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POR UNA GEOGRAFÍA DE LAS REDES

In document La Naturaleza Del Espacio - Milton Santos (página 180-200)

POR UNA GEOGRAFÍA DE LAS REDES

Introducción

Según D. Parrochia (1993, p. 21), es con Lavoisier, en el paso del siglo XVIII al siglo xix, con quien la química aparece como «la verdadera ciencia de la combinación y de la comunicación entre las sustancias», reclamando «instrumentos teóricos que están en el origen del concepto científico de “redes”»59.’

La aceptación que la palabra y la idea de red están encontrando, tanto en las ciencias exactas y sociales como en la vida práctica, paga el precio debido a esa popularidad. La polisemia del vocablo invade todo, vuelve laxo su sentido y puede por ello prestarse a imprecisiones y ambigüedades, cuando el término es usado para definir situaciones. Ocurre lo mismo en geografía.

¿Qué es una red?

Entretanto, ¿qué es una red? Las definiciones y conceptualizaciones se multiplican, pero se puede admitir que se enmarcan en dos grandes matrices: aquella que considera únicamente su aspecto, su realidad material, y la otra, donde también se tiene en cuenta el hecho social. La primera actitud conduce a una definición formal, que N. Curíen (1988, p. 212) refleja de este modo: «toda infraestructura que per-

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mite el transporte de materia, de energía o de información, y que se inscribe sobre un territorio caracterizado por la topología de sus puntos de acceso o puntos terminales, sus arcos de transmisión, sus nudos de bifurcación o de comunicación».

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Reticu1e [retícula] hace su aparición en francés en 1682, en el Journal des Savants. Viene del latín reticulum, redecilla, término empleado inicialmente en astronomía, antes de designar un bolsito de señora (denominado en seguida, por alteración, ridicule [ridícula]).~ Daniel Parrochia, 1994, p. 7. • La palabra reseau [red] (de ré.sel, Marie de France, siglo xii) es una variante (con otro sufijo) del francés antiguo réseuil (del latín retiolus, diminutivo de retís, “red’, que también originó rets). Designa, originariamente, un conjunto de líneas entrelazadas. Por analogía con la imagen de origen, se llama nudo de la red a cada intersección de esas líneas.,, Daniel Parrochia, 1993, p. 5.

Sin embargo, la red es también social y política, por las personas, mensajes, valores que la frecuentan. Sin esto, y a despecho de la materialidad con que se impone a nuestros sentidos, la red es, en verdad, una mera abstracción. Tal vez por ello un geógrafo como O. Dollfus propone (1971, p. 59) que el término red sea limitado a los sistemas creados por el hombre, dejando a los sistemas naturales el nombre de circuitos. En realidad, unos y otros son valorizados únicamente por la acción humana.

La noción de un espacio reticulado (espace maulé), que encontramos tanto en un psicólogo como G. N. Fischer (1980, p. 28) como en un geógrafo como Claude Raffestin (1980, pp. 148-167), proviene de esa construcción deliberada del espacio como medio de vida, dispuesto a responder a los estímulos de la producción en todas sus formas materiales e inmateriales. Mediante las redes, «la apuesta no es la ocupación de áreas, sino la preocupación de activar puntos... y líneas, o de crear nuevos» (Durand, Lévy, Retaillé, 1992, p. 21).

Noción considerada como eminentemente geográfica en el Dictionnaire de la Géographie (1970, pp. 336-368) dirigido por P. George, puede ser vislumbrada, por lo menos, según tres sentidos, como propone II. Bakis (1993, p. 4): a) polarización de puntos de atracción y difusión, que es el caso de las redes urbanas; b) proyección abstracta, que es el caso de los meridianos y paralelos en la cartografía del globo; c) proyección concreta de líneas de relaciones y conexiones, que es el caso de las redes hidrográficas, de las redes técnicas territoriales y también de las redes de telecomunicaciones hertzianas, a pesar de la ausencia de líneas y con una estructura física limitada a los nodos.

