II. L AS FORMAS DE LA REPRESENTACIÓN , UNA CARTO
3. El mundo, una acción del cuerpo El cuerpo, una
En el epígrafe «El hombre, la conciencia extremada de la volun- tad» se ha advertido de la índole originaria y espontánea de la volun- tad y de la condición accesoria y secundaria de la inteligencia. Tam- bién se ha avisado de la naturaleza radicalmente distinta del querer y del conocer y se ha ubicado la conciencia en un cierto grado de la objetivación de la voluntad. Asimismo se ha considerado el cuerpo como una objetivación del querer, como una mediación entre éste y la inteligencia, y se ha tenido al cerebro por el fruto del organismo o –si se lo juzga de un modo desfavorable– por su parásito. Por fin, la conciencia, la actividad del intelecto, ha sido definida como una función orgánica del sistema nervioso y del cerebro, por lo que Schopenhauer no duda en compararla con lo que la digestión es para el estómago o la aprehensión para la mano134, de manera que así
como la de éstas, también la excelencia de aquella acción depende de la perfección del órgano. Ahora, después de examinar las formas de la representación, sabemos que ser una objetivación de la volun- tad significa también ser percibido: “El organismo puede ser consi- derado en cierto sentido como intermediario entre la inteligencia y la voluntad, aunque, realmente, no es más que una manifestación ex- terna de la voluntad percibida por la inteligencia en el espacio”135.
Así, el cuerpo y aquel órgano suyo, el cerebro, no sólo son condi- ción del conocer, sino que su existencia consiste en ser conocidos o bien como objetos de la autoconciencia, o bien como objetos del conocimiento de las demás cosas. “Lo que se manifiesta en la con- ciencia de sí mismo, o sea subjetivamente como intelecto, en la con- ciencia de las demás cosas aparece como cerebro, y lo que en la conciencia de sí mismo aparece como voluntad está representado en las demás cosas por el conjunto de su organismo”136. En efecto, co-
mo ya se ha resuelto en el epígrafe precedente, el cuerpo es voluntad encarnada y, por tanto, una representación de la inteligencia; esto es, un objeto extenso en el espacio y cambiante en el tiempo según la
134 Cfr. WWV, II, E, 20, II/3, 278; WWV, II, E, 20, II/3, 293. 135 WWV, IV, E, 41, II/3, 572; PP I, 81.
136 WWV, II, E, 20, II/3, 277; cfr. WWV, II, E, 20, II/3, 294; WN, 34; PP II, IV, § 64, 99; PP II, X, § 139, 290.
ley de causalidad137. Ahora bien, un razonamiento que sostiene am-
bas proposiciones cae en una petición de principio138 pues la con-
ciencia, que es la consecuencia en primera instancia del cerebro e indirectamente del resto del organismo, se presenta a su vez como la condición de ambos. “El cerebro y, por tanto, el intelecto –dice Schopenhauer– están condicionados por el cuerpo y éste, a su vez, por el cerebro, si bien sólo de una manera mediata, a saber: como objeto material y extenso en el mundo de la representación, pero no en sí, o sea como voluntad”139.
Para no incurrir en un sofisma, el filósofo de Danzig –según la ci- ta escogida– se refiere al principio metafísico del cerebro –la volun- tad– conforme al cual éste se resuelve en querer conocer. Rábade Romeo considera este asunto y defiende el uso del recurso de la
circulatio al no tenerlo por “defecto alguno en ninguna filosofía que
se adjetive con mediano rigor de sistemática”140. Schopenhauer, sin
embargo, sabe que la cuestión queda sin resolver, pues la solución metafísica propuesta sólo desplaza el asunto.
