PANORAMA: LA SEXUALIDAD Y LOS CAMBIOS EN LOS ROLES DE GÉNERO
2.4. EL GÉNERO VISTO COMO CONSTRUCTO SOCIAL EN LOS LÍMITES IMPUESTOS POR EL SISTEMA HEGEMÓNICO
2.4.2. El proceso de formación/construcción de las identidades sexuales
2.4.2.2 Los orígenes históricos de la condena de la conducta homosexual
En la Francia del Antiguo Régimen, según argumenta Vigarello (1999), los delitos contra las buenas costumbres, tales como el adulterio, la sodomía y la bestialidad, tenían un fuerte peso moral. La sodomía en aquel entonces, es decir, en el siglo XVIII, aludía inmediatamente a la perversión, blasfemia y trasgresión a las leyes divinas. La sodomía, el más condenable de los actos de lujuria, era castigada con la muerte en la hoguera del que la practicaba. Según Vigarello, la sodomía era comprendida como un acto contra natura. Su escándalo se centra en el desafío de las normas divinas y humanas. Para el antiguo régimen, supone, ante todo, un desafío a Dios.
La conformación histórica de la hegemonía heterosexual homofóbica tiene antiguas y profundas raíces religiosas, políticas y económicas. Desde la Baja Edad Media, se vinculó la homosexualidad a la sodomía. En aquel momento, España trataba de expulsar a árabes y judíos de su territorio. Ya la conexión entre sodomita y traidor coincidió con el continúo y acelerado aumento de la población, lo que hizo notar las diferencias étnicas y culturales entre judíos, árabes y cristianos. Bajo el pretexto de defender la fe católica, se produjeron litigios políticos cuyo fin era recuperar regiones en manos de judíos y árabes. Con ese objetivo, a todos los extranjeros se les metió en una misma categoría que acaparaba todo el repudio hacia lo diferente, atribuyéndoles un triple estigma: el de ser traidor ante el rey, hereje ante Dios y sodomita ante la sociedad. Traduciéndose hasta el siglo XX en un rechazo a la otredad, tal maniobra tenía un fin político y económico que hacía con que el
racismo y la intolerancia solaparan cualquier iniciativa en favor de la promoción de la diversidad cultural. Tal desdeño afectó a todos los individuos que, por la razón que fuera, se diferenciaban de los demás. Los patrones establecidos por el sistema hegemónico no sólo excluían a ciertas etnias, sino también a individuos que se relacionaban con personas de su mismo sexo. Tener otra religión que no la católica y otra identidad sexual que no la heterosexual, representaba, para los cristianos de esa época, un afronte, entendido como un sacrilegio y una conspiración contra el rey. En este periodo, las lesbianas no tenían su existencia contemplada. Se ignoraraba totalmente los comportamientos lésbicos por la creencia de que las mujeres son incompletas sin la presencia de un hombre. Creían y les hicieron creer a las mujeres que la sexualidad femenina estaba subordinada a la hegemonía androcentrista.
En el siglo XII, surgen las primeras legislaciones que contemplan la homosexualidad como delito por su supuesta peligrosidad. Los tribunales de la tardía Edad Media, según Boswell (1992: 306), les castigaba a los traidores, herejes y sodomitas con las más duras penas. Los más antiguos e intolerantes edictos fueron pronunciados por los reinos de Castilla y Aragón. Estas leyes estipulaban, entre otras cosas, la castración para los culpables de delitos de homosexualidad. El edicto decía que el hombre que codiciara a otro para pecar con él contra natura sería castigado y también el que se dejaba codiciar, que ambos, en fin, serían castrados ante todo el pueblo y que tres días después serían colgados por las piernas hasta que murieran. Recuerda Boswell que Alfonso X El Sabio en las Siete
Partidas, les imputa la pena capital a los culpables de sodomía y bestialidad, señalando,
además, que la bestia debe morir también para amortiguar la remembranza del hecho. Estas leyes se convertirían en el marco inicial de una serie de legislaciones hostiles y severas que castigarían a los gays, quienes podían ser asesinados y humillados al tener un sólo cargo probado en su contra, sea por traición o herejía. Tales leyes sirvieron de inspiración para la confección de otros códigos. En Francia, por ejemplo, la escuela jurídica de Orleáns daba a conocer penas como el desmembramiento y la muerte en la hoguera. Aplicándose también para las lesbianas, convirtiéndose así en uno de los primeros códigos a contemplar la homosexualidad femenina. En Italia, igualmente, surgieron leyes civiles que
con sodomía. En Noruega, el derecho de los Gulathing, compilado en 1250, exigía la ilegalización definitiva de las prácticas sodomitas. Y aunque ninguna de las compilaciones jurídicas inglesas del siglo XII, como The Laws of Henry the First y el Treatise on the Laws
and Customs of the Kingdom of England, castigaran explícitamente la homosexualidad sí
condenaban a ser enterrados vivos a quienes eran acusados de brujería, a quienes abandonaban la fe cristiana y a quienes se atrevían a acostarse con la esposa de su señor feudal, además de aquellos que mantuvieran relaciones sexuales con judíos, animales o personas de su mismo sexo. Por el hecho de que la homosexualidad estuviera ligada a la herejía, no se sabe si realmente se condenó a algún homosexual por sodomía o por algún delito relacionado.
