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para la formación de valores

In document Valor para vivir los valores (página 163-166)

Lograr un clima de valores en la familia es permitir que los hijos se esfuercen por ser personas íntegras, por alcanzar una visión de las cosas en la que la felicidad sea lo más importan­ te, pero no de una manera abstracta sino vinculada a valores que se puedan comprobar: inteligencia, voluntad, carácter, honestidad, fortaleza, etc.

Eso sólo se puede lograr si aprenden que lo más impor­ tante no es tener cosas o disponer de dinero. Los valores no están basados en el tener sino en el ser. No se trata de tener o de no tener, sino que es más importante aspirar a ser que aspirar a tener. Los hijos aprenden esto según las aspiracio­ nes que vean en sus propios padres y hermanos.

Las conversaciones son un buen indicador de lo que los hijos están asimilando de su círculo familiar y, a la vez, de los valores que están viviendo. Si sus preocupaciones giran cons­ tantemente en torno a "la ropa de marca" , a lo que está de moda; si piensan que divertirse implica siempre gastar dine­ ro y no compartir el tiempo con sus amigos, conocer otras personas y aprender de ellas, esto ya indica actitudes que es necesario cambiar. Por eso, es bueno acostumbrarlos desde pequeños al diálogo familiar y a disfrutar de la reunión fami­ liar. Las comidas, las reuniones en la sala, incluso frente al

Cómo desarrollar los valores en la familia

televisor, son ocasiones para que ellos cuenten sus pequeñas o grandes batallas y ahí se aprecien los centros de sus intere­ ses, el lenguaje en que los expresan, su relación con los ami­ gos del colegio o del barrio.

Cada uno habla de aquello que lleva en la cabeza y en el corazón. Esto quiere decir que todos necesitamos que nos inculquen ideales, ambiciones nobles y, sobre todo, que nos ayuden a descubrir el sentido de todo lo que hacemos. Los niños no racionalizan sus actos y por eso imitan y aprenden de lo que ven en su entorno. No hay una intención delibera­ da por actuar con malicia ni de llevar una vida superficial.

Tras el diagnóstico que hacen los padres de los hijos, una idea que puede promover la práctica de los valores es asignar a los hijos responsabilidades sencillas de distinto nivel según la edad y las necesidades de cada hogar, como el orden y cuidado de los elementos de limpieza del calzado, el cuidado de las herramientas, el orden del garaje, las compras en la panadería, etc.

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Los padres no se pueden confiar si dedican pocas horas al hogar, aunque sean de mucha "calidad". Es igualmente im­ portante tanto el tiempo que están con sus hijos como la manera en que viven esos momentos. La educación de los hijos requiere una presencia constante, una generosa dispo­ nibilidad para con sus necesidades de diálogo y compañía. No se pueden delegar estas responsabilidades en el colegio ni

Valor para vivir los valores

en los amigos, ni en la televisión. Los hijos podrían empezar a descuidar la formación de sus valores y estar volviéndose

perezosos, poco sinceros o consumistas. Los padres deben proponerse ser protagonistas o interlocutores de la vida de sus hijos en vez de simples espectadores.

Por los modos de vida actual, resulta posible que los pa­ dres dediquen más tiempo a su trabajo o a sus amigos, o a una determinada afición o depone. Si se comete este error de no otorgarle la debida importancia a la educación de los hijos, haría falta, después de hacerse consciente de ello, recu­ perar el tiempo perdido, por medio del diálogo constante y

la compafiía de "calidad".

Pero, ¿qué significa la "calidad" cuando nos referimos a la educación de los hijos? Significa, en una buena parte, que los hijos sean aceptados por sus padres por lo que son. Que los padres acepten a los hijos no es lo mismo que los hijos se sientan aceptados. Ser aceptado para el hijo supone saberse querido, que se le tenga confianza, que no sienta miedo, que tenga facilidad para abrirse y que encuentra solidez en la

unidad familiar. De otro modo, "si los hijos no se sienten aceptados por sus padres, buscarán la aceptación en otras personas" (Corominas).

Ésta es una regla de oro en la relación entre padres e hijos

y de la educación en los valores. Desde que vienen a la vida,

empieza esa aceptación. Incluso cuando vienen a ella como fruto de una "equivocación" en las relaciones sexuales. Sin sobreprotecciones ni zalamerías, el hijo debe sentir esa acep­ tación en todo momento. Un rechazo, consciente o incons-

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ciente, puede dar lugar a conductas equivocadas por parte de los padres y, por parte de los hijos, a generar barreras para comunicarse y a desarrollar antivalores.

La buena voluntad con la que los padres cumplen su misión, acompafiada del conocimiento de los hijos -inclu­ so desde el punto de vista de sus diferencias psicológicas-,

más la elección de los medios adecuados en cada etapa de su vida es una buena garantía de que saldrán adelante en su formación si hay continuidad en el esfuerzo por darles ejem­ plo y por ayudarles a vivir ciertos valores fundamentales que les van a servir siempre en su vida. Son esos valores los que les darán identidad como personas y les permitirán actuar con criterio propio, con independencia y con optimismo.

Por último, la otra regla de oro que los padres deben observar, con miras a que los hijos incorporen valores a su conducta y desaprendan antivalores, es: "Cada vez que tie­ nes que corregir, debes enseñar". Y si las equivocaciones que se cometen son fruto de intentar el mejor bien para los hijos, entonces lo que hay que hacer es que ellos se den cuenta de que también los padres se equivocan y se corrigen. Así se

hace evidente que están "hechos de lo mismo", pero que cada uno es un mundo peculiar que hay que respetar y al que hay que contribuir con amor.

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