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Capítulo 2. Sobre el género

2.2. Género: concepto, controversias, críticas

El término “género” es uno de los más ambiguos y controvertidos del lenguaje contemporáneo, con un significado que no solo varía en el tiempo sino que incluso puede cambiar radicalmente según quién lo utilice y en qué contexto. La disputa sobre su significado no es trivial, pues refleja las diversas visiones de mundo y del ser humano (Carrasco, 2006: 308)

Casi desde los inicios del uso generalizado de la categoría “género” durante la década de los ochenta comienzan las polémicas en torno a su significado y su uso. Respecto a su significado, no existe una única 35

definición y, aunque su origen está bien estudiado, diversas autoras consideran distintos antecedentes. Puleo (2008) sitúa las raíces del concepto en la Ilustración por la polémica acerca del carácter innato o adquirido de los rasgos femeninos y masculinos. En general se considera a Simone de Beauvoir uno de los antecedentes más importantes de este concepto (aunque no utilizara explícitamente el término género) y, en el ámbito de la antropología se 36

suele citar a Margaret Mead (Martín Casares, 2006; Moncó, 2011) como una figura clave en el surgimiento de esta categoría de análisis. 37

Aunque el uso del término género es anterior, se suele considerar que es Gayle Rubin quien en su artículo 38

de 1975, El trafico de mujeres, sienta las bases de la conceptualización del sistema sexo-género. Para Rubin el estudio de la subordinación femenina y las causas que la originan constituye la base de cualquier reflexión que pretenda transformar el orden establecido y alcanzar una sociedad sin “jerarquía por géneros” (Moncó, 2011) De este modo, en su origen, el género, aunque fundamentalmente trata de contribuir a poner de relieve el carácter cultural y, por tanto, construido, de la situación y las características de las mujeres, no prescinde de la consideración de que en la base se sitúan unas relaciones asimétricas de dominación entre hombres y mujeres, por una parte, y entre lo masculino y lo femenino, por la otra. Es importante recalcarlo porque en muchos usos se tiende a marcar el énfasis en la primera cuestión olvidándose la segunda. 39

Otra contribución importante es la de Jean Scott con su artículo El género, una categoría útil para el análisis científico (1986) en el que ya se refiere a los diversos usos y la multidimensionalidad del concepto, pues afecta tanto a la ciencia, como a la sociedad y la construcción de la identidad personal. Scott distingue cuatro aspectos en el género conectados entre sí: símbolos culturales, conceptos normativos, instituciones y organizaciones sociales y la identidad genérica. Y utiliza el concepto de poder de Foucault para articular unos y otros. (Martín Casares, 2006).

E incluso antes, Oliva Portolés habla de que las críticas comienzan ya en los años setenta (2010) 35

Amorós (2009) se pregunta si Simone de Beauvoir hizo uso de la categoría género y dice que “Se podría responder 36 afirmativamente desde el momento en que para Beauvoir, en cuanto existencialista, el sexo no puede ser vivido como un dato bruto sino por la mediación de las definiciones culturales.” (14-15) Sin embargo hay una clara diferencia entre su planteamiento y el de Rubin que, apoyándose en el estructuralismo de Lévi- Strauss, marca el énfasis en las estructuras sociales. Desde la antropología se subraya que, aunque Margaret Mead no se considera feminista, “contribuyó enormemente a la gestación 37 de la categoría “género” en Antropología, debido a su empeño por separar las cualidades humanas biológicas de aquellas que son culturales en los hombres y en las mujeres.”(Martín Casares, 2006: 109) o , como señala Moncó al comentar un estudio sobre los adolescentes de Samoa “En realidad lo que Mead está demostrando es que buena parte de los comportamientos que “naturalmente” se ligan a la etapa adolescente no provienen de la naturaleza sino que, muy al contrario, se está configurando mediante la cultura”(2011: 59) Oliva Portolés (2010: 15-22) presenta un buen resumen de los inicios del término que pasa desde la lingüística a la medicina y la 38 psicología en los años cincuenta y posteriormente al feminismo y las ciencias sociales. Más adelante volveremos a este artículo de Rubin porque muchas de las críticas que se han hecho, incluso las más actuales, al 39 concepto género tienen más que ver con el uso que se ha hecho que con el planteamiento inicial de Rubin.

Esta multidimensionalidad del concepto género ha sido subrayada por múltiples investigadoras desde diferentes ámbitos. Harding (1996) distingue tres aspectos en el género: simbolismo de género, estructura de género y género individual; y subraya que, aunque los referentes de masculinidad y feminidad cambian de una cultura a otra, dentro de una misma cultura los tres aspectos están relacionados entre sí. Moncó (2011) considera que se puede usar como identidad individual, como roles sociales, como ordenador social y como representación. En general, se destacan tres acepciones del género: como factor estructural que enmarca y condiciona las relaciones entre hombres y mujeres, la referida a las características individuales ligadas al género (estereotipos, identidad) y, por último, el género como símbolo o representación.

