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LEJANO ORIENTE: Dicotomía antagónica de la Princesa china y las Geishas

II.4 INTRODUCCIÓN A LA CULTURA JAPONESA EN ESPAÑA

II.4.1 GEISHA, ICONO DE LA MUJER FATAL MODERNISTA

El testimonio de Enrique Gómez Carrillo, -uno de los miembros más asiduos en las tertulias literarias en los cafés de Madrid donde coincidía a menudo con Villaespesa-, confirma el fervor por la moda japonesa en España. Su libro, El Japón Heroico y galante, despliega el conocimiento erudito del autor sobre la cultura del lejano Oriente. Sirviéndose de una fuente de información muy valiosa del mundo exótico para sus literatos contemporáneos, -entre ellos para nuestro

128 David Almazán Tomás, “El japonismo como género femenino”, La

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poeta almeriense-, sus varias crónicas de viajes a Extremo Oriente se convierten en las referencias culturales del gusto orientalista. Sobre todo, uno de los temas más cultivados por este autor guatemalteco era sobre la mujer oriental. Encontramos un capítulo completo, dedicado a “La Mujer”, que inaugura con el siguiente testimonio:

Desde hace algunos meses no puedo abrir una revista sin encontrar algunas páginas sobre la mujer japonesa. El tema es de actualidad2.

A nuestro juicio, el propio Gómez Carrillo es el que contribuyó a que se produjera esta moda japonesa. Sus numerosos relatos publicados en las revistas literarias sobre la cultura erótica de Oriente no dejan indiferente a nadie ante una usanza inaudita en España. Veamos uno de ellos:

El tema de la mujer es el más preferido entre todos, por el exotismo que las musmés generan por la actitud sumisa, la sensualidad de las geishas y la costumbre, nunca vista en Occidente, de los burdeles de las cortesanas japonesas. Tanto impacto causa la última, todos los autores, ya sean diplomáticos ya sean viajeros, comentan sin excepción su asombro tras visitar el burdel de

Yoshiwara129.

129 Enrique Gómez Carrillo, “El culto de la cortesana”, El alma

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Entre los temas variopintos sobre las japonesas, ya sea de su esclavitud o la sumisión en el ámbito sociocultural confucionista 130 , ya sea del movimiento

feminista en sus inicios, el protagonismo absoluto pertenece sin excepción al mundo excéntrico de la geisha, vista como “idealista encarnación del encanto oriental”131 .

El término “geisha” es una trascripción fonética de la palabra japonesa 132 “藝(arte)者(persona)”. Significa la persona que practica el arte o el artista. Estas damiselas “artistas” eran respetadas como profesionales, pero pertenecían a una clase social baja, puesto que ellas aprendían y utilizaban su arte con un propósito exclusivo de entretener a los varones a cambio de una recompensa económica, si bien su estatus se diferenciaba del de las vulgares cortesanas. Realizaban actuaciones musicales compuestas por el canto y la danza tradicionales. También sabían tocar

130 Véase “La Mujer”, El Japón heroico y galante de Enrique Gómez Carrillo, Ed.Mundo Latino, Madrid, 1905, Pp.159-169

131 Véase “Geisha, esposa y feminista: imágenes de la mujer japonesa en la prensa española (1900-1936)” de Vicente David Almazán Tomás, STVDIVM, Revista de humanidades, 10 (2004), p.254 132

Encontramos habitualmente la trascripción fonética en lengua anglosajona, “geisha”, sin embargo, la diferencia del sistema fonético entre inglés y español, la “gueisha” se aproxima más en español a la pronunciación de la palabra original japonesa.

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instrumentos musicales como el “samisen”, y aprendían la caligrafía, la lectura y la composición de los versos del danka o haiku.

El origen de este oficio se debe a la tradición social confucionista en la que las mujeres se recluían en el interior de la casa y estaba muy mal visto que las damas tuvieran trato alguno con los hombres forasteros. Este tabú social se cumplía a rajatabla, ya que Confucio decía que los hombres y las mujeres no debían sentarse juntos a partir de los 7 años. En esta circunstancia en que ni siquiera los novios se conocían hasta la ceremonia de su boda, los anfitriones que querían agasajar la visita de los varones no tenían otro remedio que acudir a las geishas profesionales, las cuales tocaban música, bailaban y cantaban para entretener a los hombres. Más adelante, utilizaban la casa del té para celebrar reuniones privadas o de negocios y citaban a las geishas. En este transcurso, la cultura de las geishas en su mayor parte se forjó en la casa del té, lugar que se transformó, a su vez, en una casa de citas. Este aspecto hizo considerar que la casa del té sea un lugar equiparable al burdel de lujo

