PANORAMA: LA SEXUALIDAD Y LOS CAMBIOS EN LOS ROLES DE GÉNERO
2.2. LA CONSTRUCCIÓN CULTURAL DEL GÉNERO – LA TEORÍA FEMINISTA
2.2.2 Los mecanismos que sostienen y legitiman la asignación de los roles de género
cuenta de evidencias biológicas que generan, a su vez, pautas de comportamiento, presentación pública y roles sociales asociados o a los hombres o a las mujeres. Se puede decir entonces que la masculinidad y la feminidad son construidas socialmente bajo un imaginario colectivo que imprime significado a ser hombre y a ser mujer, asignando a unos y a otros roles de acuerdo con sus caracteres biológicos.
2.2.2 Los mecanismos que sostienen y legitiman la asignación de los roles de
género
Fox Keller (1985: 67) encuentra en el mito masculino una serie de características que sostienen su supremacía sobre el femenino. Lo masculino estaría relacionado con autonomía, separación y distancia. En este sentido, la heterosexualidad inventaría un hombre autónomo, proveedor, que no demuestra públicamente sus sentimientos. Un absoluto y contundente rechazo a esta supremacía y a los factores biológicos que se utilizan para justificar la diferenciación entre hombres y mujeres es lo que propone Fox Keller, quien rescata también un principio muy utilizado por el activismo transexual que defiende que biología no es destino. Fox Keller sentencia: la identidad de género está definida culturalmente por la negación de aquello que nunca puede parecer femenino, por la separación de la madre y la consecuente pérdida de identificación con la figura materna.
Cuestionar el poder hegemónico de los hombres en el terreno de la sexualidad, de la política e incluso de la ciencia ha sido la meta del feminismo, que reivindica equidad y justicia, los pilares para la democratización y el empleo del conocimiento, los pilares para edificar una sociedad más ecuánime en todos los sentidos, según lo señala Sandra Harding (1996: 25), quien se dedicó a estudiar la validad de los métodos empleados en la realización de ciertos estudios científicos e identificó sesgos en la tradicional investigación
autora, se debería tomar con sospecha, por ejemplo, que toda la literatura científica haya sido escrita por hombres heterosexuales de raza blanca en países desarrollados. Y al igual que la moral judío cristiana, su manera de ser y obrar ha impregnado la biología, las ciencias sociales y la tecnología.
La epistemología feminista ha aportado una vasta literatura sobre el esquema de dominación al que están sujetas las mujeres, que es el mismo al que están sujetos otros grupos marginados, quienes han soportado las dicotomías que les marginan y excluyen del poder, de la ciencia, de la visibilidad y de la política. Las opresiones de género revelan la permanencia de los viejos sistemas de poder y sus estructuras. Sin embargo, existen otros dispositivos como la clase y la raza2.
La ausencia de mujeres en la ciencia, denuncia Hammonds (1996: 69), es respaldada por un mecanismo ampliamente empleado: se forja un estereotipo que es introducido en el imaginario colectivo. En el caso, el de asociar intelecto y razón al género masculino y emociones, al femenino. Si alguna mujer demostraba interés en participar en la ciencia, ésta era marginada porque su comportamiento era tachado de antinatural, puesto que el modelo femenino está asociado a la naturaleza, a la que hay que descubrir, y el masculino al de descubridor de esa naturaleza. Para Hammonds (1996: 70), las lesbianas guardan un parecido con las mujeres que osaron dedicarse a la ciencia: no cumplieron con el rol asociado a su género y las expectativas sociales que les fueron asignadas. La invisibilidad social de las lesbianas se explica por la ausencia e invisibilidad de las mujeres en la esfera pública: Si las mujeres no existen, las lesbianas, tampoco.
En términos efectivos, la ciencia y sus planteamientos no han servido para solucionar problemas sociales. El primer paso para lograrlo sería entender que la naturaleza/biología es inseparable de la cultura/identidad, así como el sujeto del objeto, y que la característica fundamental de la vida y de la materia es la interacción y la reciprocidad, más que el
2 La autora destaca el caso de una mujer negra que le pregunta a una mujer blanca: ¿Qué ves
cuando te miras al espejo? Ella contesta: Una mujer. La otra replica: Pues yo veo una negra.
dominio o la invasión. Sólo aceptando la diferencia y el cambio, la fusión y la interacción se disminuiría la desigualdad y la exclusión social. Tal desigualdad y exclusión son consecuencia de una clara división de poder injusta, que distancia las mujeres de los hombres. El sistema de diferenciación de género entrena a los varones para la jerarquización y adopción de papeles formales. A las mujeres, en cambio, las prepara para asumir papeles informales en el ámbito familiar y afectivo. Según Durán (1996: 74), el sistema de poder no contempla diferencias pero sí marca diferencias. Marca diferencias entre mujeres y varones pero no permite que un sujeto cumpla un rol diferente al que le corresponde. El respaldo que legitima este sistema se lo da la ciencia al dividir la sociedad basándose en evidencias biológicas y en mecanismos que permiten el mantenimiento de las estructuras de poder. Para Durán (1996: 49), habría que cuestionar: Ciencia, ¿para
quién y a servicio de quien?
