TERCERA PARTE Las decadencias.
VI. La reina mala.
Trasladarse de Conches a París en un día era duro y difícil viaje, incluso para un diestro jinete, y exigía, además, un buen caballo. Roberto de Artois dejó en el camino a dos de sus escuderos cuyas monturas habían empezado a cojear. Llegó de noche a la ciudad, cuyas calles, pese a lo avanzado de la hora, estaban llenas de alegres pandillas que celebraban el Año Nuevo. Se veían borrachos que vomitaban en la oscuridad de los umbrales de las tabernas; y mujeres, cogidas del brazo y cantando a grito pelado, que se arrastraban con paso inseguro, como en el cuento de Watriquet.
Sin preocuparse mucho por la chusma que el pecho de su caballo apartaba, Roberto fue directamente a Palacio. El capitán de guardia le comunicó que el rey había llegado aquel mismo día para recibir las felicitaciones de sus súbditos, pero que había marchado de nuevo a Saint-Germain.
Entonces Roberto, cruzando el puente, fue al Chatelet. Un par de Francia podía permitirse el lujo de despertar al gobernador. Éste dijo no haber recibido ni ese día ni la víspera a ninguna dama llamada Juana de Divion, ni que respondiese a la descripción de Roberto.
Si no estaba en el Chatelet estaría en el Louvre porque, por orden del rey, sólo se encarcelaba en estos dos sitios.
Roberto se dirigió a este último, pero el capitán dio la misma respuesta. ¿Dónde estaba, Pues, la Divion? ¿Había ido Roberto más aprisa que los sargentos del rey y los había adelantado por la otra ruta? Pero en Houdan se le había informado que unas horas antes habían pasado tres sargentos con una dama. El misterio se espesaba en torno al asunto.
Roberto tuvo que retirarse resignado a su mansíón, donde durmió poco y mal; y antes del amanecer salió para SaintGermain.
La blanca helada cubría los campos y los prados, la escarcha barnizaba las ramas de los árboles; y el conjunto de montes y bosques alrededor de la casa de campo de Saint-Germain se parecía a un paisaje de repostería.
El rey se acababa de despertar. Las puertas se iban abriendo ante Roberto. En su cámara, Felipe VI, todavía en cama, estaba rodeado de chambelanes y monteros a quienes daba órdenes para la cacería del día.
Con paso decidido, Roberto entró, se arrodilló, volvió a levantarse rapidamente y dijo: -Majestad, hermano mio, quitadme el título de par que me habéis concedido, mis feudos, mis tierras, mis rentas; quitadme tanto su propiedad como su usufructo; echadme de vuestro Consejo privado en el que ya no soy digno de aparecer. ¡No, ya no soy nadie en este reino!
Felipe lo miró sorprendido, abriéndo sus ojos azules por encima de la voluminosa nariz, y le preguntó:
-Pero, ¿qée tenéis, hermano? ¿A que se debe esa excitación? ¿Qué estáis diciendo?
-Digo la verdad. Digo que ya no soy nadie en este reino, porque el rey, sin dignarse decírmelo, ha hecho apresar a una persona que habita bajo Mi propio techo.
-¿Que yo he hecho apresar? ¿A quién?
-A una señora llamada Divion, hermano; una señora que está en mi casa de azafata de mi esposa vuestra hermana, y a quien tres sargentos por orden vuestra han venido a apresar en mi castillo de Conches para encarcelarla.
-¿Por orden mía? -exclamó Felipe, estupefacto-. Pero si yo no he dado tal orden... ¿Divion? No conozco tal nombre. Y en todo caso, hermano, y os pido que me creáis, nunca hubiera hecho apresar a nadie en vuestra casa, aun teniendo motivos, sin poneros al corriente y pediros consejo antes.
-Esto es lo que yo creía -contestó Roberto-; pero la orden es bien vuestra. Y sacó de debajo de su cota el mandato de arresto entregado por los sargentos.
Felipe VI echó una ojeada al documento, reconoció su pequeño sello y las carnosidades de su nariz empalidecieron.