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y las geishas, meretrices de alta formación artística. Por consiguiente, la imagen de las geishas plasmada en los poemas de Villaespesa se asocia con la mujer pecadora, representada por la serpiente venenosa, el símbolo de la mujer fatal:

De tibias fragancias lleno, lentamente, suavemente, tu frágil cuerpo moreno enciende mi carne ardiente; Y te enroscas a mi seno Lo mismo que una serpiente, infiltrándome el veneno

de tus ponzoñas de Oriente...133

Creemos que esta imagen de la mujer nipona, establecida en el poema “Japonerías”, inaugura un nuevo arquetipo de la mujer fatal, la geisha, si bien la imagen de la geisha venía forjándose en la tradición de la literatura occidental.

Resalta en especial la figura de la "musmé", protagonista de Madame Butterfly (1904), tan querida por los poetas europeos. Esta ópera, adaptación parcial de la novela Madame Crisantemo (1887) de Pierre Loti (1850-1923), tuvo una enorme repercusión entre los literatos modernistas.

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El inicio de un mayor grado en la difusión de la imagen de las geishas en la literatura occidental se atribuye a las obras de Pierre Loti, en particular,

Madame Chrysanthème (1887), paradigma que permanece de

manera explícita o implícita en las obras posteriores que tratan de la imagen femenina nipona. Sin embargo, no fue Loti quien resalta la imagen refinada y sensual de la geisha, ya que su modelo dramático proviene de la novela Madame Butterfly (1898) de John Luther Long, quien añadió los componentes de emoción intensa y el exotismo sensual a la versión original de Loti. Tras un año de éxito de esta novela, en el año 1900 se hizo su primera representación teatral en Nueva York a base de una adaptación teatral hecha por David Belasco dando pie a la gestación de la ópera de Giacomo Puccini134.

Éste recurrió a su vez a las tres fuentes anteriormente mencionadas y otros numerosos escritos sobre Japón para

134Dada la importancia de la versión de Puccini de Madame Butterfly trasladamos el primer encuentro de este compositor italiano con la novela, constatado en “Madama Butterfly y sus fuentes: la creación de un mito” de Luisa M.Gutiérrez Macho, La Mujer japonesa.,op.cit., Pp.889-890:“Este mismo año (1900), poco tiempo después, Giacomo Puccini acudirá al teatro Duque de York de Londres, donde tenía luar la representación, y, aunque no entendión prácticamente nada del diálogo al desconocer el idioma y por la difícil jerga que utilizaban al hablar los personajes japoneses, la obra le fascinó y se sientió profundamente conmovido. Este hándicap resultó ser una magnífica prueba de la claridad y efectividad teatral del argumento. Por otra parte, el encuadre exótico le hechizó”.

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confeccionar su versión final de ópera135. Como es bien

sabido, en este formato musical de ópera impulsa a establecer definitivamente el prototipo de la geisha conocido actualmente en Occidente. Una musmé de figura casi infantil y de carácter artificial y aburrido de Crisantemo, caracterizada por Loti, se transforma en una mujer sensual, Cio-Cio San (cho-cho-san, para algunos escritores modernistas) llamada Madame Butterfly, y posteriormente en su configuración solapada por un intenso dramatismo vio la luz como un personaje refinado de atracción fatal, creado por la ópera de Puccini.

Además de esta referencia ya sólidamente implantada, una avalancha de información sobre la cultura nipona desborda las portadas de los periódicos y las revistas gráficas, incluso en el anuncio publicitario comercial, con su preferencia clara por

135 Ibid., Pp.879-912. Citamos una parte que nos ofrece información valiosa de una serie de las obras de lectura imprescindible como referencias de autoridad en relación a la cultura de Japón en el fin de siglo y subrayamos la presencia de Loti y Gómez Carrillo: en segundo lugar, analizaremos las obras literarias más conocidas en la época en que Puccini elaboró Madama

Butterfly y a cuyos autores sabemos que leyó el compositor, tal y

como queda documentado en algunas biografías o en determinada correspondencia. La lectura de las mismas permitía conocer, en cierto grado, la sociedad japonesa y son El Japón (1889), de Pierre Loti; Kokoro, Ecos y nociones de la vida interior japaonea (1899), de Rudyard Kipling; La sociedad japonesa (1902), de André Bellessort, y El alma japonesa(1905), de Enrique Gómez Carrillo.