El pasado y el presente de las redes

En sus relaciones con el territorio, las redes pueden ser examinadas según un enfoque genético y según un enfoque actual. En el primer caso, son vistas como un proceso y en el segundo como un dato de la realidad actual. El estudio genético de una red es forzosamente diacrónico. Las redes están formadas por trozos, instalados en diversos momentos, diferentemente fechados, muchos de los cuales ya no están presentes en la configuración actual y su sustitución en el territorio también se realiza en momentos diversos. Pero esa sucesión no es aleatoria. Cada movimiento tiene lugar en la fecha adecuada, es decir,

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cuando el movimiento social exige un cambio morfológico y técnico. La reconstrucción de esa historia es, pues, compleja, pero es fundamental si queremos entender como una totalidad la evolución de un lugar.

El estudio actual supone la descripción de lo que la constituye, un estudio estadístico de las cantidades y de las calidades técnicas, pero también la evaluación de las relaciones que los elementos de la red mantienen con la presente vida social, en todos sus aspectos, es decir, en su cualidad de servir

como soporte corpóreo de lo cotidiano.

Una visión actual de las redes involucra el conocimiento de la edad de los objetos (considerada aquí la edad «mundial» de la respectiva técnica) y de su longevidad (la edad «local» del respectivo objeto), y también de la cantidad y de la distribución de esos objetos, del uso que se hace de ellos, de las relaciones que tales objetos mantienen con otros fuera del área considerada, de las modalidades de control y regulación de su funcionamiento.

Esos dos enfoques no son estancos. Sería imposible enfrentar de modo separado esas dos tareas analíticas. Es realmente importante unir los dos esfuerzos, ya que cada fase del proceso puede también ser vista como una situación; y cada situación puede ser vista como un corte en un movimiento que es desigual, según el elemento considerado. Observadas a través del espacio geográfico, diacronía y sincronía son dos caras de un mismo fenómeno, o aún mejor, dos formas de percibir un movimiento unitario.

Podemos, grosso modo, admitir, por lo menos, tres momentos en la producción y en la vida de las redes. Un amplio período premecánico, un período mecánico intermedio y la fase actual.

En el primer período existía, de algún modo, «imperio» de los hechos naturales; el ingenio humano era limitado, a veces subordinado, a las contingencias de la naturaleza. Dentro de esas circunstancias, las redes se formaban con un amplio componente de espontaneidad.

En el segundo momento, cuya afirmación coincide con la aurora de la modernidad, las redes asumen su nombre, mediante el carácter deliberado de su creación. El ejemplo de Colbert, ministro de Luis XIV en Francia, es ilustrativo de esa voluntad explícita de «corregir» y «mejorar» el territorio por medio de las redes. El desarrollo de las técnicas es una nueva etapa en ese segundo momento. La «red de etapas» de la que habla A. Gras (1993, p. 26) adquiere unidad funcional con las nuevas formas de energía.

La denominada posmodernidad, este período técnico-científico- informacional, marca un tercer momento en esa evolución. Los soportes de las redes se encuentran ahora parcialmente en el territorio, en las fuerzas naturales dominadas por el hombre (el espectro electro

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magnético) y parcialmente en las fuerzas recientemente elaboradas por la inteligencia y contenidas en los objetos técnicos (por ejemplo, el ordenador...). De ese modo, cuando el fenómeno de la red se vuelve absoluto, conserva de modo abusivo ese nombre. En realidad, ya no existen redes, pues sus soportes son puntos.

En el primer momento, las redes existentes servían a una pequeña vida de relaciones. El espectro de consumo era limitado. A excepción de unos pocos individuos, las sociedades locales tenían sus necesidades localmente satisfechas. Los ítems intercambiados eran poco numerosos y los trueques poco frecuentes. La competitividad entre grupos territoriales era prácticamente inexistente en períodos normales. El tiempo era vivido como un tiempo lento.