-¡Herouart, traéme mis ropas! -gritó a un chambelán-. ¡Y todos fuera, que quiero estar sólo con monseñor de Artois!
El rey echó a un lado el cubrecama bordado de oro y se levantó, envuelto en un largo camisón blanco. El chambelán lo ayudó a ponerse una bata forrada de piel, y se puso a atizar el fuego de la chimenea.
-¡Fuera, fuera!... He dicho que me dejéis solo.
Era la primera vez, desde que servía al rey, que Herouart de Belleperche era tratado con tal violencia, como cualquier pinche de cocina.
-No, yo no he sellado eso, ni he dictado nada que se le parezca -dijo el rey cuando el chambelán se hubo retirado. Examinaba el documento con mucha atención, juntó los dos pedazos del sello roto al abrirse la carta y cogió una lupa del cajón de un mueble.
-¿No será -dijo Roberto- que han falsificado vuestro sello, hermano?
-Imposible. Los grabadores de troqueles tienen gran habilidad para evitar las falsificaciones y suelen simular alguna imperfección especialmente en los troqueles reales o de los grandes barones. Fíjate en la «L» de mi nombre, mira esa rayita en el palo, así como ese punto hueco en el adorno encintado de hojas...
-¿Y no habrán despegado el sello de otro documento? -preguntó Roberto.
-Eso puede hacerse con una navaja calentada o de otro modo. Así me lo ha asegurado el canciller.
Roberto lo miró con expresión ingenua, como si se tratara de algo insospechado; pero su corazón latió más fuerte.
-Aquí no se trata de eso -añadió Felipe-, pues con toda intención, sólo utilizo mi pequeño sello para las nemas que han de ser rotas; nunca lo estampo sobre hojas planas ni sobre lazos.
Se mantuvo callado un momento, con los ojos fijos en Roberto, como pidiendo una explicación que, en realidad, sólo buscaba en su propia mente.
-Me han tenido que robar el sello un momento; pero ¿quién?, ¿cuándo? Durante todo el día lo llevo en la bolsa del cinto; sólo me desprendo de él por la noche...
Se dirigió al mueble, cogió del cajón una bolsa tejida de oro, cuyo contenido palpó en seguida, luego la abrió y sacó su pequeño sello de oro con una flor de lis que servía de empuñadura.
-...y lo vuelvo a coger por la mañana...
Hablaba más despacio; una terrible sospecha se le ocurrió. Tomó la orden de arresto y volvió a examinarla con mucha atención.
-Conozco esta mano -dijo-. Y no es la de Hugo de Pommard, ni la de Jaime Le Vache, ni de Geoffroy de Fleury.
Llamó y se presentó Pedro Trousseau, el otro chambelán de servicio.
-Haz venir en seguida, si está en el castillo, si no que lo busquen, al escribiente Roberto Mulet; que venga aquí con sus plumas.
-Este Mulet -preguntó Roberto-, ¿no es el que escribe para tu esposa, la reina Juana?
en que monseñor Carlos de Valois solía poner a Roberto de ejemplo, ante Felipe, por su fuerza, su tenacidad y su habilidad en los negocios.
Mulet estaba en el castillo. Entró a toda prisa, con el pupitre bajo el brazo, y se inclinó para besar la mano del rey.
-Coloca tu pupitre y escribe -dijo Felipe VI, que empezó en seguida a dictar-: «A nuestro amado y leal preboste de París, Juan de Milton, el rey os saluda. Os ordenamos realizar las diligencias pertinentes para...»
Los dos primos se habían acercado simultáneamente y leían por encima del hombro del escribiente. Su escritura era la misma de la orden de arresto.
-«...poner en libertad inmediatamente a la señora Juana de...» -Divion... -dijo Roberto.
-«...que está recluida en nuestra prisión...» A propósito, ¿dónde está? -preguntó Felipe. -Ni en el Chatelet ni en el Louvre -respondió Roberto.