No es si no a través de las relaciones y divisiones sociales de poder, así como el ámbito al que estará restricto su ejercicio, que lo sexual adquiere significado. La ciencia, como nueva institución reguladora de la sexualidad después de que lo haya sido la Iglesia y el Derecho, la conformará. De acuerdo con MacKinnon (1995: 31) lo permitido/no permitido es el patrón básico sobre el cual se desarrolla el sistema sexual que tiene por finalidad hacer con que la sexualidad, que debe ser expresada y aprobada, sea natural, sana, positiva, apropiada, noble y propia. El aparato de control se divide, por una parte, en restricción, represión y peligro, y, por otra, en placer y acción. Es por medio de este aparato que se separa al hombre de la mujer en la heterosexualidad, al activo del pasivo en la homosexualidad, al amo del esclavo en el sadomasoquismo y, a la vez, se formula la dicotomía público/privado que establece el que las sexualidades periféricas sólo puedan ser aceptadas fuera de la vista pública. Hacer público lo privado convirtiéndolo en político. Éste, que por muchos años fue el eslogan del feminismo, destaca la importancia de dejar el estado de invisibilidad que margina a la otredad.
Young (2000: 44) subraya la importancia de reformular los conceptos de público y privado y, al mismo tiempo, negar una división social entre las esferas públicas y privada. Propone, con esa finalidad, un concepto de ámbito heterogéneo para promover una política de inclusión. Merece la pena destacar que, para Young, la pertenencia al ámbito heterogéneo
presupone el reconocimiento de las diferencias y que tal ámbito englobe dos principios políticos:
Primero: ninguna persona, acción o aspecto de su vida debería estar restringida a la privacidad.
Segundo: no se debería permitir que ninguna institución o práctica social sea privada de la expresión y discusión pública.
Ya el concepto de rebelión contra la feminidad propuesto por Young, englobaría tanto las reivindicaciones de las mujeres que demandan la misma igualdad de oportunidades como el principio de la equidad entre hombres y mujeres en lo que concierne a la identidad ciudadana a fin de lograr la equiparación real entre los géneros.
La incorrecta e injusta creación y administración de la ley, denuncia Arranz (2000: 48), es resultado de una parcial y androcéntrica concepción de la ciudadanía en la cual la teoría política representa un espacio ajeno, edificado para excluir a las mujeres. Según Arranz el sentimiento de no pertenencia se agudiza mediante la prevalencia del mito del más fuerte
y capaz. El hombre blanco, occidental, heterosexual, burgués y de mediana edad excluye a
las mujeres y, por ende, a todos los otros que no pertenecen a su categoría del estatus de individuo, y, al mismo tiempo, de la participación en la vida pública, de la igualdad jurídica y social, del consenso y de la convención.
Barry (1988: 39) va más allá y advierte que la condena de las mujeres a la discriminación, al silencio y a la marginación también puede conducir al suicidio o a la prostitución. Dado el caso de un lugar donde se les impide el acceso a la educación y la discriminación sexual les ofrece escasas oportunidades de empleo, es muy probable que una alternativa a considerar sea la de ejercer la prostitución. Por ello, Arranz señala la necesidad de un cambio, que empezaría por crear un nuevo lenguaje, con propósitos y aspiraciones comunes, donde el quiero cede lugar al tengo derecho a. La crítica feminista respecto a la ciudadanía va dirigida a los postulados más relevantes de la tradición, rescatando los fundamentos ideológicos que deberían predominar: la libertad y la igualdad del sujeto independiente de su manera de ser y obrar y del grupo social al que pertenezca, así como
de su etnia. De contrario, los hombres seguirán dotados de la capacidad de representar la humanidad con una subjetividad desprovista de nociones de igualdad de género. Y la mujer no se librará del estigma de ser la otra y de estar sometida a una estructura de poder que la excluye. Los espacios destinados a unos y otros lo denuncia. El espacio destinado a la mujer, por ejemplo, es la institución familiar, donde, en esfera privada, se dan los vínculos naturales en los terrenos afectivo y consanguíneo. El espacio destinado al varón, blanco y heterosexual, señor de su destino, es la vía pública. Tal esquema les dificulta a las mujeres la consecución y el pleno ejercicio de su ciudadanía.
Para que las mujeres puedan llegar a ser ciudadanas, esto es, autónomas, iguales en derechos y deberes, aunque sexual y fisiológicamente difieran de los hombres, urge someter a una transformación radical tanto la teoría como la práctica democrática. Las desigualdades en el acceso a la ciudadanía se reflejan no sólo en la invisibilidad económica y social de las actividades de las que la mujer suele hacerse cargo, como el trabajo doméstico y la educación de los hijos, sino en los diferentes niveles de dependencia que le impone el sistema patriarcal. Por su postura inerte ante tal problemática, el Estado no sólo es visto como el máximo patriarca, sino también como un agente estratificador del género pues legitima ciertas prácticas sociales opresoras que su aparato mantiene en vigor, así como los dualismos dogmáticos que la teoría feminista se ha encargado de combatir como lo veremos en el siguiente apartado.