PANORAMA: LA SEXUALIDAD Y LOS CAMBIOS EN LOS ROLES DE GÉNERO
2.4. EL GÉNERO VISTO COMO CONSTRUCTO SOCIAL EN LOS LÍMITES IMPUESTOS POR EL SISTEMA HEGEMÓNICO
2.4.1. Las fronteras impuestas por la construcción social del concepto de género
Si partimos del precepto de que el referente andrógino, así como su lógica incluyente, que abarca tanto andro (masculino) como gyne (femenino), logra derrumbar las fronteras construidas para marcar socialmente la diferencia entre los géneros, el sujeto dejaría de estar obligado a vivir según el rol que le es asignado con base en evidencias puramente biológicas. Sin embargo, asumir nueva(s) identidad(es) supone la superación de un proceso cognoscitivo que le obliga al sujeto a enfrentarse con sus vivencias y referentes. Esto será lo que determinará su predisposición al cambio. En caso de que se confirme tal predisposición, el paso siguiente se iniciará con su adaptación y consecuente sensación de pertenencia a un nuevo territorio simbólico. Tal proceso supone la asimilación de los significados que readquieren tanto los símbolos como las ideas, imágenes y relaciones sociales que configuran la nueva identidad en cuestión. Este procedimiento no es posible sin que haya interacción social con el nuevo colectivo o grupo social. A la vez que el sujeto se transforma individualmente, también se constituye en un cuerpo más amplio que le hace dar sentido a la acción.
Para Marina Castañeda (1999), el sujeto homosexual no siempre es homosexual. El heterosexual, sí, puesto que en todas sus interacciones, tanto sociales, profesionales como familiares, mantiene la heterosexualidad como parte de su identidad más esencial. Un hombre heterosexual manifiesta abiertamente su orientación sexual al relacionarse con ambos sexos. Lo único que se le pide es respetar ciertos códigos indicadores de su masculinidad. Lo mismo le pasa a la mujer heterosexual. De ella se espera que, a través de sus gestos, conducta, lenguaje corporal y modo de hablar, refleje no sólo su feminidad, sino también su heterosexualidad. En los dos casos, preferencia sexual, roles sociales, sexo y género coinciden con lo establecido por el sistema hegemónico, conformando una identidad más o menos estable. En cambio, el homosexual, muchas veces, no logra mantener una identidad constante. En su trabajo, puede que se le obligue a parecer
heterosexual y en su entorno familiar, asexual. Podría únicamente expresar libremente su orientación sexual en el gueto LGBT o en ambientes gay friendly8. Fuera esto, solamente
en momentos de intimidad con amigos o con la pareja. Muchos homosexuales niegan totalmente su preferencia sexual y viven una vida doble: se casan, tienen hijos, pero se satisfacen sexualmente fuera del matrimonio. Generalmente en encuentros furtivos. El gueto los protege. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el gueto es un arma de doble filo, ya que a la vez que protege, segrega. En medio a todo eso, hay que subrayar que el sujeto homosexual no fue educado para la homosexualidad; por lo cual, tiene que aprender de cero los códigos sociales que necesitará en sus relaciones adultas. Esto, según Castañeda, explicaría el porqué de la psicología sugerir que los homosexuales son inmaduros en sus relaciones sociales y de pareja. Quizá no les haya faltado desarrollo, sino preparación. Debido a que las personas no heterosexuales hayan sido educadas en el territorio alegórico de la heterosexualidad reproductiva, para asumir una identidad diferente tienen que cruzar una frontera simbólica.