-En la Torre de Nesle, sire -informó el escribiente, que pretendía hacer méritos por su celo y buena memoria.
Los dos primos se miraron y cruzaron los brazos con el mismo gesto. -¿Y cómo lo sabes? -le preguntó el rey al escribiente.
-Señor, yo tuve el honor, anteayer, de escribir vuestra orden de arresto de esa señora. -¿Y quien dictó la orden?
-La reina, señor. Me dijo que vos no teníais tiempo de hacerlo y que se lo habíais encargado a ella. Mejor dicho, las dos órdenes, la de detención y la de encarcelamiento.
Felipe estaba completamente pálido; dominado por la vergüenza y la ira, no se atrevía a mirar a su cuñado.
«La muy bribona -pensaba Roberto-. Sabía que me detestaba, pero no hasta el punto de robarle el sello a su esposo para perjudicarme... ¿Y como se habrá enterado de todo?»
-¿No pensáis terminar, señor? -dijo.
-SI, si -se decidió Felipe, saliendo de sus pensamientos. Dictó la fórmula final. El escribiente encendió una vela e hizo caer unas gotas de cera roja sobre la hoja doblada, que ofreció al rey para que estampara su pequeño sello.
Extraviado en sus reflexiones, Felipe apenas parecía atento a sus propios gestos. Roberto cogió la orden y agitó una campanita. Apareció Herouart de Belleperche.
-Al preboste, inmediatamente, por orden del rey -le indicó Roberto, entregándole la carta. -Y decid a la reina que venga aquí -ordenó Felipe VI desde el fondo de la habitación.
El escribiente Mulet, mientras tanto, estaba a la espera, mirando alternativamente al rey y al conde de Artois, y preguntándose si su excesivo celo habría sido muy oportuno. Con un gesto de la mano Roberto mandó que se retirara.
Momentos después entró la reina Juana con aquel modo especial de andar que le daba su cojera. Su cuerpo se deslizaba dentro de un cuarto de círculo cuyo eje lo formaba la pierna más larga. Era una reina delgada, de rostro bastante hermoso, si bien su dentadura empezaba a estropearse. Sus ojos eran grandes, con la falsa limpidez que da la mentira; los dedos, muy largos y algo torcidos, dejaban ver la luz a través de ellos incluso cuando estaban juntos.
-¿Desde cuándo, señora, se dan órdenes en mi nombre?
La reina lo miró con aire de sorpresa e inocencia perfectamente simulados. -¿Una orden, mi amado señor?
Su voz sonaba grave, melodiosa, lenta, con un bien fingido acento de ternura. -¿Y desde cuándo se me roba el sello cuando duermo?
-¿El sello, corazón mío? Pero si jamás lo he tocado. ¿De que sello habláis? Una tremenda bofetada le cortó la palabra.
Los ojos de Juana la Coja se llenaron de lágrimas; el golpe había sido brutal y doloroso; su boca se entreabrió, estupefacta, y sus largos dedos se posaron sobre la mejilla que se amorataba.
No quedó menos sorprendido Roberto de Artois; pero éste agradablemente. Jamás hubiera creído a su primo, del que se decía que estaba dominado por su mujer, capaz de levantarle la mano. «¿Se habrá convertido realmente en rey»?, pensó Roberto.
Más que nada, Felipe de Valois se había convertido en hombre como cualquier esposo, sea gran señor o el último criado, que reprende a una cónyuge mentirosa. Sonó otra bofetada, como si la primera hubiera imantado la mano; y luego fue como una granizada. Aterrada, Juana se protegía el rostro con los brazos. La mano de Felipe caía donde podía, sobre la cabeza, sobre los hombros. Y al mismo tiempo gritaba:
-¿Fue la otra noche, verdad, cuando me hicisteis esta Jugada? ¿Y tenéis cara de negar lo que Mulet me ha confesado? ¡Y la mala ramera me mima, frota su cuerpo contra el mío, se declara arrebatada de amor, y luego, aprovechándose de la debilidad que siento por ella, se burla de mi cuando duermo y me roba el sello! ¿No sabes que no hay acción más repugnante que el robo? ¿No sabes que a ningún súbdito del reino, por importante que fuera, le permitiría utilizar el sello de otro sin hacerlo apalear? ¡Y se sirve del mío! ¿Háse visto zorra peor que esta, que quiere deshonrarme ante mis pares, ante mi primo, mi propio hermano? ¿No tengo razón, Roberto? -dijo, cesando un instante de pegar para buscar la aprobación de éste-. ¿Cómo podríamos reinar si todo el mundo usara libremente de nuestros sellos para ordenar lo que no queremos? Eso es atentar contra nuestro honor.