En el segundo momento, el consumo se amplía, pero lo hace moderadamente. Las modernidades se localizaban de modo discreto. El progreso técnico tenía utilización limitada. El comercio era directa o indirectamente controlado por el Estado. Aunque la respectiva Formación Socioeconómica se extendiese más allá de los océanos, esa expansión estaba limitada a algunos fines. El «mercado mundial» era la suma de los mercados coloniales. En virtud de la colonización, el comercio internacional era «cerrado». Las redes buscaban mundializarse y físicamente lo hicieron, pero su funcionamiento continúa siendo limitado. Las fronteras son un hecho económico, financiero, fiscal, diplomático, militar, además de político.

Si comparamos las redes del pasado con las actuales, la gran distinción entre ellas es la respectiva porción de espontaneidad en la respectiva elaboración. Cuanto más avanza la civilización material, más se impone el carácter deliberado en la constitución de las redes. Con los recientes progresos de la ciencia y de la tecnología y con las nuevas posibilidades abiertas a la información, el montaje de las redes supone una previsión de las funciones que podrán ejercer y ello incluye tanto su forma material como sus reglas de gestión. Es así como se crea lo que H. Bakis (1990, p. 18) llama «espacio de la transacción», porción del espacio total cuyo contenido técnico permite comunicaciones permanentes, precisas y rápidas entre los principales actores de la escena mundial. Michel Fouquin (1993, p. 3) recuerda que esa estructuración del conjunto de actividades económicas se da en el mundo entero 24 sobre 24 horas, en virtud de la revolución técnica presidida por las telecomunicaciones y por los ordenadores60.

60 Sus redes son la retícula indispensable, que sirve, a fin de cuentas, para estructurar el conjunto de las actividades económicas. Su desarrollo actual reposa sobre la revolución técnica ligada a las telecomunicaciones y a los ordenadores. Los costes de implantación de las redes son considerables y constituyen temibles barreras a la entrada (de los competidores). Las sociedades japonesas de comercio internacional los sistemas de reserva de transporte aéreo, las redes bancarias y, claro, las redes de telecomunicación son ejemplos bien conocidos de actividades organizadas en red que permiten a las empresas que las poseen disponer de posiciones casi monopólicas. Esas redes son, además, multifuflciOnz. les. Así, las sociedades de comercio tienen múltiples papeles, en el centro de los cuales se encuentran la recogida y la difusión de la información, la compra y venta de productos, el financiamiento y la seguridad, ligados a sus actividades, a la gestión del personal en el seno de los grupos. La imagen de un mundo atrapado en las mallas de las redes de empresas capaces de observar y de intervenir las 24 horas del día en el mundo entero para generar beneficios no pertenece totalmente

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Como escribe P. Musso (1994, p. 256), <das redes depositan un estrato “geológico” suplementario en las “tierras-historia” acrecentando una topología en la “topografía”, dando nacimiento a un espacio “contemporáneo del tiempo real”». La noción de red también se aplica a la economía mundial (J. L. Margolin, 1991, p. 96) y su configuración sobrepasa las fronteras nacionales (C. Ominami, 1986, p. 176).

En ese sentido, se debe entender que ese espacio de la conectividad sea organizado por el discurso, como propone C. Junqueira (1994), cuando se refiere a un espacio reticular que preside una sociabilidad a distancia. Ese discurso es el lenguaje de las normas y órdenes que actores lejanos hacen repercutir instantánea e imperativamente sobre otros lugares distantes. Tales redes constituyen los más eficaces transmisores del proceso de globalización al que asistimos.

Tiempos rápidos y tiempos lentos

Como modo de perfeccionar el método histórico, Fernand Braudel propuso una distinción entre un tiempo largo y un tiempo corto. Este último es característico de las situaciones coyunturales, en tanto que el primero marcaría las estructuras, los movimientos de fondo, aprehendidos de manera incompleta a través del tiempo corto. Ese modo de ver sobrepasó el dominio de la historia, invadió las demás ciencias sociales, sedujo a las ciencias naturales y exactas y colonizó la geografía, aunque los geógrafos, con raras excepciones (T. Hágerstrand, por ejemplo), aplicaron sólo mecánicamente esta idea. La noción de sequence occupancy de Whittlesey podría haber sido retomada y desarrollada, para abarcar en el espacio ese proceso en el cual sincronías y diacronías se dan concomitantemente. Sin embargo, en nuestros días, la propuesta de Braudel de un tiempo largo y de un tiempo corto perderá eficacia —en geografía y en las otras disciplinas territoriales— sí a esa oposición no se le superpone otra idea que sugerimos sea igualmente expresada en dos términos opuestos: la noción de un tiempo rápido al cual se antepone un