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las estampas y las ilustraciones de las niponas, sobre todo, de las geishas, de manera que va infiltrándose rápidamente en la vida cotidiana de los españoles en las primeras décadas del siglo XX en España136 y en la vida literaria conforme al gusto exotista que promovía el movimiento modernista.

Destaca el testimonio pormenorizado de Enrique Gómez Carrillo sobre la ceremonia del té, acompañada de las actuaciones de las geishas, en el de una casa de té japonesa. Este escritor guatemalteco constata la veracidad de los detalles de susodicho espectáculo en su relato, “Las japonesas”, El segundo libro de las

mujeres, Safo, Friné y otras seductoras137. Vivió esta experiencia en un barrio de Yosiwara, la ciudad más famosa por su cultura lupanar japonesa. El cuento de Luis Valera, “Yoghi-san la musmé”, publicado en 1903, ya advierte la cumbre del afluente japonismo en España:

Un bonito cuento de Luís Valera acontece en una casa de té, donde la protagonista, Yoghi-san, y otras dos geishas están encargados de divertir a un grupo de europeos138.

136 Véase “El Japonismo como género (femenino)” de V. David Almazán Tomás, op.cit., Pp. 849-860

137 Enrique Gómez Carrillo, El segundo libro de las mujers, Safo,

Friné y otras seductoras, Ed.Mundo latino, 1908, Madrid 138 Lily Litvak, El sendero del tigre, op.cit., P.130

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Destacamos el término japonés “musmé”, utilizado por los literatos españoles entre una larga serie de palabras japonesas, empleadas para lucir la erudición sobre la cultura nipona o simplemente por carencia del vocabulario equivalente, tales como “kakemono” –cuadro colgante-, “zen” –budismo adoptado en Japón de la doctrina mahayana-, “shinto” –pensamiento religioso japonés-, o “haiku” –género lírico-, etc.

En las crónicas y los artículos de la prensa que introducen la cultura erótica de Oriente, se utilizaba a menudo "la musmé", el término genérico japonés, que designa a las muchachas adolescentes, asociado indiscriminadamente al término específico de “geisha", mujer placentera; con frecuencia se cayó en el error de extrapolar al común de las mujeres orientales la educación singular que recibían aquellas en los burdeles. Consecuencia de todo ello, el estereotipo de la mujer oriental se vincula a una conducta sensual indecorosa:

El oriental me ha dado su hembra de ojos rasgados hasta la oreja, cuyos senos, globos de nieve, blancos, mórbidos, son la divina y lujuriosa fruta que más se ama y codicia139.

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Esta mujer concupiscente debía ser, a la vez, misteriosa y mágica para poder desplegar su atractivo fatal. Su perfil enigmático concuerda con el descrito en la cultura de Oriente y en la del mundo pagano de supuesta permisividad moral.

Toda la literatura y los escritos publicados entonces referentes a la cultura de la "geisha", educada para divertir a los hombres y para cumplimentar la compleja ceremonia de servir el té, estimularon la imaginación de los poetas modernistas. Esta escena –el ceremonial de servir el té- se convierte en el material de uno de los poemas de Villaespesa, donde el poeta desarrolla su viva fantasía. En "La hora del té", nuestro autor entrelaza la figura de la “geisha” con la de la taza del té:

Eres más frágil que la porcelana donde sorbes el té. Tienes el tono de un marfil japonés y el abandono del crisantemo, que la hueca y vana Pompa de tus cabellos engalana.

¡Tanta suntuosidad reclama un trono!... ¡La tenue suavidad de tu quimono

es menos fina que tu seda humana!... El té perfuma el cenador. La luna en los marfiles y en la laca esmalta sus paisajes de arroz... Tu pie vacila ee exiguo al caminar... Para ser una

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imposible “musmée” sólo te falta la dulce oblicuidad de la pupila140.

La vinculación de las "musmés" con el "té" no es fortuita, ya que la peculiar cultura de la geisha se forjó en "la casa del té"141.

En resumidas palabras, esta mujer oriental se convierte en la amante ideal de los modernistas, y el apetito de erotismo exótico surge como consecuencia del deseo de libertad anhelada por los poetas. La búsqueda de la belleza trascendental se convierte en un subterfugio para elevarse sobre la cotidianeidad y se origina en el rechazo que manifiestan contra el orden burgués establecido. Esta actitud de rebeldía y el deseo de huir de la realidad se condensan en una airada protesta de los poetas finiseculares, remisos a integrarse en la mediocridad de la sociedad burguesa.

140 “Jardines de idilio, XIV”, Lámparas votivas, P.C.II, p.60 141 Lily Litvak, El sendero del tigre, op.cit., p.130

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