La noción de límite ha sido importante para la sociología definir su campo de estudio e identificar por que el sistema aparta ciertos comportamientos de otros. Lo marginal y lo patológico, lo extremo y lo radical, el centro y la periferia: todas estas referencias remiten a lo limítrofe. Gayle Rubin (1989: 138) señala que las sociedades occidentales modernas atribuyen valor a los actos sexuales obedeciendo a un sistema jerárquico que impone límites, clasifica y juzga. La sexualidad considerada buena, normal y natural es la heterosexual, monógama, reproductiva y no comercial. En términos ideales se concretaría en una pareja compuesta de miembros de diferente sexo y de una misma generación, clase y etnia. El vínculo que los une debe ser afectivo, jamás comercial, y su vida sexual debe estar restricta al hogar. Lo bueno, normal y natural no comprende el consumo de pornografía y el uso de objetos fetichistas. Lo que salga de los límites establecidos es considerado malo, anormal o antinatural. Por eso, la homosexualidad, la promiscuidad, los favores sexuales a cambio de dinero y el sexo no procreador o situado fuera del matrimonio es rechazado. También lo será la masturbación, las orgías, los encuentros sexuales esporádicos, las relaciones afectivo-sexuales envolviendo personas de una misma familia, de diferentes edades, etnias o clases sociales. Igualmente rechazada será
toda y cualquier práctica sexual que se de en lugares públicos, sea en parques o en baños públicos. Rubin (1989: 141) asegura que la jerarquía sexual necesita trazar, además de la frontera física, una frontera imaginaria entre el sexo bueno y malo. La mayoría de los discursos sobre la sexualidad, sean religiosos, psiquiátricos o políticos, restringen a una territorialidad muy pequeña la capacidad sexual humana y le conceden una serie de atributos: madura, saludable, buena, legal, segura o políticamente correcta. Quedan apartados los demás comportamientos eróticos, considerados peligrosos, infantiles, enfermizos, legalmente condenables o malignos.
Para Rubin (1989: 142), las discusiones radican sobre dónde marcar la línea divisoria que establece lo que está permitido y lo que no. Nuevos sistemas explicativos (psicológicos, educativos) intentan definir a qué lado de la línea estaría cada acto sexual y el porqué de ello. Ciertos encuentros heterosexuales, aunque puedan resultar desagradables, forzados, destructivos o mercenarios, mientras no violen determinadas reglas, no son rechazados del todo por un sistema jerárquico que concede a las relaciones heterosexuales un permiso casi irrestricto. En cambio, toda la sexualidad ubicada en la territorialidad de lo malo, anormal y antinatural es considerada repulsiva.
El hombre, según Mijail Bajtin (1982), está sobre la frontera. Toda la cultura humana se sitúa en fronteras. El sujeto, al no respetar las fronteras, se arriesga. La exterioridad queda limitada a esa pequeña zona de encuentro. Lo importante no es lo que sucede dentro, sino lo que sobreviene en la frontera de lo propio y lo ajeno; es decir, en el umbral. Lo interno no se basta a sí mismo. Tarde o temprano emerge al exterior, dialoga con el borde. Cada vivencia interna, al ubicarse sobre la frontera, se encuentra con el otro y en este encuentro radica toda su esencia. Para Bajtin (1982: 327), éste es el grado supremo de la sociabilidad.
Para Casado, Dávila y Muriño (2001), la frontera que se establezca es lo que va a determinar las exclusiones e inclusiones. Debemos entender frontera como la marca indeleble que determina los confines (vistos desde dentro) y horizontes (vistos desde fuera). La frontera, en su acepción primera, implica una delimitación en el espacio, una barrera que demarca el contorno de cada estado. Los autores aseguran que esta línea de
demarcación, que define lo que queda incluido y lo que será excluido de su territorialidad, forma parte del imaginario colectivo, así como los conceptos clave de nuestra vida intelectual y social. Para Raffestin (1980) y Anderson (1991), la frontera, más allá de ser una línea trazada en el mapa o un obstáculo en el camino, funciona como un mecanismo que pone límite a ciertas acciones. Las fronteras no son sólo barreras mentales o geográficas; son instituciones establecidas por divisiones sociales regidas por textos jurídicos. Según Anderson, las funciones de las fronteras son regular, traducir y diferenciar. Para Raffestin, sería más bien gestionar la relación entre un interior y un exterior. Harding (1996: 35) señala dos tipos de diferencia:
1 diferencia como diversidad, como variación cultural. 2 diferencia como resultado de relaciones de dominación.