Luego, volviendo a su mujer con otra furiosa arremetida:
-Y he ahí para que os sirve la mansión de Nesle que os he dado. ¡Cuántas súplicas para conseguirla! ¿Sois acaso tan pérfida como vuestra hermana y esa maldita Torre seguirá sirviendo para ocultar las fechorías de Borgoña? ¡Si no fuerais reina, por mi desgracia de haberme casado con vos, os aseguro que seríais vos la que iría a la cárcel! Y puesto que no puedo haceros castigar por otros, lo hago yo mismo.
Y cayó sobre ella otra lluvia de golpes. «¡Ojalá acabe matándola!», pensaba Roberto.
Juana estaba encogida en la cama, agitando las piernas, que se salían de su vestido, y a cada golpe daba un gemido o un alarido. Luego, de pronto, se plantó ante el rey, como un gato que enseña las uñas, y se puso a gritar, con las mejillas llenas de lágrimas:
-¡Sí, yo lo hice! Si, yo te robé el sello mientras dormías, porque no sabes administrar justicia. Lo hice para servir a mi hermano de Borgoña contra ese malvado Roberto, que siempre nos ha traído desgracias mediante sus astucias y sus crímenes, y que, en connivencia con tu padre, causó la muerte de mi hermana Margarita...
-¡No ensucies la memoria de mi padre con tu boca! -exclamó Felipe.
Juana calló ante el brillo que vió en la mirada de su esposo, capaz de matarla en ese momento.
Felipe puso la mano sobre el hombro de Roberto de Artois, con aire protector, y añadió: -Y guárdate, malvada, de hacer jamás ningún daño a mi hermano, que es el mejor pilar de mi trono.
Cuando abrió la puerta para decir a su chambelán que se suprimía la cacería, un racimo de veinte cabezas se retiraron al unísono. Los sirvientes detestaban a Juana la Coja, quien los atosigaba con sus exigencias, los delataba por la más mínima falta, y a la que entre ellos llamaban la «reina mala». El relato de la paliza que la reina acababa de recibir haría las delicias de todo el palacio.
Cerca del mediodía, Felipe y Roberto se paseaban juntos lentamente por el huerto de Saint- Germain, donde la helada ya se derretía. El rey iba con la cabeza baja...
pesado. Pero no puedo encerrarla en un convento. ¡Es mi mujer! Lo único que puedo hacer es no dejarla dormir más a mi lado. Y lo peor es que la quiero. ¡La muy bribona! No vayas a decirlo por ahí; pero, como todo el mundo, he probado con otras mujeres y ello ha incrementado aún más mi deseo por ella... Mas, si vuelve a las andadas, ¡la zurraré de nuevo!
En ese momento, Trouillard d'Usages, vicario de Mans y caballero del palacio, se acercó por la alameda para anunciar al preboste de París, que venía detrás de él.
Barrigudo, andando a pasitos sobre sus cortas piernas, Juan de Milton tenía un aspecto poco alegre.
-Y bien, maese preboste, ¿habéis hecho soltar ya a esa dama? -Todavía no, Sire -respondió el preboste con voz perturbada.
-¿Qué? ¿Es que era falsa mi órden? ¿No reconocisteis acaso mi sello?
