• No se han encontrado resultados

Forma general de la representación

In document EL CONFÍN DE LA REPRESEN- TACIÓN (página 46-51)

II. L AS FORMAS DE LA REPRESENTACIÓN , UNA CARTO

1. Forma general de la representación

Afirmar que el mundo es representación significa mantener que existe objetivamente, que se apoya en un sujeto capaz de sostenerlo4;

de ahí que la condición de posibilidad de semejante mundo sea la

3 Es preciso referirse a la traducción de la palabra alemana «Vorstellung» por representación de una manera que en este contexto no resulta muy satisfactoria, ya que lleva a confusión por su ambigüedad en tanto que en este caso lejos de significar la presencia de algo por algo otro la palabra alemana indica la presencia de algo ante algo otro, de modo que no se alude al carácter que se expresa con la palabra españo- la. Tal connotación también está presente en otros términos que sirven para referirse a la representación como son «Objekt» o «Gegenstand». Así, el propio Schopen- hauer señala que “Ser objeto para el sujeto y ser nuestra representación es lo mismo. Todas nuestras representaciones son objetos del sujeto y todos los objetos del sujeto son nuestras representaciones”. VW, III, § 16, 27.

división de sujeto y objeto5, y que ésta se erija como la primera y

más general de sus formas. El ser conocido, el ser de la representa- ción, convoca necesariamente a estos dos elementos que delimitan la extensión y fijan la naturaleza de tal mundo. Schopenhauer deja sentado que “no hay otra verdad más cierta, más independiente y que necesite menos pruebas que la de que todo lo que puede ser conoci- do, el universo entero, es objeto para un sujeto, percepción del que percibe, en una palabra, representación”6. En otro pasaje, reprochan-

do al mayor de sus inspiradores su desliz, afirma: “(...) Fue un olvido de Kant como se indica en el Apéndice que entre estas formas las concernientes al conocimiento como tal no mencionase ante todo el ser-objeto-para-un sujeto pues ésta es precisamente la forma generalísima y primordial de todo fenómeno, es decir, de toda repre- sentación”7.

El filósofo de Danzig advierte que en la doctrina kantiana se cue- la un objeto al que no se puede atribuir un sujeto, de manera que se conculca la correspondencia esencial que de modo insoslayable se ha de cumplir en cualquier representación. El objeto de la represen- tación, que se configura por la aplicación a la intuición –por parte del entendimiento– de las doce categorías de las que está surtido, no es, a pesar de su carácter único, ni un objeto intuido, ni, aunque sea pensado, un concepto. Más bien viene requerido por la desvaloriza- ción de la intuición que, reducida a la mera impresión, precisa tal objeto para devenir experiencia y ser susceptible de verdad8, invir-

tiéndose así el auténtico orden que se establece entre las representa- ciones abstractas y las intuitivas. De este modo, nos encontramos con «un objeto en sí»9, una noción que encierra contradicción en sus

términos y hace imposible la representación, ya que la forma sujeto- objeto es la única permanente en el análisis de todas las clases de representaciones posibles.

Ya desde este primer discernimiento se advierte la naturaleza re- lativa de la representación. Además, en el caso de esta forma prime-

5 Cfr. WWV, I, § 1, I/2, 3.

6 WWV, I, § 1, I/2, 3s; cfr. WWV, I, § 4, I/2, 13; WWV, II, § 17, I/2, 114. 7 WWV, III, § 32, I/2, 206; Cfr. KKP, 514.

8 Cfr. I. Kant, KrV, A 125. Las siglas corresponden a Inmanuel Kant, Kritik der

reiner Vernunft, Akademie Verlag, Berlin, 1998.

ra, tal naturaleza es dual: incluye los dos polos entre los que se ex- tiende el ámbito del fenómeno, pues, aunque se identifique la repre- sentación con el objeto, afirmar que existe un objeto acarrea por necesidad la admisión de la presencia de un sujeto. No hay que olvi- dar a este respecto que la manifestación de la voluntad, que engloba sujeto y objeto, se denomina objetivación.

Tan estrecha es la relación establecida entre el sujeto y el objeto que el modo de ser de éste no consiste sino en la proyección de la disposición a priori del sujeto, ya que el objeto está condicionado por el sujeto tanto en su sentido formal como material10. La repre-

sentación sólo existe para el sujeto y éste sólo es para la representa- ción, ya que ambos se encuentran el uno frente al otro, inseparables (unzertrennlich), pero a la vez irreconciliables (unvereinbar). El sujeto que hace posible el objeto no será susceptible de una existen- cia objetiva. El objeto, para el que sólo existe el sujeto, permanece inamovible en su condición. Schopenhauer dice: “Del mismo modo que sin el objeto, sin la representación, yo no puedo ser sujeto de conocimiento, sino mera voluntad ciega, sin mí, sujeto de conoci- miento, la cosa conocida no puede ser más que mera voluntad”11.