Ya Mernissi, según señala María Jesús Criado (2001: 3) en La línea quebrada – Historias
de vida de migrantes, asegura que la frontera es una línea invisible que imaginaban los
guerreros:
Para crear una frontera sólo hacían falta soldados que obligaran a los demás a creer en ella. El paisaje no cambia nada, la frontera está en la mente de los poderosos.
La frontera, por lo tanto, sería producto de relaciones de poder. De un lado están quienes ponen las marcas y del otro, quienes las aceptan y respetan. Para Cairo Carou (2001: 29), la región de la frontera representa un área de transición entre lo conocido y lo desconocido. Él parte de la teoría de Douglas, según la cual la frontera, además de delimitar espacios limítrofes, se constituye como un espacio de transición, cuyos elementos se hermetizan mutuamente.He aquí sus principales observaciones y conclusiones:
La frontera determina el territorio en el que determinadas leyes son válidas y donde, por ende, serán aplicadas las medidas necesarias para su cumplimiento.
Las fronteras son entendidas como límites defensivos de una comunidad con respecto a otras.
Las fronteras marcan universos culturales diferentes. Determinan de manera ostentosa y precisa dónde termina un área y dónde comienza otra. Tal proceso, revestido de un carácter simbólico, alude a la identidad étnica y regional.
La creación de la identidad del grupo se da como consecuencia de los límites concretos que sus miembros asuman. Por lo tanto, las características de la frontera dependerán de lo cuán aferrados estén a sus tradiciones y del peso que tiene su herencia social.
Establecen la diferenciación entre los que están en el interior de las fronteras y aquellos que se sitúan más allá de las mismas.
Genera el sentimiento de pertenencia y no pertenencia, dependiendo del lado de la línea divisoria en el que se encuentre uno y a que banda esté asociado por su origen.
Cairo Carou (2001: 30) asegura que la territorialidad plasmada en los mapas, sean éstos mentales o geográficos, no reproducen el mundo. Lo construyen y lo naturalizan algunos eventos naturales. La territorialidad es un producto social que tiene semejanzas con la espacialidad animal, cuya finalidad es defender el territorio habitado. El autor explica que la territorialidad humana está compuesta de tres elementos:
El sentido de identidad La exclusividad
La compartimentación de la interacción humana
La territorialidad define la consideración especial en que se toman las cosas mientras estén dentro de un determinado espacio, cuyo dominio se ejercerá a través de acciones de control. Hasta hace muy poco, las identidades sexuales periféricas no gozaban de exclusividad en su interacción con los sexos. El que los homosexuales lograran exclusividad sexual con parejas del mismo sexo no se dio hasta fechas recientes. Muchas veces el hombre que se sentía atraído afectiva y sexualmente por otro hombre se veía atrapado en un matrimonio heterosexual, ya que éste era el territorio que destinaban a su ocupación. No le quedaba otra que vivir una vida doble. En el caso femenino, gran parte de las mujeres que tienen únicamente relaciones lésbicas, pasaron por una heterosexualidad anterior. Muchas estuvieron casadas y tuvieron hijos. Sólo posteriormente empezaron a relacionarse exclusivamente con otras mujeres.
Las fronteras entraron en una crisis que se agudiza desde que algunos colectivos marginados se rebelaron, desafiando, a través de prácticas kamikaze9 y políticas, las bases que las yerguen y mantienen. Al observar la sacralización de las formas, se entiende que el cuerpo es una frontera que a cada momento se transmuta, filtra, penetra y, a la vez, cede paso a ideas, sonidos, alimentos, otros cuerpos e incluso a otras fronteras.