A finales de los ochenta y durante los noventa se produce una reconceptualización del concepto en la que tienen una gran influencia el pensamiento posmoderno y el postestructuralismo, a través, especialmente, de la aplicación al género del pensamiento de Foucault que, entre otras cosas, desemboca en el surgimiento de la teoría queer. (Martín Casares, 2006; Puleo, 2008). En este proceso son especialmente relevantes las figuras de Monique Wittig y, sobre todo, por su gran influencia en la reconceptualización del género y su enorme repercusión, Judith Butler. En el pensamiento de Butler, y en la teoría queer, la distinción entre sexo y género pierde sentido:

Butler defiende que el propio cuerpo adquiere un género a través de acciones reiteradas, un proceso que describe como de “performatividad”. El género, en otras palabras, se torna corpóreo y lo que pensamos como sexo es el efecto de esta práctica “reiterativa” o ritual: una práctica que resulta en que el sexo sea percibido como algo totalmente “natural”.(Rose, 2012: 54)

Describiremos brevemente las aportaciones de Butler, especialmente en su obra El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad publicado por primera vez en 1990 porque gran parte de las polémicas actuales en torno al género tienen como referencia explícita o implícita las aportaciones de esta autora.

Butler (2007) en el prefacio a El género en disputa escrito en 1999, casi diez años después de su primera publicación, hace una interesante reflexión que aporta nueva luz a la lectura de su obra . Señala que su objetivo 40

principal fue abrir nuevas posibilidades para el género y habla de las principales influencias en su obra entre las que destaca, por una parte, los referentes teóricos y por otra, sus experiencias personales. Respecto a las primeras destaca el postestructuralismo francés, por una parte, y por otra, su formación feminista -en la que resalta especialmente el “excelente” trabajo de Gayle Rubin y los escritos de Monique Wittig-. Subraya que no se trata de ”“aplicar” el postestructuralismo al feminismo, sino de exponer esas teorías a una reformulación específicamente feminista” (9) En cuanto a las segundas, se refiere a la influencia en su teoría tanto de sus compromisos políticos como de su propia homosexualidad así como situaciones familiares cercanas que se alejaban de la sexualidad normativa. Desde la confluencia de todo ello aboga por el lesbianismo al considerar que “las prácticas sexuales no normativas cuestionan la estabilidad del género como categoría de análisis” (12) ya que en su conceptualización la heterosexualidad es central en el discurso dominante sobre el sexo/género.

La elaboración de esta propuesta de subversión del género parte de una reconsideración sobre qué es el género y qué es ser hombre y mujer, y las relaciones entre sexo, género y sexualidad. Respecto al genérico mujeres lo considera problemático y rechaza su uso incluso como estrategia. (51) En cuanto a la relación entre sexo, género y sexualidad, cree que la diferenciación entre sexo y género está produciendo una fragmentación en el feminismo y critica las posturas que consideran el género como producto cultural de un sexo y una sexualidad consideradas como “naturales”. Habla de la existencia de una discontinuidad entre los cuerpos

Por ello, en este breve resumen, mezclaremos las principales ideas de su obra tal como aparece publicada en 1990 con los 40

sexuados y los géneros socialmente construidos de manera que, aunque los sexos sean binarios -lo que también pone en duda-, ello no significa que también lo sean los géneros.

Si se refuta el carácter invariable del sexo, quizás esta construcción denominada “sexo” esté tan culturalmente construida como el género, de hecho, quizá fue siempre género, con el resultado de que la distinción entre sexo y género no existe como tal(…)

En este caso no tendría sentido definir el género como la interpretación cultural del sexo, si éste es ya de por sí una categoría dotada de género (Butler, 2007: 55)

Por todo ello Butler rechaza la identificación de sexo con naturaleza y género con cultura pues es a través del género como se establece la idea de un sexo ”prediscursivo”, anterior a la cultura. A partir de ahí, trata de reformular la idea de género, para lo que analiza las aportaciones de Simone de Beauvoir y las compara con las de Luce Irigaray. Lo que trata de establecer es que tanto el cuerpo como el sexo son construcciones sociales y desde ahí aborda los problemas sobre la identidad y la identidad de género y plantea la existencia de una “matriz de inteligibilidad” desde la que se definen géneros inteligibles que son los que “restauran y mantienen relaciones de coherencia y continuidad entre sexo, género, práctica sexual y deseo” mientras que quedan excluidas las identidades en las que el género no es consecuencia del sexo ni el deseo consecuencia del sexo y el género.(72)