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tiempo lento. Aquí, estamos hablando de cantidades relativas. Por un lado, aquello que llamamos tiempo lento solamente lo es en relación al tiempo rápido y viceversa, pues tales denominaciones no son absolutas. Y esa contabilidad del tiempo vivido por los hombres, empresas e instituciones será diferente de un lugar a otro. No existen, pues, tiempos absolutos. Y, en realidad, los «tiempos al dominio de la ficción científica.” Michel Fouquin, 1933, pp. 2-3.

intermedios» moderan el rigor de las expresiones tiempo rápido y tiempo lento. En todo caso, la ventaja de nuestra propuesta es su objetividad. Es cierto que el tiempo a considerar no es el de las máquinas o instrumentos en sí, sino el de las acciones que animan los objetos técnicos. Aun así, son éstos los que ofrecen las posibilidades y señalan los límites.

En el pasado era posible, en el mismo subespacio, la yuxtaposición del tiempo lento y del tiempo rápido. Ambos podían darse de forma simultánea, sin existir necesariamente una superposición funcional. La idea de Boeke (1953) al retratar, en los años siguientes al fin de la guerra mundial, una evolución paralela de un sector moderno y de un sector tradicional en la mayor parte del territorio de Indonesia podría haber sido inspirada en esa dualidad de los tiempos presentes en un mismo lugar. La palabra correcta sería temporalidad, considerada como una interpretación particular del tiempo social por un grupo o por un individuo.

El tiempo rápido no cubre la totalidad del territorio ni abarca la sociedad entera. En cada área, son múltiples los grados y las modalidades de combinaciones. Sin embargo, en virtud de la globalización y de sus efectos locales, los tiempos lentos son referidos al tiempo rápido, aun cuando éste no se ejerce directamente sobre lugares y grupos sociales.

Un espacio no homogéneo e inestable

Sin embargo, no existe homogeneidad del espacio, como tampoco existe homogeneidad de las redes. Cuando se habla de «distribución homogénea» y «servicios ubicuos, instantáneos y simultáneos» (J. Dupuy, 1991; J. Remy, 1992, pp. 167-168), la referencia se hace especialmente a las redes y servicios existentes, y no específicamente al territorio o a sus subespacios tomados como un todo. Como escribieron Begag, Claisse y Moreau (1990, p. 189), la homogeneización es un mito y su percepción es el resultado de un «delirio analítico», que asocia a la idea de revolución espacial la existencia de una indiferencia espacial. Según H. Bakis (1990, p. 25), el espacio sigue estando diferenciado y ésta es una de las razones por las cuales las redes que en él se instalan son igualmente heterogéneas.

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Por otra parte y en primer lugar, no todo es red. Si observamos la representación de la superficie de la Tierra, verificamos que numerosas y vastas áreas escapan a ese diseño reticular presente en la casi totalidad de los países desarrollados. Esas áreas son magmas o son zonas de baja intensidad61.

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El espacio geográfico permanece diferenciado a pesar de las redes de telecomunicaciones, Y además de eso, esas redes contribuyen a una nueva diferenciación del espacio en términos de confiabilidad pero también de tarifas. Aún más, como el espacio es y permanece heterogéneo, va a conducir a la instalación de redes que son, ellas mismas, diferentes.~ H. Bakis, 1990, p. 25.