Según señala Santiago García (2001: 56), las fronteras poseen un carácter híbrido que opera mediante tres registros: el real, el simbólico y el imaginario. El carácter real establece un límite para los espacios, actividades y comportamientos. La naturaleza simbólica define la pertenencia a una comunidad inscrita en una territorialidad. Ya el ámbito imaginario remite a la relación con el otro y al proceso de formación de su identidad como sujeto. Según Barth (1976: 112), la frontera étnica define tanto el grupo como el contenido cultural que encierra. La etnicidad no es más que el resultado de un proceso de selección de rasgos que se instrumentalizan con el objetivo de señalar la diferencia entre los que pertenecen a determinada etnia y los demás. Por esto, las fronteras, más que absolutas, son relacionales puesto que diferencian el grupo social de otras comunidades, como podemos observar en el siguiente gráfico.
9 Los kamikaze eran pilotos que realizaban misiones suicidas, es decir, sin la esperanza de salvar la
LA TERRITORIALIDAD DE LA JERARQUÍA SEXUAL Y SUS FRONTERAS
La sexualidad buena, normal, natural
La sexualidad mala, anormal, antinatural
Heterosexual No Heterosexual
Con fines reproductivos Con fines placenteros Coito (introducción del pene
en el orificio vaginal)
Cualquier otra práctica que no el coito (sexo anal, oral, masturbación y etc.)
Dentro del matrimonio Fuera del matrimonio
Monógama Promiscua
No Comercial Comercial
En una relación Esporádico Entre miembros de una generación Intergeneracional
En privado En público
Sin pornografía Con pornografía
Suave Sadomasoquista
Foucault, como hemos visto anteriormente, revela que la especie homosexual fue creada por la psiquiatría a finales del siglo XIX. Hasta entonces no existía el sujeto homosexual, sólo el acto en sí y esto no implicaba la existencia de una identidad sexual o de un colectivo formado por personas que coincidían en algunas preferencias. Desde entonces, los gays y las lesbianas fueron marginados al igual que algunas minorías étnicas. Habría que separar ontológicamente unos de otros. Y la finalidad de crear una frontera que delimitara lo permitido y lo prohibido residía en situar al otro en el terreno de lo desconocido y amenazador. Como resultado, las identidades sexuales periféricas pasaron a ser vistas como un peligro, como una amenaza al orden establecido. De esa manera, las relaciones entre los que pertenecen a la hegemonía sexual y los que fueron delegados a la periferia se caracterizaron por la asimetría de poder entre aquellos que estaban dentro de las normas (heterosexuales) y aquellos que estaban fuera (no heterosexuales).
La frontera ha creado una necesidad: la de cruzarla. Para Gutiérrez Rodríguez (2001: 85), el deseo de cruzar la frontera no proviene únicamente del paradigma de gobernar, adherir y repartir el mundo bajo el lema de divide y vencerás. También surge como un noble intento de realización. Como un reto o como una reacción natural ante la curiosidad que habita lo prohibido. El individuo debe ser entendido como una entidad metafísica situada en un territorio dentro de un determinado espacio físico y simbólico, delimitado por fronteras que le son impuestas. No obstante, para que el individuo logre aquello que desea, muchas veces, no le quedará otra opción que cruzar el borde limítrofe y atreverse a marcar nuevas fronteras. Si su permanencia en su territorio le brindara seguridad y felicidad, difícilmente el individuo se lanzaría a otro territorio. Es más: si el territorio desconocido le proporciona al individuo un sentimiento de atracción o pertenencia, el cruce de la frontera se convierte en un hecho inevitable. Y aunque la frontera sea una barrera imaginaria que se construye en la realidad, para Gutiérrez Rodríguez, sin frontera no hay cruce y sin cruce no hay frontera. Lo que habría que analizan son los motivos que llevan una persona a cruzar una frontera a diferencia de otra que no lo hace estando en las mismas condiciones.
Se puede entender el fenómeno haciendo una analogía con la cuestión migratoria, la cual se explica bajo dos perspectivas teóricas:
La individualista, que entiende que los desplazamientos son resultado de la libre decisión de sujetos particulares. Esta perspectiva se centra en las motivaciones y expectativas de las personas, en sus formas de convivencia y en la influencia de aquellos que componen su entorno más inmediato. Se establece en un micro-contexto.
