Con todo lo que precede, nos interesa dejar claros los siguientes extremos. Primero, que las diferencias fisiológicas entre el hombre y la mujer están en función de su diferente cometido en la reproducción; por tanto son naturales; otras diferencias intelectuales son el producto de una discriminación en la educación únicamente y por tanto son artificiales y susceptibles de ser cambiadas. Todo lo que contribuya a cambiar esta orientación en la educación de los niños y niñas será positivo para que la mujer afronte, de una forma nueva, la circunstancia de su gestación y su maternidad, llegando a conseguir que ello sea un hecho social nada excluyente.
Se han dado cronológicamente una serie de factores que han condicionado la vestimenta femenina durante la gestación, con independencia, claro está, de los cambios que la gestación produce en el propio cuerpo de la mujer.
Estos cambios en la corporalidad del embarazo los estudiaremos más adelante. En la cronología de estos factores vamos a limitar el estudio a un período relativamente breve, para acercarnos a la actualidad, que es la que más nos interesa.
Factores de tipo social que han condicionado la vestimenta femenina durante la gestación
Lo vamos a estructurar así:
• Movimiento poblacional del campo a
la ciudad
• Disminución del servicio domestico • Incorporación progresiva de la mujer
al mercado laboral
• Desarrollo de la sociedad de consumo;
Incremento del consumo de moda; Aparición de la moda pre-mamá
Movimiento poblacional de campo a la ciudad
Durante los primeros 70 años de este siglo la población rural española permaneció estacionaria en torno a los 4 - 5 millones, mientras que la población total prácticamente se duplicó. La sola constatación de este hecho es suficiente para darse una idea del cambio social que esto supone. Los sociólogos han mostrado tal interés por el hecho migratorio del campo a la ciudad que lo catalogan como una etapa en sí mismo de cambio social, no sólo existe una sociedad diferente antes de la emigración y otra después, existe otra y con caracteres muy peculiares, que se da justamente durante los años 60 cuando las gentes campesinas dejan sus pueblos y crean los arrabales modernos en las ciudades, en las grandes ciudades sobre todo.
A pesar del entusiasmo con que los sociólogos han estudiado este fenómeno, todavía falta verlo en su conjunto para darse cuenta de la enorme transformación que supuso. Hay que tener en cuenta que en este país esos años coincidieron con la guerra de Vietnam y con el mayo francés, con acontecimientos que resultaban anacrónicos para España y que, sin embargo, eran contemporáneos a otros nuestros como los planes de desarrollo del general Franco y al lleno masivo en las universidades. El primer anacronismo se daba porque este país no había pasado por la Segunda Guerra Mundial y porque el cambio poblacional a que aludimos ya se había dado en Europa muchos años antes. Mientras que en el 60 la población rural en España era al 19 %, en Francia y Alemania había quedado ya muy próxima al 10%.
Más que sociólogos, quizás sean estudiosos de otros temas, como, por ejemplo, los de la música pop-rock, quienes vean el fenómeno migratorio como algo más complejo que un cambio económico e industrial. Mirado desde lejos, desde un imaginario punto de vista muy alto, se vería cómo esos grandes núcleos urbanos ejercen un cierto magnetismo sobre los campesinos jóvenes y adultos; los atraen en masa hacia sí. ¿ La producción masiva de comunicación tuvo la culpa? ¿ La difusión de una inquietud cultural generalizada?
Imaginen por un momento aquellas mujeres campesinas que llegaban a la ciudad desde los sobrios pueblos de todas las regiones del país; allí habían vivido junto a sus mayores, atareados todos en una faena común, la labranza y la cría de animales domésticos. Cada hijo que nacía en la antigua familia rural era criado a la vez por tres generaciones en una sola: los hermanos, los padres y los abuelos en la misma casa; era bien difícil distinguir quién era la madre porque la madre y 1a abuela vestían las mismas sayas. Y no sólo esto, sino que la madre más reciente quizás ni siquiera necesitó transformar su vestimenta durante la gestación.
Cuando esa mujer rural ya es urbana y vuelve a ser madre lo será de una forma diferente. En primer lugar habrá cambiado la ropa oscura y resistente del trabajo en el campo por otra más liviana, más variada de color y seguramente más barata. Pero, sobre todo, va a ser madre ella sola, porque los abuelos han quedado en el pueblo. Esta es, con seguridad, la primera vez que la mujer ciudadana nueva se centra en ser madre; a esto hay que añadir el interés que la mujer pone en diferenciar su nueva forma de vida de la anterior. Llamamos la atención sobre esta circunstancia porque se trata del momento en que el embarazo se delimita y se contestualiza como hecho diferenciado de los demás dentro de la vida familiar.
