hacia Roberto de Artois su rostro de sal y sus labios azulados. -Nosotros también nos vamos, monseñor; o, mejor dicho, ellos se van... -rectificó, señalando a sus parientes-. Se llevarán, pues, cuanto tenemos aquí. Nuestras compañías están divididas. Los Bardi y los Peruza dudan; piensan que lo peor ya ha pasado y que doblando un poco el espinazo... Son como los judíos, que siempre confían en las leyes y creen que se les dejará en paz una vez hayan pagado su judería; ¡pero pagan la judería y luego los llevan a la hoguera! De modo que los Tolomei se van. Esto causará cierta sorpresa, pues nos llevamos a Italia todo lo que se nos ha confiado; lo más importante ya está en camino. ¡Puesto que no quieren pagarnos las deudas, nos llevamos los depósitos!
Una última expresión maligna se dibujó en los ya recargados rasgos del anciano. -No dejaré en suelo francés más que mis huesos, que poco valen -añadió.
-Verdaderamente, Francia no ha sido buena con nosotros -dijo Guccio Baglioni. -¡Te ha dado un hijo, no te quejes!
-Es verdad -dijo Roberto de Artois-, tienes un chico. ¿Está ya crecido?
-Muchas gracias, monseñor -respondió Guccio-. Si, pronto me sobrepasará en estatura; tiene quince años. Pero me parece que no le gusta mucho la banca.
-Ya le gustará, ya le gustará... -dijo el anciano-. Bien, monseñor, aceptamos. Entregadnos vuestro tesoro en moneda; lo sacaremos del país y os entregaremos letras de cambio por el mismo valor, sin retener nada. La moneda contante y sonante es siempre bien recibida.
-Te lo agradezco, Tolomei; por la noche traerán mis arcas.
-Cuando el dinero empieza a huir de un reino, éste tiene contados sus días de bienestar. Vuestros deseos de desquite serán satisfechos. Yo no lo veré, pero ¡os desquitaréis!
Su ojo izquierdo, que solía estar cerrado, se había abierto; Tolomei lo miraba con ambos ojos; la mirada de la verdad finalmente. Y Roberto de Artois sintió una intensa emoción porque un viejo Lombardo que bien pronto iba a morir lo había mirado intensamente.
-Tolomei, he visto muchos hombres valientes que han luchado hasta el final de la batalla; tu eres tan valiente como ellos, a tu manera.
Una triste sonrisa se dibujó en los labios del banquero.
-No es valentía, monseñor, todo lo contrario. Si no fuera banquero, ¡qué miedo tendría en estos momentos!
Alzó su arrugada mano e hizo signo a Roberto para que se acercara. Roberto se inclinó como para escuchar una confidencia.
-Monseñor -dijo Tolomei-, dejadme bendecir a mi último cliente.
Y con el pulgar hizo la señal de la cruz sobre los cabellos del gigante tal como suelen hacer los padres italianos sobre la frente de sus hijos cuando parten para un largo viaje.