La estructural comprende el movimiento como un conjunto dinámico, integrado por dos o más puntos vinculados por flujos humanos. La unidad de análisis ya no es el individuo sino el sistema y sus elementos. El cruce de fronteras no debe ser entendido desde una perspectiva estática, es decir, como el desplazamiento de un punto a otro, sino como un conjunto de flujos interrelacionados, requiriendo, por lo tanto, análisis de todos los vínculos existentes. Desde los económicos, culturales, históricos y políticos hasta los personales e ideológicos.
La posibilidad de cruzar una frontera, sea simbólica o geográfica, será determinada por la presencia de una instancia imitativa (otra persona, un grupo social o algún medio de comunicación) que narre lo que sucede fuera del límite y, a la vez, sirva de incentivo para que el proceso tenga inicio. Habrá que proporcionarle al sujeto ayuda e información, además de invitarle al cambio. Gurak y Caces (1998) reconocen la importancia de las redes sociales para el cruce de fronteras. Sostienen que las decisiones de migrar están vinculadas a redes sociales unidas por un cierto grado de parentesco. Es decir, entre éstos y aquellos deben existir lazos e intereses afines, búsqueda y suministro de información, además de facilidades y ayuda. Identifican tres factores fundamentales en el proceso de toma de decisiones respecto al desplazamiento de un punto a otro, a través de un cruce de fronteras:
1 la naturaleza, el volumen y la fuente de información a la disposición de los migrantes potenciales;
2 la influencia de factores individuales y de trasfondo sociocultural y subjetivo (educación, sexualidad, motivaciones), que proveen un micro-contexto para la evaluación de la información y el establecimiento de prioridades;
3 el nivel de la comunidad, bien como otras características de la misma, también condiciona el proceso de evaluación de la información.
El cruce de fronteras o migración circular no debe ser entendido a penas como un medio de incremento de recursos (remesas de dinero, búsqueda de oportunidades, mejores condiciones laborales). Muchas veces es motivado por la necesidad de sustituir ciertos códigos y valores. Y por las expectativas que generan en ciertos individuos o grupos que pretenderán cruzar las líneas fronterizas en determinadas fases su vida o cuando se produzca una situación impar. En algunos casos, los modelos de selección favorecen a determinados miembros del grupo, como a los varones jóvenes.
En la mayoría de los casos, la condición sexual está resguardada por la frontera que separa lo público de lo privado. La distinción entre las esferas pública y privada, según Villota Toyos (2001: 114-115), remite a la diferencia entre las cosas que deben mostrarse y las cosas que deben permanecer ocultas. La frontera también podría ser entendida como una especie de tierra de nadie entre lo público y lo privado, el límite que protege ambas esferas y al mismo tiempo, las separa.
La frontera de lo privado protege a la sociedad de los efectos de las sexualidades periféricas, tratando de hacer con que parezcan invisibles. No por casualidad, nuestro sistema social les obliga a los homosexuales a vivir su sexualidad en guetos o en ambientes privados. Tal visión, un tanto perversa, según lo denuncia Young (2000), es consecuencia de los prejuicios y de la doble moral de una sociedad que sólo está preparada para aceptar estas prácticas fuera de la vista pública. Las demostraciones de afecto entre personas del mismo sexo, la vivencia abierta y pública de la homosexualidad e incluso la simple mención de los derechos y necesidades del colectivo LGTB provoca reacciones que van desde la burla al temor.
Mendiola (2001: 205) reconoce que la frontera, más que definir esencias ficticias, designa un efecto, un ordenamiento o un cambio social. Las líneas que constriñen al individuo, simultáneamente sacan su potencial como sujeto activo. La política de la identidad recrea una lógica binaria que a partir de ciertas dicotomías (público/privado, sujeto/objeto,