La disminución en el servicio doméstico
Una salvedad en el fenómeno migratorio del punto anterior, tal como lo hemos estudiado, es la que se refiere a las jóvenes –y no tan jóvenes– campesinas que se introdujeron en la vida urbana a través del empleo como sirvientes de las familias de la alta burguesía. Esta corriente de mano de obra femenina comienza mucho antes de lo que hemos llamado la emigración rural y tiene otras características; sobre todo la emigración rural masiva es familiar, mientras que las chicas de servir es una emigración individual.
La revolución industrial en España, la comparable a la inglesa y del resto de Europa, es tardía y cabalga sobre el final del siglo XIX y principios del XX. Es con esta primera industrialización con lo que se nutre y amplía la burguesía española y es esta familia burguesa la que emplea abundante mano de obra en el hogar.
La burguesía ciudadana se encuentra desde entonces, y por un largo período, con una pléyade de sirvientes que se caracterizaron tanto por su incultura como por su bajo costo. Esta ama de casa con sirvientes puede durante su embarazo no mostrarse en público y, por tanto, el traje de embarazada no resultaba esencial, puesto que el servicio se ocupa de toda la intendencia hogareña. Y en cuanto a la función representativa no era el momento más idóneo para ejercerla.
Según un estudio publicado por el Instituto de la Mujer, en el año 1950 el servicio doméstico agrupa a casi medio millón de empleadas. Al final de los 60 este empleo empieza a decaer y en dos encuestas, 68 y 69 (misma fuente: Instituto de la Mujer), el promedio de hogares con servicio doméstico es del 10%, pero en la mitad de los casos se trata de asistentas por horas, y en la cuarta parte de asistentas por días completos. Con la proliferación de industrias necesitadas de una mano de obra poco cualificada y, siendo el salario femenino más bajo, se creó una oferta de empleo más amplia y abundante; y las mujeres que antes habían optado por el servicio doméstico se desplazaron hacia estos empleos, que ofrecían mejores salarios y más independencia.
El servicio doméstico empieza a quedar reservado para una elite social que lo puede pagar. La mayoría de las amas de casa acomodadas tienen que afrontar por ellas mismas las tareas del hogar. En esta nueva situación, la mujer de clase media y media alta se ve obligada a salir fuera de su casa incluso durante el embarazo; necesita vestir su embarazo. Al encarecimiento de la mano de obra en el hogar viene unida la invasión precoz del electrodoméstico. Con esta ayuda, el ama de casa no solamente puede sustituir a una empleada sino que desaparecen del hogar les trabajos sucios o duros; la cocina de gas y la eléctrica desplaza a la cocina de leña y de carbón; la lavadora suprime el laborioso lavado a mano, trabajoso, largo y sucio. La mujer empieza a poder vestir mejor en casa aunque trabaje, aunque haga las labores que antes le hacían otras manos.
Tenemos pues a la madre de la clase social acomodada que no solamente sale a la calle embarazada sino que además en su propia casa, mientras trabaja, puede mantener su aspecto externo más cuidado.
Incorporación progresiva de la mujer al mercado laboral
A causa de la guerra civil, en España la población masculina era bastante inferior a la femenina. Había que hacer que ese excedente femenino pudiera tener una cierta independencia económica mediante el trabajo, aunque en el momento de encontrar marido muchas renunciaban a ese trabajo en favor de la familia. Un decreto ley del Ministerio de Trabajo del 1262 dice así:
No obstante en, defensa del hogar familiar se concede a la mujer trabajadora, al contraer matrimonio, el derecho a optar entre las siguientes situaciones: continuar en el trabajo, rescindir contrato con percibo de las indemnizaciones que señalan las disposiciones estatales, susceptibles de ser mejoradas en convenios colectivos y reglamentos de régimen interior, o quedar en situación de excedencia voluntaria por un período no superior a cinco años ni inferior a uno.
Naturalmente nos estamos refiriendo al medio urbano asentado como tal; pero se trata de una cuestión importante porque ello da lugar al inicio de una profesionalización peculiarmente femenina, según se ha venido entendiendo comúnmente esto. Es una mano de obra medio cualificada y, por tanto, distinta de la empleada en la producción industrial. Así nacieron las telefonistas, enfermeras, azafatas, secretarias, y las numerosas dependientas vendedoras en el comercio. No olvidemos que Pilar Primo de Rivera, Jefa de la Sección Femenina, era enfermera.