-SI, Sire, pero, antes de cumplirla, quería hablar con vos, y me satisface ver también a monseñor de Artois -dijo Juan de Milton, mirando a Roberto embarazosamente-. Esa dama ha confesado.
-¿Qué ha confesado? -preguntó Roberto.
-Toda clase de vilezas, monseñor; falsificación de escrituras, de documentos y otras cosas más.
Roberto se dominó perfectamente, fingió tomarlo a broma, y, encogiéndose de hombros, exclamó:
-¡Claro, si la han torturado habrá confesado cualquier cosa! ¡Apuesto, messire de Mílton, que si os entrego a los sayones, confesaréis haberos insinuado a mi con propósitos sodomítas!
-Monseñor, repuso el preboste-, la dama ha hablado antes del tormento... por miedo, simplemente por miedo a ser torturada. Y ha dado una larga lista de cómplices.
Felipe VI, silencioso, observaba a su cuñado. En su mente había una nueva incógnita.
Roberto comprendió que se abría ante él una trampa. Un rey que acababa de golpear a su esposa ante testigo, por usurpación de un sello y falsificación, difícilmente puede hacer soltar, aunque sea para complacer a su pariente más íntimo, a una cualquiera que acaba de confesar idénticos delitos.
-¿Qué aconsejas, hermano? -le preguntó a Roberto, sin quitarle ojo.
Roberto comprendió que su salvación dependía de su respuesta; había que jugar la carta de la lealtad. Tanto peor para la Divion. Todo lo que hubiera dicho o pudiera declarar concerniente a él, lo tendría por un procaz embuste.
-¡Vuestra justicia os pido, Sire hermano mío, vuestra justicia! -exclamó-. Mantened a esa mujer en el calabozo, y si me ha engañado, sabed que os exígiré el mayor rigor para ella.
Al mismo tiempo se decía: «¿Pero quién habrá avisado al duque de Borgoña?» Y la respuesta, la evidente respuesta, se le apareció al momento. No había más que una persona que hubiera podido decir al duque o a la misma «mala reina», que la Divion se encontraba en Conches: Beatriz.
Hubo que llegar a fines de marzo, cuando el Sena, desbordado por las crecidas de primavera, inundaba las riberas y entraba en los sótanos, para que unos marineros rescataran por el lado de Chatou un saco que flotaba entre dos aguas que contenía un cuerpo de mujer completamente desnudo.
Toda la población, chapoteando en el barro, se había reunido alrededor del macabro hallazgo, y las madres daban cachetes a sus pequeños gritándoles:
-¡Vamos, fuera de aquí, que esto no es para vosotros!
El cadáver estaba horriblemente hinchado, con el repugnante color verdusco de una descomposición avanzada; debía de llevar más de un mes en el río. No obstante, podía verse que la muerta era joven. Sus negros cabellos parecían moverse al estallar las burbujas entre ellos. El rostro
había sido desfigurado, pisoteado, aplastado para que no se le pudiera identificar, y el cuello mostraba las huellas de un lazo.
Los marineros, entre el asco y la atracción obscena, daban vueltas a la impúdica carroña con sus garfios.
De pronto, el cuerpo, al devolver el agua que lo dilataba, empezó a moverse solo, dando por un momento la impresión de que iba a resucitar, y las comadres se apartaron chillando.
Entonces llegó el baile a quien se había dado aviso, hizo algunas preguntas, dio una vuelta alrededor de la muerta e inspeccionó los objetos encontrados en el saco con el cadáver y que se secaban en la hierba: un cuerno de macho cabrío, una figurita de cera envuelta en trapos y pinchada por alfileres y un basto copón de estaño grabado con signos satánicos.
-Es una bruja muerta por sus compañeros después de algún aquelarre o misa negra -declaró el baile.
Las comadres se santiguaron. El baile designó a un grupo para que fueran cuanto antes a enterrar el cadáver y los viles objetos en un bosquecillo apartado del pueblo, y sin oración alguna.
En suma, un crimen bien ejecutado, bien maquinado, en el que Gillet de Nelle había seguido