En la Antigüedad, sin embargo, existía un amplio reconocimiento del homoerotismo: durante los primeros años de la Baja Edad Media se seguía enalteciendo el amor entre Alcibíades y Sócrates, el rapto del joven Ganímedes por Zeus y los diálogos de Platón, que manifestaban la virtud del amor entre varones y la androginia como ideal. Durante esta etapa, se llegó a reconocer la existencia de manuscritos y cartas que elevaban el amor entre monjes a un plano superior. Incluso hay evidencias que confirman la existencia de relaciones eróticas entre obispos y miembros del clero, reyes y súbditos. Sin embargo, se produjo un notable cambio a partir de los acontecimientos históricos que fueron sucediendo a continuación. Según Boswell (1992: 301), tal cambio, sobre todo a nivel moral, estuvo relacionado con varios factores:
El incremento de la población urbana favoreció a que diferentes etnias empezaran a ocupar un mismo espacio, haciendo más visible la presencia de individuos mal vistos por el sistema, tales como judíos, árabes, pobres, enfermos, prestamistas y sujetos que se relacionaban sexualmente con personas de su mismo sexo. La visibilidad de la diferencia fue puesta en evidencia con el crecimiento de las ciudades. Incluso la orden de San Francisco de Asís fue considerada peligrosa y los monjes franciscanos corrieron el riesgo de ser declarados herejes a comienzos del siglo XIV por hacer apología de la pobreza, una vez que el Papa había declarado heréticas las adhesiones demasiado entusiastas al antiguo ideal de pobreza apostólica.
Las luchas de los reyes cristianos por reconquistar territorios en poder de árabes y judíos fue un factor que favoreció la criminalización de los homosexuales durante la Edad Media. Musulmanes y judíos eran considerados herejes y sodomitas en potencial. De manera que cualquier persona que fuera aliada de éstos o que demostrara cualquier afinidad con su
modus vivendis podía ser condenado a ser enterrado vivo, desmembrado o castrado.
Como el mito de que el peor castigo para un hombre es arrebatarle su masculinidad, se castraban a los traidores del rey, herejes a la fe católica y sodomitas.
Las disputas económicas fueron otro factor importante en la cruzada por declarar la conducta homosexual delictiva. Como muchos de los traspasos de bienes y de poder se daba gracias al establecimiento de vínculos matrimoniales y el dote ofrecido por la familia de la novia era usado como moneda de cambio, la unión homosexual representaba una amenaza al mantenimiento de este esquema. La solución fue asociar la homosexualidad al peor de los pecados y delitos de orden moral.
El controvertido caso de los Templarios hace referencia a una lucha entre los poderes eclesiástico y ejecutivo motivada por intereses económicos. La Orden de Los Caballeros
Pobres del Templo fue fundada para defender las regiones de la Tierra Santa,
reconquistadas a los musulmanes. Entre sus características más afamadas figuraban el valor caballeresco y el cristianismo sectario anti-musulmán. Eran, a comienzos del siglo XIV, la orden religiosa más rica y poderosa existente. Consciente de esto, Felipe El Hermoso hizo campaña para desacreditarlos y quedarse con su patrimonio. Su estrategia consistía en acusarlos de sacrilegio, herejía y, sobre todo, de conducta homosexual. Como en las reuniones de los templarios sólo se admitían varones y eran realizadas en secreto, trató de asociar este comportamiento sectario a la homosexualidad. Logró, de esa manera, condenarlos por herejes y hacerse con las ganancias de la orden.
La ejecución de Eduardo II, el último rey inglés, abiertamente homosexual, y de su amante, Hugh Le Despenser, fue premeditada por la propia hija del monarca, Isabel, quien pretendía hacerse con la corona inglesa. Según Boswell (1992: 320), condenarlos por su conducta sexual fue la manera encontrada por ella para legitimar el doble asesinato.
Eduardo fue asesinado mediante la inserción de un atizador en el ano y a Hugh le arrancaron y quemaron públicamente los genitales antes de decapitarlo.
Otro motivo que propició el cambio fue el miedo y el horror a lo diferente. El hecho de tachar de inmorales y peligrosos los comportamientos sexuales de culturas distintas, tales como la de los musulmanes y judíos, fomentó una creciente antipatía hacia estas etnias y esto se fue convirtiendo en odio, motivado por la aversión a las costumbres y tradiciones distintas a las de los cristianos. No quedaba de otra: habría que combatir a los paganos que ocupaban la Tierra Santa para circuncidar a los niños judíos en piedras bautismales a las que llenaban de sangre. Boswell (1992: 392) advierte que también era necesario desacreditar la moral musulmana. Los relatos de que eran comunes las prácticas sexuales entre muchachos, que no descalificaban la homosexualidad en sí misma, sino que tocaban ciertos tabúes como el de la sexualidad procreadora, convirtió a los musulmanes en aquellos que ultrajan vírgenes y matronas cristianas, bárbaros que sodomizan a hombres
de todas las edades incluso clérigos, monjes y hasta obispos.
Total, que la institucionalización de la homofobia tiene raíces históricas, económicas y racistas. Proviene de la construcción de significados aversivos y no de la aversión a la homosexualidad en sí misma, sino a la otredad representada por grupos étnicos con costumbres y tradiciones distintas a las de los cristianos. En la línea de mira, sobre todo musulmanes y judíos, además de todo aquello que pueda estar relacionado con sus culturas. Desde las actividades prestamistas hasta una supuesta versatilidad sexual. Por cuenta de esta analogía forjada, a partir de esta época, las prácticas homosexuales pasaron a ser duramente estigmatizadas23, perdiendo el significado anterior del amor griego que dio origen a la filosofía, al teatro y a la democracia para convertirse en una traición a las leyes divinas y terrenales. Interpretaciones y traducciones erróneas de la Biblia lo corroboraron. Por ello, se perdieron referentes menos restrictivos que imperaban en la Antigüedad, como veremos en el apartado siguiente.
23 Boswell (1992: 394) afirma que en la versión del Rey Jaime de la Biblia se traduce el término