En efecto, veamos como el cuerpo es percibido objetivamente y así alcanzaremos la conclusión de que el mundo es una acción del cuerpo y de que éste se presenta como una consecuencia del mundo. La conciencia de cualquier objeto tiene su origen en ciertos sentidos en los que la sensibilidad alcanza un grado de perfección tan elevado que no se tiene ya sólo una sensación de dolor o placer –junto a la acción muscular, los dos modos de conocer el cuerpo inmediatamen- te141–, sino que se logra una percepción que, pese a ser subjetiva,
resulta neutra, o dicho con otras palabras, sirve al conocimiento del mundo exterior. Si el estímulo no sobrepasa un cierto grado, las impresiones de la vista y del oído –los sentidos nobles u objeti- vos142– no afectan directamente a la voluntad, aun cuando el orga-
nismo entero no sea sino su objetivación. A esta percepción, como
137 Cfr. WWV, II, E, 19, II/3, 242.
138 Cfr. K. Fischer, Geschichte der neuen Philosophie, v. IX, Carl Winters Univer- sitätsbuchhandlung, Heidelberg, 1934, 509.
139 WWV, II, E, 20, II/3, 294. 140 S. Rábade Romeo, 139. 141 Cfr. WWV, II, E, 21, II/3, 307. 142 Cfr. WWV, II, E, 22, II/3, 311.
ha sido mostrado, se aplica el entendimiento, que indica su causa143:
una representación anterior en el tiempo y extensa en el espacio. Así se presenta el objeto inmediato, nuestro propio cuerpo, desde el cual nos entrecruzamos en la urdimbre de representaciones en que consis- te el mundo. Por lo tanto, si nos mantenemos en el ámbito del ser de la representación, el resultado de toda la operación cognoscitiva es el cuerpo, que, según Schopenhauer, constituye a su vez la causa de la misma, ya que los sentidos, el sistema nervioso y el cerebro son el soporte de toda la acción.
La ausencia de una razón que desate la dificultad del argumento schopenhaueriano estriba en la imposibilidad, conforme a la teoría de la representación expuesta por el filósofo de Danzig, de conocer cómo el sujeto se produce a sí mismo.
Sea como fuere, no es esta la única petición de principio en la que incurre Schopenhauer a lo largo de sus reflexiones a propósito de este asunto, pues su teoría del intelecto acaba por convertirse en una suerte de fisiología transcendental imposible que conduce de un modo inexorable a otro círculo vicioso. En efecto, ya en el segundo epígrafe de este capítulo se constató la reducción de la conciencia a función de un órgano144: el cerebro; que a su vez es un producto del
cuerpo. Pues bien, el espacio, el tiempo y la ley de causalidad que – considerados gnoseológicamente– son diversas formas del principio de razón suficiente; en otro sentido, constituyen también –a juicio de Schopenhauer– funciones orgánicas. “El cuerpo –mantiene el de Danzig– no es más que la voluntad corporeizada es decir, percibi- da mediante las funciones del cerebro: tiempo, espacio y causali- dad ”145.
Así, con lo dicho guarda correspondencia aquella definición de la representación que incidentalmente propone Schopenhauer, según la cual ésta no es más que una función cerebral146. Ahora bien, siendo
esto bien cierto también lo es que el cerebro, por su condición obje-
143 Cfr. WWV, I, E, 3, II/3, 30. 144 Cfr. WWV, II, E, 20, II/3, 293.
145 WWV, II, E, 20, II/3, 298; cfr. WWV, II, E, 19, II/3, 224.
146 Cfr. WN, 20. Kuno Fischer ha encontrado en esta afirmación una señal que distingue el pensamiento de Kant del de Schopenhauer. “Etwas anderes ist organisch bedingt sein, etwas anderes organisch produziert werden: jenes hat Kant von der Erkenntnis gelten lassen, nicht aber dieses”. K. Fischer, 510.
tiva, sólo puede existir como representación, de tal suerte que la función se explica por el órgano y éste por la función, quedando ambos, por consiguiente, sin explicación. Así se cumple este epígra- fe sin que, a causa de la reducción de la disposición a priori del co- nocimiento a una mera función fisiológica del cerebro, se pueda encontrar un fundamento al mismo.
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En suma, según lo expuesto en este capítulo, el mundo como re- presentación, por la condición del objeto y del sujeto, puede juzgar- se, si se confronta con la voluntad, como aparente, inconsistente y relativo. No obstante, considerado en sí mismo, se presenta como aparición y visibilidad sin que prometa más de lo que puede dar. En este sentido, contra la voluntad –lo sumamente ininteligible–, la filosofía de lo bello de Schopenhauer mide la cognoscibilidad y la visibilidad de las manifestaciones del querer.