A partir de ahí propone, partiendo de Austin, una concepción performativa del género que, según la propia Butler no es fácil de precisar porque, desde la publicación de su obra y partir de sus revisiones y de las adaptaciones y reformulaciones de otros autores, su propia postura ha ido cambiando con el tiempo. Pero lo sintetiza diciendo que “la postura de que el género es performativo intentaba poner de manifiesto que lo que consideramos una esencia interna de género se construye a partir de un conjunto sostenido de actos, postulados por medio de la estilización del cuerpo basado en el género” (17) y define el género como “la estilización repetida del cuerpo, una sucesión de acciones repetidas - dentro de un marco regulador muy estricto- que se inmoviliza en el tiempo para crear la apariencia de sustancia, de una especie natural de ser” (98).

Por tanto, desde la perspectiva de Butler, pierde sentido la distinción entre sexo y género al considerar que tanto uno como otro son construcciones sociales ; se pone en cuestión el genérico mujeres; se subraya la 41

importancia de tener en cuenta otras intersecciones al analizar este colectivo; se cuestiona el paso de un sexo binario a un género binario - así como el propio sexo binario- y se propone, frente a la vindicación como estrategia feminista, la subversión como forma de romper con la matriz tradicional de inteligibilidad de los géneros con prácticas que pongan en cuestión las identidades apoyadas en la heterosexualidad normativa.

Relacionadas, pero también independientes de las diferentes interpretaciones del concepto “género” como categoría analítica, están los diferentes usos que se han ido dando a este término y las características valorativas que se le han ido asignando. El término género en la práctica se ha usado, y se usa, como sustituto de mujeres, sexo, patriarcado, o feminismo y en muchas ocasiones se hizo y se hace porque resulta más neutral. Aunque, paradójicamente, desde hace unos años y desde algunos ámbitos conservadores y religiosos, e incluso, desde los autodenominados “nuevos feminismos” (León Mejía, 2009) se refieren a la ideología de género y al género como uno de los peligros que amenazan a la humanidad y, en este sentido y contexto “género” pasa de ser una palabra “neutra” a ser una palabra profundamente cargada de valor.

Sin embargo, en un primer momento, existe un cierto consenso en considerar que una razón importante de la generalización del uso de género como sinónimo y sustituto de mujeres fue “simplemente porque sonaba más neutral y académico” (Martín Casares, 2006: 34). Esta idea del uso del género por su mayor “neutralidad” está

Desde nuestra perspectiva es posible aceptar que ambas, sexo y género son sociales, pero mantener la diferencia entre ambos. 41

muy extendida. Y para muchas investigadoras tiene una interpretación positiva. Para Alberdi el género ofrece una perspectiva “más amplia y más neutra” que permite superar las posturas revanchistas y victimistas en las que, a veces, había caído el feminismo (1999:15) y pone de relieve la importancia de la distinción entre sexo y género por contribuir a desnaturalizar las desigualdades entre hombres y mujeres. Y, quizá, ésta sea una de las aportaciones más importantes del concepto género: contribuir a la desnaturalización de características, espacios y actividades atribuidas tradicionalmente a las mujeres por su “naturaleza” y, por tanto, por necesidad. Flecha (1996a) también valora positivamente la introducción del concepto y cree que aunque no se puede cambiar la forma de pensar solo por la introducción de un nuevo concepto:

el de género ha ayudado, al menos, como modelo de interpretación de las relaciones sociales y de su historia, al reconocimiento y a la aceptación de estereotipos falsos asignados a los sexos, a una mayor conciencia sobre las trampas para el pensamiento que han provocado, y siguen provocando, conductas injustas de unas personas hacia otras. (78)

Esta autora destaca que también ha contribuido al reconocimiento académico de los estudios de la mujer, al percibirse “como una formulación más cercana y objetiva”(80). Entre las ventajas que señala Alberdi está también la de la articulación de lo público y lo privado pues “a partir del análisis de las condiciones de la vida cotidiana, de la esfera privada en la que se mueven necesariamente todos los individuos, se explican las diferentes oportunidades que hombres y mujeres tienen en los ámbitos públicos.”(1999:18)

Pero existen también muchas críticas sobre un uso incorrecto del concepto que, aunque en general, coinciden en las diferentes disciplinas, suelen tomar matices diferentes en algunas de ellas. Entre los usos negativos, se 42

destaca la utilización del género simplemente como sustituto de otros conceptos. En concreto: mujeres, sexo, feminismo, y patriarcado.