Así surge la primera forma de la diferencia y se observa el asomo de alteridad que la voluntad consciente de sí misma introduce en su expresión. En el orbe de la representación, ya en su primera forma – previa al principium individuationis–, el sujeto y el objeto se enfren- tan como dos extremos opuestos y, por tanto, diferentes: el ser que conoce y el ser conocido12. La filosofía de Schopenhauer contiene

un pensamiento que desemboca en la abolición de la diferencia, o al menos en la superación de la misma, tanto en el ámbito cognoscitivo –en la forma de la contemplación estética– como en el ético –en virtud de un modo de considerar al otro que nos haga susceptibles de actuar compasivamente con él. El mundo esclarecido y la conducta ética nacen de la superación y la supresión de la diferencia.

Ser objeto para un sujeto es, pues, la primera forma del entrama- do en virtud del cual el mundo existe. En estos términos queda defi- nida la primera manera de la relatividad –señal esencial del mundo

10 Cfr. WWV, I, E, 1, II/3, 9; Cfr. WWV, I, E, 17, II/3, 196. 11 WWV, III, § 34, I/2, 212.

como representación– que determina a todas y cada una de las for- mas en que pueden darse tanto el sujeto como el objeto.

A propósito de esta correlación cabría preguntarse por su índole. La esperanza de hallar una respuesta a semejante cuestión se pierde, al menos por lo que hace a una solución positiva, pues lo único que puede resolverse a partir de lo que Schopenhauer afirma a este res- pecto es que no se trata de una referencia de orden causal, sucesiva, extensiva, o que se haga según la ley de la motivación, ya que sólo se establecen de manera lícita semejantes relaciones en el dominio de las diversas clases de objetos. Nos encontramos frente a un modo de relación enigmático que, al no ser configurable según el principio de razón suficiente –por anticipársele–, no puede representarse. Sin embargo, siempre ha de ser posible discernir sus miembros. Sujeto y objeto son las dos facetas que surgen en el momento en que se des- dobla la representación. Esto es lo más lejos que podemos llegar siguiendo las indicaciones de Schopenhauer.

Se sabe de la presencia del sujeto que sostiene el mundo porque se revela en el conocimiento a priori que tenemos de la forma fun- damental de ser representación; a posteriori, la certeza proviene de la presencia de tal mundo. Pero en un universo en el que el ser se reduce a ser conocido, aquel “que todo lo conoce pero de nadie es conocido”, “la base del mundo”13, a saber, es sin remedio un sujeto

impenetrable. Ser sujeto es irremisiblemente no ser objeto. La condi- ción para que el objeto se conozca es el retiro del sujeto. Si el sujeto deviniera objeto, el mundo como representación cesaría. La sustrac- ción a las diversas formas del principio de razón suficiente –y, más concretamente, al espacio y al tiempo que determinarán junto a la ley de la causalidad el ser de una clase de objetos–, conduce a la conclusión de que el sujeto está todo entero presente en cada uno de los seres capaces de representar al no someterse al principium indi-

viduationis. Tal sujeto del conocimiento no tiene una existencia se-

parada de los seres que conocen. Si perecieran ellos, el mundo de la representación cesaría.

Con arreglo a estas consideraciones no parece fuera de orden pensar en el sujeto como en una sustancia. Schopenhauer, sin em- bargo, nos avisa de que semejante idea resulta ser errónea. Su deter-

minación del sujeto como el sustentáculo (Träger)14 del mundo,

como el pilar que lo soporta, se lleva a cabo sobre todo cuando se considera al sujeto desde un punto de vista general, pero se modifica al observarlo en sus diversas versiones, en las facultades, y al adver- tir con distinción su índole operativa. Además, no se debe olvidar que entre el objeto y el sujeto la dependencia es mutua. A mayor abundamiento, el filósofo de Danzig niega de manera explícita la consideración sustancial del sujeto no sólo por atribuir tal determi- nación a la materia, como se verá más adelante, sino también por el carácter accesorio de la representación respecto de la voluntad, de la que aquél es un mero estado. En este caso retoma, no sin llevar a cabo una corrección previa15, la noción kantiana de «unidad sintética

de apercepción» y define el sujeto como una concentración extrema de la actividad cognoscitiva. “Aquel foco de la actividad cerebral – dice Schopenhauer– es, como punto indivisible, absolutamente sim- ple, pero no por ello es una sustancia, sino un puro estado”16.

La enmienda schopenhaueriana se propone al advertir que la pro- cedencia de la unidad de la conciencia no puede atribuirse al yo

pienso que, según Kant, debe acompañar todas nuestras representa-

ciones, pues su condición subjetiva lo hace permanecer siempre desconocido. Lo que en realidad ha de otorgar aquella unidad es algo cuya naturaleza no sea representativa, a saber, la voluntad. Ésta constituye el fundamento en el que, en definitiva, descansan las re- presentaciones. La voluntad produce la conciencia con el propósito de satisfacer sus necesidades, permanece siempre idéntica e inmuta- ble y, por tanto, combina las intuiciones y los conceptos según el fin que persigue17. La voluntad es el vigor que alienta en la conciencia,

aquella fuerza mediante la que obra y a la cual debe su existencia.

14 WWV, III, § 34, I/2, 213. 15 KKP, 535.

16 WWV, II, E, 22, II/3, 314.

2. Taxonomía concreta de la representación. La configuración

In document EL CONFÍN DE LA REPRESEN- TACIÓN (página 46-51)