Paradigma transaccional
3. Génesis de los juegos
Desde el punto de vista actual, criar a un niño puede considerarse como un proceso educacional en el cual se le enseña qué juegos debe jugar y cómo jugarlos. También se le enseñan procedimientos, rituales y pasatiempos apropiados a su posición en el ambiente social a que pertenece, pero no son tan significativos. Su conocimiento de los procedimientos rituales y pasatiempos y su destreza en ellos, determinan las oportunidades que estarán a su alcance (en igualdad de circunstancias); sus juegos determinarán el uso que él haga de esas oportunidades, y los resultados de las situaciones para las cuales es elegible. Como elementos de su inconsciente plan de vida, sus juegos favoritos determinarán también su destino (también en igualdad de circunstancias); el resultado final de su matrimonio, su carrera y las circunstancias que rodeen su muerte.
Los padres escrupulosos dedican gran cantidad de atención a enseñar a sus hijos procedimientos rituales y pasatiempos apropiados a su situación en la vida, y, con igual cuidado, seleccionan escuelas, colegios e iglesias donde sus enseñanzas serán reforzadas. Sin embargo, tienden a pasar por alto la cuestión de los juegos, que forman la estructura básica de la dinámica emocional de cada familia, y que los niños aprenden a través de experiencias significativas en la vida diaria, desde sus primeros meses.
Problemas relacionados se han discutido durante miles de años en una forma general, no sistematizada, y ha habido algunos intentos de un enfoque más metódico en la literatura moderna de ortopsiquiatría; no obstante, sin el concepto de juegos, hay pocas posibilidades de una investigación consistente. Hasta ahora, las teorías de la psicodinámica interna del individuo no han podido resolver satisfactoriamente los problemas de las relaciones humanas. Estas son situaciones transaccionales que demandan una teoría de dinámica social, que no pueda ser derivada únicamente de la estimación de las motivaciones individuales.
Como todavía hay pocos especialistas bien preparados en psicología infantil y psiquiatría infantil, que además estén bien adiestrados en análisis de juegos, las observaciones acerca de la génesis de los juegos son escasas. Afortunadamente el siguiente episodio tuvo lugar en presencia de un analista bien preparado:
Tany, de siete años, sintió dolor de estómago a la hora de comer y pidió que lo excusaran por esa razón. Sus padres sugirieron que se acostara un rato. Su hermano menor, Mike, de tres años, dijo entonces, «yo también tengo dolor de estómago», evidentemente, buscando la misma consideración. El padre lo miró un momento y contestó, «Tú no quieres jugar ese juego, ¿verdad?». Lo que hizo que Mike soltara la risa y dijera, «¡No!». Si los padres hubieran sido caprichosos en cuestiones alimenticias o del funcionamiento intestinal, Mike hubiera sido también enviado a la
cama por sus alarmados padres. Si él y los padres hubieran repetido esta representación varias veces, podría anticiparse que este juego hubiera pasado a formar parte del carácter de Mike, como sucede con frecuencia cuando cooperan los padres. Cada vez que se sintiera celoso de un privilegio concedido a un competidor, alegaría enfermedad para conseguir privilegios para sí. La transacción ulterior consistiría entonces en:
(Nivel Social) «No me siento bien» + (Nivel psicológico) «Debes concederme un privilegio también».
Mike, sin embargo, se salvó de semejante carrera hipocondríaca. Tal vez terminará con un destino peor; esa no es la cuestión. La cuestión es que un juego in statu nascendi quedó roto ahí mismo con la pregunta del padre y la franqueza del niño al reconocer que estaba iniciando un juego.
Esto demuestra claramente que los juegos son deliberadamente iniciados por los niños pequeños. Después de convertirse en patrones fijos de estímulo y respuesta, sus orígenes se pierden en la bruma del tiempo, y su naturaleza ulterior se oscurece en las nieblas sociales. Ambos pueden ser reconocidos por medio de procedimientos apropiados: el origen, por medio de alguna forma de terapia analítica y, el aspecto ulterior, por antítesis.
La repetida experiencia clínica nos aclara que los juegos son imitativos por naturaleza, y que son inicialmente implantados por el aspecto Adulto (neopsíquico) de la personalidad del niño. Si el estado del ego Niño puede ser revivido en el jugador adulto, las actitudes psicológicas de este segmento (el aspecto Adulto del estado del ego Niño) son tan asombrosas, y su destreza en manejar a la gente tan envidiable, que se le llama correspondientemente en lenguaje familiar «El profesor» (de psiquiatría).
De allí que en los grupos de psicoterapia que se concentran en el análisis de juego, uno de los procedimientos más sofisticado es la búsqueda del pequeño «Profesor», en cada paciente. Sus primeras aventuras para implantar juegos entre los dos y los ocho años, son escuchadas por todos los presentes con fascinación, y con frecuencia, a menos que los juegos sean trágicos, con gusto y hasta con hilaridad, a lo cual el paciente mismo puede unirse con justificada apreciación de sí mismo. Una vez que sea capaz de hacer eso, está en buen camino para desistir de lo que puede muy bien ser un patrón de conducta desafortunado, y sin el cual le irá mucho mejor. Ésas son las razones por las que, en la descripción formal de un juego, siempre se intenta describir el prototipo infantil.