Existen investigaciones en las que se introduce la variable sexo con las categorías hombre/mujer y , lo único que se hace es cambiar el nombre sexo por género de forma que el género se convierte simplemente “en el sinónimo políticamente correcto del sexo” (Rose,2012: 48). Como señalaba Astelarra ya en 1988, “la distinción entre sexo y género no ha funcionado como se esperaba. En lugar de construir una teoría sobre el género, este concepto ha sido utilizado de forma intercambiable con el de sexo.“(50)

Género se ha utilizado también sustituyendo la palabra feminismo, tanto en las políticas públicas como en las investigaciones, siendo el resultado, según denuncian algunas autoras, la despolitización del feminismo:

El problema surge cuando una categoría como la de género, acuñada como una herramienta feminista con el objeto de visibilizar una estructura de dominación, se intenta sustituir por el propio paradigma feminista del que forma parte. El problema surge cuando se sustituye el todo por la parte. Y esto, sin embargo, no es un error metodológico sino político, es más bien una cuestión de metonimia política, pues la sustitución indiscriminada de feminismo por género produce efectos no deseados para las mujeres porque despolitiza el feminismo al vaciarle de su contenido crítico más profundo. (Cobo Bedia, 2005: 256)

Molina (2008) cree que el género ha “usurpado” los conceptos de patriarcado y feminismo y subraya que muchas veces se usa simplemente como estrategia por ser menos fuerte que feminismo, de manera que hay instituciones que nunca defenderían el feminismo pero sí el género. Amelia Valcárcel (2009) dice que el feminismo, debido a sus enemigos, se ha “travestido” y tomado otro nombre para ser aceptado. Y reivindica el uso del término feminismo: “Cuando se escucha demasiado la palabra género y la palabra feminismo no

Por ejemplo, en psicología se critica su uso en muchas ocasiones sin tener en cuenta que es una construcción social y el carácter 42

acontece, hay que pensar mal. Vindicar el término es una prueba de la autoconciencia del proceso en que se opera”. (222)

En cuanto al patriarcado, son múltiples las críticas respecto a su sustitución por género. Entre ellas destaca Celia Amorós para quien el género no puede sustituir al patriarcado por tener significados diferentes, el uno se refiere al proceso de socialización y el otro a un sistema de dominación. El término patriarcado surge con Kate Millet precisamente para designar la relación entre los sexos como ejemplo de lo que Max Weber definió como relación de dominación-subordinación (Astelarra, 1988). Para esta autora, el patriarcado añadía un elemento importante: “la afirmación de que se trata de un sistema que se basa en la utilización del poder y en este sentido es una organización política.” aunque entiende el patriarcado como “un sistema de género específico que se caracteriza, precisamente, porque la relación entre los varones y las mujeres es de dominio-sumisión y parte del principio de que existe una jerarquía entre ambos” (52). Por ello, hay autoras que defienden el uso de género por ser más amplio en el sentido de que designa cualquier relación entre hombres y mujeres mientras que el patriarcado designa una situación histórica particular.

Es muy interesante la reflexión que hace Molina (2008) sobre la utilidad del concepto, usando para ello lo que Celia Amorós llama el “test de Fraser” en alusión a Nancy Fraser quien dice que “es necesario que la teoría visibilize y explique la situación de las mujeres (no de un grupo de mujeres) y ofrezca estrategias razonables de emancipación.”( 259) Comienza Molina analizando el surgimiento del concepto y subraya su utilidad para poner de manifiesto el carácter construido de lo femenino; pero cuando el género se presenta como una estructura social jerárquica, pasa de ser una categoría de análisis a ser un sistema y la consecuencia es una “ontologización” del género”(261) y en este sentido coincide con Celia Amorós en que añade muy poco al concepto de patriarcado.

Se centra después Molina en el aspecto más subjetivo del género, el que se interesa por cómo la organización social incide en la construcción de las subjetividades y señala que, así considerado, el género ofrece una ventaja respecto al patriarcado para explicar “cómo se aprende el género, cómo se transmite, cómo se socializa, o cómo se representan los roles de genéricos” porque en este caso el género se piensa como un discurso y en esta vertiente subjetiva “ funciona como una narrativa”. Cree que entendido de este modo “el género ha dado un gran rendimiento explicativo pero también ha complicado y confundido.” (261) Y habla de un progresivo desencantamiento respecto al género así como de una fuerte crítica a algunos supuestos ocultos, como, por ejemplo, la identificación del sexo y la sexualidad con lo natural sin tener en cuenta el carácter también construido de los cuerpos y los deseos.

Por todo ello distingue entre la perspectiva o visión de género que considera “una indispensable actitud crítica