Y allí donde existen, las redes no son uniformes. En un mismo subespacio hay una superposición de redes, que incluye redes principales y redes afluentes o tributarias, constelaciones de puntos y trazados de líneas. Teniendo en cuenta su aprovechamiento social, se registran desigualdades en el uso y es diverso el papel de los agentes en el proceso de control y de regulación de su funcionamiento. Como la circulación prevalece sobre la producción propiamente dicha, los flujos se han vuelto aún más importantes, en el proceso global de la producción, para la explicación de una determinada situación. La propia estructura geográfica se define por la circulación, ya que ésta, más numerosa, más densa, más extensa, ostenta el dominio de los cambios de valor en el espacio.

En una situación en la que las potencialidades de cada localización están siempre cambiando, aparece lo que bien se puede denominar guerra de los lugares. Estos no sólo deben utilizar sus presentes ventajas comparativas, sino también crear nuevas, para atraer actividades generadoras de empleo y de riqueza. En la batalla por permanecer atractivos, los lugares utilizan recursos materiales (como las estructuras y equipamientos) e inmateriales (como los servicios). Y cada lugar busca realzar sus virtudes por medio de sus símbolos heredados o recientemente elaborados, como modo de utilizar la imagen del lugar como imán.

Las actividades de punta son las más sensibles a esa inconstancia en los valores del espacio, tanto por la renovación incesante de los productos, como por la incorporación de nuevos materiales y nuevos métodos. Sus exigencias son grandes en cuanto al contenido del entorno inmediato (Fischer, 1990, p.l2). Pero las empresas, cuya actuación es menos satisfactoria y que han sido llevadas a trabajar en «redes externalizadas», se han vuelto muy dependientes del acceso a informaciones profesionales y servicios (B. Ganne, 1993, p. 115).

Esa verdadera inestabilidad ha llevado a R. Lobato Corréa (1993, p. 31) a preguntarse «sen qué medida las grandes corporaciones, estructuradas orgánica y espacialmente en forma de red, alteran la divi-

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sión territorial del trabajo, es decir, la especificidad productiva de las diversas áreas y los centros urbanos previamente existentes?».

Lo global y lo local

En virtud de los progresos técnicos y de las formas actuales de realización de la vida económica, las redes son cada vez más globales: redes productivas, de comercio, de transporte, de información. B. Kayser yA. Brun (1993, p. 1) muestran Véase también L. O. Machado, 1996.

cómo «el espacio rural francés aun en sus zonas aparentemente marginales está completamente integrado en el sistema socioeconómico global». Pero la forma más acabada y eficaz de red viene dada por la actividad financiera (D. Retaillé, 1992, p. 118; Ch. Goldfinger, 1986), gracias a la desmaterialización del dinero y a su uso instantáneo y generalizado. La noción de red global se impone en esta fase de la historia.

Las redes serían incomprensibles si sólo las vislumbrásemos a partir de sus manifestaciones locales o regionales. Pero éstas son también indispensables para entender cómo trabajan las redes a escala mundial. Como escribió E Braudel (l979,.p. 57), a partir del movimiento privilegiado que deseamos iluminar, podemos descubrir el movimiento global por los movimientos particulares, ya que «todos esos ciclos son contemporáneos y sincronizados; coexisten, se mezclan y suman o sustraen sus movimientos ante las oscilaciones del conjunto».

A través de las redes podemos reconocer, grosso modo, tres tipos o niveles de solidaridad, cuyo reverso son otros tantos niveles de contradicciones. Esos niveles son el nivel mundial, el nivel de los territorios de los Estados y el nivel local.

El mundo aparece como la primera totalidad, empirizada por medio de las redes. La gran novedad de nuestro tiempo es esa producción de una totalidad no sólo concreta, sino también empírica. La segunda totalidad es el territorio: un país y un Estado —una formación socioespacial—, totalidad resultante de un contrato y limitada por fronteras. Sin embargo, la mundialización de las redes debílita las fronteras y compromete el contrato, aunque resten a los Estados numerosas formas de regulación y control de las redes.

El lugar es la tercera totalidad, donde fragmentos de la red adquieren una dimensión única y socialmente concreta, pues en la contigüidad ocurren fenómenos sociales agregados (Simmel, 1980). Éstos se basan en un acontecer

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